Lo que trae la marea (Costa Vasca 1) Capítulo 11 — LA GALERNA
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Capítulo 11 — LA GALERNA

Irati Sarasola / Jules Harlow

I. La noche

La galerna llegó a Getxo a la caída de la tarde, con el viento de noroeste que venía del Cantábrico cargado de sal y de lluvia, y con las olas del playa de Ereaga empezando a golpear el paseo con esa furia de los días de temporal que los vecinos de la costa conocen de memoria.

Irati no la había oído venir. Había estado toda la mañana en el monte, en el collado de Mokorreta, subiendo con Jules antes del amanecer, con el coche alquilado y los teléfonos que no se podían rastrear, mirando el valle de escombreras desde la cresta, buscando en la tierra lo que Ane había mirado tres sábados antes de morir.

No había encontrado nada definitivo, no había visto la cueva, no había visto la prueba, pero había visto el valle entero, con las escombreras y las máquinas y la empresa al fondo, y había sentido, con una certeza que no podía explicar, que la tierra guardaba algo.

Y luego, de vuelta hacia Bilbao, con la tarde cayendo sobre la llanada, el cielo se había puesto gris, con esa luz de plomo que anunciaba el temporal, y Jules había mirado el teléfono, con el parte meteorológico encendido, y había dicho:

—Galerna. La del capítulo uno. La misma, o su hermana. —Había mirado a Irati—. No llegamos a Bilbao con esto. Paramos en Getxo. Un hotel con vistas a la playa. Esperamos a que amaine.

Irati no había dicho que no.

Había pensado en el monte, en la amenaza, en el mensaje que la esperaba en el bolsillo, en el testigo que dormía en la comisaría bajo protección, en el beso de Punta Galea con la sal en los labios, y había pensado que, quizá, parar en Getxo, esperar a que amainara el temporal, no era una mala idea.

No era una mala idea dejar que el viento pasara.

No era una mala idea dejar que el mar golpeara el paseo de Ereaga sin golpearla a ella.

—Vamos a Getxo —dijo.

Y el hotel, al final del paseo, con las ventanas que daban a la playa y al Puente Colgante al fondo, con el viento golpeando los cristales y las persianas batiendo en las habitaciones vacías, les dio dos llaves, dos habitaciones, dos camas, dos puertas entre ellos.

Irati las miró un momento, con las dos llaves en la mano y el viento golpeando los cristales del vestíbulo, y luego, sin decir nada, le tendió una a Jules.

—La suya —dijo—. Al lado de la mía.

Jules la miró un momento, con el viento golpeando los cristales y la noche cayendo sobre Getxo, y luego cogió la llave, sin decir nada, y los dos subieron en el ascensor, con la galerna entrando en la costa y el mar golpeando el paseo.

Y en el pasillo, con las dos puertas frente a frente y el viento golpeando los cristales, Irati se detuvo un momento, con la llave en la mano y la noche sobre Getxo, y pensó que la forzada proximidad, la del hotel, la del temporal, la de la costa, la de la amenaza, la del caso, era la más difícil de todas.

La más difícil de todas porque no había una puerta para cerrarla.

La puerta que separaba las dos habitaciones no era una puerta que pudiera cerrar Irati con una llave.

Era una puerta que solo podía cerrar ella con una decisión.

Y la decisión, con la galerna entrando en la costa y la sal en los labios, no llegaba.

En la habitación, con el viento golpeando los cristales y las persianas batiendo, Irati se quedó un momento de pie junto a la ventana, mirando la playa de Ereaga bajo el temporal, con las olas rompiendo contra el paseo y la espuma saltando por encima del muro, y pensó en el mar, en el que odiaba, en el que se había llevado a su padre, en el que la había traído a la cornisa de Punta Galea, en el que había traído a Jules.

No se había cambiado de ropa. Llevaba el mono del monte, con el barro de Mokorreta aún en las botas, y la camiseta con la sal de Punta Galea aún en los hombros.

Se sentía sucia, cansada, rota, y sin embargo, con el viento golpeando los cristales y la galerna entrando en la costa, se sentía también, por primera vez en años, despierta.

No dormía bien. No había dormido bien desde el contenedor, desde el informe de Ane, desde el patrón de las tres de la madrugada, desde el prado de Punta Galea, desde el mensaje que la esperaba en el bolsillo.

Dormía con la libreta abierta, con la letra pequeña llenando las páginas, con el teléfono bajo la almohada, con la certeza de que, en cualquier momento, el caso la iba a despertar.

Pero allí, con la galerna golpeando los cristales y el mar rompiendo contra el paseo, con la playa de Ereaga encendida por los relámpagos lejanos, Irati sintió que el caso, por una noche, se quedaba fuera.

Que el viento, el de noroeste, el que traía la sal y la lluvia, se llevaba los mensajes, los vehículos sin rotular, las amenazas, los despachos, los controles de la fila de arriba.

Que quedaba solo el mar.

Y el hotel.

Y la puerta del pasillo, con la llave de Jules al otro lado.

Oyó el viento golpear los cristales, y luego, con un sonido que no le había oído nunca en aquella habitación, oyó un golpe en la puerta.

No era el viento. No era la persiana. Era un golpe seco, de nudillos, contra la madera de la puerta del pasillo.

Irati se quedó un momento en silencio, con el viento golpeando los cristales y la noche sobre Getxo, y luego cruzó la habitación y abrió.

Jules estaba en el pasillo, con la chaqueta del FBI aún puesta y la llave de su habitación en la mano, con el viento golpeando los cristales y la luz del pasillo encendiéndole la cara.

—La persiana de mi habitación no cierra —dijo, con una voz que se le llevaba el viento—. Y el viento entra. —Hizo una pausa—. ¿Puedo esperar aquí a que amaine?

Irati se quedó un momento en silencio, con el viento golpeando los cristales y la noche sobre Getxo, y luego, con una lentitud que se le llevó el corazón al pecho, se apartó y dejó pasar.

—Entra —dijo—. Y espera a que amaine.

Jules entró, con la chaqueta del FBI aún puesta y la noche sobre Getxo, y se quedó un momento en el centro de la habitación, con el viento golpeando los cristales y el mar rompiendo contra el paseo, mirando la ventana, la playa, el Puente Colgante al fondo, la habitación, la cama, a Irati.

Y en el silencio, con la galerna entrando en la costa y las dos puertas del pasillo ya lejanas, los dos supieron que el temporal, el de fuera, el del viento y la lluvia y las olas, no era el único que estaba entrando en la habitación.

El otro, el que traía la sal de Punta Galea y el beso de La Arena y la noche sobre Getxo, había empezado a subir.

Y con él, la marea.

II. El despojo

Se quedaron un momento en silencio, de pie en el centro de la habitación, con el viento golpeando los cristales y la galerna entrando en la costa, y luego Jules hizo una cosa que Irati no le había visto hacer nunca.

Se quitó la chaqueta del FBI.

No la dejó en una silla. No la dobló. La dejó caer en el suelo, junto a la puerta, como quien deja el cargo en la entrada, como quien dice: a partir de aquí, no soy el agente.

Irati lo miró un momento, con el viento golpeando los cristales y la chaqueta en el suelo, y luego, con una lentitud que se le llevó el corazón al pecho, se desabrochó el cinturón del mono del monte, el que llevaba desde Mokorreta, con el barro aún en las botas, y lo dejó caer junto a la chaqueta del FBI.

No fue una decisión. Fue una rendición.

—No es el cargo —dijo Jules, con la voz baja, mirando el cinturón en el suelo—. Es la coraza. —Miró a Irati—. Usted lleva años llevándola, inspectora. La del uniforme. La del expediente. La del caso. La del mar que odia. —Hizo una pausa—. Y yo, desde la ría, llevo días queriendo quitársela.

Irati se quedó un momento en silencio, con el viento golpeando los cristales y la certeza de que Jules tenía razón.

La coraza.

La del uniforme, la del expediente, la del caso, la del mar que odiaba. La que llevaba años construyendo, desde la muerte de su padre, desde la certeza de que el mar se lleva lo que quiere y que ella no iba a dejar que se llevara nada más.

Y allí, con la galerna golpeando los cristales y el cinturón en el suelo, Irati sintió que la coraza, la que llevaba años construyendo, se le resquebrajaba de verdad.

—¿Y usted? —preguntó—. ¿Qué coraza se quita usted, agente?

Jules la miró un momento, con el viento golpeando los cristales y la luz de la habitación encendiéndole la cara.

—La de la culpa —dijo—. La de Daniel Reyes.

La de Nueva York. La del que dejó que un testigo muriera y que otro desapareciera.

—Hizo una pausa—. Llevo años llevándola, inspectora.

La de la culpa de haberlo hecho mal, de no haber estado a tiempo, de no haber podido salvar al que se podía salvar.

—Miró a Irati—. Y usted, desde la ría, es la primera que me hace pensar que quizá no tengo que llevarla para siempre.

Irati se quedó un momento en silencio, con el viento golpeando los cristales y las palabras de Jules girándole en la cabeza, y luego, con una lentitud que se le llevó el corazón al pecho, dio un paso hacia él, con el barro de Mokorreta aún en las botas y la sal de Punta Galea aún en los hombros.

—Entonces —dijo, con una voz que sonó más baja de lo que esperaba—, despojémonos los dos. —Miró a Jules—. Aquí. Ahora. Con la galerna fuera y nosotros dentro. —Hizo una pausa—. Y que lo que dejemos en la puerta, agente, no vuelva a entrar hasta que la galerna amaine.

Jules asintió, con el viento golpeando los cristales y la noche sobre Getxo, y levantó la mano, despacio, con una lentitud que Irati pudo haber evitado si hubiera querido, y le tocó el hombro, donde el barro de Mokorreta aún manchaba la camiseta.

—Deje que le quite el barro del monte —dijo, con la voz baja—.

Deje que le quite la sal de Punta Galea.

Deje que le quite el uniforme que no es usted.

—Miró a Irati—. Y yo, inspectora, le dejo que me quite la chaqueta del FBI, la corbata de la culpa, y todo lo que me haga parecer el agente que no soy cuando estoy a su lado.