Lo que trae la marea (Costa Vasca 1) Capítulo 14 — EL ENTERRADOR #3
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Capítulo 14 — EL ENTERRADOR #3

No llevaba linterna. No la necesitaba. Conocía la cueva de memoria, con la memoria del cuerpo, con la memoria del oficio, con la memoria de los que saben que los secretos se guardan en la oscuridad.

La entrada era pequeña, casi invisible, una grieta en la roca que se abría entre el helecho y el musgo, con el goteo del agua colándose desde arriba y el olor de la tierra y de la humedad saliendo de dentro.

El Enterrador se agachó, bajó la cabeza, como bajaban todos los que entraban en la cueva de la vieja, y entró.

El interior era más grande de lo que parecía desde fuera, con el techo de roca bajando hacia el fondo y las paredes que se estrechaban, con el goteo del agua cayendo en algún punto oscuro y la tierra del suelo, la que se pisaba desde hacía siglos, la que guardaba las huellas.

El Enterrador se quedó un momento en la entrada, con la oscuridad envolviéndolo y el goteo del agua en el silencio, y luego se movió por la cueva, despacio, con las manos que conocían cada pared, cada grieta, cada recodo.

No le tenía miedo a la cueva.

Le tenía lo que le tenía todo el valle: respeto. El respeto de los que saben que la cueva era de la vieja, de la Dama, del sitio donde la tierra prestaba el nombre, y que los sitios que la tierra quería guardar se respetaban, se callaban, se dejaban en paz.

La cueva, pensaba el Enterrador, con la oscuridad envolviéndolo y el goteo del agua en el silencio, era a la vez un útero y una tumba.

Un útero, porque la tierra guardaba en ella lo que quería conservar, lo que no podía perderse, lo que la sal y la roca y el silencio mantenían intacto durante siglos.

Una tumba, porque la tierra también guardaba en ella lo que quería esconder, lo que no podía volver, lo que se enterraba para siempre.

Y en la cueva de la vieja, en aquel aitzulo que la tierra prestaba el nombre, el Enterrador había hecho las dos cosas.

Había guardado lo que quería conservar, lo que la organización necesitaba mantener intacto, el secreto del 2016.

Y había enterrado lo que no podía volver, lo que se enterraba para siempre, el cuerpo de Koldo Ugarte.

El útero y la tumba.

Las dos caras de la cueva.

Las dos caras del oficio.

Comprobó la puerta del fondo.

La del reocultamiento.

La del 2016.

La de lo que se enterró.

La que, según la fila de arriba, la inspectora iba a buscar, iba a encontrar, iba a abrir, iba a hacer que todo se viniera abajo.

La que el Enterrador había enterrado años atrás, con sus propias manos, con el oficio, con la precisión de los que entienden que un entierro bien hecho no se nota.

Recordaba el entierro como recordaba todos los entierros: con la memoria del oficio, con la frialdad contable de los que saben que cada paso tiene que ser exacto, que cada huella tiene que borrarse, que cada señal tiene que desaparecer.

Había sido en el 2016.

El hombre había sido Koldo Ugarte.

El compañero del viejo del club. El operario del vertedero que había visto demasiado, que había leído los manifiestos, que había contado los camiones, que había sabido que lo que se enterraba no era lo que se declaraba.

El que había dicho que lo que se entierra, no se pierde.

El que había guardado la prueba. El que había desaparecido.

No había sido un entierro difícil. No había sido de los que se complican, de los que se ensucian, de los que se notan.

Había sido un entierro limpio, de los que el Enterrador hacía mejor: el hombre había desaparecido, sin cuerpo, sin rastro, sin noticia, y el caso se había cerrado con el silencio, con el olvido, con la historia de los que se iban del valle sin decir nada.

Pero el cuerpo, el de Koldo, no había desaparecido.

Se había enterrado.

Se había enterrado en el sitio que la tierra prestaba el nombre, en la cueva de la vieja, en el aitzulo, en el fondo, donde nadie mirara, donde nadie buscara, donde nadie encontrara.

El Enterrador había enterrado el cuerpo de Koldo Ugarte en la cueva de la vieja, en el 2016, con sus propias manos, con el oficio, con la precisión de los que entienden que un entierro bien hecho no se nota.

Y desde entonces, cada cierto tiempo, volvía.

Volvía a la cueva, bajaba la cabeza, entraba, comprobaba el fondo, comprobaba la puerta, comprobaba el reocultamiento.

Comprobaba que el cuerpo seguía enterrado.

Comprobaba que nadie había entrado.

Comprobaba que nadie había tocado.

Comprobaba que nadie había encontrado.

Porque el cuerpo de Koldo Ugarte, el del 2016, era la prueba del caso.

La prueba que, si se encontraba, iba a hacer que todo se viniera abajo.

La prueba que la inspectora, la que preguntaba, iba a buscar, iba a encontrar, iba a abrir, iba a hacer que todo se viniera abajo.

Y por eso, cada cierto tiempo, el Enterrador volvía a la cueva.

Volvía, bajaba la cabeza, entraba, y comprobaba.

La que, comprobó con las manos y con los ojos, con la oscuridad envolviéndolo y el goteo del agua en el silencio, seguía intacta.

Nadie había entrado.

Nadie había tocado.

Nadie había encontrado.

El reocultamiento del 2016 seguía intacto.

El Enterrador se quedó un momento en el fondo de la cueva, con la oscuridad envolviéndolo y el goteo del agua en el silencio, y pasó las manos sobre la tierra, sobre las piedras, sobre el cierre que había levantado años atrás.

Recordaba cada paso del entierro, como recordaba todos los entierros.

Había cavado primero. No en el centro de la cueva, donde cualquiera hubiera mirado, sino en el lateral, detrás de una grieta de la roca, en el sitio donde la tierra se abría en una bolsa natural, en el sitio que la cueva parecía haber guardado desde siempre para eso.

Había enterrado el cuerpo de Koldo Ugarte en la bolsa de tierra, con las manos que no temblaban y la precisión de los que entienden que un entierro bien hecho no se nota.

Lo había colocado de lado, con las piernas recogidas, como se colocaban los cuerpos en los entierros antiguos, los que el valle había hecho siempre, los que la tierra aceptaba sin ruido.

Había cubierto el cuerpo con la tierra de la misma cueva, la que se pisaba desde hacía siglos, la que no dejaba rastro, la que se mezclaba con la que había alrededor.

Había apisonado la tierra, capa a capa, como se apisonaba en los vertederos, con el pie y con la pala, con la costumbre del que sabe que la tierra, bien apisonada, no se nota.

Había colocado las piedras delante, las de la grieta, las que la cueva había tenido siempre, las que parecían estar allí desde antes.

Había cuidado de que las piedras no se vieran nuevas, no se vieran movidas, no se vieran puestas.

Había cuidado de que el cierre pareciera el fondo de la cueva, el que siempre había sido, el que nadie había tocado nunca.

Y había borrado las huellas.

Había barrido la tierra del fondo con la mano, como se barrían los rastros en los vertederos, con la precisión del que sabe que cada huella se nota.

Había cuidado de que las botas no dejaran marcas, de que las manos no dejaran tierra, de que la cueva pareciera la que había sido siempre, la de la vieja, la de la Dama, la que la tierra prestaba el nombre.

El reocultamiento, el del 2016, había sido un entierro limpio.

Un entierro de los que el Enterrador hacía mejor.

Un entierro que, años después, seguía intacto.

Y mientras siguiera intacto, pensó el Enterrador, con la oscuridad envolviéndolo y el goteo del agua en el silencio, la inspectora podía subir al monte, podía buscar la cueva, podía acercarse a la puerta del pasado.

No iba a encontrar nada.

Porque el reocultamiento estaba hecho para eso.

Para no encontrarse.

Y con la certeza, la que le subía desde el pecho, de que la puerta del pasado seguía cerrada, el Enterrador salió de la cueva, con la cabeza baja y las botas que conocían cada roca, con la niebla cerrada envolviendo la ladera y el goteo del agua quedándose atrás.

Había comprobado el secreto.

El secreto seguía enterrado.

El secreto seguía esperando.

Y mientras el secreto siguiera enterrado, pensó el Enterrador, con la niebla cerrada envolviendo la ladera y la roca mojada bajo los pies, la inspectora podía subir al monte, podía buscar la cueva, podía acercarse a la puerta del pasado.

No iba a encontrar nada.

Porque lo que se entierra bien, no se encuentra.

Y él entendía de entierros.

Sabía enterrar.

Y lo que enterraba, no volvía.

IV. Cierre-gancho

El Enterrador bajó del monte con la niebla cerrada y la noche todavía sin amanecer, con las botas hundiéndose en el barro y la roca mojada bajo los pies, y cuando llegó al coche, en la cuneta de la carretera de montaña, con los faros apagados y la niebla envolviendo la ladera, el teléfono sonó en el bolsillo.

No era la fila de arriba.

Era otro número. Un número que no aparecía en los registros, un número que no se podía rastrear, un número que solo sonaba cuando el que llamaba era el que estaba más arriba todavía.

El Enterrador contestó, con la voz que no levantaba y la cara que no cambiaba.

—Sí —dijo.

—Soy Silva —dijo la voz al otro lado, con un acento que no era del valle, que no era del país, que era de fuera, de lejos, del sitio donde el caso, el de la inspectora, el de la mujer del contenedor, el de la red clínica, tenía su centro de mando—.

He sabido que la policía ha llegado al valle.

Que ha visto la bodega. Que ha hablado con el viejo del club.

Que ha subido al monte. —Hizo una pausa—.

Y he sabido que mañana, de madrugada, va a subir a la cueva.

A la de la vieja. A la del 2016. —Otra pausa—. ¿Sigue intacto?

El Enterrador se quedó un momento en silencio, con la niebla envolviendo la carretera de montaña y el teléfono en la mano.

—Intacto —dijo—. Acabo de comprobarlo. Nadie ha entrado. Nadie ha tocado. El reocultamiento del 2016 sigue como lo dejé. —Hizo una pausa—. La inspectora puede subir al monte, puede buscar la cueva, puede acercarse a la puerta. No va a encontrar nada. Porque lo que se entierra bien, no se encuentra.

Silva se quedó un momento en silencio, con la línea abierta y el acento que no era del valle.