Capítulo 16 — EXHUMACIÓN
Irati Sarasola
I. La operación
La operación comenzó al amanecer, con la lluvia sobre Mokorreta y las máquinas amarillas abriendo la tierra, con la notificación oficial a la empresa y el juzgado de guardia firmando la orden, con la prensa contenida al otro lado del perímetro y el alcalde, el de siempre, el que llevaba años callando, mirando desde la puerta de su coche, sin decir nada.
Irati lo vio todo desde la cota alta, con el viento subiendo por la escombrera y la tierra que olía a barro y a gasóleo, con el mono del brEC que le sobraba y las botas que le habían prestado, con Eneko a su lado y los perros del grupo de búsqueda tirando de las correas.
La excavación avanzaba despacio.
La excavación avanzaba con método, con palas y con la tierra que se abría en capas, con los arqueólogos de la Ertzaintza que iban marcando los niveles y los perros que iban rastreando el perímetro.
Y la excavación, pensó Irati, con la lluvia sobre Mokorreta y las máquinas abriendo la tierra, era el teatro de la verdad.
La que la organización llevaba años enterrando.
La que Koldo había visto, la que Ane había seguido, la que el testigo había oído, la que todos los que habían preguntado en el valle habían pagado con la vida.
La que, según Pello, según la confesión del hospital, según la nota del anorak verde, según la libreta de la Oficina Técnica, se había enterrado en Mokorreta.
Y la que, según la operación, según la orden del juzgado, según la excavación que avanzaba con método, iba a salir a la luz.
Las horas pasaron con la lluvia sobre Mokorreta y las máquinas que abrían la tierra, con la tierra que se iba amontonando en montones limpios y los niveles que se iban marcando, con los perros que se iban cansando y los arqueólogos que iban consultando los planos.
Y cuando la pala, a media tarde, tocó el fondo de la escombrera, cuando los arqueólogos bajaron al hueco y los perros se quedaron quietos, cuando la tierra dejó de moverse y la lluvia, de repente, pareció más fría, Irati bajó de la cota alta, con el viento subiendo por la escombrera y el corazón que le latía más fuerte.
Bajó mientras las cámaras disparaban desde el otro lado del perímetro, con los flashes rompiendo la lluvia y los periodistas que se asomaban a la cinta, con los técnicos del municipio que se arremolinaban junto a las furgonetas y el alcalde que no se bajaba del coche, con el móvil pegado a la oreja y la cara que no miraba a nadie.
El teatro de la excavación no era solo la tierra.
Era la prensa.
Era el municipio.
Era la presión.
Era el caso que llevaba años enterrado y que, de repente, con la orden del juzgado, con la notificación, con la exhumación, se había vuelto noticia.
Era el alcalde, el que llevaba años callando, el que había firmado los permisos, el que había mirado hacia otro lado cuando los camiones entraban de noche, el que ahora, con las cámaras encima, no sabía qué hacer con las manos.
Era el concejal de medio ambiente, el que había presentado el informe, el que había asegurado que la escombrera estaba clausurada, el que ahora, con las palas abriendo la tierra, con los perros rastreando el perímetro, se repetía que no había sabido nada.
Era la política.
La que la organización, la que enterraba, la que contenía, la que callaba, conocía de memoria.
Y Irati, bajando por la escombrera con el barro hasta las rodillas y la lluvia golpeándole la cara, sabía que la excavación, la oficial, la del teatro, no iba a dar el cuerpo.
Lo sabía desde que había visto el plan B.
Lo sabía desde la llamada de Silva.
Lo sabía desde la tierra vacía que la organización, la que desenterraba, la que reenterraba, había dejado lista.
Lo sabía, sobre todo, desde la confesión de Pello.
Desde la frase que no se le iba de la cabeza.
Lo que se enterró en Mokorreta, lo que se enterró en el 2016, nunca se movió del monte.
Nunca se movió del monte.
Y la excavación, pensó Irati, con el barro hasta las rodillas y la lluvia golpeándole la cara, era el teatro que la organización había dejado para que el caso se atascara.
El teatro que iba a dar nada.
El teatro que iba a confirmar que no había cuerpo.
El teatro que iba a hacer que el juzgado, la prensa, el municipio, la política, volvieran a mirar hacia otro lado.
El teatro que iba a comprarle a la organización otro día, otra semana, otro entierro.
Pero la verdad, pensó Irati, con el barro hasta las rodillas y la certeza que le subía desde el pecho, no estaba en Mokorreta.
Estaba en el monte.
Estaba en la cueva.
Estaba en la bolsa de tierra que el Enterrador había comprobado, la que había reocultado, la que el club había vuelto a abrir.
Estaba esperando.
Y la espera, pensó Irati, con la lluvia golpeándole la cara y los flashes rompiendo el perímetro, se iba a acabar esa noche.
—¿Qué hay? —preguntó, con la voz que se le asentaba en la garganta, con el barro hasta las rodillas y la lluvia golpeándole la cara.
El arqueólogo levantó la cabeza, con la tierra en las manos y la cara que no le ocultaba nada.
—Nada —dijo, con la voz que se le asentaba en la garganta—.
No hay nada, inspectora. No hay cuerpo. No hay caja.
No hay servidores. No hay nada. —Hizo una pausa—.
La escombrera, inspectora, está vacía. La tierra, inspectora, está limpia.
—Miró a Irati—. El nivel donde tenía que estar lo que buscamos, inspectora, no existe.
El nivel donde tenía que estar lo que se enterró, inspectora, se excavó hace tiempo.
Se rellenó hace tiempo. Se selló hace tiempo.
—Hizo una pausa—. Lo que se enterró en Mokorreta, inspectora, ya no está en Mokorreta.
Irati se quedó un momento en silencio, con la lluvia golpeándole la cara y las palabras del arqueólogo girándole en la cabeza.
Nada.
No hay cuerpo.
No hay caja.
No hay servidores.
No hay nada.
Lo que se enterró en Mokorreta ya no está en Mokorreta.
El teatro de la excavación.
La verdad que se les escapaba.
El plan B del Enterrador.
El que, según la llamada de Silva, según la siembra del interludio, iba a hacer que todo oliera a accidente y a leyenda.
El que, según la orden, iba a mover lo que se enterró.
El que, según la tierra vacía que tenía delante, ya había movido.
La organización había movido la prueba.
La organización había movido el cuerpo.
La organización, la que enterraba, la que desenterraba, la que reenterraba, acababa de ganar la primera partida.
Y Irati, con la lluvia golpeándole la cara y la certeza en el pecho, sabía exactamente dónde la había movido.
Sabía dónde estaba lo que se enterró.
Porque Pello se lo había dicho.
Porque la confesión del hospital se lo había dicho.
Porque la nota de Ane, la del anorak verde, la de la libreta pequeña, se lo había dicho.
Porque el monte, el que guardaba, el que esperaba, el que no se callaba, se lo había dicho.
Lo que se enterró en Mokorreta, lo que se enterró en el 2016, nunca se movió del monte.
Nunca se movió del monte.
Estaba en la cueva.
La de la vieja.
La de la Dama.
La del Camino Seguro.
La que la tierra prestaba el nombre.
Y la organización, pensó Irati, con la lluvia golpeándole la cara y la certeza que le subía desde el pecho, había movido lo que se enterraba en Mokorreta.
Pero no había movido lo que se enterró en el monte.
Porque lo que se enterró en el monte, según Pello, según Ane, según Koldo, según todos los que habían confiado en la tierra, no se movía.
Esperaba.
Y la espera, pensó Irati, con la lluvia golpeándole la cara y la certeza en el pecho, se iba a acabar esa misma noche.
—Eneko —dijo, con la voz que se le asentaba en la garganta, sin mirar la escombrera vacía, mirando el monte que se adivinaba al fondo, más allá de la llanada, más allá de la lluvia—.
La operación de Mokorreta ha terminado. No hay nada que hacer aquí.
—Hizo una pausa—. Pero la noche, Eneko, no ha terminado.
—Miró a Eneko—. Esta noche, Eneko, subimos al monte.
Esta noche, Eneko, subimos por el Camino Seguro.
Esta noche, Eneko, llegamos a la cueva. —Miró a Eneko—.
Y esta noche, Eneko, desenterramos lo que se enterró.
Eneko la miró un momento, con la lluvia golpeándole la cara y la certeza en el pecho, y asintió.
—Esta noche —dijo—. Subimos.
Y la lluvia caía sobre Mokorreta, sobre la escombrera vacía, sobre el teatro de la excavación, y Irati, con la certeza de que la partida, la verdadera, no se jugaba en el vertedero, sino en el monte, apretó los puños.
La organización había movido lo que se enterró en el valle.
Pero el monte, el que guardaba lo que no se perdía, el que esperaba, el que no se callaba, no se había movido.
El monte seguía allí.
Y la cueva, la de la vieja, la de la Dama, la del Camino Seguro, seguía allí.
Esperando.
Esperando a la inspectora.
Esperando a que la historia se contara entera.
Esperando.
II. El monte
Subieron de madrugada, con la niebla cerrada sobre el Gorbeia y la lluvia que había escampado, con las linternas encendidas y las botas que conocían cada roca, con el club entero subiendo por el Camino Seguro, con Eneko al frente y los viejos que conocían la ruta del tío flanqueando la columna.
No subieron en silencio.
Subieron con las luces, con las voces, con las azadas y las palas en las espaldas, con la advertencia que Irati había repetido antes de salir, con el plan que se había ido cerrando en el local del club.
El club subiría por el Camino Seguro, haciendo ruido, para que el Enterrador, si estaba en el monte, si estaba vigilando la puerta, supiera que iban.
Y Irati, con Jules y con dos de los viejos, subiría por la senda de la vieja, por la que no salía en los mapas, por la que atravesaba la robleda y llegaba al collado por detrás, por la que la tierra prestaba el nombre.
La senda de la vieja.
La que, según Eneko, no se borraba.
La que no se enterraba.
La que iba a llevar a la inspectora hasta la cueva.