Capítulo 10 — PUNTA GALEA #3
La primera luz sobre el vertedero.
La primera luz sobre la organización.
La primera luz sobre lo que se había enterrado en el 2016, y sobre lo que Ane había descubierto, y sobre lo que habían hecho con ella.
—Fernando —dijo Irati, con una voz que sonó más firme de lo que sentía—.
Vamos a subir de aquí. Los bomberos han preparado el ascenso.
—Hizo una pausa—. Y cuando subamos, le voy a poner bajo protección policial.
Nadie va a tocarle. Nadie va a borrarle.
Porque usted, Fernando, es el primer testigo que habla de Mokorreta.
Y yo voy a contarlo todo. Todo lo que se enterró.
Todo lo que hicieron. Todo lo que borraron.
—Miró al hombre, con la sal en los labios—.
La historia de Ane Arrieta, Fernando, se va a contar entera.
Y usted va a estar vivo para contarla conmigo.
Fernando Galíndez la miró un momento, con los ojos que se le llenaban de algo, y luego asintió, con las manos que le temblaban en el arnés.
—De acuerdo, inspectora —dijo—. Subo.
Y empezó el ascenso, con Eneko ayudándole, con las cuerdas y los anclajes y el viento de noroeste empujando la niebla, y con el mar, abajo, rompiendo contra la roca con una furia que no daba tregua.
III. La emboscada
Subieron con la luz del mediodía rompiéndose contra el acantilado y el viento de noroeste empujando la niebla, y cuando los tres pusieron los pies en el prado, con los bomberos y la UVR cerrando el perímetro, Irati sintió que el aire de la costa, el que llevaba la sal y el mar, se le quedaba dentro del pecho como un golpe.
El rescate había sido real. El testigo estaba vivo. Y había hablado.
Pero mientras los bomberos acomodaban a Fernando Galíndez en la ambulancia, con la manta de emergencia alrededor de los hombros y el café caliente en las manos, Irati oyó la voz de Jules, que la llamaba desde el otro lado del prado, con un tono que no le había oído antes.
—Inspectora.
Se volvió y lo vio allí, de pie junto al puesto de mando, con la mano en la radio de emergencias y la mirada fija en la carretera que subía desde la costa, la que bordeaba el acantilado desde el pueblo.
—Tenemos compañía —dijo Jules, con la voz que se le llevaba el viento—. Tres vehículos, subiendo por la carretera de la costa. Sin rotular, sin distintivos. Y no parecen turistas, inspectora. —Miró a Irati—. Parecen gente que sabe exactamente adónde va.
Irati sintió el frío bajarle por la columna.
El testigo había dicho que le seguían. Que habían salido tras él desde el valle, desde la mañana. Y había dicho que no se quedaban esperando.
—¿Cuánto tardan? —preguntó.
—Cinco minutos —dijo Jules—. Menos, si no frenan.
—Hizo una pausa—. El testigo no puede esperar aquí.
La ambulancia tiene que salir ya, por la otra carretera, la que baja hacia Las Arenas, antes de que cierren el camino.
—Miró a Irati—. Y nosotros, inspectora, tenemos que decidir qué hacemos cuando lleguen.
Irati miró el prado un momento, con el viento y la niebla y la ambulancia con Fernando Galíndez dentro, y luego dijo, con una voz que sonó más firme de lo que sentía:
—La ambulancia sale ya. Con el testigo. Los bomberos y la UVR la escoltan hasta Las Arenas, y de allí a la comisaría, con protección.
—Miró a Jules—. Y nosotros nos quedamos, agente.
Para ver quién llega. Para saber quién sabe.
Porque si la organización ha sabido que el testigo estaba en Punta Galea, ha sabido que estaba en Punta Galea porque alguien ha filtrado la llamada.
—Hizo una pausa—. Y quiero ver la cara del que viene a recoger lo que le sobra.
Jules asintió, con la mano en la radio de emergencias y la mirada en la carretera.
—Vamos a verla juntos —dijo—. Y si vienen armados, inspectora, no pienso verla desde la distancia.
Los tres vehículos llegaron al prado cinco minutos después, como había dicho Jules, sin rotular, sin distintivos, con los cristales oscuros y las matrículas que no correspondían a la costa.
No eran de la policía. No eran de los bomberos. No eran de nadie que tuviera derecho a estar allí, en el prado de Punta Galea, con el mar encendido al fondo y el rescate a punto de cerrarse.
Irati se quedó en el centro del prado, con la mano en la funda de la pistola y los bomberos formando un cordón entre los vehículos y la ambulancia, que ya se alejaba por la carretera de Las Arenas, con la UVR escoltándola.
Jules estaba a su lado, con la chaqueta del FBI y la mirada fija en los vehículos.
—Tres —dijo, en voz baja—. Y han parado a distancia, sin salir. Están esperando. —Miró a Irati—. Como quien espera que alguien le diga que el rescate ha terminado. O que el testigo ha hablado.
Irati sintió el frío bajarle por la columna.
—¿Crees que saben que ha hablado? —preguntó.
—No lo saben —dijo Jules—. Pero lo van a saber.
Porque si la organización ha filtrado la llamada de emergencia, la organización ha filtrado también lo que ocurre en el prado.
—Hizo una pausa—. Y en cuanto sepan que el testigo ha hablado, inspectora, el testigo deja de ser un problema y se convierte en un objetivo.
En ese momento, la puerta del vehículo central se abrió.
Del coche bajó un hombre, alto, de unos cuarenta años, con la ropa de paisano, la chaqueta azul marino y las manos en los bolsillos, y se quedó un momento en el prado, con el viento y la niebla y el mar al fondo, mirando el acantilado, el puesto de mando, la zona de emergencias, como quien inspecciona un escenario después del acto.
No miró a Irati. No miró a Jules. No miró a los bomberos. Miró el borde del acantilado, la cornisa, la zona donde habían subido al testigo, y luego se volvió hacia el vehículo, dijo algo que el viento se llevó, y volvió a subir al coche.
Y entonces, con los tres vehículos arrancando a la vez y dando la vuelta hacia la carretera de la costa, Jules dijo, con una voz que sonó más baja de lo que Irati le había oído nunca:
—Ya lo sabe.
Irati lo miró.
—¿Qué sabe?
—Que el testigo ha hablado —dijo Jules—.
Y que ha hablado de la escombrera, del 2016, del archivo, de la del anorak verde.
—Miró a Irati—. No ha mirado a los bomberos, inspectora.
Ha mirado la cornisa, el punto del acantilado donde se ha subido al testigo, y ha visto que la ambulancia ya no está.
Ha visto que el rescate se ha cerrado. Ha visto que ya es tarde.
—Hizo una pausa—. Y cuando la organización sabe que es tarde, inspectora, no retrocede.
Aprieta. Y el que aprieta, no se queda esperando.
Irati sintió el frío bajarle por la columna, despacio, como baja la marea cuando el mar se retira.
El topo.
La fila de arriba.
El que había filtrado la llamada.
El que sabía que el testigo estaba en Punta Galea.
El que, a partir de ese momento, sabía también que el testigo había hablado.
—Vamos —dijo Irati, con la voz que se le llevaba el viento—. A la comisaría. A proteger al testigo.
Pero mientras cruzaban el prado hacia el coche, con el viento y la niebla y el mar al fondo, Irati oyó, por primera vez, el silbido.
Un silbido bajo, limpio, que se abría paso entre el viento, y que venía de la zona del acantilado, de la que acababa de inspeccionar el hombre de la chaqueta azul.
No era el silbido de un pájaro. No era el del viento en las cuerdas. Era un silbido humano, corto, seco, como el de un jugador de pelota vasca cuando pide la pelota a la pared.
Irati se detuvo, con la mano en la funda y la niebla en la cara, y miró hacia el borde del acantilado.
Y en ese momento, todo se aceleró.
El sonido llegó primero: un crujido seco, el de una rama o de una cuerda, y luego el movimiento, el de tres sombras que salían de la zona de la niebla, de la roca, del sendero que bajaba hacia la base del acantilado, y que se movían hacia el prado con una velocidad que no era la de los curiosos.
Jules gritó el primer aviso, con una voz que no le había oído nunca.
—¡AL SUELO!
Irati cayó al prado con el cuerpo que le respondía por costumbre, con la pistola en la mano y la niebla en la cara, y el primer disparo pasó por encima, silbando, y se clavó en la tierra a unos metros, levantando un surco de barro y hierba.
El segundo disparo llegó desde otra dirección, más cercana, y el tercero, desde el vehículo que no se había ido del todo, desde la carretera de la costa, que seguía allí, con el cristal oscuro y el motor en marcha.
Y entonces, con el prado lleno de disparos y el viento y la niebla y el mar al fondo, Irati entendió, con una certeza que le helaba la sangre, que el rescate de Punta Galea no había sido un rescate.
Había sido una trampa.
Y que la organización, la que sabía, la que había filtrado la llamada, la que había visto la cornisa, había preparado el prado para cuando el testigo subiera.
El testigo había subido. El testigo había hablado. Y ahora, el prado era un campo de tiro.
Y ella, la inspectora que preguntaba, estaba en el centro.
Irati rodó hacia la izquierda, con la pistola en la mano y la niebla en la cara, buscando el resguardo de la roca que sobresalía al borde del prado, y Jules hizo lo mismo hacia la derecha, cubriéndose tras el puesto de mando móvil, con la mano en la pistola reglamentaria y la mirada fija en la zona de la niebla, donde las sombras se movían con una precisión que no era la de los improvisados.
—¡Son tres! —gritó Jules, con la voz que se le llevaba el viento—. ¡Tres, en la zona de la niebla, y uno en el vehículo de la costa! —Hizo una pausa—. ¡Y están disparando a matar, inspectora!
Irati sabía que no estaba disparando a matar.
Estaba disparando al prado, a la zona donde habían subido al testigo, a la ambulancia que ya no estaba, como quien barre un escenario después del acto, para que no quede nada que pueda hablar.
Pero el hecho de que estuvieran disparando al prado, con ella dentro, era suficiente.