Lo que trae la marea (Costa Vasca 1) Capítulo 14 — EL ENTERRADOR #2
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Capítulo 14 — EL ENTERRADOR #2

La organización, pensó el Enterrador, con la linterna en la mano y la niebla baja envolviendo las escombreras, era experta en el teatro.

El teatro del colapso. El teatro del ciberataque. El teatro de la potencia extranjera, la del hidrógeno, la del espionaje industrial. El teatro de la leyenda, la de la Dama, la del mito, la de la vieja historia que se llevaba la culpa.

La organización montaba el teatro para que la gente mirara hacia otro lado.

Y él, el Enterrador, era el que se ocupaba del fondo.

Del entierro.

De la capa que el teatro escondía.

De la capa que, si se encontraba, iba a hacer que el teatro se viniera abajo.

Y por eso, cuando la organización lo llamaba, cuando la fila de arriba daba la orden, cuando había que cerrar una puerta, enterrar un pasado, hacer desaparecer a alguien que sabía demasiado, lo llamaban a él.

Y él iba.

Con la noche sobre Mokorreta y la niebla baja envolviendo las escombreras.

Con la máquina delante y la orden en el bolsillo.

Con el oficio en las manos.

Y con la certeza de que, cuando enterraba, no volvía nadie.

II. El cerco

El Enterrador subió al Gorbeia de madrugada, con el coche que no dejaba rastro y los faros apagados en la última recta, con la niebla baja envolviendo la ladera y el olor de la resina y de la roca mojada entrando por la ventanilla.

No subía a la cumbre. Subía al refugio de Arraba, el del club, el que estaba en la ladera norte, el que dominaba el camino al collado, el que, según la fila de arriba, era el sitio donde la inspectora había hablado con el viejo del club.

El sitio donde, pensó el Enterrador, con la niebla baja envolviendo la ladera y el coche detenido en la cuneta, la inspectora había encontrado la puerta del pasado.

Dejó el coche en la cuneta, con los faros apagados y la niebla envolviendo el monte, y subió a pie, por la senda que no salía en los mapas, por el atajo que conocía desde crío, con las botas hundiéndose en el barro y la roca mojada bajo los pies.

No llevaba linterna. No la necesitaba. Conocía el monte como conocía el oficio: con la memoria, con el cuerpo, con la costumbre. Sabía dónde estaba cada roca, cada raíz, cada recodo, cada paso que no hacía ruido.

Subió hasta un punto de la ladera que dominaba el refugio, un espolón de roca escondido entre el pino y la niebla, desde el que se veía la puerta del refugio, la luz de la ventana, el humo de la chimenea, el movimiento de los que estaban dentro.

Y esperó.

Esperó con la niebla baja envolviendo la ladera y la roca mojada bajo los pies, con el olor de la resina y de la madera quemada subiendo desde el refugio, con los ojos fijos en la puerta, en la ventana, en el humo.

El refugio era de los que el club mantenía con el auzolan, con la colaboración de todos, con las mesas y los bancos que la gente había levantado con sus propias manos a lo largo de los años.

El Enterrador lo conocía. Lo conocía desde antes, desde cuando el club todavía era pequeño, desde cuando él mismo, de crío, había ayudado a subir la leña y a apilar las tablas.

No había vuelto, desde entonces.

No había vuelto al club, no había vuelto a los auzolan, no había vuelto al monte como volvían los otros, con la chaqueta de lana y el bastón y la bolsa de los sábados. Había vuelto al monte con el oficio, con la orden, con la noche cerrada y la linterna apagada.

Pero conocía el refugio.

Conocía la puerta, la ventana, el humo de la chimenea, el sitio exacto donde se apilaba la leña, el recodo donde se dejaban las botas, la mesa donde se extendía el mapa cuando alguien tenía que enseñar una ruta.

Y conocía al viejo.

Pello Elorriaga.

El fundador del club.

El ex operario del vertedero.

Vio al viejo salir del refugio, con la leña en los brazos y la chaqueta de lana, con el andar de los que conocen el monte, con la cara que la niebla no dejaba ver del todo.

Pello Elorriaga.

El fundador del club.

El ex operario del vertedero.

El compañero de Koldo.

El que había hablado con la inspectora.

El que, según la fila de arriba, le había enseñado el mapa, la ruta, la cueva.

El que había abierto la puerta del pasado.

El Enterrador lo miró un momento, con la niebla baja envolviendo la ladera y la roca mojada bajo los pies, con el viejo del refugio en la puerta, con la leña en los brazos y la chaqueta de lana.

No iba a matarlo.

Todavía no.

El Enterrador entendía de entierros, y entendía también que un entierro mal hecho era peor que no hacer ningún entierro. Que matar sin necesidad, matar con prisa, matar cuando daba miedo, era lo que hacían los que no entendían el oficio.

Los que entendían el oficio, los que entendían de entierros, sabían cuándo había que enterrar y cuándo había que esperar.

Y aquella noche, con el viejo del refugio en la puerta, con la leña en los brazos y la chaqueta de lana, no había que enterrar.

Había que esperar.

Había que vigilar.

Había que cerrar el cerco.

Había que saber quién entraba, quién salía, quién subía al monte, quién bajaba del monte.

Había que saber cuándo la inspectora iba a volver.

Y cuándo, pensó el Enterrador, con la niebla baja envolviendo la ladera y la roca mojada bajo los pies, iba a tener que cerrar la puerta del pasado.

Enterraba cuando hacía falta, no cuando daba miedo.

Era la regla del oficio.

Y la regla, aquella noche, con el viejo del refugio en la puerta y la niebla envolviendo el monte, decía que todavía no.

Todavía no había que enterrar al viejo.

Todavía no había que cerrar la puerta.

Todavía había que esperar.

Pero el cerco, pensó el Enterrador, con la niebla baja envolviendo la ladera y la roca mojada bajo los pies, ya estaba puesto.

El refugio de Arraba, vigilado.

El viejo del club, vigilado.

El camino al collado, vigilado.

La puerta del pasado, vigilada.

Y cuando la inspectora volviera, cuando subiera al monte, cuando se acercara a la cueva, cuando estuviera a punto de abrir la puerta del pasado, el Enterrador estaría allí.

Esperando.

Con el oficio.

Con el entierro.

Con la niebla baja envolviendo la ladera y la roca mojada bajo los pies.

Y con la certeza de que, cuando hubiera que enterrar, enterraría.

Como siempre.

Esperó hasta que el fuego de la ventana del refugio se apagó, con la niebla baja envolviendo la ladera y la noche cerrada sobre el monte, y hasta que el humo de la chimenea se hizo fino, casi invisible, como el de los que ya duermen.

No se movió del espolón de roca.

No encendió la linterna.

No miró el teléfono.

Se quedó inmóvil, con la niebla envolviéndolo y la roca mojada bajo los pies, con los ojos fijos en el refugio, en la puerta, en la ventana, en el humo, y pensó en el viejo que dormía dentro.

Pello Elorriaga.

El fundador del club.

El ex operario del vertedero.

El compañero de Koldo.

El que había hablado con la inspectora.

El que había abierto la puerta del pasado.

El Enterrador pensó, con la niebla envolviéndolo y la roca mojada bajo los pies, que el viejo no sabía lo que había hecho.

No sabía que, al hablar con la inspectora, al enseñarle el mapa, al señalarle la cueva, al abrirle la puerta del pasado, había firmado su propia sentencia.

No sabía que, aunque el Enterrador no iba a enterrarlo todavía, la orden estaba en el bolsillo, y que la orden, cuando llegara el momento, iba a caer sobre el viejo como caían todas las órdenes: sin aviso, sin ruido, sin prisa.

Entierra cuando hace falta, no cuando da miedo.

Era la regla.

Y el viejo, pensó el Enterrador, con la niebla envolviéndolo y la roca mojada bajo los pies, iba a ser enterrado cuando hiciera falta.

No antes.

No después.

Cuando hiciera falta.

El Enterrador se quedó un momento más en el espolón de roca, con la niebla envolviéndolo y el refugio dormido abajo, con la puerta cerrada y el humo fino y la noche cerrada sobre el monte.

Y luego, con la precisión de los que conocen el monte, con las botas que no hacían ruido y las manos que no dejaban huella, bajó del espolón de roca, bajó de la ladera, bajó hacia el camino, hacia la senda que no salía en los mapas, hacia el coche que no dejaba rastro.

El cerco estaba puesto.

El refugio de Arraba, vigilado.

El viejo del club, vigilado.

El camino al collado, vigilado.

La puerta del pasado, vigilada.

Y la inspectora, pensó el Enterrador, con la niebla cerrada sobre el monte y las botas hundiéndose en el barro, iba a volver.

Iba a volver de madrugada, como decía la fila de arriba.

Iba a subir al monte, iba a buscar la cueva, iba a acercarse a la puerta del pasado.

Y él iba a estar allí.

Esperando.

Con el oficio.

Con el entierro.

Con la niebla baja envolviendo la ladera y la roca mojada bajo los pies.

Y con la certeza de que, cuando hubiera que enterrar, enterraría.

Como siempre.

III. La cueva

El Enterrador conoció la cueva de la vieja mucho antes de que la organización le diera la orden de enterrar lo que se enterró en el 2016.

La conocía desde crío. La conocía como la conocían los del valle, los que habían nacido con la historia de la Dama, los que sabían que la tierra prestaba el nombre a los sitios que quería guardar.

La conocía porque su padre se la había enseñado, y el padre de su padre también, como se enseñan los secretos del monte, de padre a hijo, de crío a crío, con la voz baja y la advertencia de que la cueva no se nombraba, de que la cueva no se buscaba, de que la cueva era de la vieja, de la Dama, del sitio donde la tierra guardaba lo que quería guardar.

Y la conocía, sobre todo, porque la cueva era un aitzulo, una de esas cavidades del monte que los pastores usaban desde siempre, donde se refugiaban los rebaños y las cabras cuando el tiempo se ponía feo, donde los viejos guardaban lo que no podía perderse, donde la tierra prestaba el nombre y guardaba el secreto.

El Enterrador subió a la cueva con la niebla cerrada, por la ladera norte, por el sitio donde el monte se esconde, por el sitio donde no hay camino, por el atajo que no salía en los mapas, con las botas que conocían cada roca y las manos que conocían cada raíz.