Lo que trae la marea (Costa Vasca 1) Capítulo 15 — EL DUELO
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Capítulo 15 — EL DUELO

Irati Sarasola / Jules Harlow

I. El golpe

La noticia llegó con la lluvia, con la mañana gris sobre el Gorbeia y el teléfono de Irati sonando en la cocina del Casco Viejo, con la voz de Eneko al otro lado, rota, como la de un hombre que acababa de ver algo que no debía haber visto.

—Irati —dijo Eneko, con la voz que se le quebraba—.

El refugio de Arraba. El auzolan. —Hizo una pausa—.

Han golpeado a Pello. Esta mañana, durante el auzolan, cuando estaba arreglando el tejado con los del club.

Alguien ha atacado el refugio. Alguien ha herido a Pello.

—Otra pausa—. Está grave, Irati. Lo llevan al hospital de Galdakao, con el brEC escoltándolo.

—Hizo una pausa—. Y Irati, la gente del club está destrozada.

Han venido a por nosotros. Han venido a por el monte.

Irati se quedó un momento en silencio, con la lluvia golpeando las ventanas y las palabras de Eneko girándole en la cabeza.

Han golpeado a Pello.

Han atacado el refugio.

Han venido a por el monte.

La organización.

El Enterrador.

El cerco.

El que, según la siembra del caso, vigilaba el refugio, vigilaba a Pello, vigilaba el camino, vigilaba la puerta del pasado.

El que, según el plan B, iba a hacer que todo oliera a accidente y a leyenda.

Y que, en lugar de eso, había golpeado el refugio.

Había golpeado al viejo.

Había golpeado al testigo que se había atrevido a hablar.

Había golpeado al que había abierto la puerta del pasado.

—Voy —dijo Irati, con la voz que se le asentaba en la garganta—. Al hospital. A Galdakao. —Hizo una pausa—. Y cuando llegue, Eneko, voy a saber qué ha pasado. Y voy a saber quién ha golpeado a Pello. —Hizo una pausa—. Y quien ha golpeado a Pello, Eneko, va a pagar.

Colgó, con la lluvia golpeando las ventanas y la certeza de que el caso, el de Ane, el de Koldo, el de todos los que la organización había enterrado, acababa de cruzar una línea.

La línea del refugio.

La línea del club.

La línea del monte.

La línea de la gente que custodiaba la pista sin saberlo.

La línea que la organización había cruzado al golpear a Pello.

Y que Irati, con la lluvia golpeando las ventanas y la certeza en el pecho, iba a hacer pagar.

En el hospital de Galdakao, con la lluvia golpeando las ventanas de urgencias y el olor de la desinfección en el aire, Irati encontró a Eneko en el pasillo, con el mono del brEC manchado de barro y de sangre, con la cara que no le ocultaba nada y los ojos rojos de no haber dormido.

—Pello —dijo Eneko, con la voz que se le quebraba—.

Está en quirófano. Le han dado en la cabeza, Irati.

Con algo duro, con una piedra, con un hierro, no lo sé.

—Hizo una pausa—. Ha sido en el refugio, esta mañana, durante el auzolan.

Estábamos arreglando el tejado, con la gente del club, cuando ha aparecido.

Un hombre, encapuchado, que ha salido de entre la niebla y le ha dado a Pello en la cabeza, sin decir nada, sin pedir nada, sin avisar.

—Miró a Irati—. Ha sido rápido, Irati. Ha sido limpio.

Ha sido como si supiera exactamente dónde estaba Pello, qué estaba haciendo, cuándo iba a estar solo.

—Hizo una pausa—. Y después, ha desaparecido.

Se ha ido por el camino del monte, por la senda que no sale en los mapas, y nadie ha podido seguirlo.

—Miró a Irati—. Irati, el hombre sabía el monte.

Sabía el refugio. Sabía el auzolan. Sabía la niebla.

Sabía cómo desaparecer sin dejar rastro.

—Hizo una pausa—. Irati, el hombre era del valle.

Irati se quedó un momento en silencio, con la lluvia golpeando las ventanas de urgencias y las palabras de Eneko girándole en la cabeza.

El hombre era del valle.

El hombre sabía el monte.

El hombre sabía el refugio.

El hombre sabía el auzolan.

El hombre sabía la niebla.

El hombre sabía cómo desaparecer sin dejar rastro.

El Enterrador.

El que, según la siembra del caso, vigilaba el refugio, vigilaba a Pello, vigilaba el camino, vigilaba la puerta del pasado.

El que había golpeado el refugio.

El que había golpeado al viejo.

El que había cruzado la línea.

—¿Han visto la cara? —preguntó Irati, con la voz que se le asentaba en la garganta—. ¿Han visto algo, Eneko? ¿Algo que pueda identificarlo?

Eneko negó con la cabeza, con la lluvia golpeando las ventanas de urgencias y los ojos rojos.

—Nada —dijo—. Encapuchado, Irati. Rápido, limpio, sin ruido.

Nadie ha visto la cara. Nadie ha visto el coche.

Nadie ha visto nada. —Hizo una pausa—. Ha sido como si el monte se lo hubiera tragado.

—Miró a Irati—. Como si el hombre, Irati, fuera el monte.

Como si el hombre fuera la niebla. Como si el hombre fuera la leyenda.

Irati se quedó un momento en silencio, con la lluvia golpeando las ventanas de urgencias y las palabras de Eneko girándole en la cabeza.

La leyenda.

La Dama.

El mito.

La cortina.

El plan B.

El que iba a hacer que todo oliera a accidente y a leyenda.

Y el golpe a Pello, pensó Irati, con la lluvia golpeando las ventanas de urgencias y la certeza en el pecho, no era un accidente.

No era una leyenda.

Era un aviso.

La organización, la que había enterrado a Ane, la que había matado al testigo, la que había borrado al responsable técnico, acababa de golpear el refugio.

Acababa de golpear al viejo.

Acababa de cruzarla la línea.

Y el aviso, pensó Irati, con la lluvia golpeando las ventanas de urgencias y la certeza en el pecho, estaba dirigido a ella.

A la inspectora que preguntaba.

A la que había llegado al valle.

A la que había hablado con el viejo del club.

A la que había subido al monte.

A la que, si seguía buscando, si llegaba a la cueva, si abría la puerta del pasado, iba a hacer que todo se viniera abajo.

Y la organización, la que no retrocedía, la que apretaba, la que enterraba, acababa de demostrar que estaba dispuesta a golpear a los que ayudaban a la inspectora.

A los que le abrían la puerta.

A los que le enseñaban el camino.

A los que se atrevían a hablar.

Y eso, pensó Irati, con la lluvia golpeando las ventanas de urgencias y la certeza en el pecho, no la iba a detener.

La iba a hacer más fuerte.

Porque la organización, la que golpeaba a los viejos, la que golpeaba a los refugios, la que golpeaba a la gente que custodiaba la pista sin saberlo, no entendía que en el monte, en el valle, en el país, los golpes no callaban a la gente.

Los golpes, pensó Irati, con la lluvia golpeando las ventanas de urgencias y la certeza en el pecho, despertaban al monte.

Y el monte, despierto, no se callaba.

Antes de volver a Bilbao, con la lluvia golpeando el coche y la noche cayendo sobre el valle, Irati pidió que la dejaran en el refugio de Arraba.

No había forma de llegar hasta la puerta: la senda estaba cerrada, con la cinta de la Ertzaintza y el olor de la lluvia sobre la tierra removida, con los restos del auzolan, las herramientas y las tablas del tejado esparcidas donde habían caído.

El golpe había ocurrido allí, en ese trozo de monte que los del club cuidaban como se cuidaba una casa, y la tierra, la que recordaba, la que no se callaba, lo había guardado.

En el pequeño muro de piedra, junto a la puerta del refugio, alguien había colocado una fotografía de Pello con la ikurriña del club, con una vela encendida y unas flores que la lluvia empapaba.

Era el memorial del monte.

El que el valle hacía cuando uno de los suyos caía.

Irati se quedó un momento delante del memorial, con la lluvia golpeando la cara y el viento subiendo por la ladera, con la fotografía de Pello delante, con la vela que el viento apagaba y encendía.

El monte lloraba.

El monte, el que no se callaba, el que guardaba, el que esperaba, lloraba a su viejo.

Y cuando el monte lloraba, pensó Irati, con la lluvia golpeando la cara y la certeza en el pecho, el valle entero lo sabía.

El valle entero lo sentía.

El valle entero iba a responder.

Porque el golpe, el que había derribado a Pello, el que había cruzado la línea, no había golpeado a un hombre.

Había golpeado al monte.

Y el monte, herido, no se callaba.

Respondía.

Y la respuesta, pensó Irati, con la lluvia golpeando la cara y la fotografía de Pello delante, iba a ser el auzolan.

El de la verdad.

II. La firma

Pello sobrevivió.

El parte de quirófano llegó a media tarde, con la lluvia golpeando las ventanas de urgencias y el cirujano con la cara cansada, y Eneko, al leerlo, se quedó un momento en silencio, con la hoja en la mano y los ojos que se le llenaban de algo.

—Fractura de cráneo —dijo, con la voz que se le quebraba—.

Y contusión cerebral. Está en la UCI, en coma inducido, con la sedación y la respiración asistida.

—Miró a Irati—. El golpe, Irati, ha sido fuerte.

Ha sido un golpe que iba a matar, un golpe que no se da por accidente, un golpe que se da cuando se quiere que el otro no hable más.

—Hizo una pausa—. Pero Pello, Irati, es un viejo del monte.

Los viejos del monte, Irati, aguantan. Han aguantado tormentas, nevadas, galernas, años.

Van a aguantar esto. —Miró a Irati—. Pello va a vivir, Irati.

Y cuando se despierte, cuando pueda hablar, va a contar lo que sabe.

Lo que ha estado callando toda su vida. Y entonces, Irati, el caso va a dar el paso que faltaba.

Irati asintió, con la lluvia golpeando las ventanas de urgencias y la certeza de que Pello, el viejo del monte, iba a vivir.

Y que cuando se despertara, cuando pudiera hablar, iba a contar lo que sabía.

Lo que había estado callando toda su vida.

Lo que lo que se enterró en Mokorreta, lo que nunca se movió del monte, lo que la organización llevaba años enterrando.

Pero antes de que Pello se despertara, Irati sabía que tenía que hacer algo.

Tenía que reconstruir la ruta de Ane.

La ruta del Camino Seguro.

La ruta que iba del collado a la cueva.

La ruta que, según el mapa de Pello, terminaba en la cueva de la vieja, en el sitio donde lo que se enterró, no se pierde.