Capítulo 15 — EL DUELO #3
No podía dejar de pensar en Pello. En el golpe. En el refugio. En la sangre. En el viejo del monte, en coma inducido en la UCI, con la cabeza vendada y el cuerpo que aguantaba, el que había aguantado tormentas, nevadas, galernas, años.
No podía dejar de pensar en la marca del tío. En el libro de firmas. En la ruta. En la cueva. En lo que se enterró.
No podía dejar de pensar en la organización. En el Enterrador. En el golpe que había cruzado la línea. En el aviso que estaba dirigido a ella.
Y no podía dejar de pensar en Jules.
En la forma en que la había mirado en el refugio, con la marca del tío delante, con la certeza de que acababan de encontrar la pista que sobrevivía al borrado digital.
En la forma en que la había mirado en el hospital, cuando Eneko había leído el parte de quirófano, con la culpa y la rabia y el dolor mezclados.
En la forma en que la había mirado, siempre, desde Punta Galea, desde La Arena, desde Getxo, desde el puente.
En la forma en que la tenía sujeta, con la sal en los labios y la marea subiendo, con la certeza de que no estaba sola.
El teléfono sonó a las dos de la mañana, con la lluvia golpeando los cristales y la ría subiendo con la marea, y Irati contestó, con la voz que se le quebraba en la garganta.
—No puedes dormir —dijo Jules, al otro lado, con la voz baja, con la que usaba para las noches y para los casos.
—No puedo —dijo Irati, con la lluvia golpeando los cristales—. No puedo dejar de pensar en Pello. En el golpe. En la marca. En la cueva. En todo. —Hizo una pausa—. Y no puedo dejar de pensar en ti, Jules. En que estás ahí. En que, por primera vez en años, no estoy sola.
Jules se quedó un momento en silencio, con la lluvia golpeando los cristales al otro lado de la línea, y luego dijo, con una voz que sonó como una promesa:
—Voy a por ti, Irati. —Hizo una pausa—. Y esta noche, con la lluvia y el dolor y todo, no vas a estar sola.
—Otra pausa—. Voy a por ti, y cuando llegue, Irati, te vas a apoyar en mí.
Y yo voy a sujetarte. Y los dos, Irati, con la lluvia golpeando los cristales, vamos a pasar esta noche juntos.
Como se pasan las noches que duelen. Juntos.
Irati se quedó un momento en silencio, con la lluvia golpeando los cristales y las palabras de Jules girándole en la cabeza, con el corazón que se le llenaba de algo que no sabía nombrar.
—Ven —dijo, con la voz que se le quebraba—. Ven, Jules. Ven a por mí.
Jules llegó veinte minutos después, con la lluvia en la chaqueta y la noche sobre Bilbao, y cuando Irati abrió la puerta, con la lámpara del salón encendida y la ría subiendo con la marea, se quedó un momento en silencio, con la lluvia escurriéndole de la chaqueta y la cara que no le ocultaba nada.
—Estás rota —dijo, con la voz baja—. Estás rota, Irati, y no sabes qué hacer con tanta rabia, con tanto dolor, con tanto miedo.
—Hizo una pausa—. Y yo también. Estoy roto, Irati.
Por Pello. Por Ane. Por Koldo. Por el testigo.
Por todos los que la organización ha enterrado.
—Miró a Irati—. Y esta noche, Irati, no vamos a cargar con la rotura solos.
Nos la vamos a repartir. Aquí. Ahora. Con la lluvia golpeando los cristales.
—Hizo una pausa—. Y cuando nos la hayamos repartido, Irati, cuando la hayamos pasado juntos, vamos a seguir.
Porque el caso, Irati, nos exige seguir. Y los dos vamos a seguir. Juntos.
Irati lo miró un momento, con la lámpara del salón encendida y la ría subiendo con la marea, con la lluvia golpeando los cristales y la certeza de que Jules tenía razón.
Estaban rotos.
Estaban rotos por el dolor, por la culpa, por el miedo, por la rabia.
Y no sabían qué hacer con tanta rotura.
Pero sabían, con una certeza que no podían explicar, que juntos iban a poder cargar con ella.
Que juntos, con la lluvia golpeando los cristales y la ría subiendo con la marea, iban a pasar la noche.
Como se pasan las noches que duelen.
Juntos.
Y entonces, con la lámpara del salón encendida y la ría subiendo con la marea, Irati dio un paso hacia Jules, con la lluvia golpeando los cristales y la certeza de que no quería estar sola, y le besó.
No fue un beso de rescate. No fue un beso de rendición.
Fue un beso de dolor, de necesidad, de vida, el de los que acaban de ver la muerte de cerca y necesitan sentir que siguen vivos, el de los que acaban de perder algo y necesitan sujetarse a algo, el de los que acaban de entender que el tiempo no sobra y que la vida se vive cuando se puede.
Jules le devolvió el beso con la misma necesidad, con las manos que le buscaban la espalda, la cintura, la nuca, con el cuerpo que la apretaba contra el suyo, con la lluvia golpeando los cristales y la ría subiendo con la marea.
Y el duelo, el de los dos, el de Pello, el de Ane, el de Koldo, el de todos los que la organización había enterrado, se convirtió en algo más.
En un consuelo.
En una catarsis.
En la necesidad de sentir, de sujetar, de vivir, de demostrar que la organización, la que enterraba, la que golpeaba, la que borraba, no iba a poder con ellos.
Que la vida, la de los dos, seguía.
Que el amor, el de los dos, seguía.
Que el caso, el de los dos, seguía.
Y con la lluvia golpeando los cristales y la ría subiendo con la marea, con la lámpara del salón encendida y la noche sobre Bilbao, los dos se entregaron al duelo, al consuelo, a la vida, con la urgencia de los que saben que el tiempo no sobra y con la ternura de los que acaban de entender que no están solos.
Hicieron el amor en el sofá, en el suelo, en la cama, con la lluvia golpeando los cristales y la ría subiendo con la marea, con la ropa que se arrancaba, con la piel que se buscaba, con la necesidad que se repartía.
Él la sujetó cuando ella tembló, con la cara entre las manos y la frente pegada a la suya.
—Estoy aquí —dijo, con la voz rota—. Estoy aquí, Irati.
Sujétate a mí. Sujétate y llora si tienes que llorar, y grita si tienes que gritar, y déjame.
Déjame sujetarte. —Hizo una pausa—. Pello va a vivir.
El caso va a seguir. La cueva va a esperar.
Y nosotros, Irati, vamos a estar juntos para verlo todo.
—Miró a Irati—. Porque no estás sola, Irati.
No estás sola. Nunca más. No estás sola.
Irati sintió que se le rompía algo, algo que llevaba años sin romperse, algo que no sabía que existía, y se agarró a él, con las manos en su espalda y la cara en su cuello y el cuerpo que temblaba, con la lluvia golpeando los cristales y la ría subiendo con la marea.
—Jules —dijo, con la voz rota por el dolor y por la necesidad—.
No me dejes. No me dejes. —Hizo una pausa—.
No me dejes, y yo no te dejo. Ni al caso.
Ni al monte. Ni a la cueva. Ni a ti. —Miró a Jules, con la lluvia golpeando los cristales—.
Juntos, Jules. Juntos hasta el final. Juntos hasta que la historia se cuente entera.
Juntos hasta que la organización se caiga. Juntos.
—Juntos —dijo Jules, con la voz rota, moviéndose con ella, con la lluvia golpeando los cristales y la ría subiendo con la marea, con la urgencia y la ternura, con el dolor y la necesidad, con la vida—.
Juntos, Irati. Juntos hasta el final. —Hizo una pausa, con la frente pegada a la suya—.
Y cuando el final llegue, Irati, cuando la historia se cuente entera, cuando la organización se caiga, nosotros vamos a estar juntos.
Aquí. En esta tierra. En este país. Con la sal en los labios y la marea subiendo. Juntos.
Y la lluvia golpeaba los cristales y la ría subía con la marea y la noche sobre Bilbao se abría entre los dos, con el duelo convertido en consuelo, con el dolor convertido en vida, con la necesidad convertida en promesa, con los cuerpos que se sujetaban y se repartían la rotura, con la certeza de que, por primera vez en años, ninguno de los dos estaba solo.
Y cuando el alivio llegó, cuando la catarsis se cumplió, con la lluvia golpeando los cristales y la ría subiendo con la marea, Irati se quedó un momento en los brazos de Jules, con la cara en su pecho y el cuerpo que todavía temblaba, con la certeza de que el caso, el de Ane, el de Koldo, el de todos los que la organización había enterrado, les exigía seguir.
Y que los dos iban a seguir.
Juntos.
Con la lluvia golpeando los cristales y la ría subiendo con la marea.
Con la sal en los labios y la certeza de que no estaban solos.
Juntos hasta el final.
IV. La determinación
Al día siguiente, con la lluvia que no cesaba sobre el valle y la noticia de Pello corriendo de boca en boca, Irati convocó al club «Aitzulo».
No fue una convocatoria oficial. No fue un parte. Fue lo que Eneko llamó, con la voz que se le asentaba en la garganta, un auzolan: el trabajo comunitario, el que el monte había hecho siempre, el que se hacía cuando algo se rompía y había que arreglarlo entre todos.
—El monte se ha roto —dijo Eneko, con la lluvia golpeando el local del club y el humo del café en el aire—.
Han golpeado el refugio. Han golpeado a Pello.
Han cruzado la línea. —Miró a los del club, los que se habían ido juntando en el local, los del monte, los de siempre—.
Y ahora, Irati necesita que leamos el monte.
Que le enseñemos la ruta. Que le contemos lo que sabemos.
Que hagamos, Irati, el auzolan de la verdad.
El local del club olía a café, a madera y a barro, con los mapas del Gorbeia en las paredes y las fotos de los que habían subido al monte, con las mesas de madera y las sillas que se iban llenando, con los del club, los viejos y los jóvenes, los que conocían cada senda, cada collado, cada cueva, cada rincón del monte.