6. El bosque de las Ardenas
La rapidez de la operación «Fall Gelb» sorprendía incluso a los propios soldados alemanes.
Las líneas enemigas colapsaban con una facilidad desconcertante, dejando detrás montañas de material militar, pueblos abandonados y caminos bloqueados por columnas de civiles que huían en pánico de una guerra que había llegado mucho antes de lo previsto.
En ese avance marchaba el grupo de reconocimiento de Elsa.
Durante días solo se había topado con los restos de la ofensiva alemana: blindados calcinados, aldeas vacías, incluso algunas bicicletas abandonadas en las cunetas y zanjas a ambos lados de los caminos.
Mucho antes que ellos, habían pasado los Panzer y las columnas motorizadas.
A ellos solo les quedaba avanzar tan rápido como sus piernas lo permitieran, esperando nuevas órdenes desde algún punto perdido del mapa.
Se parecía bastante a Polonia, aunque los kilómetros a recorrer eran muchos más.
Marchaban durante horas, con los fusiles preparados, pero con mucho tiempo para pensar y hablar.
—Si volvemos a dormir bajo ese toldo agujereado otra vez, me voy a despertar con hongos en los pies —murmuró Weber desde la retaguardia, sacudiéndose una rama que le golpeó la cara. Schmidt ni se giró.
—No te quejes —replicó—. A mí me meó un zorro. Literalmente.
—¿Cómo sabes que fue un zorro? —preguntó Weber, sonando más interesado de lo que admitía.
—Lo juro. Me miró, levantó la pata y siguió su camino.
Kraus soltó un bufido casi imperceptible. Era el reemplazo de Bauer, que había sido destinado a comunicaciones después de la campaña polaca. No era muy hablador, pero rara vez se perdía un comentario.
—Si ese zorro os está marcando uno por uno, lo mismo es un mal presagio —gruñó.
Weber soltó una risita. Elsa, al frente, no dijo nada, pero una leve sonrisa tensó por un segundo la comisura de sus labios. Meier lo notó.
—¿Kepler? —preguntó Meier—. ¿También has sido víctima de la fauna local?
—Todavía no. Pero si un zorro se me acerca, no lo dejaré ir tan tranquilo.
Schmidt resopló.
—Dios nos libre del día en que Kepler se cabree de verdad.
—¿Y te parece que no lo está ya? —añadió Weber.
Elsa se detuvo .
—¿Sabéis por qué me irritáis menos que los oficiales de retaguardia?
Nadie contestó.
—Porque cuando os calláis, sabéis disparar.
Siguió caminando. Meier la miró de reojo, como tanteando si era una reprimenda o una especie de halago camuflado.
—¿Eso ha sido una muestra de aprecio? —preguntó en voz baja a Schmidt.
—No. Eso ha sido lo más cerca que estaremos de un elogio.
—Entonces hay esperanza para nosotros.
Los cinco siguieron avanzando en fila. El polvo del camino, los árboles desnudos y el retumbar lejano de la artillería eran su única compañía.
Eran como una partida de caza, pero sin presa todavía.
Un manto de humedad flotaba sobre las ramas bajas, impregnándolas de un olor agrio a musgo y leña podrida.
A ratos, un graznido aislado de cuervo o el chasquido de una rama seca se confundía con el crujir de los correajes.
El silencio era tan denso que hasta el tintineo de una hebilla mal ajustada parecía un delator.
Kraus resopló detrás, intentando aligerar la carga de su fusil.
—Si seguimos así, no hará falta que nos maten los franceses. El bosque lo hará por ellos.
Schmidt soltó una risa apagada.
—Entonces procura no quejarte demasiado fuerte. No vaya a ser que los árboles se cansen de escucharte.
Weber, con el eterno cigarrillo apagado entre los labios, se encogió de hombros.
—Peor era en Polonia. Allí no había barro, había pantanos. Esto es casi un paseo .
Kraus murmuró algo entre dientes. La respuesta se perdió entre las ramas, pero Elsa lo oyó.
Su paso no se alteró, ni giró la cabeza; sin embargo, registró cada gesto, cada vacilación.
Había aprendido a leer a los hombres en los detalles: en cómo sujetaban el fusil, en la cadencia de la respiración, en el peso del cansancio que no se atrevían a confesar.
Meier, siempre con voz firme, cortó la tensión:
—Silencio. El bosque escucha mejor que nosotros.
El grupo obedeció. El silencio se alargó unos metros más, hasta que Weber rompió de nuevo la calma, con ese tono despreocupado que irritaba tanto a Schmidt como a los demás.
—¿Y tú, Elsa? —preguntó, apenas en un susurro dirigido a ella—. ¿También crees que los árboles oyen?
Los demás aguzaron el oído, esperando respuesta.
Elsa no se giró. Solo apretó un poco más el paso. Cuando habló, su voz sonó cortante, como una cuchilla en el aire húmedo.
—Los árboles oyen, Weber. Y los franceses también. Pero solo uno de los dos lleva un fusil.
Hubo una risita sofocada de Schmidt, y hasta Meier torció la comisura, aunque de inmediato carraspeó para recuperar la seriedad. Alzó la mano y el grupo se detuvo. Tocaba descanso y nadie protestó.
Un rato más tarde, Meier se sentó junto a Elsa, que descansaba frente a un haya caída con la mirada clavada en la maraña de troncos que era aquel bosque impenetrable.
—Ayer nos alcanzó el correo. Una carta de casa, de hace tres semanas —dijo, sin mirarla—. Mi hija. Tiene catorce años.
Elsa esperó. Sabía que a veces lo único útil era esperar.
—Dice que quiere ser como tú. Se lo ha contado a todo su grupo de la BDM. —Hizo girar el casco entre las rodillas—. Había visto una foto tuya en un periódico, no sé en cuál. Cuando escribió esto, ni siquiera habíamos cruzado la frontera.
—Es una niña.
—Sí. —Se rascó la barba de tres días—. Le tendría que contestar. Pero no se me ocurre cómo decirle que...
No terminó la frase. Miró el bosque, pero no encontró la respuesta.
—Se le pasará —dijo Elsa al fin.
—Ojalá —respondió Meier. Y por primera vez, ella no supo si hablaba de su hija o de otra cosa.
Poco después renaudaron la marcha avanzando entre sombras.
A cada paso, Elsa sentía el bosque más cerca, como un animal que aguardara inmóvil para lanzarse.
El agotamiento empezaba a hacerle mella día tras día, pero no estaba segura de si se trataba de algo físico o más bien mental por el silencio que los rodeaba.