Lo que trae la marea (Costa Vasca 1) Capítulo 12 — EL FONDO #3
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Capítulo 12 — EL FONDO #3

Con la vida que, a partir de ese momento, iba a caminar de la mano del caso, como caminan la sal y el agua en la ría cuando la marea sube.

Irati abrió los ojos, con la lluvia fina golpeando las ventanas y la ría subiendo, y volvió a la mesa, con la libreta abierta y la letra pequeña llenando las páginas.

No había terminado el caso.

No había terminado la noche.

No había terminado la estela.

Pero sabía, con una certeza que no podía explicar, que la doble vida, la del caso y la del amor, era la única vida que podía vivir.

La vida de la inspectora que preguntaba.

Y la de la mujer que, por primera vez en años, no estaba sola.

El teléfono sonó a las diez de la noche, con la lluvia fina golpeando las ventanas y la ría subiendo con la marea, y Irati contestó, con la voz que se le asentaba en la garganta.

—Inspectora —dijo Jules, al otro lado, con la voz baja, con la que usaba para los casos y para las noches—.

He estado todo el día con la Legat. —Hizo una pausa—.

Han llegado dos analistas de Washington, los que siguen la línea del ciberataque.

Han revisado mi informe, han revisado lo del contenedor, han revisado lo de la notificación, han revisado lo de la empresa.

—Otra pausa—. Y me han dicho, Irati, que el caso, el del ciberataque a Osakidetza, es un caso federal.

Que el FBI, no la Ertzaintza, no la Legat de aquí, tiene la competencia sobre la línea internacional del robo de datos.

—Hizo una pausa—. Y me han dicho que yo, inspectora, debo dejar el caso.

Que debo volver a la línea de Washington.

Que debo olvidarme de la empresa, del contenedor, de Mokorreta, de la del anorak verde.

Irati se quedó un momento en silencio, con la lluvia fina golpeando las ventanas y las palabras de Jules girándole en la cabeza.

La doble vida.

La del caso y la del amor.

La de la inspectora que preguntaba y la del agente que la protegía.

La doble vida que, a partir de ese momento, iba a tener que decidir.

—¿Y qué vas a hacer? —preguntó Irati, con una voz que sonó más baja de lo que esperaba.

Jules se quedó un momento en silencio, con la lluvia fina al otro lado de la línea, y luego dijo, con una voz que sonó como una promesa:

—Me quedo, Irati. —Hizo una pausa—. Me quedo en el caso.

Me quedo contigo. Me quedo en la historia de Ane Arrieta.

—Otra pausa—. He decidido, inspectora, que no pienso observar el camino desde fuera.

Pienso recorrerlo contigo. —Hizo una pausa—.

Y si la Legat me llama, si el FBI me ordena volver, si la fila de arriba me presiona, me quedo.

Me quedo contigo, en el caso, en el contenedor, en la empresa, en Mokorreta, en todo.

—Hizo una pausa—. Porque tú, Irati, eres la historia.

Y yo no pienso dejar la historia a medias.

Irati se quedó un momento en silencio, con la lluvia fina golpeando las ventanas y las palabras de Jules girándole en la cabeza, y sintió que el corazón se le llenaba de algo que no sabía nombrar.

No era solo deseo. No era solo necesidad. No era solo la certeza de que no estaba sola.

Era la certeza de que no estaba sola en el caso.

Era la certeza de que el caso, el de Ane, el de Koldo, el de Mokorreta, el de todos los que la organización había enterrado, no era solo suyo.

Era de los dos.

—Jules —dijo Irati, con la lluvia fina golpeando las ventanas y la ría subiendo con la marea—. Mañana tengo que cruzar el puente. El Puente Colgante de Portugalete. Para mirar la ría desde arriba, para hablar de lo que no hablamos, para decidir cómo seguimos. —Hizo una pausa—. ¿Vienes?

Jules se quedó un momento en silencio, con la lluvia fina al otro lado de la línea, y luego dijo, con una voz que sonó como la de un hombre que acababa de tomar una decisión:

—Voy. —Hizo una pausa—. Al Puente Colgante.

Mañana. —Otra pausa—. Y hablamos, Irati.

De lo que no hablamos. De la ría, de la marea, de la sal, de lo que se conserva, de lo que se pierde, de lo que se entierra y de lo que se desentierra.

—Hizo una pausa—. Y decidimos cómo seguimos.

Los dos. Juntos. Sin pedir permiso a nadie.

Irati se quedó un momento en silencio, con la lluvia fina golpeando las ventanas y las palabras de Jules girándole en la cabeza, y luego dijo, con una voz que sonó como la de una mujer que acababa de tomar una decisión:

—Mañana, entonces. —Hizo una pausa—. En el Puente Colgante. —Otra pausa—. Y hablamos, Jules. De todo.

Colgaron, con la lluvia fina golpeando las ventanas y la ría subiendo con la marea, y Irati se quedó un momento en silencio, con el teléfono en la mano y la certeza de que la doble vida, la del caso y la del amor, acababa de dar un paso más.

El paso del puente.

El paso que iba a decidir cómo seguían.

Y la estela, la de la noche de Getxo, la que llevaba en el cuerpo, en la piel, en los labios, en la memoria, seguía allí, mezclada con la culpa y el deseo, con la ría subiendo y la lluvia fina golpeando las ventanas.

Esperando.

Esperando a que la inspectora que preguntaba decidiera cómo seguir.

Esperando a que la mujer que había dormido en un hotel de Getxo cruzara el puente.

Esperando.

IV. El puente

El Puente Colgante de Portugalete amaneció con la ría baja y el cielo gris, con el vaivén del carruaje que cruza de una orilla a otra desde hace más de un siglo, con el acero del transbordador elevándose sobre el agua y el símbolo de la costa, de la sal, de lo que se conserva, al fondo.

Irati llegó antes que Jules, con la ría baja y el viento de la mañana en la cara, y se quedó un momento en la orilla de Portugalete, mirando el transbordador que cruzaba la ría, el acero, el carruaje, la barandilla, el agua abajo.

No había dormido bien. Había pasado la noche con la libreta abierta, con la estela de Getxo en el cuerpo y la culpa y el deseo mezclados, con la certeza de que la doble vida, la del caso y la del amor, acababa de empezar.

Y ahora, en la orilla de Portugalete, con la ría baja y el viento de la mañana en la cara, Irati sintió que el puente, el transbordador, el vaivén del carruaje sobre el agua, era el sitio adecuado para hablar de lo que no habían hablado.

Para confesar las heridas.

Para decirse la verdad.

Para decidir cómo seguían.

Jules llegó diez minutos después, con la chaqueta del FBI y la cara que no le ocultaba nada, y se quedó un momento en la orilla de Portugalete, con la ría baja y el viento de la mañana, mirando el transbordador que cruzaba la ría.

—He estado toda la noche con la Legat —dijo, sin preámbulos, con la voz que se le llevaba el viento—.

Washington. Los analistas. La línea del ciberataque.

—Hizo una pausa—. Y he decidido, Irati, que me quedo.

Que no vuelvo. Que no pienso observar el camino desde fuera.

—Miró a Irati—. Pienso recorrerlo contigo. Hasta el final.

Irati lo miró un momento, con la ría baja y el viento de la mañana en la cara, y luego dijo, con una voz que sonó más baja de lo que esperaba:

—Entonces, Jules, antes de decidir cómo seguimos, hay que decirse la verdad.

—Hizo una pausa—. Las heridas. Las que no contamos.

Las que llevamos. —Miró a Jules—. Tú, la filtración.

Yo, el mar. —Hizo una pausa—. Y luego, con la verdad encima de la mesa, decidimos cómo seguimos.

Los dos. Juntos. Sin pedir permiso a nadie.

Jules la miró un momento, con la ría baja y el viento de la mañana en la cara, y luego asintió, y los dos subieron al transbordador, al carruaje que cruza de una orilla a otra desde hace más de un siglo, y se quedaron un momento en la barandilla, con el acero elevándose sobre el agua y la ría abajo, con el vaivén del carruaje y el viento de la mañana en la cara.

El transbordador cruzaba la ría, con el vaivén del carruaje sobre el agua y la ría abajo, con las dos orillas, Portugalete y Las Arenas, acercándose y alejándose con el vaivén.

Irati se quedó un momento en la barandilla, con el viento en la cara y la ría abajo, y luego, con una voz que sonó más baja de lo que esperaba, empezó a hablar.

—El mar —dijo—. Mi padre murió en el mar.

—Hizo una pausa—. Yo tenía doce años. Él trabajaba en el puerto, en la ría, en la zona de los graneles, y una noche de galerna, con el viento de noroeste y la marea alta, se cayó al agua.

No sabían cómo. Nadie lo vio. Lo encontraron al día siguiente, en la ría, en la zona de los muelles, con el traje de trabajo aún puesto.

—Miró a Jules, con el viento en la cara y la ría abajo—.

Desde entonces, no me he acercado al mar.

No he aprendido a nadar. No he querido. El mar, para mí, es el sitio donde se pierde lo que más se quiere.

El sitio donde se lo lleva todo. El sitio del que no se vuelve.

—Hizo una pausa—. Y el caso, Jules, el de Ane, el del contenedor, el de la ría, el del puerto, me ha metido en el mar.

Me ha obligado a bajar a la cornisa, a disparar a los vehículos sin rotular, a cruzar el puente, a hablar contigo en un transbordador sobre el agua.

—Miró a Jules—. Y no sé, Jules, si el mar me está devolviendo algo o si me está preparando para perder algo más.

Jules se quedó un momento en silencio, con el viento en la cara y la ría abajo, y luego, con una voz que sonó más baja de lo que esperaba, empezó a hablar.