Capítulo 12 — EL FONDO #2
Y Irati se quedó un momento en el umbral del contenedor, con la niebla en la cara y la certeza de que acababa de encontrar lo que la organización no había podido enterrar.
La mancha. El producto químico residual. El mismo que había matado a Ane Arrieta.
La pieza. El hardware de servidor. El mismo que había sacado los datos de la red clínica hacia el Este.
El eslabón físico.
El eslabón que unía la muerte de Ane con el robo de datos.
El eslabón que unía el contenedor con la empresa.
El eslabón que unía el vertedero con la fila de arriba.
El eslabón que, si se contaba entero, iba a romper el mecanismo del miedo para siempre.
Eneko se acercó, con el plástico de la pieza de hardware en la mano, con los guantes puestos y el acero frío bajo las luces de la terminal, y miró la pieza un momento, con la niebla en la cara.
—Es un disco de servidor —dijo, con la voz que se le llevaba el eco del contenedor—.
De los que se montan en los bastidores de la red.
Con la carcasa rota, como si lo hubieran sacado con prisa, sin desmontar, sin proteger, sin mirar.
—Hizo una pausa—. Y Irati, lleva un sello en la carcasa.
Un sello de inventario, de los que se pegan en los equipos cuando se instalan.
—Miró a Irati—. Y el sello, Irati, es de Osakidetza.
—Hizo una pausa—. Este disco, Irati, es de la red clínica.
Es de los servidores de la red. Es el que sacaba los datos hacia el Este.
—Miró a Irati—. Y está aquí, en el contenedor que «debía salir vacío», en el puerto de Bilbao, con el tóxico de Ane Arrieta al lado.
Irati se quedó un momento en silencio, con la niebla en la cara y el acero frío bajo las luces de la terminal, con la certeza de que acababa de ver, con sus propios ojos, el eslabón físico del caso.
El disco de Osakidetza.
El tóxico de Ane.
El contenedor que «debía salir vacío».
La muerte y el robo, juntos, en el mismo acero.
El eslabón que unía el cuerpo de Ane Arrieta con la red clínica.
El eslabón que unía la muerte con el robo.
El eslabón que unía el contenedor del puerto, el primero, el de Ane, con el contenedor del fondo, el segundo, el de la pieza.
Y con la niebla en la cara y el acero frío bajo las luces de la terminal, Irati sintió que el rompecabezas, el que había empezado a montarse en el contenedor del puerto, con la mujer del anorak verde, el que había seguido con el patrón de las tres de la madrugada, con la puerta de diez años, con la notificación, con la infusión, con la celda de protección, acababa de cerrarse.
No del todo. Faltaban piezas. Faltaba la empresa. Faltaba la fila de arriba. Faltaba lo que se enterró en el 2016. Faltaba el corazón físico del robo.
Pero la pieza central, la del eslabón, la que unía la muerte de Ane con el robo de datos, acababa de aparecer.
Y estaba en el contenedor que «debía salir vacío».
En el puerto de Bilbao.
En el fondo.
En el muelle, con la niebla subiendo y la marea baja en la ría, Irati se quedó un momento en silencio, con la libreta abierta y la letra pequeña llenando las páginas, escribiendo lo que había visto en el contenedor.
La mancha. El producto químico residual. La pieza de hardware. El sello de Osakidetza. El sello bien puesto. El contenedor que «debía salir vacío» y no había salido. La ruta al Este. La empresa.
Y al final de la página, con la letra más pequeña aún, escribió la frase que le daba vueltas desde que había abierto la puerta del contenedor:
«El contenedor vacío no estaba vacío.»
No sabía qué significaba exactamente. No sabía si la mancha era el tóxico de Ane, no sabía si la pieza de hardware era del robo de datos, no sabía si el contenedor era la prueba de que la organización había transportado en él la muerte y el robo.
Pero sabía, con una certeza que no podía explicar, que el contenedor, el que «debía salir vacío», era la pieza del crimen.
La pieza que cerraba el rompecabezas.
La pieza que unía la muerte de Ane con el robo de datos.
La pieza que, si se analizaba, si se cruza, si se contaba, iba a demostrar que la organización no podía enterrarlo todo.
Y en ese momento, con la niebla subiendo y la marea baja en la ría, Irati sintió que el caso, el de Ane, el de Koldo, el de Fernando Galíndez, el de todos los que la organización había enterrado, acababa de dar el paso del hilo.
El paso del puerto.
El paso que unía la muerte de Ane con el robo de datos.
El paso que, si se seguía, iba a llevar a la empresa, a la bodega, al vertedero, a la fila de arriba, a lo que se enterró en el 2016.
El paso que, pensó Irati, con la niebla subiendo y la marea baja en la ría, iba a decidir si la historia se contaba entera o se perdía en el silencio.
Y la sal, la del mar, la de la costa, la que conserva lo que el mar no se lleva, iba a estar allí, en el puerto, en el contenedor, en la mancha, en la pieza, esperando.
Esperando a que la inspectora que preguntaba la encontrara.
Esperando a que la desenterrara.
Esperando a que la contara.
III. La estela
La noche cayó sobre Bilbao con la lluvia fina y la ría subiendo con la marea, y Irati se quedó en el piso del Casco Viejo, con la libreta abierta y la letra pequeña llenando las páginas, repasando las notas del día.
El contenedor. La mancha. La pieza de hardware. El sello bien puesto. La ruta al Este. La empresa. El eslabón físico. El rompecabezas que cerraba.
Y con las notas, la estela.
La estela de la noche de la galerna.
La estela de la habitación del hotel de Getxo, con el viento golpeando los cristales y la marea subiendo en la ría, con la chaqueta del FBI en el suelo junto a la puerta y el cuerpo que por fin se había rendido, con la sal en los labios y la certeza de que no estaba sola.
Irati no podía dejar de pensar en ello.
No podía dejar de pensar en la forma en que Jules le había quitado la coraza, en la forma en que le había mirado, en la forma en que le había dicho que era hermosa, la inspectora, la del expediente, la que decía «sigo buscando», en la forma en que le había prometido que no la dejaría, ni al caso, ni al monte, ni a la galerna, ni a ella.
Y la culpa.
La culpa de la mañana siguiente, cuando el mensaje de Patxi la había despertado con la noticia del testigo muerto en la celda de protección.
La culpa de haber dormido.
La culpa de haberse rendido.
La culpa de haber estado viva, despierta, entregada, mientras el testigo moría solo.
La culpa de la estela.
La culpa y el deseo, mezclados, como se mezclan la sal y el agua en la ría cuando la marea sube.
Irati cerró la libreta un momento, con la lluvia fina golpeando las ventanas y la ría subiendo con la marea, y se quedó un momento en silencio, mirando la ventana, la ciudad, las luces reflejándose en el agua.
No sabía qué era lo que sentía.
No sabía si era deseo, si era necesidad, si era la certeza de que no estaba sola, si era la culpa de la galerna, si era el miedo al caso, si era el miedo a perder lo que acababa de encontrar.
Sabía, solo, que la estela de la noche de Getxo no se le iba.
Que la llevaba en el cuerpo, en la piel, en los labios, en la memoria.
Que la llevaba mientras escribía las notas del contenedor, mientras cruzaba los datos de la mancha, mientras pensaba en la pieza de hardware, mientras se preparaba para el siguiente paso del caso.
Y que, con la culpa y el deseo mezclados, con la ría subiendo y la lluvia fina golpeando las ventanas, Irati sintió que la doble vida, la del caso y la del amor, la de la inspectora que preguntaba y la de la mujer que había dormido en un hotel de Getxo, acababa de empezar.
La doble vida que, a partir de ese momento, iba a definir los siguientes días del caso.
Irati se levantó de la mesa, con la libreta en la mano y la lluvia fina golpeando las ventanas, y se quedó un momento en la ventana, mirando la ciudad bajo la lluvia, con la ría subiendo y las luces reflejándose en el agua.
Pensó en la noche de Getxo.
En la forma en que Jules le había quitado la chaqueta del FBI y la había dejado en el suelo, junto a la puerta, como quien deja el cargo en la entrada.
En la forma en que le había quitado la coraza, botón a botón, con una devoción que no era prisa, con un cuidado que no era miedo.
En la forma en que le había dicho que era hermosa, la inspectora, la del expediente, la que decía «sigo buscando».
En la forma en que le había prometido que no la dejaría, ni al caso, ni al monte, ni a la galerna, ni a ella.
Y pensó en la culpa.
En la mañana siguiente, cuando el mensaje de Patxi la había despertado con la noticia del testigo muerto en la celda de protección.
En la culpa de haber dormido, de haberse rendido, de haber estado viva mientras el testigo moría.
En la culpa que, mezclada con el deseo, no se le iba.
En la culpa que, pensó Irati, con la lluvia fina golpeando las ventanas y la ría subiendo, era la otra cara de la moneda.
La cara de la noche.
La cara del amor.
La cara del caso.
Las dos caras de la misma moneda, la que llevaba en el bolsillo, la que giraba en el aire, la que no sabía cómo iba a caer.
Irati cerró los ojos un momento, con la lluvia fina golpeando las ventanas y la ría subiendo, y dejó que la estela de Getxo la recorriera entera, desde los labios, donde aún tenía la sal, hasta la piel, donde aún tenía la memoria de las manos de Jules, hasta el pecho, donde aún tenía la certeza de que no estaba sola.
Y en ese momento, con la lluvia fina golpeando las ventanas y la ría subiendo, Irati entendió algo que no había entendido hasta entonces.
La doble vida no era un castigo.
Era el caso.
El caso, el de Ane, el de Koldo, el de Mokorreta, el de todos los que la organización había enterrado, no se resolvía solo con la libreta, con los expedientes, con los datos, con la letra pequeña.
Se resolvía también con la vida.
Con la vida que la inspectora que preguntaba vivía fuera del caso.
Con la vida que la mujer que había dormido en un hotel de Getxo vivía dentro de la noche.