Lo que trae la marea (Costa Vasca 1) Capítulo 14 — EL ENTERRADOR #5
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Capítulo 14 — EL ENTERRADOR #5

Y el camino, el Camino Seguro, el que iba del collado a la cueva, se borraría.

Se borraría con las piedras, con la tierra, con los desprendimientos, con la niebla, con el tiempo. Se borraría como se borran los caminos que no se usan, los que nadie recuerda, los que la tierra vuelve a tragarse.

Y la historia de la Dama, la del mito, la de la vieja leyenda, se llevaría la culpa.

Porque en el valle, pensó el Enterrador, con las manos en el volante y la niebla abriéndose ante los faros, la leyenda era la mejor cortina.

La leyenda era la que explicaba por qué nadie subía a la cueva, por qué nadie la buscaba, por qué nadie la encontraba.

La leyenda era la que decía que la cueva era de la vieja, de la Dama, del sitio donde la tierra prestaba el nombre, y que los que buscaban lo que no debían buscar, los que querían abrir la puerta del pasado, se perdían en la niebla, se caían por la ladera, se los llevaba la montaña.

La leyenda era la cortina.

El mito era la pantalla.

Y el accidente, el derrumbe, el borrado del camino, era el plan B.

El plan de la organización para que, si la inspectora llegaba a la cueva, si la policía llegaba a la puerta del pasado, todo pareciera lo que parecía.

Una leyenda del monte.

Una vieja historia.

Un accidente de montaña.

Y para que nadie, nunca, encontrara lo que se enterró en el 2016.

Ni la policía.

Ni la inspectora.

Ni nadie.

El Enterrador miró un momento el espejo retrovisor, con las luces del valle parpadeando entre la niebla y la carretera de montaña abriéndose ante los faros, y pensó que el plan B, el de Silva, el de la fila de arriba, era un buen plan.

Un plan limpio.

Un plan que olía a accidente y a leyenda.

Un plan que, si se ejecutaba bien, no se notaba.

Como un entierro bien hecho.

Y él entendía de entierros.

Sabía enterrar.

Sabía, también, provocar derrumbes, borrar caminos, montar accidentes, hacer que todo oliera a leyenda.

El teatro y el entierro.

Las dos capas del oficio.

Y el plan B, pensó el Enterrador, con las manos en el volante y la niebla abriéndose ante los faros, era las dos capas juntas.

El teatro del accidente.

Y el entierro del secreto.

Con la noche cerrada sobre el Gorbeia y las luces del valle al fondo, el Enterrador siguió conduciendo por la carretera de montaña, con la mente en el oficio y las manos que no temblaban, con la certeza de que, cuando llegara el momento, cuando la inspectora se acercara a la puerta del pasado, el plan B estaría listo.

El derrumbe.

El borrado del camino.

La leyenda.

El accidente.

El entierro.

Y la inspectora, pensó, con los faros abriéndose paso en la niebla, iba a aprender lo que aprendían todos los que se acercaban demasiado.

Que en el valle, los que preguntaban desaparecían.

Que en el valle, lo que se enterraba bien, no volvía.

Y que él, el Enterrador, el que entendía de entierros, iba a estar allí, esperando, cuando llegara el momento.

Con el oficio.

Con el plan B.

Con la niebla cerrada sobre el monte y la noche sin amanecer.

Y con la certeza de que, cuando hubiera que enterrar, enterraría.

Como siempre.

Como entendía.

Porque entendía de entierros.

Y lo que se enterraba bien, no volvía.

Nunca.

El Enterrador llegó al valle al amanecer, con la niebla subiendo por la llanada y los primeros rayos de luz rozando las escombreras, con el coche que no dejaba rastro deteniéndose en un mirador desde el que se veía el vertedero entero, las máquinas, los graneles, la empresa, el camino que subía al monte.

Se quedó un momento en el mirador, con el motor apagado y las manos en el volante, mirando el valle que conocía de memoria, el de los entierros, el de los secretos, el de las escombreras que escondían lo que no debía verse.

Pensó que aquella mañana, en ese valle, algo iba a cambiar.

La inspectora iba a subir al monte.

Iba a buscar la cueva.

Iba a acercarse a la puerta del pasado.

Y él, el Enterrador, iba a estar allí, esperando, con el oficio y el plan B y la orden de Silva en el bolsillo.

No sabía si la inspectora iba a encontrar la cueva. No sabía si iba a llegar a la puerta. No sabía si iba a abrir el reocultamiento.

Pero sabía, con la frialdad contable de los que entienden el oficio, que fuera lo que fuese a pasar, él iba a estar allí.

Con el derrumbe preparado.

Con el camino listo para borrarse.

Con la leyenda lista para llevarse la culpa.

Con el entierro listo para cerrar la puerta del pasado.

Y con la certeza de que, cuando hubiera que enterrar, enterraría.

Como siempre.

Como entendía.

Porque entendía de entierros.

Y lo que se enterraba bien, no volvía.

Nunca.

El amanecer subió por la llanada, con la niebla disolviéndose sobre las escombreras y los primeros rayos de luz encendiendo el valle, y el Enterrador arrancó el coche, con las manos en el volante y la mente en el oficio, y bajó del mirador hacia el camino que subía al monte.

La inspectora iba a subir de madrugada.

Y él, el Enterrador, iba a estar allí.

Esperando.

Con el oficio.

Con el entierro.

Con la niebla cerrada sobre el monte y la noche sin amanecer.

Esperando.