Capítulo 11 — LA GALERNA #3
No era un mensaje largo. Era un mensaje de tres líneas, con la hora de las seis de la mañana y el tono de los partes de la Unidad que nunca traían buenas noticias:
«Fernando Galíndez. El testigo de Punta Galea. Encontrado esta madrugada en la celda de protección. Sin signos de violencia aparentes. Parada cardiorrespiratoria. — Patxi.»
Irati se quedó un momento en silencio, con la lluvia fina golpeando los cristales y el mensaje de Patxi girándole en la cabeza.
Fernando Galíndez.
El testigo de Punta Galea.
El que había hablado.
El que había contado lo de las escombreras, lo del 2016, lo de la empresa, lo de la del anorak verde.
El que, según la amenaza que le habían enviado a ella, iba a enterrarla a ella si seguía buscando.
Muerto.
En la celda de protección.
Sin signos de violencia aparentes.
Parada cardiorrespiratoria.
Igual que el responsable técnico.
Igual que el que moría de infarto en martes.
Igual que el que sabía demasiado y moría de «causas naturales».
Irati sintió que el mundo, el de fuera, el del caso, el de la amenaza, el que había estado girando mientras ellos dormían, se le caía encima, despacio, como cae la niebla sobre Getxo.
No había dormido. No había estado en la comisaría. No había estado junto al testigo. Había estado en el hotel, con Jules, con la galerna fuera y la calma adentro, con el cuerpo que por fin se había rendido, con la certeza de que no estaba sola.
Y mientras ella dormía, la organización había alcanzado al testigo.
La organización, que sabía que el testigo estaba bajo protección.
La organización, que sabía que el testigo había hablado.
La organización, que había entrado en la celda de protección, que había apagado una vida más, que había demostrado que la protección no servía, que había demostrado que nadie estaba a salvo, que había demostrado que el que sabía demasiado moría de «causas naturales».
Y que, mientras tanto, había estado golpeando los cristales de la habitación, la galerna fuera, el viento, la lluvia, el mar rompiendo contra el paseo de Ereaga.
Irati sintió la culpa subirle por el pecho, despacio, como sube la marea.
La culpa de haber dormido.
La culpa de haberse rendido.
La culpa de haber estado viva, despierta, entregada, mientras el testigo que había bajado a rescatar de la cornisa moría solo, en una celda de protección, sin que nadie pudiera hacer nada.
La culpa de haber creído, por una noche, que la galerna se llevaba el caso.
La culpa de haber creído, por una noche, que no estaba sola.
Jules se despertó con el movimiento, con la luz gris de la mañana entrando en la habitación y el sonido del teléfono aún en el aire, y la miró un momento, con la cara todavía marcada por el sueño.
—¿Qué ocurre? —preguntó, con la voz ronca.
Irati no contestó. Se quedó un momento en silencio, con la lluvia fina golpeando los cristales y el mensaje de Patxi en la pantalla, y luego, con una voz que no quería quebrársele, dijo:
—El testigo. Fernando Galíndez. —Hizo una pausa—. Ha muerto esta madrugada. En la celda de protección. Parada cardiorrespiratoria. Sin signos de violencia aparentes.
Jules se incorporó en la cama, con la luz gris de la mañana y la noche sobre Getxo ya lejana, con la chaqueta del FBI aún en el suelo junto a la puerta.
—¿Cómo? —preguntó, con la voz que se le quebraba—. ¿Cómo ha podido morir en una celda de protección?
—Como el responsable técnico —dijo Irati, con una voz que sonó más baja de lo que esperaba—.
Como el que moría de infarto en martes. Como el que sabía demasiado y moría de causas naturales.
—Miró a Jules, con la lluvia fina golpeando los cristales—.
La organización no necesita pistolas, Jules.
Tiene el sistema. Tiene el historial. Tiene los certificados.
Tiene la fila de arriba. Y cuando el que sabe demasiado está bajo protección, la organización no lo mata con violencia.
Lo mata con el sistema. —Hizo una pausa—. Igual que a Ane.
Jules se quedó un momento en silencio, con la luz gris de la mañana y la certeza de que acababa de entender, con una claridad que no había tenido antes, el diseño del caso.
El diseño del miedo.
El diseño de la organización.
El diseño de una organización que no mataba con violencia: mataba con el sistema, con el historial, con el certificado, con la celda de protección, con la fila de arriba, con el que se enterraba en el 2016 y con el que moría de infarto en martes.
—Irati —dijo Jules, con la voz que se le quebraba—.
Lo siento. —Hizo una pausa—. Lo siento por el testigo.
Lo siento por lo que hicimos anoche, mientras él moría.
Lo siento por la culpa que sé que estás sintiendo.
—Miró a Irati, con la luz gris de la mañana—.
Pero no es tu culpa, Irati. No es culpa de ninguno de los dos.
Es culpa de la organización, que sabía que el testigo estaba bajo protección, que sabía que había hablado, y que ha demostrado que la protección no sirve.
—Hizo una pausa—. Y lo que tenemos que hacer ahora, Irati, no es dejar que la culpa nos pare.
Es seguir. Es desenterrar lo que se enterró.
Es contar la historia de Ane Arrieta. Es demostrar que el sistema no puede enterrarlo todo.
Irati se quedó un momento en silencio, con la lluvia fina golpeando los cristales y las palabras de Jules girándole en la cabeza.
No era fácil.
No era fácil dejar de sentir la culpa de haber dormido, de haberse rendido, de haber estado viva mientras el testigo moría.
No era fácil dejar de sentir que, por una noche, había dejado de ser la inspectora que preguntaba, la que no se quedaba esperando, la que velaba por los testigos, para ser una mujer que dormía en un hotel de Getxo con la galerna fuera y la calma adentro.
No era fácil.
Pero sabía, con una certeza que no podía explicar, que Jules tenía razón.
La culpa no iba a traer de vuelta al testigo.
La culpa no iba a desenterrar lo que se enterró.
La culpa no iba a contar la historia de Ane Arrieta.
Solo la investigación podía hacerlo.
Solo la investigación, la que no se paraba, la que no se rendía, la que no se dejaba enterrar, podía contar la historia entera.
—Vamos —dijo Irati, con la voz que por fin se le asentaba, con la lluvia fina golpeando los cristales—.
A la comisaría. A ver el cuerpo. A ver la celda.
A ver qué se ha borrado. —Miró a Jules—.
Y cuando sepa qué ha pasado, Jules, cuando sepa cómo ha muerto el testigo en una celda de protección, voy a contar la historia.
La entera. La de Ane, la de Koldo, la del 2016, la de Mokorreta, la de la empresa, la de la fila de arriba.
—Hizo una pausa—. Y voy a desenterrarlo todo. Todo lo que se enterró.
Jules asintió, con la luz gris de la mañana y la certeza de que acababa de ver, en los ojos de Irati, la misma determinación que la había llevado a bajar a la cornisa de Punta Galea, la misma que la había llevado a disparar a los vehículos sin rotular, la misma que le hacía decir «sigo buscando» cuando el mundo le pedía que dejara de buscar.
Y con esa determinación, con la lluvia fina golpeando los cristales y la noche sobre Getxo ya lejana, los dos se vistieron, con la chaqueta del FBI que Jules recogió del suelo y el cinturón de Irati, con el barro de Mokorreta aún en las botas, y salieron del hotel de Getxo hacia la comisaría de Bilbao, con la galerna amainando sobre la costa y la marea baja en la ría.
Irati no miró atrás. No miró la habitación, la cama, la chaqueta en el suelo, la noche que había pasado.
Miró hacia delante, hacia el caso, hacia el testigo muerto, hacia la celda de protección, hacia lo que se había borrado, hacia lo que iba a desenterrar.
Y en el coche, de vuelta hacia Bilbao, con la lluvia fina golpeando el parabrisas y el Puente Colgante al fondo, Irati sintió que la culpa, la de haber dormido, la de haberse rendido, la de haber estado viva mientras el testigo moría, no se le iba del todo.
Pero también sintió que, con Jules a su lado, no iba a tener que cargarla sola.
Y que el caso, a partir de ese momento, era doble.
El caso de Ane Arrieta.
Y el de Fernando Galíndez, el testigo que había hablado y al que habían matado por hablar.
El caso, pensó Irati, con la lluvia fina golpeando el parabrisas y la marea baja en la ría, que iba a contar entero.
Los dos.
IV. La promesa
En la comisaría de Bilbao, con la lluvia fina golpeando las ventanas y la luz gris del domingo entrando por los patios, Irati vio el cuerpo de Fernando Galíndez en la celda de protección, con el informe médico sobre la mesa y la cara de Maddi Urrutia, la forense del IML, más seria de lo que le había visto nunca.
—Parada cardiorrespiratoria —dijo Maddi, con la voz que no levantaba del informe—.
Sin signos de violencia aparentes. Sin heridas.
Sin marcas. Sin nada que apunte a una intervención externa.
—Miró a Irati—. El diagnóstico preliminar es el de una muerte natural.
Un infarto, quizá. Una arritmia. —Hizo una pausa—.
Pero Irati, llevo veinte años en el IML, y en veinte años he aprendido que las muertes naturales no se dan todas a la vez, en la misma semana, en las mismas personas, con los mismos informes limpios.
—Miró a Irati—. Y esta, Irati, es la segunda muerte natural que me traes en dos semanas que no me parece natural.
Irati se quedó un momento en silencio, con la lluvia fina golpeando las ventanas y las palabras de Maddi girándole en la cabeza.
La segunda muerte natural.
La del responsable técnico.
La del que moría de infarto en martes.
La del que sabía demasiado.
Y ahora, la del testigo de Punta Galea, el que había hablado, el que había contado lo de las escombreras, lo del 2016, lo de la empresa, lo de la del anorak verde.
Muerto.
En una celda de protección.
De «causas naturales».