Lo que trae la marea (Costa Vasca 1) Capítulo 10 — PUNTA GALEA #2
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Capítulo 10 — PUNTA GALEA #2

—Entonces no es un rescate —dijo—. Es una extracción.

—Miró a Irati—. Y si es lo que creo, no vamos a bajar a por un accidentado.

Vamos a bajar a por un testigo que está escondiéndose de los que le siguen.

—Hizo una pausa—. Bajo yo, Irati. Con la UVR.

El rapel desde el borde no es complicado si se conoce la roca, y yo conozco la roca de Punta Galea desde que era crío.

—Miró el borde—. Tú no puedes bajar con el equipo de bomberos, no es tu sitio.

Pero puedes bajar conmigo, si quieres hablar con él antes de que suba.

Porque si le da miedo bajar, con el mar ahí abajo y los que le siguen detrás, nadie lo va a convencer de que suba. Nadie más que tú.

Irati se quedó un momento en silencio, con el viento en la cara y la oferta de Eneko girándole en la cabeza.

No había bajado nunca a un acantilado. No era su oficio, no era su especialidad, no era su terreno.

Su terreno era el papel, los expedientes, las entrevistas, las comisarías, los despachos.

Pero el testigo no la había pedido a ella, no a la inspectora de los despachos: la había pedido a la que preguntaba.

A la que se metía en el valle. A la que, según el testigo, no se quedaba esperando.

Y sabía, con una certeza que no podía explicar, que si no bajaba, el testigo no subía.

—Bajo —dijo—. Contigo.

Eneko asintió, con el viento en la cara, y empezó a preparar el equipo, con la UVR ayudándole con los anclajes y las cuerdas.

Irati se puso el arnés, con las manos que se movían más despacio de lo que quería, y se acercó al borde del acantilado, con el mar abajo, rompiendo contra la roca, y el viento empujando la niebla en todas direcciones.

En ese momento oyó la voz de Jules a su espalda.

—Inspectora.

Se volvió y lo vio allí, con la chaqueta del FBI y el viento en la cara, de pie junto al puesto de mando, con la mirada puesta en el borde del acantilado y en ella.

—Agente —dijo Irati—. Pensaba que se quedaba en Bilbao.

—He cambiado de opinión —dijo Jules—. La llamada era de su comisaría, pero el viento se oye desde el prado. —Hizo una pausa—. Y cuando un testigo pide a una inspectora que baje a un acantilado, con el mar encendido y el viento de noroeste, no es una buena señal. Para nadie.

Irati lo miró un momento, con el viento en la cara y la certeza de que Jules no había venido por el caso. Había venido por ella. Por la que preguntaba. Por la que, según el testigo, no se quedaba esperando.

—¿Y qué va a hacer usted? —preguntó—. ¿Subir conmigo?

—No —dijo Jules—. Mi trabajo es otro. —Señaló el prado, el puesto de mando, la carretera que subía desde la costa—.

Mi trabajo es vigilar el perímetro. Mientras usted baja, yo miro quién llega.

—Miró a Irati—. Porque si el testigo dice que le siguen, y si la organización sabe dónde está, el que siga al testigo va a llegar aquí.

Y cuando llegue, inspectora, yo voy a estar mirando.

Irati se quedó un momento en silencio, con el viento en la cara y la certeza de que acababa de ganarse, sin pedirlo, a un centinela.

—Vigile el perímetro, agente —dijo—. Y si ve algo, avíseme.

—Lo haré —dijo Jules—. Y usted, inspectora, baje con cuidado. —Hizo una pausa—. El mar, cuando se encrespa, no espera a nadie.

Irati asintió, se volvió hacia el borde del acantilado, y empezó a bajar con Eneko, con el viento en la cara y la sal en los labios y la certeza, la que le subía desde el pecho, de que acababa de cruzar la frontera entre el papel y la roca.

La frontera que, a partir de ese momento, iba a definir el caso.

El descenso fue más corto de lo que Irati había temido, pero más violento de lo que había imaginado.

Eneko bajaba primero, buscando los anclajes en la roca, con el cuerpo tenso y las manos que conocían cada fisura de Punta Galea desde la adolescencia, y Irati le seguía, con el arnés sujeto a la cuerda y el viento empujándola contra la roca, con la espuma y la sal en la cara y el sonido del mar abajo, rompiendo contra la base del acantilado, como un martillo que golpeaba sin parar.

La cornisa estaba a unos treinta metros por debajo del borde, en la cara norte, protegida del viento más directo pero expuesta al salitre y a la marea.

Cuando Irati puso los pies en la roca, con Eneko a su lado, se quedó un momento en silencio, con el mar a sus pies y el viento en el aire, y luego vio al hombre.

Estaba sentado contra la roca, en el fondo de la cornisa, con las rodillas pegadas al pecho y los brazos alrededor de las piernas, con la cara lívida por el frío y los ojos muy abiertos, como los de un animal acorralado.

Llevaba la ropa de montaña, la mochila y las botas, pero no parecía un escalador: parecía un hombre que se había escapado, que había corrido, que se había metido en la cornisa para esconderse, y que llevaba horas allí, con el viento y el mar y el miedo.

Irati se arrodilló a su lado, con la sal en los labios y la voz que se le llevaba el viento.

—Soy la inspectora Sarasola —dijo—. La que preguntaba. He bajado a por usted.

El hombre la miró un momento, con los ojos muy abiertos y la cara lívida, y luego dijo, con una voz que sonó como un hilo roto:

—La inspectora —repitió—. La que pregunta.

—Hizo una pausa, con los ojos que se le llenaban de algo—.

Llevaba días buscándola. Desde que oí lo del anorak verde.

Desde que supe que la mujer que preguntaba había aparecido muerta.

—Miró a Irati—. Sabía que si alguien la encontraba, iba a ser usted.

La que pregunta. Porque en el valle, inspectora, los que preguntan desaparecen.

Y usted, usted no ha desaparecido. Usted sigue preguntando.

Irati se quedó un momento en silencio, con el viento y el mar y la frase del hombre girándole en la cabeza.

Los que preguntan desaparecen.

La frase de Ane. La del valle. La que, según el testigo, describía el valle de Mokorreta mejor que ningún informe.

—¿Quién es usted? —preguntó—. ¿Cómo se llama?

—Me llamo Fernando —dijo el hombre—. Fernando Galíndez.

Trabajo en una empresa de gestión de residuos, en el valle de Abando, cerca de las escombreras.

—Hizo una pausa—. Hace dos semanas, en un relevo nocturno, oí una conversación que no debía oír.

Sobre las escombreras. Sobre lo que se enterró ahí hace años.

Sobre la empresa que lo enterró. —Miró a Irati—. Y desde entonces, me siguen.

Irati sintió el frío subirle por la columna.

—¿Qué oyó? —preguntó—. ¿Qué se enterró en las escombreras?

Fernando Galíndez la miró un momento, con los ojos muy abiertos y la sal en la cara, y luego dijo, con una voz que sonó como un susurro roto:

—No lo sé entero. Solo trozos. Palabras.

Nombres. —Hizo una pausa—. Oí que hablaban de una cuenta.

De un sistema. De un certificado. Oí que hablaban de la empresa de informática, la que tiene la llave de la red clínica, la que arregla los sistemas del hospital.

Oí que hablaban de un hombre, un responsable técnico, que sabía demasiado y que murió de infarto hace tres años.

—Miró a Irati—. Y oí que hablaban de lo que se enterró en las escombreras hace años, del 2016, cuando el vertedero todavía era legal y nadie miraba.

—Hizo una pausa—. Oí que hablaban de usted, inspectora.

De que estaba preguntando. De que no se quedaba en su sitio.

Y de que, si seguía preguntando, iba a acabar como la del anorak verde.

Irati se quedó un momento en silencio, con el viento y el mar y las palabras de Fernando Galíndez girándole en la cabeza.

El 2016.

El año del tío de Ane. El año de la nota de Koldo. El año de lo que se entierra, no se pierde.

—¿Y quién hablaba? —preguntó—. ¿Quién hablaba de eso en su empresa?

Fernando Galíndez hizo una pausa, con los ojos que se le cerraban un momento, como si el recuerdo le costara.

—No los vi —dijo—. Los oí. Estaban en el almacén, con las luces apagadas, y yo estaba en el vestuario, al otro lado de la pared.

Hablaban bajito, como quien no quiere que se oiga.

Pero yo tenía la oreja pegada, y oí lo suficiente.

—Miró a Irati—. Hablaban dos hombres. Uno tenía acento de Bilbao, de la ría, del muelle.

El otro, el que daba las órdenes, tenía acento de otro sitio.

De fuera. De lejos. —Hizo una pausa—. Oí que le llamaban por un nombre, al que daba las órdenes.

Le llamaban «el de la fila». O «el de la fila de arriba».

No oí el nombre entero. Solo eso. «El de la fila».

Irati sintió el frío bajarle por la columna.

La fila.

La fila de arriba.

El control que venía de más arriba. El que Ondarra transmitía. El que Landaburu representaba en los despachos. El que, según el testigo, hablaba desde fuera, desde lejos, con acento extranjero.

—¿Algo más? —preguntó Irati, con la voz que se le quebraba un momento—. ¿Oí algo más, Fernando? ¿Algo sobre la mujer del anorak verde? ¿Algo sobre el vertedero?

Fernando Galíndez la miró un momento, con los ojos muy abiertos y la sal en la cara, y luego dijo, con una voz que sonó como el último hilo de un telar:

—Oí que hablaban de la mujer del anorak verde.

De que había escrito un informe. De que había subido un archivo al sistema.

De que, si el archivo salía, todo se venía abajo.

—Hizo una pausa—. Y oí que hablaban de borrarla.

De que había que borrarla, a ella y al archivo.

De que si no la borraban, la iba a borrar el sistema.

—Miró a Irati—. Y al día siguiente, inspectora, la mujer del anorak verde apareció muerta.

En un contenedor. En el puerto de Bilbao.

—Hizo una pausa—. Por eso me escondí, inspectora.

Por eso pedí que viniera usted. Porque si a la que preguntaba la borraron a ella, ¿qué iban a hacer conmigo, que solo oí la conversación?

Irati se quedó un momento en silencio, con el viento y el mar y la certeza de que acababa de recibir la primera luz sobre Mokorreta.