Loba de Hierro 5. El retorno de los héroes #2
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5. El retorno de los héroes #2

Esa noche, la villa se llenó de invitados selectos: oficiales veteranos, camaradas de Ernst, vecinos aristocráticos y un par de figuras del Partido, discretas pero presentes. El piano de cola del salón había sido afinado, y en el aire flotaba el aroma de licor de cerezas y cera de muebles.

Cuando Elsa descendió por la escalinata central, lo hizo en silencio, pero cada paso resonaba en el escalón como una declaración.

Las conversaciones se apagaron de golpe, como si alguien hubiera cerrado un interruptor invisible.

Los rostros se giraron hacia ella, y el salón quedó suspendido en un silencio expectante.

Bajaba lentamente, la espalda recta, la barbilla alzada, y las manos sueltas a los costados.

El vestido parecía haber sido cortado sobre su cuerpo, siguiéndola como una sombra brillante.

Meier —invitado por cortesía de Ernst— levantó las cejas y masculló algo ininteligible: aquella mujer tenía muy poco que ver con la que había compartido trincheras en Polonia.

Elsa no dijo nada, pero su sola presencia alteraba la gravedad de la sala.

Cuando alcanzó el último peldaño y sintió todas las miradas clavadas en su piel, ocurrió lo inesperado: se ruborizó.

No fue evidente, apenas un matiz en las mejillas, pero real.

Una punzada dulce de vulnerabilidad. Su padre, que la esperaba junto al piano, inclinó apenas la cabeza en señal de aprobación.

En sus ojos azules, por un instante, brilló un orgullo distinto al que otorgaba el uniforme.

Elsa se acercó, y él le ofreció el brazo.

Esa noche, la loba de hierro había cambiado de piel, aunque seguía siendo la misma en su interior.

La recepción transcurrió entre copas de vino blanco, conversaciones sobre el frente occidental y especulaciones sobre la pasividad inglesa.

Por encima de las palabras, las notas del piano flotaban como niebla entre las columnas del salón, tocadas con discreta pericia por un vecino jubilado del Conservatorio.

Elsa escuchaba más que hablaba. Oficiales retirados comentaban que Francia y Gran Bretaña habían declarado la guerra, pero que sus tropas permanecían inmóviles. A ese frente sin balas lo llamaban ya la «guerra de broma».

—No durará mucho —decía un coronel de bigote blanquecino—. La Wehrmacht no va a esperar sentada.

—Ni el Führer —añadió otro, con devoción automática.

Elsa asentía con cortesía, aunque aquellas palabras le sonaban huecas, como ecos de un discurso repetido mil veces.

En ese momento, Ernst se le acercó. Llevaba una copa de brandy en la mano y un gesto difícil de clasificar: orgullo contenido y expectación calculada.

A su lado avanzaba un hombre mayor, la espalda encorvada por los años, pero los hombros aún firmes.

Una fea cicatriz le cruzaba la mejilla izquierda hasta el pómulo, y en el ojal brillaba una condecoración de la Gran Guerra, pulida como un recuerdo obstinado.

Tras él, caminaba un joven de unos veinticinco años, alto, delgado, de porte impecable.

El traje oscuro, el cabello castaño dividido por una raya precisa, la piel pálida.

Los ojos, de un gris verdoso difícil de clasificar, se movían con atención contenida.

Había algo estudiado en cada gesto, en cada sonrisa comedida, en cada pausa de su respiración.

Como si todo él hubiera sido ensayado ante un espejo.

—Elsa —dijo Ernst—, permíteme presentarte a Otto Falkenberg. Sirvió conmigo en el Somme. Y este es su hijo, Henrik.

El joven inclinó la cabeza con corrección y le tendió la mano.

—Un honor, Fräulein von Kepler. He oído hablar mucho de usted.

—No estoy segura de si debería preocuparme —respondió Elsa, estrechando su mano con firmeza medida.

—Solo cosas buenas, se lo aseguro —sonrió él, sin parpadear.

Mientras Otto y Ernst evocaban con solemnidad los días de barro y trincheras en Francia, Henrik se quedó junto a ella. Su voz era templada, sus palabras escogidas con cuidado.

—Trabajo en el Ministerio de Propaganda, en análisis y planificación cultural. No soy soldado, pero en Berlín decimos que la cultura es también un frente de combate.

—¿Un frente? —replicó Elsa con ironía contenida.

—Las ideas moldean naciones —dijo él con convicción—. Y la nuestra necesita símbolos fuertes.

Elsa lo miró con una ceja arqueada.

—¿Y cree que yo soy uno de esos símbolos?

Henrik sostuvo su mirada sin titubear.

—Creo que ya lo es. Pero aún no lo sabe.

La respuesta la desconcertó apenas un instante, aunque no lo mostró.

—Tal vez —dijo, con media sonrisa—. Pero los símbolos suelen acabar en mármol. Prefiero seguir respirando.

Henrik esbozó una sonrisa más amplia de lo habitual.

—Una loba no se convierte en estatua. Se convierte en emblema.

La frase quedó flotando, ambigua. Elsa no respondió de inmediato; se limitó a llevarse la copa a los labios, mientras lo observaba con una mezcla de curiosidad y cautela.

Hablaron un buen rato más. Henrik era educado, astuto, con un leve tono de ironía que parecía intencionado.

No era incómodo, pero Elsa sentía algo medido en cada palabra.

Durante esa noche, más de una vez le sorprendió observándola, recorriendo su cuerpo con la mirada de una forma un poco inquietante.

A lo lejos, Ernst y Otto brindaban por viejas batallas y camaradas ausentes. La música del piano acompañaba como un murmullo, pero en el centro del salón la verdadera partida se jugaba entre dos miradas jóvenes que intentaban descifrarse.

Después, la velada comenzó a deshacerse poco a poco.

Las copas se vaciaban, las conversaciones se fragmentaban en murmullos, y las notas del piano fueron quedando aisladas, como gotas en un charco que se seca.

Henrik se inclinó en una última reverencia y se perdió entre los invitados que ya buscaban sus abrigos.

Elsa lo siguió con la mirada un instante, sin decidir si aquel joven era un halago o una amenaza. La duda le duró más que la música .

Al final de la noche, cuando la casa recuperó el silencio solemne de siempre, ella se retiró hacia el despacho de su padre. Allí lo encontró, solo, sirviéndose una última copa.

—Así que ese era Henrik Falkenberg —dijo, cerrando la puerta tras de sí.

—Un joven muy prometedor. Con futuro.

—¿Con futuro… para él o para mí?

Ernst no respondió de inmediato. Dejó la copa sobre la mesa, sin beber.

—Es solo una sugerencia —añadió, ante el ceño de su hija.

—De modo que esa era la idea de esta fiesta —soltó Elsa—. Apartarme del frente y ponerme delante un candidato que te tranquilice.

El silencio se tensó como un alambre. Él la miró sin ira, con la severidad de quien no admite discusión.

—No se trata de eso; pienso en un futuro más seguro para ti, lejos del campo de batalla —dijo en voz baja—. Solo quiero que tengas una alternativa si las cosas empeoran.

Elsa frunció el ceño, desconcertada.

—¿Ahora quieres protegerme? ¿Ahora te asusta que me hieran o me maten? —La voz se le elevó, clara y afilada—. Me criaste como a un soldado. Me entrenaste para soportar el dolor. Para no temer la muerte, sino provocarla. Y ahora te incomoda el resultado.

Ernst bajó ligeramente la mirada, como si las palabras lo golpearan, pero no se apartó.

—Hice lo que consideré correcto. Formarte para resistir. Pero una cosa es templar el acero y otra permitir que se quiebre sin sentido. He visto aceros partirse —en el Somme nos dejaron solos—. No quiero eso para ti.

—¿Sin sentido? ¿De veras crees que ahora no tengo un propósito?

—Te he visto marcharte sin saber si volverías. Has vuelto. No sé qué sucederá la próxima vez.

Elsa respiró hondo. No esperaba esa grieta, ni ese tono de vulnerabilidad en su padre.

—No soy de porcelana, padre. Y no pienso exhibirme en una vitrina dorada en algún salón de Berlín como si fuera un trofeo cuidadosamente colocado para agradar al Partido.

—No. No eres porcelana. Eres acero —dijo Ernst, casi en un murmullo—. Y aun así, el acero se rompe si la presión no cede. Llegará un momento en que te dejen sola. Temo que entonces sigas creyendo que puedes resistir sin nadie a tu lado.

Elsa guardó silencio unos segundos. Los labios en una línea tensa; el pulso golpeándole las sienes. No quería entender. No podía permitirse entender: si lo hacía, se desmoronaría lo que había construido.

Giró sobre los talones y salió sin cerrar la puerta.

En el pasillo, se quitó los zapatos —como si pesaran más que el uniforme— y los dejó caer en el primer peldaño. Luego cruzó el corredor. El portazo de su habitación resonó por toda la casa.

A comienzos de mayo, mientras la mañana aún se estiraba entre nieblas sobre los jardines de la villa, llegó la carta.

Un sobre oficial, sellado con el Reichsadler —el águila del Reich, con sus alas extendidas sobre una esvástica encerrada en una corona de laurel— que Elsa sostuvo en sus manos durante varios segundos antes de abrirlo, con una calma ritual.

Ya sabía lo que decía antes de leerlo. La orden era clara: incorporación inmediata.

El ejército estaba siendo redistribuido para la próxima gran ofensiva.

El Estado Mayor no lo decía abiertamente, pero todos sabían el destino: Francia.

Su unidad, la misma con la que cruzó Polonia, debía presentarse en Kassel en 72 horas.

Esta vez no habría desfile, ni música, ni flores de niñas rubias. Solo partida nocturna, en silencio.

Cuando Elsa terminó de leer, dejó el sobre sobre el escritorio del despacho de su padre. Recogió su equipaje y se marchó sin mirar atrás. Desde la fiesta, habían abundado más los silencios que las conversaciones entre ambos y no le apetecía una última discusión antes de partir.

La guerra volvía a llamar. Y ella, como siempre, estaba lista para responder.