Capítulo 10 — PUNTA GALEA
Irati Sarasola / Jules Harlow
I. La llamada de socorro
El sábado amaneció con viento de noroeste y el mar encendido.
Irati lo notó en cuanto abrió la ventana del piso del Casco Viejo, con el café aún en la mano y la ciudad despertando bajo el cielo gris.
El viento de noroeste, el que su padre le había enseñado a leer en las noches de galerna, traía el olor de la sal hasta las Siete Calles, y el mar, a pocos kilómetros, golpeaba la costa con ese sonido de fondo que en Bilbao se oye solo cuando el tiempo se está poniendo feo.
No había dormido bien. La noche anterior, después del pacto en la ría, había estado mirando la libreta hasta tarde, con los nombres de la empresa, de Asier Zabala, de la cuenta de servicio, girándole en la cabeza, y el plan de subir al collado con Jules por la mañana.
Había quedado con él a las seis y media en el parking de la Plaza Moyúa, con el coche alquilado y los teléfonos que no se podían rastrear, y había estado pensando, mientras el café se le enfriaba, en lo que iban a encontrar en el monte.
El teléfono sonó a las siete y diez. No era el nuevo, el de Jules: era el de la comisaría, el de siempre, y la voz al otro lado era la de la centralita, con ese tono de las urgencias que Irati conocía de memoria.
—Inspectora. SOS Deiak acaba de activar un MENDI en Punta Galea.
—Hizo una pausa—. Un escalador, solo, en los acantilados, en una zona de difícil acceso, con el tiempo empeorando.
Los bomberos ya están en camino, la Sección de Montaña de la UVR también, y están pidiendo apoyo.
—Otra pausa—. Han dicho que el escalador, cuando ha conseguido hablar por la radio de emergencia, ha preguntado por usted.
Por su nombre. Por la inspectora Sarasola.
Irati sintió el frío subirle por la nuca, despacio, como sube la marea.
Un escalador, en Punta Galea, en una zona de difícil acceso, con el tiempo empeorando, que preguntaba por ella.
No era una casualidad. En Bilbao, en el mundo del que venía Irati, las casualidades no existían. Existían las señales. Y aquella, la del escalador que preguntaba por ella desde un acantilado con el mar encendido, tenía la forma de una señal que no podía ignorar.
—¿Qué escalador? —preguntó—. ¿Tienen nombre?
—No han dado nombre —dijo la centralita—.
Solo que pregunta por usted. Y que está en una cornisa, en la parte más difícil de Punta Galea, a la que no se llega ni desde arriba ni desde abajo.
—Hizo una pausa—. Los bomberos dicen que si el viento sigue así, no van a poder llegar con el helicóptero hasta que amaine.
Y que el escalador, si se queda mucho más tiempo en la cornisa, no va a aguantar.
Irati se quedó un momento en silencio, con el café enfriándose en la mano y el viento de noroeste golpeando la ventana del Casco Viejo.
—Voy —dijo—. Y aviso a alguien.
Colgó y marcó el número del teléfono nuevo, el de Jules, con los dedos que se movían más rápido de lo que pensaba.
—Agente —dijo, cuando Jules contestó—. Ha aparecido un escalador en Punta Galea, en los acantilados, que pregunta por mí.
El viento está subiendo, los bomberos están en camino, y el helicóptero no va a poder volar hasta que amaine.
—Hizo una pausa—. Me voy para allá. No sé si es el caso, no sé si es una casualidad, pero no voy a dejar que un hombre se caiga de un acantilado sin saber por qué preguntaba por mí.
Jules contestó sin dudar.
—Voy con usted.
—No es su zona, agente. No es el FBI.
—Ni es su caso, inspectora —dijo Jules—. Pero es su gente. Y yo, desde la ría, he decidido que su gente es mi gente.
Irati se quedó un momento en silencio, con el viento golpeando la ventana y la frase de Jules girándole en la cabeza, y luego dijo, con una voz que sonó más baja de lo que esperaba:
—Nos vemos en Punta Galea.
Colgó, cogió la chaqueta, y salió del piso del Casco Viejo al viento de la mañana, con el olor de la sal en el aire y la certeza, la que le subía desde el pecho, de que el mar, el que ella odiaba, el que se había llevado a su padre, acababa de llamarla.
Y de que, esta vez, no iba a mirar desde la orilla.
El viento de noroeste golpeaba los acantilados de Punta Galea cuando Irati llegó, con la arena y la sal en la cara y el sonido del mar rompiendo abajo, en la base de los acantilados, como un trueno que no cesaba.
La zona de emergencias estaba montada en el prado que dominaba el acantilado, con los vehículos de los bomberos, la ambulancia, el puesto de mando móvil de SOS Deiak y el personal de la UVR, la Unidad de Vigilancia y Rescate de la Ertzaintza, preparando los arneses y las cuerdas.
En el aire, el viento zumbaba con esa constancia de los días de galerna, y más abajo, en la base del acantilado, el mar rompía con una furia que no dejaba opción: si alguien caía al agua en ese punto, no había rescate posible.
Irati localizó al coordinador de la operación, un bombero de la unidad de rescate con la barba gris y el casco en la mano, y se presentó con el pase de la comisaría.
—La inspectora Sarasola —dijo el bombero, mirándola—.
El escalador, cuando ha hablado por la radio de emergencia, ha vuelto a preguntar por usted.
Ha dicho: «que baje la inspectora Sarasola.
Que no venga nadie más.» —Hizo una pausa—.
Hemos intentado que dijera algo más, pero no ha querido. Solo su nombre.
Irati sintió el frío subirle por la nuca.
—¿Y dónde está?
El bombero señaló el borde del acantilado, donde el viento empujaba la niebla y la espuma.
—En una cornisa, a unos treinta metros por debajo del borde, en la parte norte.
Es una cornisa pequeña, sin salida: no se llega desde arriba sin rapelar, y no se llega desde abajo sin subir por la roca mojada.
—Hizo una pausa—. Está vivo, que es lo que importa.
Pero si el viento sigue así, y si la marea sigue subiendo, la cornisa se va a quedar sin espacio en un par de horas.
—Miró a Irati—. No tenemos mucho tiempo, inspectora.
Irati miró el borde del acantilado un momento, con el viento empujando la niebla y el mar rompiendo abajo, y pensó en la frase de su padre, que el mar no miente, y en la certeza de que el escalador, el que preguntaba por ella, no había caído al acantilado por accidente.
—¿Puedo hablar con él? —preguntó—. ¿Con la radio de emergencia?
El bombero asintió y le tendió el equipo de comunicaciones, con el canal abierto al puesto de mando. Irati se acercó al borde, con el viento en la cara y la espuma en el aire, y pulsó el botón de hablar.
—Soy la inspectora Sarasola —dijo, con la voz que se le llevaba el viento—. La inspectora de la que preguntaba. ¿Puede decirme dónde está?
Hubo un silencio, y luego una voz llegó por el altavoz, ronca, jadeante, como la de un hombre que llevaba horas al aire libre, con el viento de fondo.
—Inspectora —dijo la voz—. Gracias. —Hizo una pausa, con el viento—.
No me caiga. No me he caído. Me he escondido.
—Otra pausa—. Están detrás de mí. Me han seguido desde esta mañana, desde el valle.
He oído cosas de las escombreras. Cosas que no debía haber oído.
Y me están buscando. —La voz se rompió un momento—.
Cuando he visto que no podía seguir corriendo, me he metido en la cornisa.
Para que no me encontraran. Y he pedido que viniera usted. Solo usted.
Irati se quedó un momento en silencio, con el viento en la cara y la voz del escalador girándole en la cabeza.
Las escombreras.
Mokorreta.
El valle.
—¿Quién le sigue? —preguntó—. ¿Quién le está buscando?
La voz del escalador llegó de nuevo, más baja, con el viento de fondo.
—No sé quiénes son —dijo—. Pero sé lo que buscan.
Lo que se enterró en las escombreras. Lo que llevan años enterrando.
—Hizo una pausa—. Y sé que la mujer que preguntaba por eso, la del anorak verde, apareció muerta.
—Otra pausa—. Por eso pedí que viniera usted, inspectora. Porque usted es la que pregunta.
Irati sintió el frío bajarle por la columna.
La mujer del anorak verde.
Ane.
El escalador sabía lo de Ane. Sabía que había preguntado. Sabía que había muerto.
Y sabía lo que se había enterrado en las escombreras.
—Escúcheme —dijo Irati, con una voz que sonó más firme de lo que sentía—. Quédese donde está. No se mueva. Los bomberos están preparando el descenso. —Hizo una pausa—. Y yo voy a bajar a por usted. Con usted. Ahora.
La voz del escalador llegó de nuevo, con algo que podía ser una sonrisa rota en el viento.
—No baje sola, inspectora —dijo—. Si le han seguido a mí, la van a buscar a usted. —Hizo una pausa—. Y los que buscan, en el valle, no se quedan esperando.
La comunicación se cortó, con el viento y la niebla y el mar rompiendo abajo, y Irati se quedó un momento en el borde del acantilado, con el viento en la cara y la certeza, la que le subía desde el pecho, de que acababa de encontrar al primer testigo de Mokorreta.
Y de que estaba en una cornisa, a treinta metros, con el mar encendido abajo y alguien detrás.
II. El descenso
Eneko Beitia llegó al puesto de mando cinco minutos después, con el arnés al hombro y la cara encendida por el viento, y se quedó un momento mirando el borde del acantilado, donde la niebla empujaba la espuma y el mar rompía abajo con una furia que no daba tregua.
—He oído que hay un escalador en la cornisa norte —dijo, sin preámbulos—. Y que pide hablar contigo. —Miró a Irati—. ¿Es el caso? ¿Es lo de Ane?
—No lo sé —dijo Irati—. Pero sabe lo de Ane. Sabe lo del anorak verde. Sabe lo de las escombreras. Y dice que le siguen. —Hizo una pausa—. Dice que se enteró de cosas que no debía oír, y que está escondido en la cornisa desde que no pudo seguir corriendo.
Eneko miró el acantilado un momento, con el viento empujándole el casco.