Loba de Hierro 7. Resplandor en la oscuridad
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7. Resplandor en la oscuridad

Esa misma noche, la unidad marchaba cerca de Montcornet , una zona aún disputada, donde las órdenes por fin eran claras: limpiar los focos de resistencia que todavía quedaban y que no se habían retirado antes del amanecer.

Elsa avanzaba encorvada, flanqueada por Meier y Schmidt, con Kraus y Weber un poco más atrás.

Era complicado avanzar sin hacer ruido en aquella noche sin apenas visibilidad.

—Demasiado silencio —susurró Meier, con voz tensa.

—Mantén los ojos abiertos y seguidme —respondió Elsa, con una calma fría.

La primera detonación no vino de frente, sino de un costado.

Un fogonazo cortó la espesura, y en un segundo el bosque, antes opaco y denso, se iluminó con un resplandor espectral.

Una bengala trepó hasta el cielo como un látigo de fuego y se abrió en una explosión blanca que tiñó las ramas de un brillo casi irreal.

Y entonces, el griterío. En francés. Ráfagas de ametralladora desgarraban la maleza, astillando troncos, arrancando hojas en cascada.

Un caballo de transporte, oculto entre la penumbra, relinchó de dolor y se desplomó con un bramido seco.

Elsa se lanzó al suelo, buscando protección tras un árbol caído, y respondió rápidamente a los destellos enemigos. Meier gritaba órdenes, pero su voz se perdía en la estampida del caos.

—¡Cubrid el flanco derecho! —repetía Meier, intentando organizar al grupo para responder al fuego.

Elsa disparaba a ciegas con la única guía del fogonazo de su adversario que iluminaba durante una décima de segundo su posición. Una sombra cayó delante de ella, con un ruido sordo de carne y barro. No tuvo tiempo de comprobar si era francés o alemán.

Kraus quedó expuesto un instante fatal. Elsa reaccionó instintivamente, corriendo hacia él, disparando al enemigo que intentaba acercarse.

Logró sacarlo de la línea de fuego, pero el estallido de una bomba de mortero la lanzó hacia atrás.

Rodó entre ramas, raíces y piedras. El casco salió despedido; sintió el desgarro del cuero en su mentón, el chasquido de ramas contra su rostro.

Cada giro que daba era un golpe seco que le arrancaba el aire de los pulmones.

Al fin se detuvo, encajada entre dos piedras húmedas.

El silencio posterior fue peor que el estruendo: un vacío lleno de zumbidos en los oídos, un tambor persistente que le nublaba los pensamientos.

Abrió los ojos. El bosque ya no era bosque: era un techo de ramas agitadas, recortadas contra la claridad agonizante de la bengala. Intentó moverse; un dolor agudo en las costillas la obligó a morderse la lengua para no gritar.

Arriba, a lo lejos, aún se oían disparos, voces rotas, órdenes confusas.

Pero en aquel hoyo, Elsa estaba sola. Sola y desarmada: el fusil había quedado perdido en la pendiente.

Había perdido la conciencia un tiempo, pero ¿cuánto?

Se incorporó y miró alrededor. La oscuridad lo envolvía todo, apenas distinguía los árboles cercanos y mucho menos a sus compañeros.

Buscó a tientas su fusil, atenta a cada sonido.

No tendría que estar demasiado lejos de donde había estado con sus compañeros, pero...

Un golpe súbito la tomó por sorpresa, lanzándola al suelo.

Forcejeó desesperadamente con el cuerpo robusto de un soldado enemigo, rodando en el barro, tratando de dominarlo.

Sus músculos ardían por el esfuerzo, la respiración entrecortada resonaba en sus oídos.

Ambos cuerpos se enredaron en una lucha violenta y frenética.

Sentía la fuerza física del soldado francés, sus músculos duros bajo el uniforme embarrado.

Él logró sujetarle las muñecas con una fuerza inesperada, su aliento caliente sobre el rostro de Elsa.

El combate parecía perdido hasta que, como si fuera un milagro oscuro, la luna emergió repentinamente de las nubes.

La luz plateada cayó sobre el rostro de Elsa revelando su melena rubia y sus ojos claros.

El soldado francés se paralizó, no era el adversario que esperaba.

Sus ojos se abrieron con una mezcla de asombro y desconcierto.

Elsa, a un palmo, pudo observar una cicatriz leve bajo el ojo izquierdo del hombre, un rastro blanco destacando sobre su piel sucia y sudorosa.

Ese rasgo inesperado le dio un toque de vulnerabilidad a su rostro, marcado por la sorpresa momentánea.

Ese segundo de pausa fue suficiente para que Elsa descargara una rodilla entre las piernas del soldado con toda la fuerza que pudo reunir.

El soldado la soltó con un gemido sofocado, de dolor y sorpresa, cayendo a un costado.

Elsa aprovechó ese momento para darse la vuelta, y recoger un fusil del suelo, que sorprendentemente había aparecido en su camino.

No se detuvo a nada más, sino a correr sorteando árboles y maleza sin mirar atrás.

Cuando le faltó el aliento y sintió como si el pecho le fuera a estallar, se detuvo y preparó el fusil para disparar, pero nadie la seguía. Esperó un largo rato, pero no había pasos ni ningún sonido de alguien más a su alrededor.

No sabía en qué dirección estaba su pelotón.

El terreno era un laberinto de raíces, troncos caídos y arbustos que le arañaban las manos.

Se obligó a respirar despacio y mantener un paso firme, aunque cada inspiración le ardía en los pulmones.

Se detuvo junto a un tronco y cerró los ojos un instante, intentando recordar la última posición del pelotón.

Meier gritaba órdenes… ¿desde dónde? Había visto la bengala… pero el fogonazo la había desorientado.

La desesperación empezó a filtrarse, lenta. Pensó en su padre, en sus compañeros que ahora echaba en falta, pero se obligó a ponerse de pie. Si se quedaba quieta, estaba perdida.

Avanzó. Paso tras paso, con la ayuda de la luna que la guiaba por el verde laberinto hasta que empezó a percibir sonido de disparos y artillería más adelante. No sabía si la llevaban hacia los suyos o más adentro de la boca del lobo. Pero no tenía otra opción.

El primer sonido reconocible no fue un disparo, ni una explosión, sino una voz familiar.

—¡Adelante! ¡Cubrid el flanco!

Elsa se detuvo en seco. El eco de esas órdenes era inconfundible: alemán.

Avanzó a trompicones, arrastrando las botas, hasta que el bosque se abrió de golpe.

Frente a ella, un grupo de soldados estaba atrincherado tras un muro improvisado de sacos, troncos y cuerpos abatidos.

El humo lo cubría todo, picante, espeso.

Meier agitaba el brazo dando órdenes mientras Weber recargaba el MG-34 a toda prisa.

Los demás disparaban a intervalos, con rostros tiznados de sudor y pólvora .

—¡Elsa! —la voz de Weber tronó por encima del estrépito.

Elsa apenas pudo responder. Una ráfaga barrió el parapeto, astillas y polvo. Se tiró al suelo y rodó hasta los suyos. El corazón le latía tan fuerte que apenas oía.

—¿Dónde diablos estabas? —gruñó Meier sin apartar la vista de por encima de la trinchera.

—Caí por una pendiente —respondió con voz ronca—. Y perdí el fusil.

Weber levantó una ceja, a punto de replicar, pero una nueva explosión sacudió la trinchera.

La tierra llovió sobre ellos, sofocando cualquier comentario.

Los franceses atacaban con ferocidad, saliendo de entre los árboles en oleadas.

Elsa disparó hasta sentir el retroceso entumecerle los brazos.

Una bala silbó tan cerca que rozó su hombro, levantándole polvo y astillas.

El combate se convirtió en un torbellino: disparos, recargas, movimientos rápidos.

Los ojos del francés se colaban entre destellos, clavados en su memoria, pero ella los apartaba con violencia, consciente de que el mundo se reducía a segundos de vida o muerte.

Cuando por fin la presión enemiga cedió, el bosque quedó sumido en un silencio extraño, interrumpido solo por los gemidos de los heridos y el chisporroteo de ramas ardiendo. El grupo había resistido sin ninguna baja sorprendentemente.

Elsa bajó el arma y se dejó caer contra el parapeto. El barro, la sangre y el sudor se mezclaban en su rostro. Weber le pasó una cantimplora sin decir palabra. Meier, tras asegurarse de que no venía otra ofensiva inmediata, se volvió hacia ella.

—Vaya, Kepler… estás hecha un espectáculo —dijo con un dejo de sarcasmo, señalando su cara tiznada y la ropa hecha jirones.

Elsa no respondió. Se limitó a beber, sintiendo cómo el agua fría le devolvía, por un instante, el placer de seguir viva.

* * *

Château de Fontaine-Bonneleau, norte de Francia .

Unas horas más tarde

Casi ya al amanecer, el pelotón llegó junto con otras unidades al puesto de mando. A lo lejos, motores apagados y voces contenidas confirmaban que la zona seguía activa, aunque por ahora la muerte parecía haber hecho una pausa.

El château, una vieja casa de piedra caliza de dos plantas, mostraba señales de abandono: ventanas tapiadas, contraventanas colgando de bisagras oxidadas y escaleras hundidas por la humedad.

Convertido en un puesto provisional, servía de refugio improvisado para oficiales cansados, mapas arrugados y café recalentado.

Elsa subió los escalones con paso firme. La madera crujió bajo sus botas. Se detuvo un instante en el umbral, midiendo el espacio y sus movimientos, consciente de cada gesto. Avanzó con seguridad mostrando aplomo, aunque cada movimiento le provocara un dolor intenso después del combate de anoche.

La luz temblorosa de dos lámparas de aceite proyectaba sombras irregulares sobre paredes encaladas. Elsa saludó con rigidez.

— Unteroffizierin Kepler, unidad de reconocimiento del 3er Batallón, Waffen -SS —anunció con voz grave y controlada, sin titubeos ni concesiones.

La estancia estaba ocupada por seis hombres: tres de la Wehrmacht —uno con tirantes bajados y camisa empapada de sudor—, dos oficiales SS y un suboficial de transmisiones escribiendo sin levantar la vista.

En el centro, un Sturmbannführer con rostro anguloso y ojeras marcadas examinaba mapas sobre la mesa de roble.

Su frente surcada por pliegues de agotamiento de varias noches sin dormir, y un cigarrillo sin encender descansaba entre sus dedos.

—¿Kepler? ¿Nuevo en el sector? —preguntó un capitán de artillería, mandíbula cuadrada y expresión burlona.

—Desde ayer al anochecer, señor. Patrullamos el bosque de Montcornet . Entrego informe completo. —Elsa dejó el portadocumentos sobre la mesa con firmeza.

—Habla como si llevara media guerra en las botas —gruñó el capitán, apenas audible—. ¿Ese acento?

—Sajón —respondió Elsa, firme, sin pestañear.

El oficial SS alzó un dedo, seco como un disparo:

—Informe verbal, Kepler.

—Sí, señor. Salida a las 02:40 desde el punto 17B.

Intercepción de un destacamento enemigo, presumiblemente francés, armamento ligero.

Dos posiciones fortificadas con ametralladora detectadas.

Intercambio breve. Un herido leve en mi escuadra.

Se retiraron tras nuestra respuesta. Recuperamos documentos en francés, posiblemente claves de transmisiones.

Recomiendo acción inmediata antes de que refuercen el flanco este.

Un silencio pesado se instaló en la sala. El capitán de la Wehrmacht , medio recostado, se carcajeó sin humor:

—¿Y no sería mejor dejar que lo refuercen y barrerlos con artillería? ¿A qué tanta prisa, Kepler?

Elsa mantuvo la mirada fija, a medias oculta por la sombra del quepis:

—Si lo refuerzan primero, será tarde. Nosotros conocemos su posición. Ellos también conocen la nuestra, probablemente.

Meier hizo un leve gesto de asentimiento desde la penumbra. Schmidt esbozó una sonrisa discreta, aprobando sin palabras.

El oficial SS asintió con precisión de metrónomo:

—Informe recibido. Que su pelotón descanse un par de horas. Reunión a las 07:30 para nueva misión. Mantenga su equipo listo.

—Sí, señor.

Elsa giró sobre los talones y salió con paso firme. Al pasar junto a la puerta escuchó el murmullo inevitable:

—¿Desde cuándo un parte de esa unidad lo trae una mujer?

—Desde que el parte es correcto —respondió el oficial de transmisiones sin levantar la cabeza.

Elsa respiró hondo, pero no se detuvo. El Sturmbannführer había recibido su informe y con eso bastaba. En el patio ya le esperaba Meier que le tendió la cantimplora sin preguntas. Tenían un par de horas como mucho para descansar.