Loba de Hierro 4. Primera sangre
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4. Primera sangre

Afueras de Piotrków Trybunalski

La tierra olía a humedad, estiércol viejo y metal.

Una mezcla extraña que no había experimentado antes.

Las botas se hundían ligeramente en el fango de un sendero rural que cruzaba un campo de centeno ya segado.

El cielo, cubierto de nubes grises, era bajo y plomizo, como si amenazara con caerse en cualquier momento.

La brisa traía un frío que cortaba los nudillos y helaba el aliento.

Era temprano en la mañana, y a pesar del calendario, el otoño parecía decidido a llegar antes de tiempo.

Detrás de ellos marchaban Bauer, el operador de mortero, pesado como su propio equipo; Schmidt, el sanitario, un hombre silencioso y pálido que parecía haber hecho las paces con la muerte y Franz Müller, el líder de sección, caminando siempre por el flanco, fumando con una resignación que no ocultaba su incomodidad al estar allí.

Lukas Weber, el fusilero más joven, no dejaba de lanzarle miradas furtivas, incapaz de contener la curiosidad.

—Pensé que las mujeres solo cosían uniformes en Berlín —soltó Weber, cuando reunió valor.

Elsa no giró la cabeza.

—Y yo pensé que los soldados sabían marchar en silencio.

Una carcajada breve recorrió la columna. Incluso Meier dejó escapar una mueca que podría haber sido una sonrisa.

* * *

Llevaban cinco días de avance continuo. Desde que cruzaron la frontera el primer día, no habían encontrado resistencia seria.

La aviación había machacado aeródromos y vías férreas.

Las divisiones blindadas habían cortado las rutas de retirada.

Todas las aldeas que atravesaban estaban vacías.

Muchos habían huido a las ciudades o se habían escondido en los bosques.

Solo en ocasiones encontraban civiles, la mayoría ancianos o mujeres, que los observaban con ojos grandes y mudos desde las puertas de casas quemadas.

No se veía rastro de la felicidad que la propaganda difundía sobre los soldados alemanes recibidos por el pueblo polaco.

Por la noche dormían en graneros o en carromatos abandonados.

El suelo estaba frío y la humedad calaba hasta los huesos.

Pero Elsa no se quejaba. Había dormido sobre barro antes.

Sin embargo, aquella calma inestable la inquietaba, hubiera preferido hacer cualquier cosa menos caminar durante días sin un objetivo definido.

Al día siguiente, la acción comenzó justo después de cruzar un pequeño puente de madera sobre un arroyo estrecho. El pelotón se dispersó instintivamente al oír el primer disparo seco desde la arboleda.

—¡A cubierto! —gritó Müller, dejándose caer tras un montículo de tierra.

Bauer vaciló un segundo y la bala lo derribó por la pierna.

Schmidt se lanzó hacia él, agachado, mientras las balas cortaban el aire con un silbido áspero.

Weber vació el cargador hacia la maleza sin saber si acertaba algo.

Meier, cubierto tras una carreta volcada, intentaba reagruparlos y localizar el origen del ataque entre el caos.

Elsa se había deslizado con la frialdad de un felino hacia un montículo cercano. Se tumbó boca abajo, alineó la mira telescópica con la vegetación y esperó. No tardó en distinguir un destello: el brillo del cañón de un fusil polaco.

Respiró hondo. Apoyó el dedo en el gatillo.

La mira telescópica dibujaba un círculo perfecto alrededor del enemigo.

Hasta entonces había disparado a cascos, a troncos, a siluetas de papel.

Ahora el blanco respiraba. Tenía ojos, tenía manos.

Por un instante, Elsa escuchó con claridad el eco de la voz de su padre: «Dispara como si hablaras al mundo, niña».

Apretó el gatillo.

El casco polaco se sacudió hacia atrás con un chasquido.

El hombre cayó. Fue rápido, limpio, impecable.

Pero el silencio posterior pesaba como una losa.

En la nuca de Elsa se clavaba un frío desconocido: la certeza de que no había vuelta atrás.

Otro se alzó a pocos metros. Elsa giró el cuerpo con fluidez, ajustó la mira, y disparó de nuevo.

Segundo blanco. La vegetación se agitaba; había al menos cinco más .

Müller aprovechó el momento para avanzar disparando ráfagas cortas y precisas.

Weber aprovechó la distracción de su compañero para cubrir el flanco con fuego de supresión.

Schmidt, agachado, seguía trabajando sobre la herida de Bauer, con las manos rojas hasta el codo.

Había gritos por todas partes y el humo de la pólvora lo impregnaba todo.

Explotaron un par de granadas en la explanada, lanzadas con demasiada rapidez.

Elsa contuvo el aliento. Tercer disparo. Tercer blanco.

Los intercambios de disparos finalizaron abruptamente cuando los soldados polacos se retiraron.

El humo se disipó lentamente y el silencio volvió con brutalidad.

Era el momento de reunir a los heridos y atenuar los latidos del corazón.

Con el vendaje apretado, Bauer se pudo incorporar cojeando mascullando insultos que intentaban disimular el miedo que se había apoderado de él cuando lo alcanzaron.

Meier se acercó a Elsa mientras ella limpiaba el cañón de su fusil.

—Éramos cinco antes de ti. Hoy seguimos siendo cinco gracias a ti.

Elsa asintió sin decir nada. Terminó su tarea, comprobó el cerrojo, y volvió a guardar el arma mientras se incorporaba. Su respiración seguía siendo rítmica. Pero sabía que algo había cambiado. Por primera vez, había matado.

Y lo había hecho bien.

Al acercarse a los cadáveres mantuvo su mente fría a pesar de la adrenalina que corría por sus venas.

Controló su respiración y la empatía que pudiera haber podido sentir por sus enemigos, tal como le habían enseñado.

Una ligera sensación de vacío empezó a manifestarse, pero la apartó con rapidez.

Aceleró el paso y alcanzó a sus compañeros. Todavía quedaba mucho día por delante.

A la mañana siguiente, llegaron órdenes directas desde el mando local; una unidad SS necesitaba refuerzos en el combate contra una resistencia irregular en el pequeño pueblo de Złoczew .

Dejaron a Bauer en unos camiones de suministros que regresaban al puesto de mando y se pusieron en marcha.

Había que cubrir muchos kilómetros antes de llegar y no les sobraba tiempo para ayudar en el combate.

Cuando el pelotón alcanzó los primeros límites del pueblo, la urgencia ya se había disuelto en humo. Literalmente.

Casas calcinadas. Puertas abiertas, algunas arrancadas.

Vidrios rotos, muebles quemados. Un carro tirado por caballos volcado en la calle principal con toda su carga esparcida como si hubiese pasado un vendaval por allí.

Los cadáveres estaban por todas partes: mujeres, ancianos, algunos niños.

Todos civiles. La mayoría tirados boca abajo.

Algunos con las manos atadas a la espalda.

No había rastro de armas ni bajas alemanas.

Habían sido ejecuciones. Disparos en la nuca, cuerpos amontonados en las paredes de las casas con el rastro humeante de los disparos de las ametralladoras.

Elsa caminaba entre ellos con el arma colgada al hombro.

El único sonido era el crepitar de las llamas, sin disparos ni gritos.

Solo el crujir de sus botas sobre la ceniza y un hedor dulzón que se agarraba al fondo de la garganta.

Weber vomitó tras un muro derrumbado.

—¿Qué diablos ha pasado aquí? —preguntó Müller, con la voz rasposa.

Un soldado de la Wehrmacht, uno de los pocos en el lugar, los saludó con desgana. Tenía la mirada ida, los ojos rojos. Señaló hacia el este.

—La Leibstandarte SS Adolf Hitler estuvo aquí. Dijeron que hubo disparos desde una ventana. El comandante ordenó que había que dar ejemplo.

Elsa se agachó junto al cuerpo de una mujer joven.

Tendría su edad, tal vez menos. Estaba tendida boca arriba sobre las cenizas, con un brazo torcido en un ángulo imposible y el otro cubriendo parcialmente el pecho, como si hubiera intentado protegerse en el último segundo.

Tenía el cabello oscuro desparramado sobre el suelo, pegado por la sangre y el hollín.

En el pelo, un lazo de azul intenso, casi intacto.

Los ojos, abiertos, reflejaban aún el cielo plomizo, y la boca entreabierta mostraba los dientes ligeramente torcidos.

Elsa estiró la mano con lentitud, y cerró suavemente los párpados de la joven. La piel estaba fría, terrosa. Nada tenía sentido.

El lazo azul en el cabello de la muchacha brillaba con un contraste insoportable contra la ceniza.

Elsa lo tocó con la yema de los dedos, casi como quien acaricia una reliquia.

No lo entendía: aquel simple lazo parecía contener toda la vida que acababa de extinguirse en aquel lugar.

Lo arrancó con cuidado y lo guardó en su bolsillo, sin saber por qué.

A su alrededor, Weber seguía agachado frente al muro, Schmidt se persignaba murmurando un rezo en voz baja como si quisiera espantar fantasmas, y Meier solo apretaba la mandíbula, los ojos ardiendo de rabia que no podía expresar.

Cada uno reaccionaba a su modo, pero ninguno se atrevía a decir lo que pensaba: aquello no era una guerra, sino una masacre.

Entonces, con un gesto brusco, Meier indicó al pelotón que siguiera adelante. Elsa se incorporó sin mirar atrás, pero en su pecho, la sensación de vacío se acrecentó un poco más.

Esa noche no levantaron campamento. Avanzaron durante horas, como si los pasos pudieran enterrar en el barro lo que sus ojos habían visto. Pero el hedor de la matanza los acompañaba, pegado a las botas y a la ropa, y aunque el viento cambiara de dirección, ninguno logró desprenderse de él.

Dos días más tarde, mientras avanzaban hacia el sur, se cruzaron con un convoy detenido a la vera del camino.

Un pequeño grupo de soldados de la Wehrmacht vigilaba a una columna de prisioneros polacos.

Eran una veintena: algunos con uniforme deshilachado, otros en ropa civil.

Iban descalzos, cubiertos de polvo, con la derrota y el cansancio en todos los rostros.

En menos de un mes, Polonia se había desmoronado ante el avance fulgurante del ejército alemán mucho más preparado, numeroso y veloz.

Había sido una lucha desigual, feroz, como si un hombre aplastara un mosquito.

Al pasar junto a ellos, Elsa se fijó en un muchacho que no debía tener más de quince años. Al notar su mirada, levantó ligeramente la mano y murmuró en alemán:

—Agua... —por favor.

Elsa lo escuchó y percibió sus mejillas hundidas, los labios agrietados. No era un soldado: era solo un muchacho que pedía ayuda. Meier pasó junto a ella y no dijo nada, pero su gesto era claro: no te detengas .

Elsa apretó el paso, endureciendo la expresión.

No tenía libertad excepto cuando combatía; fuera de eso, solo obedecía órdenes, por absurdas que fueran.

Se sorprendió a sí misma por esa rabia inesperada que empezaba a ahogarla.

Agitó la cabeza varias veces, como si pudiera despejarla, concentrada en no romper el paso.

Esa noche, cuando por fin detuvieron la marcha, encendieron un pequeño fuego.

Nadie hablaba. Weber aún tenía el estómago revuelto y se negó a comer nada; Schmidt repasaba el rosario entre los dedos murmurando frases ininteligibles en la oscuridad, y Meier se limitaba a observarlos a todos con gesto pétreo, como si llevara la cuenta de cuántos hombres seguían enteros por dentro.

En una esquina del campamento, un aparato de radio chisporroteó con interferencias hasta dar paso a la voz chillona de Goebbels.

El discurso era el que ya habían oído otras veces.

Hablaba de victoria, de honor, de la misión histórica del Reich.

Las palabras sonaban solemnes, vibrantes, calculadas para llenar el pecho de orgullo.

«¡Nuestros soldados avanzan con honor! ¡El enemigo se desmorona ante la superioridad del Reich!

¡Estamos liberando Europa del caos y la barbarie! »

Elsa escuchó en silencio, con la vista perdida en las llamas.

Podía repetir de memoria cada consigna, cada frase martillada en los periódicos de Berlín.

Pero entre el fuego y la estática de la radio, lo único que veía eran los ojos abiertos de la joven del lazo azul y el gesto suplicante del muchacho que pedía agua.

Le habían hablado durante días, semanas y meses del enemigo, de su falta de humanidad, de su inferioridad respecto a su raza.

Pero lo que había visto ese día no llevaba uniforme ni siquiera empuñaba un arma.

Era una mujer como ella, con un vestido fino y un lazo azul en el pelo.

Se preguntó si habría tenido madre. Si alguien le habría peinado ese cabello esa misma mañana.

Si había reído, si había corrido, si habría tenido tiempo de entender por qué los camiones llegaron y por qué los atacaron con aquella furia homicida.

No encontró la respuesta. Palpando el bolsillo superior de su guerrera encontró el sobre oscuro que su padre le había obligado a coger al partir. Lo palpó con sus dedos recorriendo sus bordes hasta tomar una decisión. Lo abrió con cuidado a la luz de la linterna.

Elsa,

Si estás leyendo esto, es porque por fin has dudado.

Te enseñé a no temer, a obedecer y a disparar. Tal vez fui un mal padre por hacerlo, pero era la única forma que conocía para prepararte para este mundo. No quise una hija débil ni dependiente, sino a una mujer capaz de valerse por sí misma.

Aprende esto: cuando un soldado deja de cuestionar, deja de ser humano. Si un día sientes que todo lo que te rodea tiene sentido, que debes obedecer ciegamente y que los enemigos son monstruos… entonces habrás dejado de ser mi hija.

No confíes en hombres que prometen un régimen eterno ni en símbolos que exigen fe sin preguntas. Yo lo hice una vez, creyendo en un imperio, y fui testigo de cómo se deshacía entre el barro y la sangre de las trincheras. Los hombres cambian de uniforme. Las mentiras, no.

Cree solo en ti misma y en la libertad que seas capaz de alcanzar. Y si algún día el deber te obliga a elegir entre la obediencia y la verdad, elige la verdad, aunque te quedes sola.

—Tu padre.

Levantó la vista hacia las llamas y una tristeza suave, melancólica, le envolvió. Se acurrucó bajo la manta y, por un instante, sintió a su padre más cerca de lo que había estado jamás.