Lo que trae la marea (Costa Vasca 1) Capítulo 13 — AÑANA #4
64%

Capítulo 13 — AÑANA #4

—La cueva —dijo—. La de la vieja. La del mito de la Dama.

—Hizo una pausa—. En el Gorbeia, sobre la zona del vertedero, hay una cueva que no sale en los mapas.

No sale en las guías. No sale en ningún sitio.

La llaman la cueva de la vieja, porque la leyenda dice que la Dama, la de la montaña, la que cuida los rebaños y las cabras, la que presta el nombre a los sitios, se refugia allí cuando el tiempo se pone feo.

—Miró a Irati, con el fuego encendiendo la estancia—.

La leyenda dice que la tierra presta el nombre a los sitios que quiere guardar.

Que la cueva de la vieja tiene el nombre prestado, el de la Dama, para que nadie la busque, para que nadie la encuentre, para que nadie sepa que existe.

—Hizo una pausa—. Y la cueva, Irati, existe.

Existe, y yo sé dónde está. La conozco desde crío, desde antes del vertedero, desde antes de que la empresa enterrara lo que enterraba.

—Miró a Irati—. Y si Koldo escondió la prueba en el monte, Irati, si Ane guardó la ruta en el monte, la escondieron en la cueva de la vieja.

En el sitio donde la tierra presta el nombre.

Irati se quedó un momento en silencio, con el fuego encendiendo la estancia y las palabras de Pello girándole en la cabeza.

La cueva de la vieja.

El sitio donde la tierra presta el nombre.

El sitio donde Koldo había escondido la prueba.

El sitio donde Ane había guardado la ruta.

El sitio donde lo que se entierra, no se pierde.

—Pello —dijo Irati, con la voz que se le asentaba en la garganta—. La ruta de Ane. El track del Camino Seguro. El que va del collado a la cueva. —Miró a Pello—. ¿La conoce?

Pello asintió, con el fuego encendiendo la estancia y la cara que se le iba llenando de color, despacio, como si el recuerdo le devolviera algo.

—La conozco —dijo—. El Camino Seguro. La ruta de la vieja.

La que va del collado a la cueva, por la ladera norte, por el sitio donde el monte se esconde.

—Miró a Irati—. Ane la conocía. Le la enseñó Koldo, cuando era una cría, antes de desaparecer.

La llamaba la ruta de la tía, la que guardaba lo que no podía perderse.

—Hizo una pausa—. Y Ane, Irati, la subió tres sábados antes de morir.

Subió al collado, miró el valle, y subió por el Camino Seguro.

No a su casa. No al club. Al collado, y luego por el Camino Seguro, a la cueva.

—Miró a Irati—. Y si Ane subió a la cueva, Irati, si Ane guardó la ruta en la cueva, es porque la verdad, la de Koldo, la de lo que se enterró, está en la cueva.

—Hizo una pausa—. Y si la verdad está en la cueva, Irati, está esperando.

Esperando a la que pregunte. Esperando a la que llegue. Esperando a la que desentierre.

Irati se quedó un momento en silencio, con el fuego encendiendo la estancia y la certeza de que acababa de encontrar el hilo del monte.

El hilo que unía el club con el vertedero, a Koldo con Ane, el 2016 con la cueva, la cueva con lo que se enterró.

El hilo que, si se seguía, iba a llevar a la prueba.

La prueba que Koldo había escondido.

La prueba que Ane había guardado.

La prueba que lo que se entierra, no se pierde.

Y con la certeza, la que le subía desde el pecho, de que la cueva, la de la vieja, la del sitio donde la tierra prestaba el nombre, era el siguiente paso del caso.

El paso del monte.

El paso que iba a decidir si la historia se contaba entera o se perdía en el silencio.

IV. La ruta de Ane

Pello sacó el mapa del monte, un mapa viejo, de los de papel, de los que se doblan y se guardan en el bolsillo de la chaqueta de lana, y lo extendió sobre la mesa del refugio, con el fuego encendiendo la estancia y la resina y el humo en el aire.

Irati se quedó un momento mirando el mapa, con el fuego encendiendo la estancia y la resina y el humo en el aire, y reconoció la zona.

El collado. La ladera norte. El valle de Mokorreta, al fondo, con las escombreras y las máquinas y la empresa.

Y sobre el valle, marcada con una mancha de lápiz, la señal de una cueva.

—La cueva de la vieja —dijo Irati, con la voz que se le asentaba en la garganta, mirando la mancha sobre el mapa.

Pello asintió, con el fuego encendiendo la estancia y las manos grandes y curtidas sobre el mapa.

—La cueva de la vieja —repitió—. La del mito de la Dama.

—Hizo una pausa—. Mi abuela me contaba la historia cuando era crío.

Decía que la Dama, la de la montaña, la que cuida los rebaños y las cabras, la que abre y cierra las tormentas, bajaba por el monte en las noches de luna llena, con el rebaño detrás, y se refugiaba en la cueva cuando el tiempo se ponía feo.

—Miró a Irati, con el fuego encendiendo la estancia—.

Y decía que la Dama prestaba el nombre a los sitios que quería guardar.

Que la cueva se llamaba de la vieja, la de la Dama, para que nadie la buscara, para que nadie la encontrara, para que nadie supiera que existía.

—Hizo una pausa—. La tierra presta el nombre, Irati.

A los sitios que quiere guardar. Y la cueva de la vieja, Irati, es uno de esos sitios. Un sitio que la tierra quiere guardar.

Irati se quedó un momento en silencio, con el fuego encendiendo la estancia y las palabras de Pello girándole en la cabeza.

La tierra presta el nombre.

A los sitios que quiere guardar.

La cueva de la vieja.

El sitio que la tierra quería guardar.

El sitio donde Koldo había escondido la prueba.

El sitio donde Ane había guardado la ruta.

El sitio donde lo que se entierra, no se pierde.

—Pello —dijo Irati, con el fuego encendiendo la estancia y el mapa extendido sobre la mesa—. La cueva. ¿Sabe si alguien más la conoce? ¿Si la organización, la del vertedero, la de la empresa, sabe que existe?

Pello se quedó un momento en silencio, con el fuego encendiendo la estancia y las manos grandes y curtidas sobre el mapa, y luego dijo, con una voz que sonó más baja de lo que esperaba:

—Los del valle la conocen —dijo—. Los que han nacido aquí, los que han crecido con la historia de la Dama, los que saben que la tierra presta el nombre.

—Hizo una pausa—. Pero los de la empresa, Irati, los de los despachos, los de la fila de arriba, esos no la conocen.

Esos no saben que existe. Esos no saben que la tierra presta el nombre.

—Miró a Irati—. Los de la empresa, Irati, saben del vertedero.

Saben de las escombreras. Saben de lo que se enterró en el 2016.

Pero no saben de la cueva. No saben de la vieja.

No saben de la Dama. —Hizo una pausa—. Y por eso, Irati, la prueba sigue en la cueva.

Porque la organización, la que entierra, la que borra, la que silencia, no sabe que existe un sitio donde la tierra presta el nombre.

—Miró a Irati—. Y si no sabe que existe, Irati, no puede enterrarla.

Irati se quedó un momento en silencio, con el fuego encendiendo la estancia y las palabras de Pello girándole en la cabeza.

La organización no sabía que la cueva existía.

La organización, la que enterraba, la que borraba, la que silenciaba, no sabía que había un sitio donde la tierra prestaba el nombre.

Y por eso, la prueba seguía en la cueva.

Por eso, lo que se enterró, no se había perdido.

Por eso, lo que se entierra, no se pierde.

—El track —dijo Pello, con el dedo recorriendo el mapa—.

El Camino Seguro. El que Ane guardaba en el teléfono, en la carpeta que nadie sabía que existía.

—Hizo una pausa—. Empieza en el collado, el que mira al valle de Mokorreta, el que Ane se quedaba mirando cuando subía al monte.

—Señaló el punto en el mapa, con el dedo grande y curtido—.

Y desde el collado, baja por la ladera norte, por el sitio donde el monte se esconde, por el sitio donde no hay camino, por el sitio donde la tierra presta el nombre.

—Miró a Irati—. Y termina, Irati, en la cueva de la vieja.

—Señaló el punto en el mapa, con el dedo sobre la mancha de la cueva—.

Aquí. Sobre la zona del vertedero. Sobre la zona de Mokorreta.

En el sitio donde Koldo escondió la prueba.

En el sitio donde Ane guardó la ruta. En el sitio donde lo que se entierra, no se pierde.

Irati se quedó un momento en silencio, con el mapa extendido sobre la mesa y el dedo de Pello sobre la mancha de la cueva, con la certeza de que acababa de ver, con sus propios ojos, la ruta de Ane.

El Camino Seguro.

La ruta de la vieja.

La que iba del collado a la cueva.

La que Ane había subido tres sábados antes de morir.

La que llevaba a la prueba.

La prueba que Koldo había escondido.

La prueba que lo que se entierra, no se pierde.

—Pello —dijo Irati, con la voz que se le asentaba en la garganta—. La cueva. ¿Cómo se llega? ¿Cuándo se puede subir?

Pello la miró un momento, con el fuego encendiendo la estancia y el mapa extendido sobre la mesa, y luego dijo, con una voz que sonó como la de un hombre que sabía que iba a abrir una puerta que llevaba años cerrada:

—Se sube por el Camino Seguro —dijo—. Por la ladera norte, por el sitio donde el monte se esconde, por el sitio donde la tierra presta el nombre.

—Hizo una pausa—. Y se sube de madrugada, Irati.

Antes de que amanezca. Porque la cueva de la vieja, la del mito de la Dama, no quiere que la miren de día.

—Miró a Irati—. La leyenda dice que la Dama presta el nombre a los sitios que quiere guardar, y que los sitios que guarda, Irati, se abren de madrugada, cuando la niebla todavía no ha subido, cuando el monte todavía no se ha despertado.

—Hizo una pausa—. Se sube de madrugada, Irati.

Por el Camino Seguro. Y cuando se llega a la cueva, se baja la cabeza, se entra despacio, y se mira.

—Miró a Irati—. Y lo que se encuentre, Irati, lo que la cueva guarde, se lo lleva la tierra, se lo guarda la sal, y se lo devuelve a la que pregunte.