Capítulo 13 — AÑANA #5
Irati se quedó un momento en silencio, con el fuego encendiendo la estancia y el mapa extendido sobre la mesa, con las palabras de Pello girándole en la cabeza.
De madrugada.
Por el Camino Seguro.
A la cueva de la vieja.
A la que se abría cuando la niebla todavía no había subido.
A la que guardaba lo que se enterró.
Y con la certeza, la que le subía desde el pecho, de que la cueva, la del monte, la del sitio donde la tierra prestaba el nombre, era el siguiente paso del caso.
El paso que iba a decidir si la historia se contaba entera o se perdía en el silencio.
—Pello —dijo Irati, con el fuego encendiendo la estancia y el mapa extendido sobre la mesa—. Mañana, de madrugada, subo al monte. Por el Camino Seguro. A la cueva de la vieja. —Miró a Pello—. ¿Me acompaña?
Pello la miró un momento, con el fuego encendiendo la estancia y las manos grandes y curtidas sobre el mapa, y luego asintió, con una voz que sonó como la de un hombre que llevaba años esperando esa pregunta.
—Le acompaño, inspectora —dijo—. Mañana, de madrugada, subimos al monte.
Por el Camino Seguro. A la cueva de la vieja.
—Hizo una pausa—. Y lo que la cueva guarde, Irati, lo que Koldo escondió, lo que Ane guardó, lo desenterramos.
—Miró a Irati—. Porque lo que se entierra, no se pierde.
Y lo que no se pierde, Irati, vuelve. Como la itzulera.
Irati se quedó un momento en silencio, con el fuego encendiendo la estancia y la palabra de la abuela de Jules girándole en la cabeza.
Itzulera.
Lo que se va, vuelve.
Lo que se entierra, no se pierde.
Lo que se pierde, regresa.
Y con la certeza, la que le subía desde el pecho, de que mañana, de madrugada, en el monte, en la cueva de la vieja, lo que se enterró iba a volver.
Iba a volver a la luz.
Iba a volver a la inspectora que preguntaba.
Iba a volver a la historia que se contaba entera.
V. Cierre-gancho
Salieron del refugio de Arraba con la noche cayendo sobre el Gorbeia y la niebla bajando por la ladera, con el olor de la resina y de la madera quemada y el mapa de Pello doblado en el bolsillo de la chaqueta de Irati.
Eneko los acompañó hasta el coche, con la noche cayendo sobre el monte y la cara que se le iluminaba con la esperanza.
—Entonces —dijo, con la voz que se le llevaba el viento del monte—, mañana subís. Al Camino Seguro. A la cueva de la vieja. —Miró a Irati—. Y si la cueva guarda lo que creo que guarda, Irati, si la cueva guarda lo que Koldo escondió, lo que Ane guardó, el caso se va a contar entero.
Irati asintió, con la noche cayendo sobre el Gorbeia y el mapa de Pello en el bolsillo.
—Mañana, de madrugada —dijo—. Subimos. —Miró a Eneko—. Y si la cueva guarda la prueba, Eneko, si la cueva guarda lo que se enterró, el caso de Ane Arrieta se va a contar entero. La historia de la que todos hablan y nadie cuenta. —Hizo una pausa—. Y la vamos a contar nosotros.
Eneko asintió, con la noche cayendo sobre el monte y la cara que se le iluminaba con la esperanza, y los tres se quedaron un momento en el aparcamiento del refugio, con la niebla bajando por la ladera y el olor de la resina en el aire.
Y en ese momento, con la noche cayendo sobre el Gorbeia, sonó el teléfono de Leire.
Irati contestó, con la noche cayendo sobre el monte y la voz de Leire al otro lado, con el zumbido de los servidores del CPD de fondo.
—Irati —dijo Leire, con la voz que se le quebraba un momento—.
El monitor. La exfiltración. El nodo de Añana.
—Hizo una pausa—. Acaba de emitir. Hace diez minutos, los servidores de la bodega, los de Añana, han emitido una copia cifrada.
—Otra pausa—. No ha sido hacia el Este, Irati.
Ha sido hacia otro sitio. Un destino nuevo.
Un destino que no habíamos visto antes en el tráfico.
—Hizo una pausa—. Irati, la copia cifrada ha salido hacia Lisboa.
Irati sintió el frío subirle por la columna, despacio, como sube la marea con la niebla.
Lisboa.
No era el Este.
Era Lisboa.
El sitio donde, según la siembra del caso, la organización tenía el centro de mando.
El sitio donde «olía a Lisboa», según la pista que se había plantado en el caso.
El sitio donde, pensó Irati, con la noche cayendo sobre el Gorbeia y la voz de Leire aún en el teléfono, estaba el enemigo.
—Leire —dijo Irati, con la voz que se le asentaba en la garganta—. Lisboa. La copia cifrada. —Hizo una pausa—. ¿Puedes rastrearla? ¿Puedes seguirla hasta el destino?
—Lo estoy intentando —dijo Leire, con el zumbido de los servidores del CPD de fondo—.
La copia está cifrada, Irati. No puedo leerla.
Pero puedo seguirla. Puedo seguir la ruta, los saltos, los nodos, el destino.
—Hizo una pausa—. Y si la sigo, Irati, voy a saber dónde está el centro de mando.
Voy a saber dónde está Lisboa. Voy a saber quién recibe la copia.
—Otra pausa—. Y cuando lo sepa, Irati, el caso se va a jugar todo.
Irati se quedó un momento en silencio, con la noche cayendo sobre el Gorbeia y la voz de Leire girándole en la cabeza.
Lisboa.
El centro de mando.
El enemigo al otro lado.
El que, según la siembra del caso, había plantado la pista de la potencia extranjera, la del espionaje industrial, la del hidrógeno, para desviar la mirada de la empresa Ugarte.
El que, según el caso, iba a estar al final de la ruta.
El que, pensó Irati, con la noche cayendo sobre el Gorbeia y el mapa de Pello en el bolsillo, estaba en Lisboa.
—Leire —dijo Irati, con la voz que se le asentaba en la garganta—.
Sigue la copia. Sigue la ruta. Sigue el destino.
—Hizo una pausa—. Y cuando sepas dónde está Lisboa, Leire, cuando sepas quién recibe la copia, me avisas.
—Miró el mapa de Pello, el que llevaba en el bolsillo, el que señalaba la cueva de la vieja—.
Porque mañana, Leire, subo al monte. A la cueva.
A desenterrar lo que se enterró. —Hizo una pausa—.
Y cuando tenga la prueba, Leire, y tú tengas Lisboa, el caso se va a jugar todo. Y se va a contar entero.
Leire se quedó un momento en silencio, con el zumbido de los servidores del CPD de fondo, y luego dijo, con una voz que sonó como la de una mujer que acababa de ver el final del caso:
—Voy a seguir la copia, Irati. Voy a seguir la ruta.
Voy a seguir Lisboa. —Hizo una pausa—. Y cuando la siga, Irati, cuando sepa dónde está el centro de mando, vamos a tener la pieza que falta.
La pieza que une la bodega, la empresa, la fila de arriba, Lisboa.
—Otra pausa—. Y con esa pieza, Irati, la historia se va a contar entera.
Irati colgó, con la noche cayendo sobre el Gorbeia y el mapa de Pello en el bolsillo, y se quedó un momento en silencio, con la niebla bajando por la ladera y el olor de la resina en el aire, con la certeza de que el caso, el de Ane, el de Koldo, el de todos los que la organización había enterrado, acababa de dar el paso del corazón.
El paso de Lisboa.
El paso del enemigo.
El paso que, si se seguía, iba a llevar a la empresa, a la fila de arriba, al centro de mando, a lo que se enterró en el 2016.
Irati se quedó un momento en silencio, con la noche cayendo sobre el Gorbeia y el mapa de Pello en el bolsillo, y pensó en la palabra que había estado rondando el caso desde el principio.
Lisboa.
El sitio donde «olía a Lisboa», según la pista que se había plantado en el caso.
El sitio donde, según la siembra, el responsable de la notificación, el de la empresa informática, había enviado la copia de la brecha.
El sitio donde, según la pista de Huidobro, la del CNI, la del espionaje industrial del hidrógeno, la organización tenía su centro de mando.
Y el sitio donde, según la copia cifrada que acababa de emitir la bodega, la organización seguía mandando lo que no podía enterrar.
Lisboa.
No era el Este. No era la potencia extranjera. No era el hidrógeno. Era Lisboa.
El sitio donde el caso, pensó Irati, con la noche cayendo sobre el Gorbeia y la niebla bajando por la ladera, iba a encontrar su final.
El sitio donde estaba el enemigo.
El sitio donde, si se seguía la ruta, iba a estar el centro de mando.
Y con la certeza, la que le subía desde el pecho, de que mañana, de madrugada, en el monte, en la cueva de la vieja, lo que se enterró iba a volver.
Iba a volver a la luz.
Iba a volver a la inspectora que preguntaba.
Iba a volver a la historia que se contaba entera.
Y Lisboa, pensó Irati, con la noche cayendo sobre el Gorbeia y la niebla bajando por la ladera, iba a estar esperando.
Esperando al final del caso.
Esperando al final de la historia.
Esperando.
Ane había subido al monte tres sábados antes de morir.
No había subido por ejercicio. No había subido por costumbre. Había subido por el Camino Seguro, por la ruta de la vieja, por la que Koldo le había enseñado, por la que iba del collado a la cueva, por la que la tierra prestaba el nombre.
Había subido para dejar la prueba.
La prueba de lo que se enterraba. La prueba de lo que Koldo había escondido. La prueba de lo que la organización borraba. La prueba de lo que, si se contaba, iba a romper la empresa, el vertedero, la organización.
Había subido, y había dejado la prueba en la cueva, en el sitio donde la tierra presta el nombre, en el sitio donde lo que se entierra, no se pierde.
Y había bajado, con la prueba en la cueva y la certeza de que, si algo le pasaba, la prueba iba a seguir.
Iba a seguir en la cueva. Iba a seguir en el monte. Iba a seguir en la tierra. Iba a seguir esperando.
Esperando a la que preguntara. Esperando a la que llegara. Esperando a la que desenterrara.
Y semanas después, con el patrón de las tres de la madrugada abriéndose en la pantalla y el sistema borrando su huella, con el archivo que subía al sistema y las llamadas que ya no llegaban, Ane había entendido que no iba a volver al monte.
No iba a volver a la cueva.
No iba a desenterrar la prueba.
Pero la prueba, la que había dejado, la que había enterrado en la cueva, iba a seguir.
Iba a seguir en el monte. Iba a seguir en la tierra. Iba a seguir esperando.