5. El retorno de los héroes
El tren avanzaba con ritmo constante, traqueteando sobre los raíles como un metrónomo cansado.
A través de las ventanas empañadas, los campos de Brandeburgo desfilaban teñidos de gris y marrón, cubiertos por la pátina melancólica del otoño.
Dentro del vagón, el aire olía a lana húmeda, tabaco barato y cuero sudado.
Los soldados reían, fumaban, compartían historias exageradas sobre su puntería o sobre una campesina polaca que les ofreció leche tibia.
Weber había contado ya tres veces cómo confundió a una vaca con un enemigo.
Bauer, con la pierna vendada, bebía de una cantimplora que no contenía agua.
Schmidt sonreía en silencio, como si toda aquella algarabía fuera parte de un sueño que prefería no discutir.
Elsa, sentada junto a la ventana, mantenía la vista fija en el paisaje.
No participaba de la euforia. Su fusil, limpio hasta el último tornillo, descansaba entre sus botas.
El lazo azul, que había recogido de la muchacha asesinada en Złoczew , permanecía cuidadosamente doblado en su bolsillo.
No sabía por qué lo había guardado. Solo sabía que no podía tirarlo.
La conversación la rodeaba sin tocarla. El ruido de los otros era un telón de fondo.
En su mente, todo seguía oliendo a humo y ceniza.
Cuando el tren comenzó a frenar, los hombres se agolparon a las ventanillas al empezar a oír la música y los vítores de la multitud que esperaba en el andén.
Multitud de banderas rojas con esvásticas ondeaban al viento.
Una banda militar tocaba una marcha triunfal.
El nivel de ruido creció hasta volverse ensordecedor, los altavoces reproducían un discurso pregrabado de Goebbels con voz vibrante: «¡Nuestros héroes regresan con la victoria en los ojos y la patria en el corazón! »
El tren se detuvo con un chirrido metálico, y las puertas se abrieron de golpe, liberando un aire cargado de humo y hollín.
Los soldados descendieron a la estación y, de inmediato, una oleada de ruido los envolvió.
Meier bajó primero, seguido por Müller y Weber, que saludaba con la mano como si estuviera en un desfile.
Una oleada de vítores, flores que volaban por todas partes y flashes fotográficos los recibió.
Algunos soldados eran abrazados por novias, otros por madres o esposas.
Elsa descendió la última. Apenas había puesto un pie en el andén cuando una mano enguantada la sujetó del codo. Era un oficial de las SS, impecable en su uniforme negro de gala, con la gorra perfectamente alineada.
— Fräulein von Kepler —dijo sin sonreír—. Por aquí, por favor. La están esperando.
No esperó respuesta. La condujo entre la multitud, abriéndose paso con autoridad hasta un grupo de periodistas que empezaron a ametrallarla con los flashes, como disparos sin pólvora.
Elsa entrecerró los ojos. Escuchó varias veces su nombre y le llovieron las preguntas, pero entre la algarabía general apenas distinguía cosas como «heroína del frente», «la francotiradora rubia», «la loba del este».
Una niña se le acercó con un ramo de flores amarillas y rojas.
Elsa se agachó para recibirla con una sonrisa que provocó más flashes.
La pequeña la miró con una mezcla de miedo y adoración.
Elsa tomó el ramo con torpeza mientras recibía la felicitación de la niña.
Antes de que pudiera responderle, se marchó corriendo y desapareció entre la multitud.
El oficial de las SS monopolizaba a los periodistas respondiendo a las preguntas por ella, algo decía de que se trataba de «un ejemplo para la juventud aria» pero Elsa no le escuchaba, había distinguido a su padre entre la multitud.
No destacaba como un oficial. No llevaba uniforme.
Iba con un abrigo largo gris, el cuello levantado, y una bufanda oscura. Pero Elsa lo reconoció al instante.
Ernst von Kepler emergía entre los vítores, cruzando el tumulto con pasos decididos, su porte imponente abriendo un camino invisible entre los cuerpos.
No miraba a nadie más. Solo a ella. Elsa sintió un golpe en el estómago.
Su padre, que no se había despedido y la había dejado marchar dándole la espalda.
Estaba allí. En la estación. Buscándola.
Él llegó hasta ella sin titubeos, apartando al oficial de las SS con un gesto seco que no admitía réplica.
Las cámaras captaron el instante en que la abrazó.
Fue un abrazo firme, con los dos brazos cruzados en su espalda como si quisiera asegurar que no era un espejismo.
Elsa se quedó quieta, paralizada. Durante una fracción de segundo, el tumulto se detuvo.
Ni los flashes ni los vítores llegaban hasta ese pequeño círculo de silencio entre los dos.
No podía recordar la última vez que la había abrazado. Tal vez nunca lo había hecho así.
—Estás viva —murmuró él, con voz ronca. No era una pregunta. Era una constatación. Una esperanza por fin confirmada.
Ella no respondió. Sus manos seguían apretadas sobre el ramo de flores. Quiso decir algo, cualquier cosa, pero las palabras no llegaban. Solo sintió una punzada en la garganta y un ardor en los ojos que no sabía cómo controlar.
Él se separó apenas unos centímetros para mirarla. Sus ojos eran los mismos. Firmes y gélidos. Pero húmedos. Y Elsa entendió que algo había cambiado. No sabía qué. No sabía cuánto. Pero su padre, el hombre de acero, había venido a buscarla. Y eso la desconcertaba más de lo que hubiera esperado.
El oficial de las SS carraspeó, incómodo.
— Herr von Kepler, necesitamos unas fotos para el boletín del Reich...
—Después —dijo Ernst sin levantar la voz, pero con una autoridad que no admitía réplica.
Él la tomó con una mano, y juntos caminaron hacia la salida de la estación, mientras detrás de ellos los vítores continuaban, huecos y lejanos, como si pertenecieran a otro mundo.
* * *
Villa von Kepler – Berlín, días después
La villa estaba igual. Las mismas verjas de hierro forjado, los rosales junto al camino de grava, el silencio noble que parecía colgar de las cornisas. Pero algo había cambiado. O quizá era Ernst quien lo había hecho.
En los días que siguieron, el ambiente osciló entre una cortesía tensa y una complicidad velada.
Su padre ya no hablaba en imperativos. Tampoco sonreía, pero escuchaba.
En el desayuno compartían el periódico; en el jardín caminaban juntos, a veces en silencio, a veces comentando la euforia general, como si la guerra hubiera terminado.
Elsa percibía ese respiro, aunque sabía que era apenas una pausa antes de lo inevitable.
Una mañana, encontró sobre su cama una caja alargada, envuelta en papel de seda.
No había tarjeta. Solo una nota con su nombre escrito a mano.
Dentro, sobre un forro marfil, reposaba un vestido.
Era de noche, corte francés, traído de una boutique de la Kurfürstendamm .
Negro como ala de cuervo, con reflejos que se encendían bajo la luz.
Sin adornos, pero elegante. Escote en corazón, discreto; mangas ceñidas hasta la muñeca; cintura ajustada con una precisión casi mecánica.
La falda caía en pliegues suaves, con una abertura lateral que apenas insinuaba movimiento.
Elsa acarició la tela con la yema de los dedos. La suavidad la sorprendió: nada tenía que ver con los uniformes ásperos que siempre vestía. Lo colgó frente al espejo, tratando de imaginarse dentro, cuando oyó pasos tras la puerta. El reflejo mostró primero la silueta de su padre.
—Es para ti —dijo Ernst von Kepler, con voz grave.
Elsa giró el rostro hacia él, con una ceja apenas levantada.
—¿Un vestido?
—No es lo que estás habituada, pero pensé que podrías tolerarlo —añadió él, avanzando hasta quedarse a su lado.
Ella volvió la vista al vestido, incómoda. No sabía si la inquietaba más el regalo en sí o el tono casi amable en la voz de su padre.
—¿Qué se supone que debo hacer con esto?
—Ponértelo esta noche. Tendremos una recepción. Solo antiguos camaradas. Nada grandioso .
Elsa frunció el ceño. No podía recordar la última vez que su padre había abierto las puertas de la casa a invitados. Y mucho menos por voluntad propia.
—¿Aún tienes camaradas? —preguntó, sin malicia, pero con honesta sorpresa.
Von Kepler la miró con una media sonrisa que se desvaneció tan pronto como apareció.
—Algunos siguen vivos. Otros aún me recuerdan, será una velada interesante.
Hubo un silencio. Elsa rozó el escote del vestido con la mano, luego alzó la mirada.
—¿Estás seguro de que quieres que me lo ponga?
Él asintió, breve, como quien da una orden sin parecerlo.
—Sí.
Elsa sostuvo su mirada. Durante años se habían hablado con dureza; ahora el silencio entre ambos parecía más elocuente que cualquier reproche.
—No tengo zapatos para eso —dijo finalmente, en voz baja.
—Mira dentro del armario —respondió él sin dudar—. La caja marrón.
Ella suspiró, mezcla de perplejidad y ternura. Ernst giró sobre sus talones. Antes de salir, se detuvo:
—Te sentará bien. Tienes la estampa de tu madre. Solo que más… firme.
Finalmente, cuando Elsa se lo probó frente al espejo de su dormitorio, el reflejo que le devolvió la dejó inmóvil durante un tiempo. Era ella. Pero muy diferente.
El vestido resaltaba los hombros, el cuello largo, los pómulos altos de su madre.
El escote enmarcaba el pecho con la elegancia de una escultura.
Los brazos se apreciaban más largos bajo la seda negra.
Sus ojos, azul acerado, parecían brillar con más intensidad.
La melena rubia, peinada hacia un lado, caía sobre el hombro con estudiada naturalidad.
No llevaba maquillaje. Solo un leve rubor en las mejillas por la extrañeza de verse así.
Era la primera vez que no se sentía disfrazada con un vestido.
Tal vez, por primera vez, parecía una mujer y no un soldado.
Y ese descubrimiento le gustó tanto como la incomodó.