Capítulo 13 — AÑANA #6
Esperando a la inspectora que preguntaba.
Esperando a la que, meses después, iba a subir al collado, iba a mirar el valle, iba a leer el track, iba a seguir el Camino Seguro.
Esperando a la que iba a llegar a la cueva.
Esperando a la que iba a desenterrar la prueba.
Lo que se entierra, no se pierde.
Espera.
Y la prueba, la de Ane, la de Koldo, la del 2016, la de Mokorreta, estaba esperando.
Esperando en la cueva.
Esperando en la sal.
Esperando en la tierra.
Esperando a que la inspectora que preguntaba la encontrara.
Esperando a que la desenterrara.
Esperando a que la contara.
Esperando.
Irati subió al coche con la noche cerrada sobre el Gorbeia y la niebla bajando por la ladera, con el mapa de Pello en el bolsillo y la estela de Getxo en el cuerpo, y se quedó un momento en silencio, con el motor en marcha y la calefacción encendida, mirando la ladera del monte, la que se abría de madrugada, la que guardaba la cueva.
Jules se sentó a su lado, con la noche cerrada sobre el monte y la cara que no le ocultaba nada.
—Mañana —dijo, con la voz que se le llevaba el ruido del motor—. De madrugada. Al Camino Seguro. A la cueva de la vieja. —Miró a Irati—. Y voy contigo. Hasta el final.
Irati lo miró un momento, con la noche cerrada sobre el Gorbeia y la certeza de que no estaba sola.
—Mañana —dijo—. De madrugada. Al monte. A la cueva.
—Hizo una pausa—. Y cuando desenterremos la prueba, Jules, cuando la prueba esté en nuestras manos, vamos a contarla.
La historia entera. La de Ane. La de Koldo.
La del 2016. La de Mokorreta. La de la empresa.
La de Lisboa. —Miró a Jules—. Y cuando la contemos, Jules, la organización se va a caer.
Con el nombre de Ane Arrieta escrito encima.
Jules asintió, con la noche cerrada sobre el Gorbeia y el motor en marcha, y los dos salieron del refugio de Arraba hacia la carretera, con la niebla bajando por la ladera y el monte durmiendo en la noche.
Y en el coche, de vuelta hacia Bilbao, con la noche cerrada sobre la llanada y el mapa de Pello en el bolsillo, Irati sintió que el caso, el de Ane, el de Koldo, el de todos los que la organización había enterrado, estaba a punto de dar el paso del monte.
El paso de la cueva.
El paso de lo que se enterró.
El paso que, pensó Irati, con la noche cerrada sobre la llanada y la marea subiendo en la ría, iba a decidir si la historia se contaba entera o se perdía en el silencio.
Y la sal, la del valle, la de los siete mil años, la que conserva lo que el tiempo no se lleva, iba a estar allí, en el monte, en la cueva, esperando.
Esperando a la inspectora que preguntaba.
Esperando a que la desenterrara.
Esperando a que la contara.
Esperando.
De vuelta en Bilbao, con la noche cerrada sobre la ciudad y la ría subiendo con la marea, Irati se quedó un momento en la puerta del piso del Casco Viejo, con el mapa de Pello en el bolsillo y la estela de Añana, de la bodega, de la sal, en el cuerpo.
Había visto el valle salado. Había visto la bodega. Había visto la conexión de banda ancha, la cerradura nueva, los refugios del monte, la foto de Koldo en la pared del refugio, el mapa con la mancha de la cueva, la mancha que señalaba el sitio donde la tierra presta el nombre.
Había hablado con Pello. Había oído la historia de la Dama. Había oído la historia de Koldo. Había oído la historia del Camino Seguro. Había oído la historia de la cueva de la vieja.
Y había oído, en el teléfono, la voz de Leire, la que le había dicho que la bodega acababa de emitir una copia cifrada hacia Lisboa.
Lisboa.
El centro de mando.
El enemigo.
Irati subió las escaleras del Casco Viejo con la noche cerrada sobre la ciudad y el mapa de Pello en el bolsillo, y en la cocina, con el café hirviendo y la libreta abierta sobre la mesa, escribió las notas del día.
Añana. La sal. La bodega. La cerradura nueva.
La conexión de banda ancha. El hombre del mono azul.
Los servidores en frío. El refugio de Arraba.
El auzolan. La foto de Koldo. El mapa. La cueva de la vieja.
El Camino Seguro. La Dama. La tierra que presta el nombre.
Lisboa. La copia cifrada. El centro de mando.
Y al final de la página, con la letra más pequeña aún, escribió las dos preguntas que le daban vueltas desde Añana:
«¿Qué guarda la cueva?»
«¿Quién está en Lisboa?»
No sabía las respuestas. No sabía qué guardaba la cueva, la del monte, la del sitio donde la tierra prestaba el nombre. No sabía quién estaba en Lisboa, el que recibía la copia cifrada, el que dirigía el centro de mando.
Pero sabía, con una certeza que no podía explicar, que las dos preguntas iban a definir el resto del caso.
La cueva. Lisboa.
El monte. El centro de mando.
La prueba. El enemigo.
Y sabía, también, con la noche cerrada sobre la ciudad y la marea subiendo en la ría, que mañana, de madrugada, iba a subir al monte.
Iba a subir por el Camino Seguro.
Iba a llegar a la cueva de la vieja.
Iba a desenterrar lo que se enterró.
Y que cuando la prueba estuviera en sus manos, y Lisboa en el mapa, y la historia completa, la organización se iba a caer.
Con el nombre de Ane Arrieta escrito encima.
Irati apagó la luz de la cocina, con la noche cerrada sobre la ciudad y el mapa de Pello sobre la mesa, y se acostó con la libreta abierta y el teléfono bajo la almohada, con la certeza de que, por primera vez en años, no iba a dormir sola.
No en el sentido que la gente le daba a esa frase.
En el sentido de saber que, al otro lado de la ciudad, había alguien que iba a subir con ella al monte, de madrugada, por el Camino Seguro, a la cueva de la vieja.
Y que, si la cueva la esperaba con lo que creía que escondía, no iba a estar sola para verlo.
La ría subía, con la noche cerrada sobre la ciudad y la marea entrando en Bilbao, y Irati se quedó un momento en la oscuridad, con la sal de Añana aún en los labios y la certeza de que, a partir de la madrugada siguiente, el caso de Ane Arrieta iba a dar el paso del monte.
El paso de la cueva.
El paso de lo que se enterró.
El paso que, pensó Irati, con la ría subiendo y la marea entrando en Bilbao, iba a decidir si la historia se contaba entera o se perdía en el silencio.
Y la sal, la del valle, la de los siete mil años, la que conserva lo que el tiempo no se lleva, iba a estar allí, en el monte, en la cueva, esperando.
Esperando a que la inspectora que preguntaba la encontrara.
Esperando a que la desenterrara.
Esperando a que la contara.
Esperando.