Lo que trae la marea (Costa Vasca 1) Capítulo 12 — EL FONDO #5
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Capítulo 12 — EL FONDO #5

—Leire —dijo Irati, con una voz que sonó más firme de lo que esperaba—.

Eso significa que el contenedor, el que «debía salir vacío», es la prueba.

La pieza del crimen. El eslabón entre la muerte de Ane y el robo de datos.

—Hizo una pausa—. Y que la organización, Leire, no ha podido enterrar esa prueba.

La ha dejado en el puerto, esperando. —Miró a Leire—. Y ahora, la tenemos nosotros.

Leire asintió, con el café muerto sobre la mesa y los ojos rojos, pero en sus ojos, Irati vio algo que no le había visto antes.

Algo que se parecía al miedo.

—Sí —dijo Leire, con la voz que se le quebraba un momento—.

La tenemos. —Hizo una pausa—. Pero, Irati, hay una cosa que no te he dicho.

—Miró a Irati, con los servidores latiendo con sus LED en la penumbra—.

He montado un monitor de red, desde la madrugada, para vigilar la exfiltración de datos.

El tráfico que sale de la red clínica hacia el Este.

El que la organización usa para robar los historiales.

—Hizo una pausa—. Y el monitor, Irati, no está en silencio.

—Miró a Irati, con los ojos que se le iluminaban con el reflejo de las pantallas—.

La exfiltración, Irati, respira. En tiempo real.

Alguien sigue sacando datos de la red clínica hacia el Este, ahora mismo, mientras hablamos.

—Hizo una pausa—. El robo no se detuvo con la muerte de Ane.

No se detuvo con la notificación. No se detuvo con el contenedor.

—Miró a Irati—. El robo, Irati, sigue. Y si sigue, Irati, es porque la organización, la que enterró a Ane, la que mató al testigo, la que borró al responsable técnico, sigue viva.

Sigue operando. Sigue sacando datos hacia el Este.

Y si sigue operando, Irati, el caso no está cerrado.

Está abierto. Y está abierto, Irati, en el peor momento.

Irati se quedó un momento en silencio, con los servidores latiendo con sus LED en la penumbra y las palabras de Leire girándole en la cabeza.

El robo seguía.

La organización seguía.

La exfiltración respiraba.

Alguien seguía sacando datos de la red clínica hacia el Este, en tiempo real, mientras ella estaba en el puerto, en el transbordador, en el CPD, con la estela de Getxo en el cuerpo y la culpa y el deseo mezclados.

—Leire —dijo Irati, con una voz que sonó más firme de lo que esperaba—. El monitor. ¿Hacia dónde sale el tráfico? ¿Hacia dónde va la exfiltración?

Leire se volvió hacia el terminal, con los dedos moviéndose sobre el teclado y los servidores latiendo con sus LED en la penumbra.

—Hacia el Este —dijo—. A través de la ruta que hemos visto en el contenedor.

La ruta falsificada. La de los manifiestos falseados.

—Hizo una pausa—. Pero hay un salto, Irati.

Un salto intermedio, en el continente, que no es el destino final.

Un nodo de reenvío. Un sitio donde el tráfico se detiene, se descarga, se limpia, y luego sigue hacia el Este.

—Miró a Irati—. Y ese nodo, Irati, según los metadatos del tráfico, está en el interior.

En la llanada alavesa. En un valle salado. —Hizo una pausa—. En Añana.

Irati sintió el frío subirle por la columna, despacio, como sube la marea con la niebla.

Añana.

El valle salado.

El sitio donde la sal se cosecha desde hace siete mil años.

El sitio donde la sal conserva lo que el tiempo no se lleva.

El sitio donde, según Leire, el tráfico de datos robados se detenía, se descargaba, se limpiaba.

El sitio donde, pensó Irati, con los servidores latiendo con sus LED en la penumbra, la organización guardaba el corazón físico del robo.

El nodo.

La bodega.

El corazón.

—Leire —dijo Irati, con una voz que sonó como la de una mujer que acababa de encontrar el siguiente paso del caso—. Añana. El valle salado. —Hizo una pausa—. Mañana, voy. Con Jules. A ver qué guarda la sal.

Leire la miró un momento, con el café muerto sobre la mesa y los servidores latiendo con sus LED en la penumbra.

—¿Y el contenedor? —preguntó—. ¿Y la mancha? ¿Y la pieza?

—Se quedan aquí —dijo Irati—. Con cadena de custodia.

Con el informe. Con el análisis. Con la prueba.

—Miró a Leire—. El contenedor es la prueba del eslabón.

Añana es la prueba del corazón. —Hizo una pausa—.

Y los dos, Leire, los vamos a contar. La historia entera.

La de Ane. La de Koldo. La del 2016. La de Mokorreta.

La de la empresa. La de la fila de arriba.

—Miró a Leire—. Y cuando la contemos, Leire, la organización se va a caer.

Con el nombre de Ane Arrieta escrito encima.

Leire asintió, con el café muerto sobre la mesa y los servidores latiendo con sus LED en la penumbra, y se volvió hacia el terminal, con los dedos moviéndose sobre el teclado.

—Voy a seguir vigilando el monitor —dijo—.

El tráfico. La exfiltración. El nodo de Añana.

—Hizo una pausa—. Y si la organización se mueve, Irati, si la exfiltración cambia de ruta, si el nodo deja de respirar, te aviso.

—Miró a Irati—. Porque el reloj, Irati, corre.

Y si la organización sabe que hemos encontrado el contenedor, si sabe que hemos cruzado la mancha, si sabe que hemos localizado Añana, va a mover la pieza.

—Hizo una pausa—. Y cuando la pieza se mueva, Irati, el caso se va a jugar todo.

Irati asintió, con los servidores latiendo con sus LED en la penumbra y la certeza de que acababa de encontrar el siguiente paso del caso.

Añana.

El valle salado.

El nodo.

El corazón.

Y con la certeza, la que le subía desde el pecho, de que la sal, la que conserva lo que el mar no se lleva, iba a estar allí, en Añana, esperando.

Esperando a que la inspectora que preguntaba la encontrara.

Esperando a que la desenterrara.

Esperando a que la contara.

Y el reloj, pensó Irati, con los servidores latiendo con sus LED en la penumbra y la noche cayendo sobre Bilbao, corría.

Corría hacia el Este.

Corría hacia Añana.

Corría hacia el corazón.

Corría hacia el final.