Capítulo 15 — EL DUELO #2
Y para reconstruirla, pensó Irati, con la lluvia golpeando las ventanas de urgencias y la certeza en el pecho, tenía que subir al refugio de Igiriñao.
Al refugio centenario, al de los libros de firmas, al de los que habían subido al monte desde hacía cien años.
Al refugio donde Ane, la del anorak verde, había firmado su última entrada.
El refugio de Igiriñao estaba en el corazón del Gorbeia, en el alto que dominaba el monte, en el cruce de las rutas, con las paredes de piedra centenarias y la chimenea que llevaba cien años calentando a los que subían.
Irati subió con Jules y con Eneko, con la lluvia cayendo sobre el monte y la niebla baja envolviendo la ladera, con las botas hundiéndose en el barro y el olor de la resina y de la roca mojada en el aire, y cuando empujaron la puerta del refugio, con la humedad y el humo de la chimenea en el aire, se quedaron un momento en silencio, mirando el interior.
El refugio olía a madera vieja y a humo, con las mesas de los auzolan y las paredes de piedra, con las camas de los que se quedaban a dormir y el libro de firmas sobre la mesa central, con la pluma atada con un cordel y las páginas amarillas de los que habían subido al monte desde hacía cien años.
Irati se acercó al libro de firmas, con la lluvia golpeando el tejado del refugio y el humo de la chimenea en el aire, y empezó a pasar las páginas, con la letra pequeña llenando las hojas, con los nombres, las fechas, las rutas, las firmas de cien años de monte.
Y en las páginas de los últimos meses, con la lluvia golpeando el tejado del refugio y el humo de la chimenea en el aire, Irati encontró la entrada de Ane.
No era una firma normal. Era una firma con una fecha, con una hora, con una ruta, con una letra pequeña y precisa, la que Irati conocía de la libreta de Ane, la de los informes, la de las notas, la de la del anorak verde.
«Ane Arrieta. Sábado. Camino Seguro. Collado-igiriñao. Ruta de la tía.»
Irati se quedó un momento en silencio, con la lluvia golpeando el tejado del refugio y el humo de la chimenea en el aire, con la entrada de Ane delante, con la fecha que coincidía con el track, con la ruta que coincidía con el Camino Seguro.
Y bajo la firma de Ane, con la letra que se había ido deshaciendo con el tiempo, había una marca.
Una marca que Irati no reconocía.
Una marca que parecía un dibujo, un garabato, un signo, algo que Ane había dejado junto a su firma, algo que solo los del club entenderían, algo que, pensó Irati, con la lluvia golpeando el tejado del refugio y el humo de la chimenea en el aire, era la pista que sobrevivía al borrado digital.
La pista que el sistema no había podido borrar.
La pista que estaba en el papel, en el libro, en la memoria física del monte.
La primera vez que Ane subió al refugio de Igiriñao tenía trece años, y el tío Koldo le llevó de la mano por la senda que no salía en los mapas, con la niebla envolviendo el collado y el monte abriéndose delante de ella, con las botas que le pesaban y la mochila que le sobraba.
—El refugio —le había dicho el tío, con la voz que le usaba solo a ella, con la que no le usaba a nadie más—.
El de los libros de firmas. El de los que han subido al monte desde hace cien años.
—Le había enseñado el libro, con las páginas amarillas y la pluma atada con un cordel—.
Mira, Ane. Aquí el abuelo. Aquí el bisabuelo.
Aquí todos los que han cuidado el monte antes que nosotros.
—Le había señalado una firma, con la letra pequeña que se deshacía con el tiempo—.
Y aquí, Ane, el tío. La ruta del tío. La del Camino Seguro.
La de la cueva. La de lo que se enterró.
—La había mirado un momento, con la niebla envolviendo el collado y la voz que se le asentaba en la garganta—.
Cuando seas mayor, Ane, cuando subas tú sola, vas a firmar aquí.
Y vas a dejar la marca del tío. La de la ruta que no se puede nombrar.
La de la cueva. La del Camino Seguro. —Había hecho una pausa—.
Y el que la encuentre, Ane, el que sepa leerla, va a saber dónde está la ruta.
Va a saber dónde está la cueva. Va a saber dónde está lo que se enterró.
Ane había guardado las palabras del tío, con la niebla envolviendo el collado y las botas que le pesaban, como guardaba todas las palabras del tío, las que no se decían a nadie más, las que eran solo para ella.
Y años después, la última vez que subió al monte, con la lluvia golpeando el tejado del refugio y el humo de la chimenea en el aire, Ane había firmado en el libro.
«Ane Arrieta. Sábado. Camino Seguro. Collado-igiriñao. Ruta de la tía.»
Y bajo su firma, con la letra que se le había ido deshaciendo con el tiempo, había dejado la marca del tío.
La de la ruta que no se podía nombrar.
La de la cueva.
La del Camino Seguro.
La de lo que se enterró.
—El que la encuentre —se había dicho, con la lluvia golpeando el tejado del refugio y la certeza de que estaba haciendo lo que el tío le había enseñado—. El que sepa leerla, va a saber dónde está la ruta. Va a saber dónde está la cueva. Va a saber dónde está lo que se enterró.
Y había salido del refugio, con las botas que le pesaban y la senda del Camino Seguro abriéndose delante de ella, hacia el collado, hacia la niebla, hacia la cueva de la vieja, hacia lo que se enterró.
Hacia el final.
—Eneko —dijo Irati, con la voz que se le asentaba en la garganta, señalando la marca bajo la firma de Ane—. ¿Qué es esto?
Eneko se acercó, con la lluvia golpeando el tejado del refugio y el humo de la chimenea en el aire, y miró la marca un momento, con la cara que se le iluminaba despacio, como si acabara de entender algo.
—Es la marca del tío —dijo, con la voz que se le asentaba en la garganta—.
La de la ruta del tío. La que Koldo usaba, la que enseñaba a los del club cuando había que marcar una ruta que no se podía nombrar.
—Miró a Irati—. La marca del tío, Irati, es la del Camino Seguro.
Es la de la ruta de la vieja. Es la de la cueva.
—Hizo una pausa—. Y Ane, Irati, la ha dejado aquí, junto a su firma, la última vez que subió al monte, para que el que la encontrara supiera dónde estaba la ruta.
Para que el que la encontrara supiera dónde estaba la cueva.
Para que el que la encontrara supiera dónde estaba lo que se enterró.
Irati se quedó un momento en silencio, con la lluvia golpeando el tejado del refugio y el humo de la chimenea en el aire, con la marca del tío delante, con la certeza de que acababa de encontrar la pista que sobrevivía al borrado digital.
La pista que el sistema no había podido borrar.
La pista que estaba en el papel, en el libro, en la memoria física del monte.
La pista que unía el Camino Seguro, la cueva de la vieja, la ruta del tío, la del 2016, la de lo que se enterró.
Y con la certeza, la que le subía desde el pecho, de que la ruta de Ane, la del Camino Seguro, la de la cueva, acababa de reconstruirse.
No en el sistema.
En el papel.
En el libro de firmas del refugio de Igiriñao.
En la memoria física del monte.
Y de que, cuando Pello se despertara, cuando pudiera hablar, cuando confirmara la ruta, Irati iba a subir al monte.
Iba a subir por el Camino Seguro.
Iba a llegar a la cueva de la vieja.
Iba a desenterrar lo que se enterró.
Y la historia, la de Ane, la de Koldo, la del 2016, la de Mokorreta, se iba a contar entera.
—Eneko —dijo Irati, cerrando el libro de firmas con cuidado, con la lluvia golpeando el tejado del refugio y el humo de la chimenea en el aire—.
Cuando subamos, cuando lleguemos a la cueva, el club va a estar con nosotros.
—Miró a Eneko—. Pero antes de subir, quiero que me enseñes la senda de la vieja.
La otra. La que no sale en los mapas. La que solo los del club conocen.
Eneko la miró un momento, con la lluvia golpeando el tejado del refugio y la cara que se le asentaba despacio.
—La senda de la vieja —dijo—. La que baja por la cara norte, la que atraviesa la robleda, la que llega al collado por detrás, sin pasar por el Camino Seguro.
—Hizo una pausa—. Esa senda, Irati, no la conocen todos.
La conocían Koldo y los que subían con él.
La conocía Ane. La conocen los del club que guardan la memoria.
—Miró a Irati—. ¿Para qué la quieres, Irati?
—Porque el Enterrador va a vigilar el Camino Seguro —dijo Irati, con la voz que se le asentaba en la garganta—.
Va a vigilar la puerta de la cueva. Va a esperarnos donde sabe que vamos a llegar.
—Hizo una pausa—. Y yo, Eneko, voy a llegar por donde no me espere.
Por la senda de la vieja. Por la que no sale en los mapas.
Por la que solo los del club conocen. —Miró a Eneko—. ¿Me la enseñas?
Eneko se quedó un momento en silencio, con la lluvia golpeando el tejado del refugio y el humo de la chimenea en el aire, con la marca del tío en el libro cerrado y la memoria del monte en el pecho.
—Te la enseño —dijo, con la voz que se le asentaba en la garganta—.
Mañana, antes de que suba el club por el Camino Seguro, te llevo a la senda de la vieja.
Te la enseño, Irati. Y cuando la sepas, la que guarda el monte va a estar de tu lado.
—Hizo una pausa—. La senda de la vieja, Irati, es la que la tierra presta el nombre.
La que no se borra. La que no se entierra.
—Miró a Irati—. La que va a llevar a la inspectora hasta la cueva.
Irati asintió, con la lluvia golpeando el tejado del refugio y el humo de la chimenea en el aire, con la certeza de que la subida, la del amanecer, la del Camino Seguro y la de la senda de la vieja, estaba tomando forma.
El plan.
El del club por el Camino Seguro.
El de Irati y Jules por la senda de la vieja.
El de la cueva, la de la prueba, la de lo que se enterró.
El de la verdad, la que se iba a contar entera.
III. El duelo
Esa noche, con la lluvia golpeando los cristales del piso del Casco Viejo y la ría subiendo con la marea, Irati no pudo dormir.