Lo que trae la marea (Costa Vasca 1) Capítulo 10 — PUNTA GALEA #5
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Capítulo 10 — PUNTA GALEA #5

Y cuando se separaron, con la frente pegada a la de él y la sal en los labios, Irati dijo, con una voz que le salió en el idioma que no había querido aprender, el de la abuela de Jules, el que la había estado rodeando desde la ría:

—Itzulera.

Jules la miró un momento, con la frente pegada a la suya y la sal en los labios.

—¿La palabra de mi abuela? —preguntó.

—La palabra —dijo Irati—. La que me dijo por teléfono, la otra noche, desde la terraza.

La que dice que lo que se va, vuelve. —Miró a Jules, con la sal en los labios—.

El mar me odia, Jules. Se llevó a mi padre.

Se llevó mi infancia. Me enseñó a no acercarme.

—Hizo una pausa—. Pero hoy, el mar me ha traído a un testigo, a un prado, y a usted.

Y si lo que se va, vuelve, quizá, Jules, el mar me esté devolviendo algo. Algo que no sabía que había perdido.

Jules se quedó un momento en silencio, con la frente pegada a la suya y la sal en los labios, y luego dijo, con una voz que sonó como la de un hombre que acababa de recibir una respuesta a una pregunta que no había sabido formular:

—Entonces, Irati —dijo—, el mar me ha traído a mí a usted.

Y yo, desde la ría, ya he decidido que no pienso dejar que se la vuelva a llevar.

—Hizo una pausa—. Ni el mar. Ni el prado.

Ni el que no rotula los coches. Ni el que la llama a la cornisa.

—Miró a Irati—. Vamos a proteger al testigo, vamos a contar la historia de Ane Arrieta, vamos a desenterrar lo que se enterró en el 2016.

Y lo vamos a hacer juntos. Como se hace todo lo que vale la pena.

Juntos, Irati. Sin pedir permiso a nadie.

Irati se quedó un momento en silencio, con la frente pegada a la suya y la sal en los labios y el mar sonando al fondo, y luego asintió, con el corazón que le latía en el pecho con una fuerza que no le había sentido en años.

—Juntos —dijo.

Y encendió el coche, con el mar al fondo y la luz baja encendiendo la costa, y salieron de la explanada de La Arena hacia la comisaría, con la sal en los labios y la certeza, la que les subía a ambos desde el pecho, de que acababan de cruzar la frontera.

La frontera que, a partir de ese momento, iba a definir el caso.

Y la que, pensaron los dos, iba a hacer mucho más difícil proteger al testigo.

Porque proteger a alguien que te importa, Irati lo sabía, era la forma más peligrosa de amar.

V. Cierre de acto

Llegaron a la comisaría de Bilbao con la noche cayendo sobre la ciudad y el testigo ya instalado en el despacho de la Unidad, con protección reforzada, café caliente y la manta de emergencia todavía alrededor de los hombros.

Irati tomó declaración a Fernando Galíndez hasta tarde, con la grabadora encendida y la letra pequeña de la libreta llenando las páginas, y cuando el hombre por fin se calló, con los ojos cerrados y la voz rota de tanto hablar, Irati sintió que el peso del caso, el de Mokorreta, el del 2016, el de la empresa, el de Ane, se le instalaba en el pecho con una certeza que no le había sentido hasta entonces.

El testigo había hablado. La historia se había contado, entera, sin interrupciones, con los nombres, con las fechas, con las escombreras, con el 2016, con la del anorak verde.

Y ahora, la historia estaba en la grabadora, en la libreta, en el informe que Irati iba a redactar por la mañana, en el caso que, a partir de ese momento, ya no se podía archivar.

Pero mientras salía del despacho de la Unidad, con la noche sobre Bilbao y la lluvia empezando a caer sobre la ciudad, Irati sintió el frío subirle por la nuca, despacio, como sube la marea.

El testigo estaba bajo protección. El caso estaba documentado. La historia estaba contada.

Pero la organización sabía que el testigo había hablado. Sabía que la ambulancia había salido. Sabía que la inspectora que preguntaba estaba viva, en el centro, dispuesta a seguir preguntando.

Y cuando la organización sabe esas cosas, Irati lo sabía de memoria, no retrocede. Aprieta.

Y el que aprieta, no se queda esperando.

Patxi la esperaba en su despacho, con la luz encendida y la cara cansada de todo un día de sábado, y la miró con una mezcla de respeto y de preocupación que Irati conocía de otros casos.

—He leído el informe preliminar de Fernando Galíndez —dijo Patxi, sin preámbulos—.

El del 2016. Las escombreras. La empresa.

La del anorak verde. —Hizo una pausa—. Es lo más cerca que hemos estado del fondo, Irati.

Lo más cerca que hemos estado de lo que se enterró.

—Miró a Irati—. Y por eso mismo, quiero que sepas lo que te voy a decir.

Irati se quedó en silencio, esperando.

—La declaración de Fernando Galíndez es oro puro —dijo Patxi—.

Es el primer testigo que habla de Mokorreta con nombre y apellido, con fecha, con escombrera.

Es el testigo que une la empresa, el 2016, el archivo de Ane, la notificación, el responsable técnico que murió de infarto.

—Hizo una pausa—. Pero la declaración de un solo testigo, Irati, no es una investigación cerrada.

Es una hipótesis. Y la hipótesis, sin la prueba, se puede archivar.

—Miró a Irati—. Y yo no pienso dejar que esta hipótesis se archive.

Ni por Landaburu. Ni por Ondarra. Ni por la fila de arriba.

—Hizo una pausa—. Pero, Irati, para que no se archive, necesitamos la prueba.

Y la prueba, la que falta, no está en los despachos.

Está en el monte. En la tierra. En Mokorreta.

Irati asintió, con la noche sobre Bilbao y la lluvia cayendo sobre la ciudad.

—Por eso —dijo—, mañana subo al collado. Al valle de Mokorreta. Al sitio donde Ane se quedó mirando el valle, tres sábados antes de morir. —Miró a Patxi—. Y si la prueba está en la tierra, la voy a encontrar. Aunque tenga que desenterrar el valle entero.

Patxi la miró un momento, con la cara cansada de todo un día de sábado, y luego dijo, con una voz que sonó más baja de lo que esperaba:

—Entonces, Irati, sube con cuidado. —Hizo una pausa—.

Porque el monte, en este país, también tiene memoria.

Y los que se acercan demasiado a la memoria del monte, a veces, no vuelven.

—Miró a Irati—. Lo digo por ti. Porque tú, Irati, eres la inspectora que más se ha acercado al fondo de este caso.

Y no pienso dejar que el monte te la lleve.

Irati se quedó un momento en silencio, con la noche sobre Bilbao y las palabras de Patxi girándole en la cabeza, y luego asintió, con la lluvia golpeando la ventana.

—Subiré con cuidado, jefe —dijo—. Y volveré.

Patxi asintió, con la cara cansada, y se volvió hacia el expediente.

—Mañana, entonces —dijo—. Después del monte, me cuentas lo que has visto.

—Hizo una pausa—. Y si ves algo, Irati, si ves que el monte esconde lo que creo que esconde, avísame antes de volver.

Porque si la organización sabe que vas a subir al monte, y si la organización sabe lo que hay ahí, la subida no va a ser solo una subida.

Va a ser una trampa. Y yo, Irati, no pienso dejar que subas a una trampa sin saberlo.

Irati asintió, con la lluvia golpeando la ventana y la certeza de que Patxi, el jefe que no archivaba, acababa de darle la última instrucción del caso.

Y la primera advertencia.

En el pasillo, de vuelta hacia su despacho, Irati se detuvo un momento junto a la ventana y miró la ciudad bajo la lluvia, con las luces de Bilbao reflejándose en la ría y el viento de noroeste empujando la noche.

No había dormido bien. No había comido. No había dejado de pensar en el prado, en los disparos, en el vehículo sin rotular, en la cornisa, en el testigo, en Jules, en el beso, en la sal de Punta Galea que aún le quedaba en los labios.

Y entonces, en el bolsillo, el teléfono vibro.

No era el teléfono de la comisaría. No era el de Jules. Era el otro, el de siempre, el que usaba para los casos, el que llevaba años en el bolsillo, el que nunca sonaba a esa hora.

El mensaje no tenía remitente. No tenía número. No tenía nada, salvo una frase, en letras mayúsculas, que se quedó clavada en la pantalla como un clavo en la madera:

DEJA DE BUSCAR, O ENTIERRAS COMO EL DEL 2016.

Irati se quedó un momento en silencio, con la lluvia golpeando la ventana y la frase del mensaje girándole en la cabeza.

El del 2016.

Koldo Arrieta.

El tío de Ane.

El que desapareció, el que se enterró, el que lo que se entierra, no se pierde.

La organización no había amenazado al testigo. No había amenazado a la comisaría. No había amenazado a la familia de Ane. Había amenazado a ella, Irati, con la misma palabra que usaban en el valle, la del que preguntaba, la del que desaparecía, la del que se enterraba en el 2016.

Y con la certeza, la que le subía desde el pecho, de que la amenaza no venía de los que no rotulaban los coches.

Venía de la fila de arriba.

Venía del que sabía que el testigo había hablado.

Venía del que sabía que Irati iba a subir al monte.

Venía del que, a partir de ese momento, ya no era una organización que apretaba desde fuera.

Era una organización que había entrado en el caso.

Y que había entrado en su vida.

Irati se guardó el teléfono en el bolsillo, con la lluvia golpeando la ventana y la frase del mensaje girándole en la cabeza, y se quedó un momento en silencio, mirando la ciudad bajo la lluvia, con la certeza de que el caso, a partir de ese momento, era personal.

Y de que el monte, mañana, no iba a ser solo una subida.

Iba a ser un desafío.

Ane había sentido el miedo muchas veces en su vida.

El miedo de la infancia, el de las noches de tormenta en el caserío, el del mar que se oía desde la ventana cuando el viento soplaba del norte.

El miedo de la adolescencia, el de los exámenes, el de las notas, el de no estar a la altura.

El miedo de la universidad, el de no saber si iba a ser suficiente, el de los primeros años del trabajo, el de los jefes, el de los plazos, el de los errores.

Pero el miedo que había sentido la última semana de su vida no era ninguno de esos.