Lo que trae la marea (Costa Vasca 1) Capítulo 14 — EL ENTERRADOR #4
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Capítulo 14 — EL ENTERRADOR #4

—No basta con que no encuentre nada —dijo—.

Si la policía llega a la cueva, si la policía entra, si la policía comprueba el sitio, aunque no encuentre nada, va a saber que hay algo que buscar.

Y cuando la policía sabe que hay algo que buscar, Enterrador, sigue buscando.

—Hizo una pausa—. Por eso, si la policía llega a la cueva, si la inspectora entra, tenemos el plan B.

—Otra pausa—. El plan B, Enterrador, es que todo huela a accidente y a leyenda.

Que la cueva se derrumbe, que el camino se borre, que la historia de la Dama se lleve la culpa.

Que todo, Enterrador, parezca lo que parece: una leyenda del monte, una vieja historia, un accidente de montaña.

—Hizo una pausa—. Y que nadie, Enterrador, encuentre lo que se enterró en el 2016.

Ni la policía. Ni la inspectora. Ni nadie.

El Enterrador se quedó un momento en silencio, con la niebla envolviendo la carretera de montaña y las palabras de Silva girándole en la cabeza.

El plan B.

El accidente y la leyenda.

El derrumbe de la cueva.

El borrado del camino.

La Dama como cortina.

El mito como pantalla.

El plan de la organización para que, si la inspectora llegaba a la cueva, si la policía llegaba a la puerta del pasado, todo pareciera lo que parecía: una leyenda del monte, una vieja historia, un accidente de montaña.

Y para que nadie, nunca, encontrara lo que se enterró en el 2016.

—Entendido —dijo el Enterrador, con la voz que no levantaba y la cara que no cambiaba—.

Si la policía llega a la cueva, el plan B.

El accidente y la leyenda. —Hizo una pausa—.

Y si hace falta, enterraré la cueva entera.

Con el pasado dentro. Con lo que se enterró dentro.

Con todo dentro. —Hizo una pausa—. Porque lo que se entierra, no se pierde.

Pero lo que se entierra bien, no vuelve.

Silva se quedó un momento en silencio, con la línea abierta y el acento que no era del valle.

—Hágalo —dijo—. Y cuide de que la inspectora no llegue a la cueva.

Cuide de que la inspectora no abra la puerta.

Cuide de que la inspectora no encuentre lo que se enterró en el 2016.

—Hizo una pausa—. Porque si la inspectora encuentra lo que se enterró, Enterrador, si la inspectora abre la puerta del pasado, todo se viene abajo.

La bodega. El centro de mando. La organización.

Todo. —Otra pausa—. Y entonces, Enterrador, no habrá entierro que valga.

La llamada se cortó, con la niebla envolviendo la carretera de montaña y el teléfono en la mano, y el Enterrador se quedó un momento en silencio, con los faros apagados y el motor en marcha, con las palabras de Silva girándole en la cabeza.

No habría entierro que valga.

Esa era la frase que le había dado la vuelta.

No habría entierro que valga.

El Enterrador llevaba años enterrando, años entendiendo de entierros, años sabiendo que, mientras hubiera un entierro bien hecho, la organización seguía en pie, la bodega seguía funcionando, el centro de mando seguía mandando, el pasado seguía cerrado.

Pero si la inspectora encontraba lo que se enterró, si abría la puerta del pasado, todo se venía abajo.

La bodega.

El centro de mando.

La organización.

Todo.

Y entonces, pensó el Enterrador, con la niebla envolviendo la carretera de montaña y el teléfono en la mano, no habría entierro que valga.

Porque no habría nada que proteger.

No habría nada que enterrar.

No habría nada que esconder.

Todo se habría venido abajo.

Y él, el Enterrador, el que entendía de entierros, se quedaría sin oficio.

Porque el oficio, el del entierro, solo tenía sentido mientras hubiera algo que enterrar, algo que esconder, algo que proteger.

Y si la inspectora abría la puerta del pasado, no habría nada que proteger.

No habría nada que esconder.

No habría nada que enterrar.

Y el oficio, el suyo, el del Enterrador, se acabaría.

Por eso, pensó el Enterrador, con la niebla envolviendo la carretera de montaña y el motor en marcha, la inspectora no podía llegar a la cueva.

No podía abrir la puerta.

No podía encontrar lo que se enterró en el 2016.

Porque si la encontraba, todo se venía abajo.

Y no habría entierro que valga.

La inspectora.

La que preguntaba.

La que, mañana, de madrugada, iba a subir al monte, iba a buscar la cueva, iba a acercarse a la puerta del pasado.

La que, si abría la puerta, si encontraba lo que se enterró, iba a hacer que todo se viniera abajo.

La que, pensó el Enterrador, con la niebla envolviendo la carretera de montaña y el motor en marcha, iba a tener que aprender lo que aprendían todos los que se acercaban demasiado.

Lo que se entierra, no se pierde.

Pero lo que se entierra bien, no vuelve.

Y él entendía de entierros.

Sabía enterrar.

Y aquella noche, con la orden de Silva en el bolsillo y la niebla envolviendo la carretera de montaña, el Enterrador encendió los faros y puso el coche en marcha, con las ruedas levantando barro y el motor subiendo por la carretera de montaña, con la niebla abriéndose ante los faros y la noche cerrada sobre el Gorbeia.

Iba a vigilar el refugio.

Iba a vigilar el camino.

Iba a vigilar la cueva.

Iba a esperar a la inspectora.

Y cuando la inspectora subiera, cuando se acercara a la cueva, cuando estuviera a punto de abrir la puerta del pasado, el Enterrador estaría allí.

Esperando.

Con el oficio.

Con el entierro.

Con el plan B.

Con la niebla envolviendo la carretera de montaña y la noche cerrada sobre el Gorbeia.

Y con la certeza de que, cuando hubiera que enterrar, enterraría.

Como siempre.

Como entendía.

Porque entendía de entierros.

Y lo que se enterraba bien, no volvía.

Nunca.

El coche subió por la carretera de montaña con los faros encendidos y la niebla abriéndose ante la luz, con la noche cerrada sobre el Gorbeia y las luces del valle, al fondo, parpadeando entre la niebla como señales lejanas.

El Enterrador conducía sin prisa, con las manos en el volante y la mente en el oficio, repasando los pasos del plan B como repasaba siempre los pasos de un entierro.

Si la inspectora llegaba a la cueva, si la policía llegaba a la puerta del pasado, la cueva se derrumbaba.

No de forma natural. De forma provocada. Con los explosivos que la organización tenía preparados, con las cargas que se colocaban en los puntos exactos, con el conocimiento del monte que solo tenía el que había crecido en el valle.

El derrumbe haría que la cueva pareciera una cueva que se había caído sola, una de esas que se derrumban con el tiempo, con la lluvia, con el hielo, con los años. Una vieja historia del monte, un accidente de la naturaleza, una leyenda que se llevaba el secreto.