Capítulo 11 — LA GALERNA #2
Irati se quedó un momento en silencio, con la mano de Jules en el hombro y la noche sobre Getxo, y luego, con el viento golpeando los cristales y la sal en los labios, se inclinó hacia delante y le besó.
No fue el beso de Punta Galea, el del prado, el de la adrenalina, el de la rendición que no pedía permiso a nadie.
Fue un beso distinto. Un beso más lento, más hondo, más entregado, con la galerna fuera y la calma adentro, con el viento golpeando los cristales y las manos que empezaban a buscar, a despojar, a deshacer.
Jules le devolvió el beso con las manos en la cintura, subiendo por la espalda, buscando el cierre de la camiseta, los hombros, la piel bajo el barro de Mokorreta, y el viento golpeando los cristales y la noche sobre Getxo y la marea, la de la ría, la de la costa, la que había empezado a subir en La Arena, subiendo ahora en la habitación, entre los dos.
—Déjeme —dijo Jules, con la voz rota por el beso, con la frente pegada a la suya—.
Déjeme cuidarla, Irati. Déjeme quitarle el uniforme y el miedo y el mar que dice que odia.
—Hizo una pausa—. Y mientras tanto, usted me cuida a mí.
Me quita la culpa, la chaqueta, la corbata de Nueva York.
Y los dos, aquí, con la galerna fuera, nos despojamos de todo.
Irati asintió, con el viento golpeando los cristales y la noche sobre Getxo, y el despojo empezó, lento, en el centro de la habitación, con las dos puertas del pasillo lejanas y la galerna entrando en la costa.
Le quitó la corbata. Le desabrochó la camisa, botón a botón, con los dedos que le temblaban un poco, y le besó el pecho, la piel, la línea de la clavícula, el vello, con la sal de Punta Galea aún en los labios.
Él le quitó la camiseta, el mono del monte, la ropa de trabajo, con las manos que la buscaban despacio, con las palmas que le recorrían la espalda, los hombros, la cintura, con una lentitud que era una forma de respeto, con una devoción que era una forma de cuidado.
—Eres hermosa —dijo Jules, con la voz rota, mirándola en la penumbra de la habitación, con el viento golpeando los cristales—.
No la inspectora. No la del expediente. No la que odia el mar.
Tú, Irati. La que baja a la cornisa. La que dispara a los vehículos sin rotular.
La que dice «sigo buscando». —Hizo una pausa—.
Esa eres hermosa. Y esa es la que quiero cuidar.
Irati sintió que se le rompía algo por dentro, algo que llevaba años sin romperse, algo que no sabía que existía.
Nadie le había hablado así. Nadie le había mirado así. Nadie le había quitado la ropa con esa lentitud, con esa devoción, con esa manera de decir que la quería entera, no solo la piel, no solo el cuerpo, no solo la noche.
Y con el viento golpeando los cristales y la galerna entrando en la costa, con el Puente Colgante al fondo iluminado por los relámpagos lejanos y la playa de Ereaga rompiendo contra el paseo, Irati se rindió.
No al cuerpo.
No al deseo.
Se rindió a la certeza de que, por primera vez en años, no estaba sola.
Y que el que la tenía entre las manos, el que le quitaba el uniforme y el miedo y la coraza, no iba a dejarla caer.
—Jules —dijo, con la voz rota, con la frente pegada a la suya, con las manos en su pecho, en su piel, en su cintura—. No me dejes sola. No me dejes. —Hizo una pausa—. No me dejes, y yo no te dejo. Ni al caso. Ni al monte. Ni a la galerna. —Miró a Jules—. Ni a ti.
Jules la abrazó, con el viento golpeando los cristales y la noche sobre Getxo, con las manos en su espalda y la cara en su cuello, y luego, con una voz que sonó como una promesa, dijo:
—No te dejo, Irati. No te dejo. —Hizo una pausa—.
Ni al caso. Ni al monte. Ni a la galerna.
Ni a ti. —La apartó un poco, para mirarla, con el viento golpeando los cristales y la luz de la habitación encendiéndole la cara—.
Y ahora, deja que te lleve a la cama. Deja que te quite el último resto de la coraza.
Deja que te quiera, Irati. Deja que te quiera con la galerna fuera y nosotros dentro.
Irati lo miró un momento, con el viento golpeando los cristales y la noche sobre Getxo, y luego asintió, con el corazón que le latía en el pecho con una fuerza que no le había sentido en años.
—Quiéreme, Jules —dijo—. Quiéreme.
Y la llevó a la cama, con el viento golpeando los cristales y la galerna entrando en la costa, y la noche sobre Getxo se abrió entre los dos, con la marea subiendo en la ría y el Puente Colgante al fondo iluminado por los relámpagos lejanos, con las olas rompiendo contra el paseo y la lluvia golpeando los cristales.
La galerna afuera.
La calma adentro.
Y la rendición, la de los dos, la que no pedía permiso a nadie, la que se daba porque ya no quedaba manera de no darla, con la sal en los labios y la marea subiendo y la noche sobre Getxo entre los dos.
Hicieron el amor con la lentitud de los que no tienen prisa y la urgencia de los que saben que el tiempo no sobra.
Con las manos que se buscaban despacio, con los cuerpos que se conocían por fin, con la piel que se aprendía, con el viento golpeando los cristales y la galerna entrando en la costa y el mar rompiendo contra el paseo de Ereaga, abajo, en la playa, con una furia que no llegaba hasta la habitación.
Él la recorrió con las manos y con la boca, con una devoción que no era prisa, con un cuidado que no era miedo, con una posesión que era protección.
Le besó el cuello, los hombros, el pecho, la cintura, la cadera, la cara interna del muslo, con la sal de Punta Galea aún en los labios, y con cada beso le iba quitando un poco más la coraza, un poco más el miedo, un poco más el mar que decía que odiaba.
—Así —dijo, con la voz rota, con la boca en su piel—.
Así, Irati. Déjame. —Hizo una pausa—. Eres la inspectora más valiente que he conocido, y quiero que me dejes quererte, así, despacio, entera, sin prisa, sin miedo.
—Miró a Irati, con la galerna golpeando los cristales—.
Porque te lo mereces, Irati. Te lo mereces todo.
Irati sintió que se le rompía algo por dentro, algo que llevaba años sin romperse, y se rindió del todo, con el viento golpeando los cristales y la noche sobre Getxo, con las manos en su espalda y las piernas alrededor de su cintura, con el cuerpo que por fin se entregaba, con la coraza que por fin caía, con la certeza de que, por primera vez en años, no estaba sola.
Y cuando él la penetró, despacio, con una lentitud que se le llevó el corazón al pecho, con la frente pegada a la suya y la galerna golpeando los cristales, Irati lo abrazó, con las piernas alrededor de su cintura y las manos en su espalda, y susurró, con la voz rota por el deseo y por la emoción:
—No me dejes. —Hizo una pausa—. No me dejes, Jules. —Miró a Jules, con la noche sobre Getxo—. Y yo no te dejo. Ni al caso. Ni al monte. Ni a la galerna. Ni a ti.
—No te dejo —dijo Jules, con la voz rota, moviéndose despacio, con el viento golpeando los cristales y la galerna entrando en la costa—.
No te dejo, Irati. —Hizo una pausa, con la frente pegada a la suya—.
Y te quiero. Te quiero, Irati. Te quiero entera, con la coraza, con el miedo, con el mar que dices que odias, con todo.
—Miró a Irati—. Te quiero, y voy a cuidarte, y no voy a dejar que nada ni nadie te haga daño.
Ni la galerna. Ni el caso. Ni la fila de arriba.
Ni el que no rotula los coches. Ni el monte.
Y el viento golpeaba los cristales y la galerna entraba en la costa y el mar rompía contra el paseo de Ereaga, abajo, en la playa, y en la habitación, con la noche sobre Getxo y la marea subiendo en la ría, los dos se movieron juntos, despacio, con la urgencia y la lentitud, con la rendición y la entrega, con la certeza de que, por primera vez en años, ninguno de los dos estaba solo.
Y cuando la marea subió, cuando la noche sobre Getxo se abrió entre los dos, con el viento golpeando los cristales y la galerna entrando en la costa, Irati se aferró a él, con las piernas alrededor de su cintura y las manos en su espalda y la cara en su cuello, y susurró, con la voz rota por el deseo y por la emoción, la palabra que lo explicaba todo:
—Itzulera.
Y Jules, con la noche sobre Getxo y la galerna fuera y la calma adentro, con la cara en su pelo y el cuerpo temblándole, repitió la palabra, con la voz rota, como quien aprende el idioma de la intimidad:
—Itzulera.
Y se quedaron abrazados, con el viento golpeando los cristales y la marea subiendo en la ría, con el Puente Colgante al fondo iluminado por los relámpagos lejanos y la playa de Ereaga rompiendo contra el paseo, con la galerna fuera y la calma adentro, con la certeza de que, por primera vez en años, ninguno de los dos estaba solo.
III. La mañana
La mañana llegó con lluvia fina y el viento amainando sobre Getxo, con la playa de Ereaga aún encrespada por la noche y el Puente Colgante al fondo, envuelto en la niebla baja que venía del Cantábrico.
Irati se despertó primero, con el cuerpo que todavía recordaba la noche y la certeza de que el mundo, el de fuera, el del caso, el de la amenaza, había estado girando mientras ellos dormían.
Jules dormía a su lado, con la cara en la almohada y la respiración tranquila, con la chaqueta del FBI en el suelo junto a la puerta, donde la había dejado la noche anterior, como quien deja el cargo en la entrada.
Irati se quedó un momento mirándolo, con la lluvia fina golpeando los cristales y la luz gris de la mañana entrando en la habitación, y sintió que el corazón se le llenaba de algo que no sabía nombrar.
No era solo deseo. No era solo necesidad. Era algo más hondo, algo que llevaba años sin sentir, algo que no sabía que podía volver a sentir.
Era la certeza de que no estaba sola.
Y con esa certeza, con la lluvia fina golpeando los cristales y la luz gris de la mañana, Irati cogió el teléfono, el de la comisaría, el que había estado apagado toda la noche, y lo encendió.
El primer mensaje que apareció en la pantalla era de Patxi.