Lo que trae la marea (Costa Vasca 1) Capítulo 12 — EL FONDO #4
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Capítulo 12 — EL FONDO #4

—La filtración —dijo—. En Nueva York, hace años, trabajaba en un caso de un testigo protegido.

Daniel Reyes. Un hombre que había visto demasiado y que iba a testificar contra una organización.

—Hizo una pausa—. Alguien filtró su identidad.

Alguien, en el sistema, pasó su nombre a los que no debían saberlo.

Daniel Reyes apareció muerto dos días antes de declarar, en su casa de Nueva York, con un disparo en la cabeza.

—Miró a Irati, con el viento en la cara y la ría abajo—.

Nunca supimos quién filtró. Nunca supimos cómo llegó su nombre a los que lo mataron.

Pero yo, Irati, llevo años pensando que fui yo.

Que dije algo, que hice algo, que dejé algo abierto, que abrí una puerta que no debía abrir.

—Hizo una pausa—. Y desde entonces, llevo la culpa.

La culpa de Daniel Reyes. La culpa de no haber estado a tiempo.

La culpa de haber dejado que un testigo muriera.

—Miró a Irati—. Y el caso, Irati, el de Ane, el del testigo de Punta Galea, el de la celda de protección, me ha devuelto a esa culpa.

Me ha obligado a ver, otra vez, a un testigo que muere mientras yo no estoy.

Y no sé, Irati, si el caso me está dando la oportunidad de redimirme o si me está preparando para volver a fallar.

Irati se quedó un momento en silencio, con el viento en la cara y la ría abajo, con las palabras de Jules girándole en la cabeza y la certeza de que acababa de ver, por primera vez, la herida del hombre que la protegía.

La herida de la filtración.

La herida de Daniel Reyes.

La herida de la culpa.

La misma culpa que ella sentía por la noche de Getxo, por el testigo que murió mientras dormía, por la estela que no se le iba.

—Jules —dijo Irati, con el viento en la cara y la ría abajo—.

La culpa no se cura con el silencio. —Hizo una pausa—.

Se cura con la verdad. Con los datos duros.

Con los hechos. Con lo que se puede demostrar.

—Miró a Jules—. Y el caso, Jules, el de Ane, el de Fernando Galíndez, el de Daniel Reyes, no se resuelve con la culpa.

Se resuelve con los datos. Con el contenedor.

Con la mancha. Con la pieza de hardware.

Con la empresa. Con la fila de arriba. —Hizo una pausa—.

Y yo, Jules, te propongo que sigamos solo con datos duros.

Sin culpa. Sin miedo. Sin estelas que nos paren.

—Miró a Jules—. Los datos, Jules. Los que se pueden demostrar.

Los que se pueden cruzar. Los que se pueden contar.

—Hizo una pausa—. Y cuando tengamos los datos, cuando los hayamos cruzado, cuando los hayamos contado, la culpa se va a ir sola.

La de Daniel Reyes. La del testigo. La de la noche de Getxo.

—Miró a Jules—. Porque la verdad, Jules, se cuenta.

Y lo que se cuenta, se desentierra. Y lo que se desentierra, se conserva. Como la sal.

Jules se quedó un momento en silencio, con el viento en la cara y la ría abajo, con las palabras de Irati girándole en la cabeza y el transbordador cruzando la ría, con el vaivén del carruaje sobre el agua y las dos orillas acercándose y alejándose.

—Solo con datos duros —dijo, con una voz que sonó como una promesa—.

Sin culpa. Sin miedo. Sin estelas. —Miró a Irati—.

Los datos, Irati. Los que se pueden demostrar.

Los que se pueden cruzar. Los que se pueden contar.

—Hizo una pausa—. Y cuando los tengamos, Irati, vamos a contarlos.

Los dos. Juntos. Sin pedir permiso a nadie.

El transbordador llegó a la otra orilla, a Las Arenas, con el vaivén del carruaje deteniéndose sobre el agua y el acero elevándose en el aire, y los dos se quedaron un momento en la barandilla, con el viento de la mañana en la cara y la ría baja abajo.

No bajaron del transbordador.

Se quedaron en el carruaje, viendo cómo se vaciaba y se volvía a llenar, cómo cruzaba de nuevo hacia Portugalete, con las dos orillas acercándose y alejándose con el vaivén, como el símbolo del caso, de la ría, de la marea, de lo que va y viene, de lo que se pierde y lo que vuelve.

—Cuando era pequeño —dijo Jules, con el viento en la cara y la ría abajo—, mi abuela me llevaba a la estación de Boise.

Me subía al tren de cercanías, sin destino, y nos quedábamos hasta el final de la línea, viendo pasar los pueblos, las vías, los puentes.

—Hizo una pausa—. Ella decía que los trenes eran como la ría: que llevaban lo que la tierra no podía guardar, y que traían lo que el mar no podía retener.

—Miró a Irati—. Yo no entendía entonces qué quería decir.

Pero ahora, Irati, cruzando este puente, con la ría abajo y el vaivén del carruaje, creo que lo entiendo.

Irati lo miró un momento, con el viento en la cara y la ría abajo.

—¿Qué quiere decir? —preguntó.

—Que lo que se va, vuelve —dijo Jules, con una voz que sonó como la de un hombre que acababa de encontrar las palabras para algo que llevaba años sin saber nombrar—.

Que la abuela, cuando decía itzulera, no hablaba solo del mar.

Hablaba de todo. De las personas. De las verdades.

De las historias. —Miró a Irati—. Que lo que se entierra, no se pierde.

Que lo que se pierde, vuelve. Que lo que se va, regresa.

—Hizo una pausa—. Y que este caso, Irati, el de Ane, el de Koldo, el de todos los que la organización ha enterrado, es una historia que va a volver.

Porque está enterrada, sí. Pero no está perdida.

Y va a volver, Irati, cuando la desenterremos.

Irati se quedó un momento en silencio, con el viento en la cara y la ría abajo, con las palabras de Jules girándole en la cabeza y la certeza de que acababa de entender, por primera vez, la palabra que la abuela de Jules usaba desde la cocina de Boise.

Itzulera.

Lo que se va, vuelve.

Lo que se entierra, no se pierde.

Lo que se pierde, regresa.

Y el caso, el de Ane, el de Koldo, el de todos los que la organización había enterrado, era una historia que iba a volver.

Porque estaba enterrada.

Pero no estaba perdida.

Y los dos, en el transbordador, con el vaivén del carruaje sobre el agua y la ría baja abajo, acababan de decidir que iban a ser ellos los que la desenterraran.

—Jules —dijo Irati, con el viento en la cara y la ría abajo—.

Mañana, voy a Añana. Al valle salado. —Hizo una pausa—.

Leire ha encontrado el nodo de la exfiltración.

El sitio donde el tráfico de datos robados se detiene, se descarga, se limpia.

Está en la llanada alavesa, en el valle salado.

—Miró a Jules—. Y voy a ver qué guarda la sal.

Jules la miró un momento, con el viento en la cara y la ría abajo.

—Voy contigo —dijo, sin dudar—. A Añana. Al valle salado. A ver qué guarda la sal. —Hizo una pausa—. Porque yo, Irati, desde la ría, he decidido que voy a estar donde tú estés. En el puerto. En el contenedor. En Añana. En la sal. —Miró a Irati—. Hasta el final.

Irati asintió, con el viento en la cara y la ría abajo, y los dos se quedaron un momento más en la barandilla del transbordador, con el vaivén del carruaje sobre el agua y las dos orillas acercándose y alejándose, con la ría baja y el viento de la mañana en la cara, con la certeza de que acababan de anclar el vínculo en la verdad compartida.

La verdad del mar.

La verdad de la filtración.

La verdad de la culpa.

La verdad de la itzulera.

La verdad que, a partir de ese momento, iba a definir cómo seguían.

Solo con datos duros.

Solo con la verdad.

Solo con lo que se podía demostrar, cruzar, contar.

Y el transbordador cruzó la ría, con el vaivén del carruaje y el viento de la mañana en la cara, y cuando llegaron a la otra orilla, a Portugalete, con la ría baja y el viento de la mañana, Irati sintió que el vínculo, el del caso y el del amor, acababa de anclarse en la verdad.

La verdad que, pensó Irati, con el transbordador deteniéndose y el acero elevándose sobre el agua, iba a llevar el caso hasta el final.

Hasta el fondo.

Hasta lo que se enterró.

Hasta la sal.

V. Cierre-gancho

Leire la esperaba en el CPD, con la noche cayendo sobre Bilbao y los servidores latiendo con sus LED en la penumbra, con el café muerto sobre la mesa y los ojos rojos de tanto mirar pantallas.

—He cruzado la mancha —dijo Leire, sin preámbulos, con la voz ronca—.

La del contenedor. Con el informe toxicológico de Ane Arrieta.

—Hizo una pausa—. Y es el mismo producto, Irati.

El mismo tóxico. El que se le encontró en la sangre, en los tejidos, en el cuerpo de la mujer del contenedor.

—Miró a Irati—. El contenedor, el que «debía salir vacío», llevaba el tóxico de Ane.

El mismo que la mató. El mismo que la organización usó para borrarla.

—Hizo una pausa—. Y la pieza de hardware, Irati, la he cruzado también.

Con los registros de la red clínica. Con los accesos a oncología.

Con el patrón de las tres de la madrugada.

—Miró a Irati—. Y es el mismo hardware, Irati.

El que sacaba los datos de la red hacia el Este.

El que la organización usaba para robar los historiales.

El que Ane detectó. El que la hizo desaparecer.

Irati se quedó un momento en silencio, con los servidores latiendo con sus LED en la penumbra y las palabras de Leire girándole en la cabeza.

El eslabón físico.

El contenedor.

La mancha. El tóxico de Ane.

La pieza. El hardware del robo.

El eslabón que unía la muerte de Ane con el robo de datos.

El eslabón que cerraba el rompecabezas.

El eslabón que, si se contaba entero, iba a romper el mecanismo del miedo para siempre.