Capítulo 15 — EL DUELO #6
—Pello —dijo, con la voz que se le asentaba en la garganta—.
La historia se va a contar entera. Y usted, Pello, va a estar cuando se cuente.
Porque el monte, Pello, no olvida a los que lo cuidan.
Y usted, Pello, ha cuidado del monte toda la vida.
—Hizo una pausa—. Ahora, descanse. Y cuando se despierte, cuando se recupere, vamos a subir juntos.
Vamos a subir al monte. Vamos a llegar a la cueva.
Y vamos a desenterrar lo que se enterró.
—Miró a Pello—. Juntos, Pello. Como el monte hace las cosas. En auzolan.
Pello asintió, con la lluvia golpeando los cristales de la UCI y la mirada que se le cerraba despacio, con la voz que se le quebraba en la garganta.
—En auzolan —dijo—. Como el monte hace las cosas. —Hizo una pausa—. Y ahora, inspectora, suba. Suba al monte. Suba por el Camino Seguro. Llegue a la cueva. Y desentierre lo que se enterró. —Miró a Irati—. Que el monte, Irati, la está esperando.
Irati asintió, con la lluvia golpeando los cristales de la UCI y la certeza de que la subida, la del Camino Seguro, la de la cueva, la de la prueba, estaba a punto de empezar.
Y con el cierre del acto, con la confesión que dolía, con la verdad que unía el vertedero y el monte, con la prueba que esperaba en la cueva, Irati salió de la UCI, con la lluvia golpeando los cristales y la noche sobre Galdakao.
Fuera, en el pasillo, la esperaba Jules.
—¿Y bien? —preguntó Jules, con la voz baja.
—Lo que se enterró en Mokorreta —dijo Irati, con la voz que se le asentaba en la garganta—, lo que se enterró en el 2016, nunca se movió del monte.
Está en la cueva. La de la vieja. La del Camino Seguro.
La prueba de Koldo. La de Ane. —Miró a Jules—.
Y mañana, Jules, subimos. Subimos de madrugada, por el Camino Seguro, con el club, con la ruta del tío, con la niebla del monte.
Y llegamos a la cueva. Y desenterramos lo que se enterró.
—Hizo una pausa—. Juntos, Jules. Hasta el final.
Jules la miró un momento, con la lluvia golpeando los cristales del pasillo y la noche sobre Galdakao, y asintió.
—Juntos —dijo—. Hasta el final.
La lluvia golpeaba los cristales del pasillo, y la noche se cerraba sobre Galdakao, y Irati, con la certeza de que el caso había dado el paso que faltaba, sintió que el monte, el que guardaba lo que no se perdía, el que esperaba, el que no se callaba, estaba de su lado.
El monte iba a hablar.
Y la historia, la de Ane, la de Koldo, la del 2016, la de Mokorreta, la de todos los que la organización había enterrado, se iba a contar entera.
Con el monte.
Con el club.
Con el auzolan.
Con la sal en los labios y la marea subiendo.
Con la determinación de los que saben que la verdad, la vasca, la comunitaria, no se sostiene sola.
Se sostiene entre todos.
Y todos, pensó Irati, con la lluvia golpeando los cristales y la ría subiendo con la marea, estaban de su lado.
El monte.
El club.
Pello.
Eneko.
Jules.
Todos.
Y con la certeza, la que le subía desde el pecho, de que la subida, la del amanecer, la del Camino Seguro, la de la cueva, la de la prueba, estaba a punto de empezar, Irati apretó la mano de Jules, con la lluvia golpeando los cristales y la noche sobre Galdakao.
Fuera, en la calle de Galdakao, con la lluvia que no cesaba y la ría subiendo en la oscuridad, Irati se detuvo un momento junto al coche y miró el monte, el que se adivinaba más allá de la ciudad, el que esperaba, el que guardaba.
—Jules —dijo, con la voz que se le asentaba en la garganta—.
El Enterrador sabe que hemos llegado hasta el refugio.
Sabe que hablamos con el club. Sabe que estamos cerca de la cueva.
—Miró a Jules—. Y mañana, cuando subamos, va a estar esperando.
Va a estar vigilando el Camino Seguro. Va a estar vigilando la cueva.
—Hizo una pausa—. No vamos a subir en silencio, Jules.
Vamos a subir con el club, con las luces, con la gente, con la niebla.
Vamos a subir haciendo ruido, para que sepa que vamos.
Y mientras todos suben por el Camino Seguro, Jules, tú y yo vamos a subir por la otra senda.
La de la vieja. La que no sale en los mapas.
La que solo los del club conocen. —Miró a Jules—.
Y llegaremos a la cueva antes de que él se dé cuenta de que no vamos con los demás.
Jules la miró un momento, con la lluvia golpeando la calle y la noche sobre Galdakao, y asintió.
—La otra senda —dijo—. La de la vieja. —Hizo una pausa—. ¿Y si el Enterrador también la conoce, Irati? ¿Y si la está vigilando también?
Irati se quedó un momento en silencio, con la lluvia golpeando la calle y la noche sobre Galdakao, con la pregunta de Jules girándole en la cabeza.
Y la pregunta, la del Enterrador, la de si conocería también la otra senda, fue el micro-giro que le cerró el pecho.
No lo sabía.
No podía saberlo.
Solo sabía que, fuera como fuese, mañana subían.
Mañana llegaban.
Mañana desenterraban.
Y entonces, la organización, la que enterraba, la que golpeaba, la que borraba, se iba a caer.
Con el monte.
Con la verdad.
Con la historia contada entera.
Con el miedo, el de Irati, el que no se le quitaba del pecho, escondido debajo de la determinación.
Porque la pregunta de Jules, la del Enterrador, la de la otra senda, la del plan B, la de la leyenda, iba a quedarse con ella toda la noche.
E iba a subir con ella al monte.