Capítulo 11 — LA GALERNA #4
—Maddi —dijo Irati, con una voz que sonó más baja de lo que esperaba—.
Necesito que mires el cuerpo otra vez. Que mires la celda otra vez.
Que mires el informe médico, los fármacos, el historial, el protocolo de protección.
—Hizo una pausa—. Porque si la organización ha matado al testigo con el sistema, como mató al responsable técnico, como borró a Ane, hay una huella.
Y la huella, Maddi, está en algún sitio.
—Miró a Maddi—. Y quiero que la encuentres.
Maddi la miró un momento, con la lluvia fina golpeando las ventanas y la luz gris del domingo entrando por los patios, y luego asintió, con el informe en la mano.
—Voy a mirarlo —dijo—. Todo. El cuerpo, la celda, el historial, los fármacos, el protocolo. —Hizo una pausa—. Y si hay una huella, Irati, la encuentro. Porque esta, la del testigo que habló, no me la van a cerrar con un informe limpio.
Irati asintió, con la lluvia fina golpeando las ventanas, y se quedó un momento en silencio, con las palabras de Maddi girándole en la cabeza y el cuerpo del testigo en la celda, tapado con la sábana blanca del IML.
Fernando Galíndez.
El escalador de Punta Galea.
El que había oído la conversación en el almacén.
El que había hablado de las escombreras, del 2016, de la empresa, de la del anorak verde.
El que había pedido que viniera ella, la inspectora, la que preguntaba, la que no se quedaba esperando.
Muerto.
En la celda de protección.
Con la muerte natural y el informe limpio y el protocolo sin fallos.
Irati se acercó a la sábana, con la lluvia fina golpeando las ventanas y la luz gris del domingo entrando por los patios, y levantó un borde, con la mano que le temblaba un poco, y miró la cara de Fernando Galíndez.
No era la cara de un hombre que había muerto asustado. No era la cara de un hombre que se había resistido. Era la cara de un hombre que había muerto dormido, en la cama de la celda de protección, con la manta de emergencia doblada sobre la silla y el café de la cafetera aún en el vaso de la mesita.
La cara de un hombre al que la organización había matado sin despertarlo.
La cara de un hombre al que la organización había matado con el sistema, con el historial, con el fármaco, con el certificado, con la fila de arriba.
La cara de un hombre que había hablado y al que habían callado para siempre.
Irati volvió a tapar la cara de Fernando Galíndez con la sábana, con la lluvia fina golpeando las ventanas y la luz gris del domingo entrando por los patios, y se quedó un momento en silencio, con las manos en los bordes de la sábana y la certeza de que acababa de ver, con sus propios ojos, la cara de la organización.
La cara que no disparaba.
La cara que no dejaba huellas.
La cara que enterraba con el sistema.
Y en ese momento, con la lluvia fina golpeando las ventanas y la luz gris del domingo, Irati entendió algo que no había entendido hasta entonces.
La organización no solo mataba a los que hablaban.
La organización mataba a los que hablaban, y luego enterraba la muerte con el sistema.
Con la muerte natural.
Con el informe limpio.
Con el protocolo sin fallos.
Con la fila de arriba.
Con la empresa.
Con el vertedero.
Con el 2016.
Con el silencio.
La organización no era una organización que mataba. Era una organización que enterraba.
Enterraba cuerpos. Enterraba verdades. Enterraba muertes. Enterraba a los que preguntaban.
Y lo que se enterraba, lo que se enterraba con el sistema, era lo más difícil de desenterrar.
Pero no era imposible.
Nada que se enterrara era imposible de desenterrar.
Irati salió de la celda de protección con la lluvia fina golpeando las ventanas y la certeza de que, a partir de ese momento, el caso de Ane Arrieta, el de Fernando Galíndez, el del responsable técnico, el de todos los que la organización había enterrado, tenía un nombre.
Un nombre que la organización no iba a poder enterrar.
El nombre de la verdad.
Y la verdad, pensó Irati, con la lluvia fina golpeando las ventanas y la luz gris del domingo entrando por los patios, se desentierra.
Siempre.
En el despacho de la Unidad, con la lluvia fina golpeando las ventanas y la luz gris del domingo, Irati se encontró con Leire, que llevaba toda la madrugada en el CPD, con el café muerto sobre la mesa y los ojos rojos de tanto mirar pantallas.
—He visto lo del testigo —dijo Leire, sin preámbulos, con la voz ronca—.
La muerte natural. El informe limpio. El protocolo sin fallos.
—Hizo una pausa—. Y sé, Irati, lo que estás pensando.
Que la organización ha matado al testigo con el sistema, como mató al responsable técnico, como borró a Ane.
—Miró a Irati—. Y sé, también, que no puedes demostrarlo con el informe.
Irati asintió, con la lluvia fina golpeando las ventanas.
—Pero hay algo —dijo—. Hay algo que no cuadra en el protocolo de protección.
—Miró a Leire—. El testigo estaba en una celda de protección, con agentes de guardia, con cámaras, con control de accesos.
Nadie entró. Nadie tocó al testigo. Nadie le dio nada.
—Hizo una pausa—. Y sin embargo, el testigo está muerto.
De infarto. Con el historial limpio. —Miró a Leire—.
Y en este caso, Leire, cuando algo no cuadra, la respuesta está en el sistema.
Leire la miró un momento, con el café muerto sobre la mesa y la luz gris del domingo entrando por los patios, y luego se volvió hacia el terminal, con los dedos moviéndose sobre el teclado.
—Voy a mirar el sistema de la celda —dijo—.
El control de accesos. Las cámaras. Los registros de los agentes de guardia.
Los fármacos del botiquín de protección.
El historial del testigo. —Hizo una pausa—.
Y si la organización ha tocado algo, Irati, si ha tocado el sistema de la celda, la huella está ahí. Y la voy a encontrar.
Irati asintió, con la lluvia fina golpeando las ventanas y la certeza de que, si alguien podía encontrar la huella en el sistema, esa era Leire.
La ex-hacker.
La de Cyberzaintza.
La que había desmontado el teatro del colapso.
La que había encontrado la puerta de diez años.
La que, en los sistemas, veía lo que nadie más veía.
Y mientras Leire se perdía en el terminal, con los dedos moviéndose sobre el teclado y la luz gris del domingo entrando por los patios, Irati se quedó un momento en silencio, con la lluvia fina golpeando las ventanas y la certeza de que el caso, el de Ane, el de Fernando Galíndez, el del responsable técnico, el de todos los que la organización había enterrado, estaba empezando a cerrarse.
No por la muerte del testigo.
Sino por la huella que la muerte del testigo iba a dejar en el sistema.
Porque la organización, la que enterraba con el sistema, no podía borrarlo todo.
Y la huella, la que quedaba, la que se entierra, no se pierde.
Espera.
Irati se acercó a la ventana, con la lluvia fina golpeando los cristales y la luz gris del domingo entrando por los patios, y miró la ciudad bajo la lluvia, con la ría subiendo con la marea y el Puente Colgante al fondo.
Y pensó que la historia de Ane Arrieta, la que empezaba en un contenedor del puerto de Bilbao y terminaba en un valle de escombreras, acababa de ganar una página más.
La página del testigo que había hablado y al que habían callado.
La página que, cuando se contara entera, iba a demostrar que la organización no podía enterrarlo todo.
Y que lo que se entierra, se desentierra.
Siempre.
Patxi la esperaba en el despacho, con la cara cansada de todo un día de domingo y el parte de la celda de protección sobre la mesa.
—He leído el informe preliminar de Maddi —dijo Patxi, sin preámbulos—.
Muerte natural. Infarto. Sin signos de violencia.
—Hizo una pausa—. Y sé, Irati, lo que estás pensando.
Sé que piensas que la organización ha matado al testigo con el sistema, como mató al responsable técnico, como borró a Ane.
—Miró a Irati—. Y sé, también, que no puedes demostrarlo.
Que la muerte es natural. Que el informe es limpio.
Que el protocolo de protección no muestra fallos.
Que nadie entró en la celda. Que nadie tocó al testigo.
—Hizo una pausa—. Y que sin la prueba, Irati, la muerte del testigo se archiva.
Como se archiva todo lo que la organización toca.
Irati se quedó un momento en silencio, con la lluvia fina golpeando las ventanas y las palabras de Patxi girándole en la cabeza.
Sabía que Patxi tenía razón. Sabía que la muerte del testigo se iba a archivar, con el informe limpio, con la muerte natural, con el protocolo sin fallos. Sabía que la organización, la del sistema, la de la fila de arriba, no dejaba huellas.
Pero sabía, también, con una certeza que no podía explicar, que la huella existía.
Que la huella estaba en algún sitio.
Que la huella, como lo que se entierra, no se perdía.
Y que, si la buscaba el tiempo suficiente, iba a encontrarla.
—Jefe —dijo Irati, con una voz que sonó más firme de lo que esperaba—.
Sé que no puedo demostrar que la organización ha matado al testigo.
Sé que el informe es limpio. Sé que la muerte es natural.
—Miró a Patxi—. Pero sé, también, que el responsable técnico murió de infarto en martes, hace tres años, la misma semana en que la organización borró la puerta de diez años.
Sé que Ane Arrieta murió en un contenedor, en el puerto de Bilbao, la misma semana en que borraron su huella de la red.
Sé que el testigo de Punta Galea ha muerto de infarto, en una celda de protección, la misma noche en que la organización supo que había hablado.
—Hizo una pausa—. Y sé, jefe, que tres muertes «naturales», en tres momentos exactos de la organización, no son tres coincidencias.
Son un patrón. —Miró a Patxi—. Y el patrón, jefe, es lo que voy a demostrar.
Aunque tenga que desenterrar la montaña entera.