Capítulo 13 — AÑANA #2
La infraestructura del robo EHDS.
El corazón físico del entramado.
El sitio donde el tráfico de datos robados se detenía, se descargaba, se limpiaba, y luego seguía hacia el Este.
El sitio donde la organización guardaba lo que no podía enterrar.
—¿Cómo entramos? —preguntó Jules, con la voz que se le llevaba el viento de la llanada.
Irati miró la cerradura, la caja de conexiones, la puerta blindada por dentro, y luego miró a Jules, con la luz blanca encendiendo el valle.
—No entramos —dijo—. Esperamos. —Hizo una pausa—.
La bodega está viva, Jules. Funciona. Alguien la cuida.
Alguien entra y sale, con el mantenimiento, con las revisiones, con la limpieza de los servidores.
—Miró a Jules—. Y cuando alguien entre, Jules, cuando la puerta se abra, vamos a ver qué guarda la bodega.
—Hizo una pausa—. Y vamos a ver, también, a la persona que la cuida.
Jules asintió, con la luz blanca encendiendo el valle y la sal crujiendo bajo las botas, y los dos se apartaron de la puerta, escondiéndose entre las eras, entre los canales, entre las construcciones de madera y de piedra, con la sal en los zapatos y el viento de la llanada en la cara.
Y esperaron.
Esperaron con la luz blanca de febrero encendiendo el valle y el agua salada corriendo por los canales, con las eras de madera y de piedra escalonadas sobre la ladera y el viento de la llanada moviendo la sal.
Esperaron hasta que la tarde empezó a caer, con la luz cambiando y las sombras alargándose sobre las eras, y hasta que, con el sol declinando sobre el valle, oyeron el ruido de un motor.
Un vehículo. Subiendo por el camino de tierra. Deteniéndose junto a la bodega.
Irati y Jules se quedaron inmóviles, escondidos entre las eras, con la sal en los zapatos y la luz de la tarde encendiendo el valle, y vieron cómo bajaba del vehículo un hombre.
Un hombre de mediana edad, con la ropa de trabajo, con el mono azul y las botas de seguridad, con la llave en la mano y la cara de los que conocen el sitio, la de los que entran y salen sin mirar, la de los que cuidan una bodega que no debería estar viva.
El hombre se acercó a la puerta de la bodega, con la llave en la mano y la cara de los que conocen el sitio, y la abrió, con la cerradura nueva y los refuerzos de acero, y entró, con la luz de la bodega encendiéndose dentro y el zumbido de los servidores llegando hasta fuera.
Irati se quedó un momento en silencio, con la sal en los zapatos y la luz de la tarde encendiendo el valle, con el zumbido de los servidores en el aire y la certeza de que acababa de ver la cara de la bodega.
La cara del corazón.
La cara del hombre que cuidaba el corazón del robo.
Y en ese momento, con la puerta de la bodega abierta y el zumbido de los servidores en el aire, Irati supo que la bodega, la de sal en desuso, la que escondía los servidores en frío, iba a abrirle la puerta del corazón.
La puerta del caso.
La puerta de lo que se enterró.
La puerta de la sal.
Esperaron a que el hombre saliera de la bodega, con la luz de la tarde cayendo sobre el valle y el zumbido de los servidores apagándose a su espalda, y cuando el vehículo se alejó por el camino de tierra, con el polvo levantándose en el aire de la tarde, Irati y Jules se acercaron a la puerta de la bodega, con la sal crujiendo bajo las botas y la luz cambiando sobre las eras.
La puerta estaba cerrada. Pero la cerradura, la nueva, la de seguridad, tenía el mecanismo de los que se abren con tarjeta, de los que registran cada entrada, de los que dejan huella.
Irati se quedó un momento en silencio, con la mano sobre la puerta y la sal crujiendo bajo las botas, con la certeza de que no podía entrar.
No podía entrar sin la autorización. No podía entrar sin el registro. No podía entrar sin dejar huella.
Pero podía mirar.
Podía mirar la caja de conexiones, la que llevaba corriente a la bodega, la que se escondía entre las piedras, la que Leire, desde el CPD, iba a poder rastrear.
—Jules —dijo Irati, con la voz que se le llevaba el viento de la tarde—.
La caja de conexiones. La de la red. —Miró a Jules—.
Leire la va a poder rastrear. La conexión, el consumo, los horarios, los accesos.
—Hizo una pausa—. Y con el rastro, Jules, vamos a saber quién entra, quién sale, cuándo, por qué.
—Miró a Jules—. La bodega, Jules, no es solo una caja fuerte.
Es un sistema. Y los sistemas, Jules, dejan huella.
Jules asintió, con la luz de la tarde cayendo sobre el valle y la sal crujiendo bajo las botas, y sacó el teléfono, el que no se podía rastrear, y fotografió la caja de conexiones, la cerradura, la puerta, las piedras, las eras, el valle, con la precisión de los que saben que cada imagen es una huella.
Luego se arrodilló junto a la caja de conexiones, con la luz de la tarde cayendo sobre el valle y la sal crujiendo bajo las botas, y miró el interior, con la linterna del teléfono iluminando los cables y las conexiones, con la precisión de los que han mirado muchos sistemas por dentro.
—La conexión es de banda ancha —dijo, con la voz baja, con la luz de la tarde encendiendo el valle—.
De las de fibra, de las que llevan muchos datos, de las que se usan en los sitios donde se mueve mucha información.
—Miró a Irati—. No es una conexión de una bodega abandonada, Irati.
Es una conexión de un centro de datos. —Hizo una pausa—.
Y si la bodega tiene una conexión de centro de datos, Irati, es porque dentro hay un centro de datos.
Es porque dentro hay los servidores. Es porque dentro hay el corazón.
Irati se quedó un momento en silencio, con la luz de la tarde cayendo sobre el valle y las palabras de Jules girándole en la cabeza.
La conexión de banda ancha.
La de fibra.
La de los centros de datos.
La bodega que no era una bodega.
La caja fuerte que guardaba el corazón.
—Jules —dijo Irati, con la voz que se le asentaba en la garganta, con la luz de la tarde cayendo sobre el valle—. La conexión. ¿Puedes fotografiar la identificación del cable, el número del conector, la referencia de la operadora?
Jules miró la caja de conexiones un momento, con la linterna del teléfono iluminando los cables, y luego asintió, con la luz de la tarde cayendo sobre el valle.
—Puedo —dijo—. Y la fotografío. —Hizo una pausa—.
Y con la referencia, Irati, Leire va a poder rastrear la conexión, el contrato, el titular, el domicilio.
—Miró a Irati—. La bodega, Irati, no es solo un corazón.
Es un sistema. Y los sistemas, Irati, dejan huella.
—Hizo una pausa—. Y esta huella, Irati, la de la conexión, la del contrato, la del titular, va a abrir la puerta que no hemos podido abrir.
Irati asintió, con la luz de la tarde cayendo sobre el valle y la sal crujiendo bajo las botas, y se quedó un momento en silencio, mirando la caja de conexiones, la que llevaba corriente y datos a la bodega, la que iba a abrir la puerta.
Y con la certeza, la que le subía desde el pecho, de que la bodega, la de sal en desuso, la que escondía los servidores en frío, acababa de darle la primera llave.
La llave de la conexión.
La llave del contrato.
La llave del titular.
La llave que, si se seguía, iba a llevar a la empresa, a la fila de arriba, al centro de mando.
Y cuando terminó, con la luz de la tarde cayendo sobre el valle y la sal crujiendo bajo las botas, los dos se quedaron un momento en silencio, mirando la puerta de la bodega, la que no podían abrir, la que guardaba el corazón.
—Irati —dijo Jules, con la voz baja, con la luz de la tarde encendiendo el valle—.
Esta bodega. Este sitio. La sal. El corazón del robo.
—Hizo una pausa—. Es lo más cerca que hemos estado de la organización.
—Miró a Irati—. Y sé, Irati, que no podemos entrar.
Que no podemos abrir la puerta. Que no podemos dejar huella.
—Hizo una pausa—. Pero sabemos, Irati, que la bodega existe.
Que el corazón existe. Que el robo existe.
Y que la organización, la que enterró a Ane, la que mató al testigo, la que borró al responsable técnico, la que saca los datos hacia el Este, vive aquí.
En esta bodega. En este valle. En esta sal.
Irati se quedó un momento en silencio, con la luz de la tarde cayendo sobre el valle y las palabras de Jules girándole en la cabeza.
Sabía que Jules tenía razón.
Sabía que la bodega era el corazón.
Sabía que el corazón existía.
Sabía que la organización vivía allí, en la sal, en la bodega, en el valle.
Y sabía, también, con una certeza que no podía explicar, que la bodega, la que no podían abrir, era el siguiente paso del caso.
El paso del corazón.
El paso que iba a llevar a la empresa, a la fila de arriba, a lo que se enterró en el 2016.
El paso que, si se seguía, iba a decidir si la historia se contaba entera o se perdía en el silencio.
—Vamos —dijo Irati, con la luz de la tarde cayendo sobre el valle y la sal crujiendo bajo las botas—.
A Zeanuri. Al club Aitzulo. A ver a Pello Elorriaga.
—Miró a Jules—. El fundador del club. El que conoce el monte.
El que, según Eneko, custodia la pista sin saberlo.
—Hizo una pausa—. Y si la bodega es el corazón del robo, Jules, el monte es el corazón del caso.
Y Pello, Jules, es el que conoce el monte.
III. El club
El refugio de Arraba estaba en la ladera del Gorbeia, en la zona de Zeanuri, entre el pino y la roca mojada, con el olor de la resina y de la madera quemada y el tejado de los refugios de montaña, de los que se mantienen con el auzolan, con la colaboración de los que usan el monte.
Eneko los esperaba en el aparcamiento del refugio, con el coche de los bomberos y la cara que se le iluminaba con la tarde, y los llevó hasta la puerta del refugio, con la resina y la roca mojada bajo los pies, con el olor de la madera y del fuego en el aire.