Capítulo 10 — PUNTA GALEA #6
Era un miedo distinto. Un miedo más frío. Un miedo que no venía de fuera, de la tormenta o del examen o del plazo, sino de dentro, de la certeza, de la que le subía desde el pecho cuando abría el informe y veía el patrón de las tres de la madrugada.
El miedo de saber que había visto lo que no debía haber visto.
El miedo de saber que lo que había visto, si se contaba, iba a romper cosas que la gente no quería que se rompieran.
El miedo de saber que, en el valle, los que preguntaban desaparecían.
Ane había sentido ese miedo la última semana de su vida, cuando el patrón de las tres de la madrugada siguió, cuando el sistema empezó a borrar sus accesos, cuando el archivo que había subido empezó a notarse que ya no estaba, cuando las llamadas, las que nadie hacía, empezaron a notarse que ya no llegaban.
Había sentido el miedo, y sin embargo, no había dejado de escribir.
No había dejado de documentar.
No había dejado de subir los informes, de enviar las copias, de dejar las notas en los sitios donde sabía que, si algo le pasaba, alguien las encontraría.
Porque Ane, la mujer del anorak verde, la que preguntaba, la que había escrito el informe que iba a romper el mecanismo del miedo, sabía que el miedo solo se vence con una cosa.
Con la verdad.
Y la verdad, pensaba Ane mientras escribía la última nota, la que le dejaba al tío que había desaparecido en el 2016, la que empezaba con la palabra que lo explicaba todo, era la única cosa que el miedo no podía borrar.
Lo que se entierra, no se pierde.
Espera.
La verdad.
La de Ane, la de Koldo, la del 2016, la de Mokorreta, la del valle.
La que Irati, la inspectora que preguntaba, iba a tener que desenterrar del monte.
La que, si se contaba entera, iba a romper el mecanismo del miedo para siempre.
Irati salió de la comisaría con la noche sobre Bilbao y la lluvia en la cara, y se quedó un momento en la puerta, con las luces de la ciudad reflejándose en la ría y el viento de noroeste empujando la noche.
Había quedado con Jules a las seis y media, en el parking de la Plaza Moyúa, para subir al monte.
El monte de Mokorreta.
El monte de Ane.
El monte que, según el testigo, guardaba lo que se había enterrado en el 2016.
El monte que, según la amenaza, la iba a enterrar a ella si seguía buscando.
Irati se subió el cuello de la chaqueta, con la lluvia en la cara y la sal de Punta Galea aún en los labios, y pensó que la historia de Ane Arrieta, la que empezaba en un contenedor del puerto de Bilbao y terminaba en un valle de escombreras, se había convertido, a partir de ese momento, en una historia personal.
La historia de una inspectora que odiaba el mar, que no sabía nadar, que no se había acercado a nadie desde la muerte de su padre.
Y que, desde aquella mañana, en un prado de Punta Galea, con los disparos silbando por encima y un yanqui del FBI poniéndose en medio, había empezado a creer que el mar, el que se llevaba lo que quería, a veces también traía.
El mar le había traído un testigo.
Le había traído un prado.
Le había traído un beso, con la sal en los labios y la marea subiendo.
Y ahora, el mar la empujaba hacia el monte, hacia la tierra, hacia lo que se había enterrado.
Irati respiró hondo, con la lluvia en la cara y la certeza en el pecho, y cruzó la calle hacia el piso del Casco Viejo, con la noche sobre Bilbao y la marea subiendo en la ría.
Mañana subía al monte.
Y el monte, pensó, con la sal aún en los labios y el miedo en el pecho, iba a tener que decidir si la inspectora que preguntaba volvía a bajar.
La inspectora que, por primera vez en años, tenía algo que perder.
Algo que el mar le había traído.
Algo que, pensó, si el mar era el que traía, también sabría cuidar.
Antes de cruzar hacia el Casco Viejo, Irati se detuvo bajo el alero de un portal, con la lluvia golpeando el asfalto y las luces de la ciudad encendiéndose sobre la ría, y sacó el teléfono nuevo, el de Jules, el que no se podía rastrear, y escribió un mensaje.
No era un mensaje de caso. No era un mensaje de plan. Era un mensaje que, si alguien lo leía, no entendería nada, y que, si lo leía la persona correcta, lo entendería todo.
«Mañana, seis y media, Moyúa. Subo al monte. Si no vuelvo, sabes dónde buscar.»
Jules contestó en menos de un minuto.
«No voy a tener que buscar. Voy contigo.»
Irati se quedó un momento en silencio, con la lluvia golpeando el asfalto y el mensaje de Jules en la pantalla, y sintió que el corazón le latía en el pecho con una fuerza que no le había sentido desde la explanada de La Arena, con la sal en los labios y la marea subiendo.
Escribió la respuesta, con los dedos que se movían más despacio de lo que quería.
«El monte no espera. Ni perdona. Como el mar.»
La respuesta de Jules llegó de inmediato.
«Entonces subimos juntos. Como los que no saben nadar: juntos, en la orilla o en el fondo.»
Irati se quedó un momento en silencio, con la lluvia en la cara y la pantalla encendida en la mano, y luego, con una lentitud que se le llevó el corazón al pecho, escribió la última palabra de la noche.
La palabra de la abuela de Jules.
La palabra que decía que lo que se va, vuelve.
«Itzulera.»
Y se guardó el teléfono en el bolsillo, con la lluvia golpeando el asfalto y la noche sobre Bilbao, y cruzó la calle hacia el piso del Casco Viejo, con la certeza de que, por primera vez en años, no iba a dormir sola.
No en el sentido que la gente le daba a esa frase.
En el sentido más profundo.
El de saber que, al otro lado del teléfono, había alguien que iba a subir con ella al monte.
Y que, si el monte se la llevaba, no la iba a dejar en la tierra.
Irati subió las escaleras del Casco Viejo con la lluvia golpeando las ventanas y la sal de Punta Galea aún en los labios, y antes de acostarse, con la libreta abierta y la letra pequeña llenando la página, escribió las notas del día.
El testigo. El prado. Los disparos. El vehículo sin rotular. La amenaza. El del 2016. El beso. La sal. El monte.
Y al final de la página, con la letra más pequeña aún, escribió la frase que no le dejaba dormir.
La del mensaje que la había esperado en el bolsillo.
«Deja de buscar, o entierras como el del 2016.»
Y debajo, con la mano que le temblaba un poco, escribió la respuesta que no iba a dejar de dar nunca:
«Sigo buscando.»
Apagó la luz, con la lluvia golpeando la ventana y la noche sobre Bilbao, y se quedó un momento en la oscuridad, con la sal en los labios y la certeza de que, a partir de la mañana siguiente, el caso de Ane Arrieta, el del contenedor, el de Mokorreta, el del 2016, iba a tener un nombre.
El suyo.
Y que, si el monte la esperaba con lo que creía que escondía, iba a tener que estar a la altura.
La altura de Ane.
La altura de Koldo.
La altura de la mujer del anorak verde, que había escrito la verdad y la había enterrado en la tierra para que alguien la encontrara.
La tierra que, mañana, iba a tener que decidir si le devolvía la verdad o se la guardaba para siempre.