Lo que trae la marea (Costa Vasca 1) Capítulo 13 — AÑANA #3
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Capítulo 13 — AÑANA #3

—Pello está dentro —dijo Eneko, con la voz que se le llevaba el viento del monte—.

Pello Elorriaga. El fundador del club Aitzulo.

Sesenta y siete años. Ex operario del vertedero, de la zona de Mokorreta, de los años en que el vertedero todavía era legal.

—Miró a Irati—. Compañero de Koldo Ugarte.

Del desaparecido. Del que lo que se entierra, no se pierde.

—Hizo una pausa—. Y si alguien conoce el monte, Irati, es Pello.

Si alguien sabe qué cueva hay sobre la zona del vertedero, es Pello.

Si alguien sabe por qué Ane subía al monte, es Pello.

Irati se quedó un momento en silencio, con la resina y la roca mojada bajo los pies y las palabras de Eneko girándole en la cabeza.

Pello Elorriaga.

El fundador del club Aitzulo.

El ex operario del vertedero.

El compañero de Koldo.

El desaparecido.

El del 2016.

Y con la certeza, la que le subía desde el pecho, de que acababa de encontrar el hilo del monte.

El hilo que unía el club con el vertedero, a Koldo con Ane, el 2016 con la cueva, la cueva con lo que se enterró.

Empujó la puerta del refugio, con la resina y la roca mojada bajo los pies, y entró.

El interior del refugio olía a humo y a madera y a resina, con las mesas de los auzolan, las de los días en que la gente del club bajaba a arreglar el tejado, a apilar la leña, a mantener el refugio con el trabajo de todos, con la colaboración de los que usan el monte.

En las paredes colgaban los mapas de las rutas, las de las ascensiones de los socios, las fotos de los refugios que el club había arreglado a lo largo de los años, los nombres de los que los habían levantado.

Irati se quedó un momento mirando las fotos, con la resina y el humo en el aire y el fuego encendiendo la estancia, y en una de las fotos, en la de un refugio de la ladera del Gorbeia, con los hombres del club en la puerta y las herramientas en las manos, reconoció una cara.

Una cara joven, con el mono de trabajo y la sonrisa de los que saben lo que hacen, en la fila de los que habían levantado el refugio.

La cara de Koldo Ugarte.

—Koldo —dijo Irati, con la voz que se le asentaba en la garganta, mirando la foto.

Pello se acercó, con el fuego encendiendo la estancia y las manos grandes y curtidas sobre las rodillas, y miró la foto un momento, con los ojos que se le encendían con el fuego.

—Sí —dijo—. Koldo. En los años del auzolan, cuando levantamos el refugio de la ladera norte, el que está sobre el collado.

—Hizo una pausa—. Koldo era de los que más trabajaban, de los que más sabían, de los que más querían el monte.

—Miró a Irati, con el fuego encendiendo la estancia—.

Cuando se fue, cuando desapareció en el 2016, el club siguió.

El monte siguió. Los refugios siguieron.

Pero la gente, Irati, no fue la misma. Koldo era de los que unen.

De los que hacen que el auzolan sea un auzolan, que el trabajo sea de todos, que el monte sea de todos.

—Hizo una pausa—. Y cuando se fue, Irati, el club perdió algo que no ha vuelto a recuperar.

Algo que nadie dice, pero que todos sienten.

—Miró a Irati—. El monte, Irati, no se le olvidó.

El monte, el que Koldo quería, el que Koldo conocía, el que Koldo sabía que guardaba algo, sigue ahí.

Esperando. Esperando a que alguien llegue, a que alguien pregunte, a que alguien desentierre lo que se enterró.

Irati se quedó un momento en silencio, con el fuego encendiendo la estancia y la foto de Koldo en la pared, con la certeza de que acababa de ver, con sus propios ojos, el hilo del monte.

El hilo que unía al club con el vertedero, a Koldo con Ane, el 2016 con la cueva, la cueva con lo que se enterró.

El hilo que, si se seguía, iba a llevar a la prueba.

Pello estaba junto al fuego, con la cara arrugada por los años y los ojos que se le iluminaban con el fuego, con las manos grandes y curtidas por el monte y la ropa de lana que olía a humo y a bosque.

Miró a Irati un momento, con el fuego encendiendo la estancia, y luego dijo, con la voz ronca de los que han hablado mucho y escuchado mucho:

—La inspectora Sarasola —dijo—. La que pregunta.

—Hizo una pausa—. Ane hablaba de usted. Cuando venía al club, cuando subíamos al monte, cuando se quedaba mirando el valle desde el collado.

—Miró a Irati, con el fuego encendiendo la estancia—.

Decía que, si algo le pasaba, la que iba a preguntar era usted.

La que iba a llegar al monte. La que iba a desenterrar lo que se enterró.

—Hizo una pausa—. Y aquí está. Ha llegado.

—Miró a Irati—. ¿Qué quiere saber, inspectora?

Irati se sentó frente a Pello, con el fuego encendiendo la estancia y la resina y el humo en el aire, y miró al viejo un momento, con la certeza de que acababa de encontrar al guardián del monte.

—Quiero saber lo del monte, Pello —dijo—. Lo de la cueva. Lo de la ruta de Ane. Lo de lo que se enterró en el 2016. —Miró a Pello—. Y lo de Koldo. Su compañero. El que desapareció. El que lo que se entierra, no se pierde.

Pello se quedó un momento en silencio, con el fuego encendiendo la estancia y las manos grandes y curtidas sobre las rodillas, y luego, con una voz que sonó como la de un hombre que llevaba años guardando lo que sabía, empezó a hablar.

—Koldo —dijo—. Koldo Ugarte. Mi compañero del vertedero.

El mejor que he tenido, y el mejor que he tenido nunca, y el que no he vuelto a ver desde el 2016.

—Hizo una pausa, con el fuego encendiendo la estancia—.

Trabajábamos los dos en Mokorreta, en los años en que el vertedero todavía era legal, cuando nadie miraba lo que se enterraba, cuando la empresa que lo gestionaba podía enterrar lo que quisiera sin que nadie dijera nada.

—Miró a Irati, con los ojos que se le encendían con el fuego—.

Koldo era el que miraba. El que leía los manifiestos, el que miraba los camiones, el que contaba los contenedores, el que sabía que lo que se enterraba no era lo que se declaraba.

—Hizo una pausa—. Y una noche, hace años, vino al refugio, con el mono de trabajo y la cara que no le había visto nunca, y me dijo que había visto algo.

Algo en el vertedero. Algo que no debía haber visto.

Algo que, si lo contaba, iba a romper la empresa, el vertedero, la organización.

—Miró a Irati—. Me dijo: «Pello, lo que se entierra, no se pierde.

Y yo he visto lo que se ha enterrado. Y cuando lo cuente, Pello, lo que se enterró va a salir. »

Irati se quedó un momento en silencio, con el fuego encendiendo la estancia y las palabras de Pello girándole en la cabeza.

Koldo había visto lo que se enterraba.

Koldo había visto lo que no debía haber visto.

Koldo había dicho que lo que se entierra, no se pierde.

Y Koldo, en el 2016, había desaparecido.

—¿Y qué vio, Pello? —preguntó Irati, con la voz que se le asentaba en la garganta—. ¿Qué vio Koldo en el vertedero?

Pello se quedó un momento en silencio, con el fuego encendiendo la estancia y las manos grandes y curtidas sobre las rodillas, y luego dijo, con una voz que sonó como la de un hombre que llevaba años sin poder contarlo:

—No me lo dijo entero —dijo—. Me dijo que era de lo que se enterraba.

Que no era solo residuos. Que era algo más.

Algo que no debía estar en un vertedero.

Algo que llevaban años enterrando, con los manifiestos falseados, con las descargas ficticias, con la colaboración de la empresa.

—Miró a Irati—. Y me dijo, Irati, que lo había guardado.

Que había escondido la prueba, donde nadie la encontrara, donde la tierra la guardara.

—Hizo una pausa—. Me dijo: «Pello, si me pasa algo, lo que se entierra, no se pierde.

Espera. Y busca en el monte. En el sitio donde la tierra presta el nombre. »

Irati sintió el frío subirle por la nuca, despacio, como sube la marea con la niebla.

En el monte.

En el sitio donde la tierra presta el nombre.

La cueva.

La de la vieja.

La del mito de la Dama.

El Camino Seguro.

—Pello —dijo Irati, con la voz que se le asentaba en la garganta—. El sitio donde la tierra presta el nombre. La cueva de la vieja. La del mito de la Dama. —Miró a Pello—. ¿Sabe de qué cueva hablo?

Pello palideció.

Irati vio el color escaparse de su cara, con el fuego encendiendo la estancia y las manos grandes y curtidas apretándose sobre las rodillas, y supo, con una certeza que no podía explicar, que Pello sabía de qué cueva hablaba.

Y que la cueva, la del mito de la Dama, la del sitio donde la tierra prestaba el nombre, era el sitio donde Koldo había escondido la prueba.

El sitio donde Ane había guardado la ruta.

El sitio donde lo que se entierra, no se pierde.

El sitio del monte.

Pello se quedó un momento en silencio, con el fuego encendiendo la estancia y la cara blanca, y luego, con una voz que sonó como un susurro roto, empezó a hablar.