Lo que trae la marea (Costa Vasca 1) Capítulo 10 — PUNTA GALEA #4
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Capítulo 10 — PUNTA GALEA #4

Oyó el segundo disparo, más cercano, y el crujido de la hierba, y entonces vio a Jules moverse, salir del resguardo del puesto de mando, cruzando el prado en diagonal, cubriendo con el cuerpo la línea de fuego, con la pistola en la mano y la chaqueta del FBI al viento.

—¡JUÁREZ! —gritó Jules, con una voz que no le había oído nunca—. ¡CUbrE A LA DERECHA!

Y entonces Irati entendió, con una certeza que le helaba la sangre, lo que Jules estaba haciendo.

No estaba disparando. No estaba cubriendo. Estaba poniéndose en medio, entre el fuego y ella, para que el fuego tuviera que pasar por él para llegarle.

—¡JULES! —gritó Irati, con la voz que se le rompía en el viento.

Y disparó.

No apuntó al vehículo, no apuntó a la niebla: apuntó al único blanco que podía distinguir, al cristal oscuro del vehículo de la costa, que seguía allí, con el motor en marcha y el tubo de escape humeando, y disparó dos veces, con la pistola que le temblaba en la mano, y el cristal se hizo añicos, y el vehículo arrancó de golpe, con las ruedas levantando barro, y salió del prado a toda velocidad por la carretera de la costa.

Y entonces, con el prado de pronto más quieto, con la niebla y el viento y el mar al fondo, Irati vio que las sombras de la zona de la niebla se retiraban, una a una, como si hubieran recibido una señal, como si el vehículo que se iba fuera la orden de levantar el cerco.

Jules se detuvo en medio del prado, con la pistola baja y la respiración agitada, y la miró.

—Ha funcionado —dijo, con la voz que se le quebraba un momento—. El vehículo era la orden. Sin vehículo, sin orden. —Miró a Irati—. Se van. Pero no se van por miedo, inspectora. Se van porque ya tienen lo que querían.

Irati se acercó, con la pistola baja y el corazón golpeándole en el pecho.

—¿Qué querían? —preguntó, aunque ya lo sabía.

—Saber —dijo Jules—. Saber si el testigo había hablado.

Saber si la ambulancia había salido. Saber si tú estabas aquí, en el prado, en el centro.

—Hizo una pausa—. Y ahora lo saben. —Miró a Irati, con la sal en la cara y la chaqueta al viento—.

Saben que el testigo ha hablado. Saben que la ambulancia ha salido.

Y saben que tú, inspectora, estás viva, en el centro, dispuesta a seguir preguntando.

—Hizo una pausa—. Y eso, Irati, es lo más peligroso que podían saber.

Irati se quedó un momento en silencio, con el viento y la niebla y el mar al fondo, y con la certeza, la que le subía desde el pecho, de que acababa de estar a un paso de morir en el prado de Punta Galea.

Y de que Jules, el yanqui, el del FBI, se había puesto en medio para que no le pasara.

—Gracias —dijo, con una voz que sonó más baja de lo que esperaba—. Por ponerse en medio.

Jules la miró un momento, con la sal en la cara y los ojos que se le iban al mar, al acantilado, al prado donde acababa de oler la pólvora.

—No se ponga en medio por usted, inspectora —dijo—.

Me puse en medio porque era lo único que podía hacer.

—Hizo una pausa—. El caso, Irati, ya no es un caso para mí.

Es una persona. Y a esa persona, la que pregunta, no pienso dejar que le pase nada.

Ni en un prado, ni en un acantilado, ni en el mar.

—Miró a Irati—. Usted baja a la cornisa por un testigo que la llama por su nombre.

Usted se queda en el prado cuando llegan los que no rotulan los coches.

Usted, Irati, es la que no se queda esperando.

Y yo, desde la ría, he decidido que voy a estar donde usted esté.

Irati se quedó un momento en silencio, con el viento y el mar y las palabras de Jules girándole en la cabeza, y luego dijo, con una voz que no quería quebrársele:

—Vamos, agente. A la comisaría. A proteger al testigo.

Y cruzaron el prado, con la niebla levantándose y el mar rompiendo abajo, y con la certeza, la que les subía a ambos desde el pecho, de que el rescate de Punta Galea había cambiado el caso.

Había cambiado el tablero.

Y, sin que ninguno de los dos lo dijera, había cambiado también algo entre ellos.

IV. El primer beso

Pararon el coche en la explanada de la playa de La Arena, la que mira al mar abierto y al último tramo de la ría, porque a Jules le sangraba un corte en la frente, de la roca o del vidrio, no lo sabía, y no quería llegar a la comisaría con la cara ensangrentada y tener que explicar nada más de lo que ya iban a tener que explicar.

El viento había amainado un poco, con la tarde cayendo sobre la costa y el mar encendiéndose con la luz baja, y en el coche, con las ventanillas empañadas y el olor de la sal y de la pólvora aún en la ropa, la adrenalina empezó a bajar, despacio, como baja la marea cuando el mar se retira.

Irati sacó del botiquín del maletero las gasas y el desinfectante y se quedó un momento en silencio, con el paño en la mano y la frente de Jules a unos centímetros de la suya, limpiando el corte con un cuidado que no quería reconocer.

—No es profundo —dijo, con la voz que se le llevaba el ruido del mar—. La roca, o el vidrio. —Hizo una pausa—. Pero va a dejar marca.

—Ya tengo una —dijo Jules, con la voz baja y la sal en los labios—. La de la nariz. La de Nueva York. La de Daniel. —Miró a Irati—. Una más no va a cambiar nada.

Irati se quedó un momento en silencio, con el paño en la mano y el mar al fondo, y luego dijo, con una voz que no quería quebrársele:

—Hoy no iba a morir nadie, Jules. —Hizo una pausa—.

Iba a ser un rescate, una mañana de sábado, un testigo que se escondía de los que le seguían.

Y de pronto había disparos, y un vehículo sin rotular, y un prado lleno de barro y de pólvora, y usted, usted poniéndose en medio.

—Miró a Jules—. No me gusta el mar. No me gusta que me disparen.

Y no me gusta ver a la gente que empieza a importarme en medio de un campo de tiro.

Jules la miró un momento, con el corte en la frente y la sal en los labios y el mar sonando al fondo de la explanada.

—¿Empieza a importarle? —preguntó.

Irati se quedó en silencio, con el paño en la mano y la certeza de que acababa de decir más de lo que quería decir.

—El caso —dijo—. Empieza a importarme el caso.

—El caso —repitió Jules, con una sonrisa que no le llegaba a los ojos—. Claro. El caso.

Y entonces, con el mar sonando al fondo y la luz baja encendiendo la costa, Jules levantó la mano, despacio, con una lentitud que Irati pudo haber evitado si hubiera querido, y le tocó la mejilla, donde el salitre de Punta Galea había dejado una marca de sal y de arena.

—Tiene sal en la mejilla —dijo, con la voz baja—.

De la costa. Del mar que dice que odia. —Hizo una pausa—.

Y sin embargo, Irati, hoy ha bajado a un acantilado por un hombre al que no conocía, se ha quedado en un prado cuando llegaban los que no rotulan los coches, y ha disparado a un vehículo para que dejáramos de estar en el centro.

—Miró a Irati—. El mar que dice que odia, inspectora, es el mismo que la trajo a la cornisa.

Y el mismo que, hoy, la ha traído a usted hasta aquí.

Irati se quedó un momento en silencio, con la mano de Jules en la mejilla y el mar sonando al fondo, y sintió que el corazón le subía al pecho con una fuerza que no le había sentido en años.

No había estado cerca de nadie desde la muerte de su padre.

No había dejado que nadie le tocara la mejilla, ni la frente, ni la mano, desde que se había jurado que el mar no se iba a llevar a nadie más.

Había hecho del caso su casa, de la comisaría su monte, de los expedientes su vida, porque era más fácil vivir en el papel que arriesgarse a perder a alguien en la carne.

Pero allí, con la sal en los labios y la mano de Jules en la mejilla, con el mar al fondo y la luz baja encendiendo la costa, Irati sintió que la coraza, la que llevaba años construyendo, se le resquebrajaba un poco.

—Yo no sé nadar —dijo, con una voz que sonó más baja de lo que esperaba—.

Nunca aprendí. Mi padre decía que el mar no espera, que no perdona, que se lleva lo que quiere.

Y yo, desde entonces, no me he acercado.

Ni al mar. Ni a la gente. —Miró a Jules—.

Porque la gente, agente, también se lleva lo que quiere.

Y yo no he querido que se llevaran nada más.

Jules la miró un momento, con el corte en la frente y la sal en los labios y la mano en la mejilla, y luego dijo, con una voz que sonó como la de un hombre que acababa de entender algo importante:

—Entonces, Irati —dijo—, no me he acercado al mar para nada.

—Hizo una pausa—. Me he acercado a usted.

Y si usted no sabe nadar, pues nadamos los dos, o nos quedamos en la orilla, donde el agua no llega.

—Miró a Irati—. Pero lo que no voy a hacer es alejarme del mar porque da miedo.

Porque el mar, Irati, también trae cosas.

Trae la marea. Trae la sal. Trae lo que se pierde y lo que vuelve.

—Hizo una pausa—. Y hoy, el mar le ha traído a un testigo que la llama por su nombre, a una mujer que la protege de un prado, y a mí, que estoy aquí, con la mano en su mejilla, y que no pienso moverla si usted no me lo pide.

Irati se quedó un momento en silencio, con el mar sonando al fondo y la mano de Jules en la mejilla, y luego, con una lentitud que se le llevó el corazón al pecho, se inclinó hacia delante, despacio, con la sal en los labios y el viento en la ventanilla, y le besó.

No fue un beso de rescate. No fue un beso de agradecimiento. Fue un beso de rendición, el primero, el que no pidió permiso a nadie, el que se dio porque ya no quedaba manera de no darlo, con el mar al fondo y la luz baja encendiendo la costa y la sal de Punta Galea en los dos.

Jules le devolvió el beso con la mano que le sujetaba la mejilla, con una lentitud que no tenía prisa, con la otra mano buscándole la nuca, los dedos entre el pelo que se le había soltado en el acantilado, y el mar sonando al fondo, con la marea subiendo y la luz encendiendo la costa.