Capítulo 15 — EL DUELO #5
Pello se quedó un momento en silencio, con la lluvia golpeando los cristales de la UCI y la mirada en el pasado, con la voz que se le quebraba en la garganta.
—La guardó en el monte —dijo—. Koldo, antes de que se lo llevaran, guardó la prueba en el monte.
En el sitio que conocía, en el sitio que solo él conocía, en el sitio donde el monte guardaba lo que no se debía perder.
—Miró a Irati—. La guardó en la cueva, Irati.
En la cueva de la vieja, en la que la tierra presta el nombre, en la de la Dama, en la del Camino Seguro.
La guardó en la cueva donde lo que se enterró, no se pierde.
—Hizo una pausa—. Y yo, Irati, supe del hallazgo.
Yo supe que Koldo había guardado la prueba en la cueva.
Y callé. —Miró a Irati, con los ojos que se le llenaban de algo—.
Callé porque tuve miedo. Porque sabía que la organización, la que se había llevado a Koldo, la que enterraba, la que borraba, iba a venir a por mí si hablaba.
Y callé durante años. Callé cuando Ane subió al monte, cuando Ane buscó la ruta, cuando Ane encontró la cueva, cuando Ane dejó la prueba en la cueva.
Callé cuando se la llevaron, cuando la encontraron en el contenedor, cuando la enterraron.
Callé, Irati. Y el callar, Irati, fue lo que me pesó.
Lo que me pesa. Lo que me va a pesar toda la vida.
Irati se quedó un momento en silencio, con la lluvia golpeando los cristales de la UCI y las palabras de Pello girándole en la cabeza.
—¿Y cómo lo supo, Pello? —preguntó, con la voz que se le asentaba en la garganta—. ¿Cómo supo que Koldo había guardado la prueba en la cueva? ¿Cómo supo que Ane la había encontrado?
Pello cerró los ojos un momento, con la lluvia golpeando los cristales de la UCI y el silencio del monte fuera, con la voz que se le quebraba en la garganta.
—Porque Ane me lo contó —dijo—. Ane, la de la Oficina Técnica, la de la libreta pequeña, la del anorak verde del club.
—Miró a Irati—. Ane era la sobrina de Koldo, Irati.
La sobrina del desaparecido. La que había heredado la ruta del tío, la marca del tío, el Camino Seguro.
Y años después de que se llevaran a Koldo, Ane me buscó.
Me encontró en el club, me esperó una noche, me dijo que tenía que contarme algo.
—Hizo una pausa—. Me contó que había encontrado la prueba.
Que había subido al monte, que había seguido la ruta del tío, que había llegado a la cueva de la vieja, que había desenterrado lo que Koldo había guardado en el 2016.
Me contó que la prueba, Irati, seguía allí, esperando, y que tenía que entregarla.
Me contó que iba a entregarla antes de que fuera tarde.
—La voz se le quebró—. Y yo, Irati, le dije que no.
Le dije que se callara. Le dije que la organización, la que se había llevado a Koldo, la que enterraba, la que borraba, iba a venir a por ella si hablaba.
Le dije que se callara, que siguiera callada, que dejara la prueba donde estaba.
—Miró a Irati, con los ojos llenos—. Y Ane, Irati, me escuchó.
Me escuchó porque era el tío del club, porque la había visto crecer, porque confiaba en mí.
Y calló. Y una semana después, Irati, la encontraron en el contenedor.
Con el anorak verde y la libreta en el bolsillo. Enterrada como un secreto más.
La lluvia golpeaba los cristales de la UCI, y el silencio del monte se quedaba fuera, y el silencio, en la habitación, se hizo tan grande que Irati pudo oír el goteo del agua en el fondo del pasillo.
—Yo callé cuando Koldo desapareció —dijo Pello, con la voz que se le rompía—.
Y callé cuando Ane me buscó. Y callé cuando la enterraron.
Y cada callar, Irati, fue un entierro. Cada callar, Irati, enterró un poco más a los que hablaron.
—La voz se le asentó—. Y ahora hablo, Irati.
Hablo porque Pello, el que calló dos veces, no va a callar la tercera.
Hablo porque Ane, la que confió en mí, la que se calló por mí, la que la enterraron, merece que alguien hable.
Hablo porque lo que se enterró en Mokorreta, lo que se enterró en el 2016, nunca se movió del monte, y está esperando a que lo desentierren.
—Miró a Irati—. Y usted, inspectora, es la que va a desenterrarlo.
La lluvia golpeaba los cristales de la UCI, y el silencio del monte se quedaba fuera, y Irati se quedó un momento en silencio, con las palabras de Pello girándole en la cabeza.
La prueba en la cueva.
La prueba que Koldo guardó.
La prueba que Ane confirmó.
La prueba que la organización llevaba años buscando.
La prueba que nunca se movió del monte.
—Y ahora habla —dijo Irati, con la voz que se le asentaba en la garganta, con la mano que le buscaba la mano vendada a Pello—.
Ahora habla, Pello, y la culpa, la que lleva toda la vida, se va a ir quedando.
Ahora habla, y el monte, el que guarda lo que no se pierde, va a hablar por todos.
—Hizo una pausa—. ¿Sabe dónde está la cueva? ¿Sabe llegar hasta la prueba?
Pello asintió, con la lluvia golpeando los cristales de la UCI y la voz que se le asentaba en la garganta.
—Sé dónde está —dijo—. Sé llegar. La ruta del tío, la del Camino Seguro, la de la cueva de la vieja, la de la Dama.
La conozco de crío, de cuando subía con el abuelo, de cuando subía con Koldo.
—Miró a Irati—. La cueva, Irati, está en el alto, detrás del collado, donde la niebla se queda y la senda se pierde.
Está donde la vieja, la de la leyenda, se llevaba lo que no se debía ver.
Está donde la Dama, la que la tierra presta el nombre, guarda lo que no se pierde.
—Hizo una pausa—. Y la prueba, Irati, la de Koldo, la de Ane, está allí.
Esperando. Esperando a que alguien la desentierre.
Esperando a que la historia se cuente entera.
—Miró a Irati, con la mirada que se le asentaba en la cara—.
Y ahora, Irati, que hablo, que la culpa se va quedando, la historia se va a contar entera.
El monte, Irati, va a hablar. Y la organización, la que enterraba, la que golpeaba, la que borraba, se va a caer.
—Hizo una pausa—. Porque lo que se enterró en Mokorreta, lo que se enterró en el 2016, nunca se movió del monte.
Y lo que no se mueve del monte, Irati, el monte lo guarda.
El monte lo espera. Y el monte, esta vez, lo va a entregar.
La lluvia golpeaba los cristales de la UCI, y el silencio del monte se quedaba fuera, y Irati se quedó un momento en silencio, con la mano sobre la mano vendada de Pello y la certeza en el pecho.
La conexión, la del vertedero y la cueva, la del 2016 y la del monte, la de lo que se enterró y lo que esperaba, estaba cerrada.
Mokorreta.
La cueva.
La prueba.
La ruta del tío.
El Camino Seguro.
La organización.
La verdad.
Y con la certeza, la que le subía desde el pecho, de que el caso había dado el paso que faltaba, Irati apretó la mano de Pello, con la lluvia golpeando los cristales de la UCI y la noche sobre Galdakao.