Lo que trae la marea (Costa Vasca 1) Capítulo 9 — EL CHANTAJE #6
45%

Capítulo 9 — EL CHANTAJE #6

Irati se quedó un momento en silencio, con las luces del Zubizuri y la confesión de Jules girándole en la cabeza, y sintió algo que no había sentido en años: la sensación de no estar sola.

No era una sensación profesional. Era otra cosa, más pequeña y más peligrosa, algo que tenía que ver con la manera en que Jules la miraba y con la manera en que, por primera vez en años, ella no sabía muy bien qué hacer con una mirada así.

—Jules —dijo, con una voz que sonó más baja de lo que esperaba—.

Si hacemos esto, los dos vamos a trabajar fuera del canal formal.

Los dos vamos a saltarnos las órdenes. Los dos vamos a arriesgar la carrera.

—Hizo una pausa—. Y lo más probable es que no lleguemos a ninguna parte.

Que el caso se pierda, que la verdad no se cuente, que todo esto haya servido para nada.

—Lo sé —dijo Jules—. Pero también sé que hay una forma de saber si la verdad se puede contar: intentando contarla. —Miró a Irati—. Y no pienso intentarla solo.

Irati se quedó un momento en silencio, con las luces del Zubizuri reflejándose en el agua y la ría subiendo con la marea, y luego dijo, con una voz que no era un plan sino una certeza:

—Entonces, agente, vamos a trabajar en silencio. —Hizo una pausa—. Yo con mi libreta y mi gente. Usted con su modelo y sus contactos. Y los dos, con el camino que dejó Ane. —Miró a Jules—. Mañana subimos al monte. Al collado que da al valle de Mokorreta. Y vamos a ver qué guarda la tierra.

Jules asintió, con las luces de la ciudad reflejándose en los ojos.

—Al monte —dijo—. A ver qué guarda la tierra.

Y se quedaron un momento más junto a la barandilla, con las luces del Zubizuri y la ría a sus pies, sin decir nada, con la certeza, la que les subía a ambos desde el pecho, de que acababan de forjar algo más que una alianza.

Acababan de forjar un pacto de desobediencia.

El primer pacto del caso.

Y el que, pensaron los dos, iba a decidir si la historia de Ane Arrieta se contaba entera o se perdía en el silencio de los despachos.

La ría subía, con las luces de la ciudad reflejándose en el agua, y los dos la miraron un momento más, en silencio, con la certeza de que la marea, la falsa, la que alguien había levantado con las manos, acababa de encontrar su primer aliado.

Y de que mañana, en el monte, la tierra iba a tener la oportunidad de hablar.

Antes de separarse, Jules sacó del bolsillo un teléfono que Irati no le había visto antes, un móvil de segunda mano, de los que se compran sin contrato, y se lo tendió.

—Un teléfono de trabajo —dijo—. De los que no se pueden rastrear.

La Legat no sabe que lo tengo, y no lo va a saber.

—Miró a Irati—. A partir de mañana, las conversaciones del caso van por aquí.

No por los canales de las comisarías, no por los de la Legat.

Por aquí. —Hizo una pausa—. El primer número que hay guardado es el mío.

El segundo, el de su comisaría, no lo he puesto.

Si va a trabajar fuera del canal formal, tiene que aprender a no dejar rastro.

Irati miró el teléfono un momento, con las luces del Zubizuri reflejándose en el agua y la oferta de Jules girándole en la cabeza.

—¿Y usted cree que vamos a necesitar esto? —preguntó.

—Lo sé —dijo Jules—. Porque he visto cómo funciona esto en Nueva York.

El canal formal es el primero que se vigila cuando el caso se vuelve incómodo.

Landaburu ya ha demostrado que sabe lo que sabemos.

Ondarra ha demostrado que transmite órdenes de arriba.

El cauce de notificación ha demostrado que la organización ve lo que la policía ve.

—Hizo una pausa—. Si queremos llegar al monte y que la tierra hable, Irati, vamos a tener que llegar sin que nadie lo sepa.

Y eso significa aprender a trabajar en silencio.

Irati se quedó un momento en silencio, con el teléfono en la mano y la ría a sus pies.

—¿Y mañana? —preguntó—. Al monte. ¿Cómo llegamos sin que nadie lo sepa?

—Voy a alquilar un coche —dijo Jules—. Uno normal, de los que nadie mira.

Nos vemos a las seis y media en la salida del parking de la Plaza Moyúa, antes de que amanezca del todo.

Subimos al collado, miramos el valle, y volvemos antes de que nadie se dé cuenta de que hemos ido.

—Miró a Irati—. Y al club Aitzulo, al que fundó Pello Elorriaga, vamos a ir cuando la tierra nos diga que es el momento.

Irati asintió, con el teléfono guardándose en el bolsillo y la ría subiendo con la marea.

—Seis y media —dijo—. En la Plaza Moyúa.

—Seis y media —repitió Jules—. En la Plaza Moyúa.

Y se quedaron un momento más junto a la barandilla, con las luces de la ciudad y la ría a sus pies, y luego Irati se volvió hacia la calle, con el teléfono nuevo en el bolsillo y la certeza, la que le subía desde el pecho, de que acababa de dar el primer paso de una desobediencia compartida.

La primera de las que iban a venir.

Y la que, pensó, iba a decidir si la historia de Ane Arrieta se contaba entera o se perdía en el silencio.

No en el silencio de los despachos.

En el silencio de la tierra.

El silencio que, mañana, en el monte, iba a tener la oportunidad de hablar.