Lo que trae la marea (Costa Vasca 1) Capítulo 9 — EL CHANTAJE #5
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Capítulo 9 — EL CHANTAJE #5

—Leire —dijo Irati, con una voz que sonó más baja de lo que esperaba—. Eso significa que la organización sabe que estamos investigando. Que sabe que hemos visto la notificación, la infusión, el borrado. Que sabe lo que sabemos. —Miró a Leire—. ¿Y qué significa eso para el caso?

Leire se volvió hacia el terminal, con los dedos quietos sobre el teclado.

—Significa —dijo— que el caso ya no es una investigación.

Es una partida. Y que la organización, Irati, lleva moviendo las fichas desde el principio.

—Hizo una pausa—. Lo que hemos encontrado, todo lo que hemos encontrado, es lo que la organización quería que encontráramos.

O lo que no ha podido borrar a tiempo. Y las dos cosas, Irati, no son lo mismo.

Irati se quedó un momento en silencio, con el zumbido de los servidores y la frase de Leire girándole en la cabeza.

—¿Y tú qué crees —preguntó—, que es lo que querían que encontráramos, o lo que no han podido borrar?

Leire miró la pantalla un momento, con los ojos rojos y el café muerto sobre la mesa.

—Un poco de las dos —dijo—. Querían que encontráramos el ransomware, el colapso, la historia del ciberataque: esa es la parte que han montado para que la encontráramos.

Y no han podido borrar la otra parte, la de la puerta de diez años, la del certificado de la empresa, la del borrado de Ane: esa es la parte que se les ha escapado.

—Miró a Irati—. Pero hay una tercera parte, Irati, que es la que me da miedo.

La parte que no sabemos que no sabemos. La que la organización ha borrado tan bien que no vamos a saber ni que existía.

—Hizo una pausa—. Esa parte, Irati, es la que va a decidir el caso.

Y no la vamos a ver hasta que sea demasiado tarde.

Irati se quedó un momento en silencio, con el zumbido de los servidores y la certeza de que Leire acababa de describir, con la precisión de los que conocen los sistemas por dentro, el diseño del chantaje.

La parte que no se ve.

La parte que no se sabe que no se sabe.

La parte que la organización había borrado con años de antelación, con las órdenes de retención de datos, con los certificados emitidos por la red, con los responsables técnicos que morían de infarto en martes.

—Entonces —dijo Irati, con una voz que sonó más firme de lo que esperaba—, vamos a buscar la parte que no se ve. —Miró a Leire—. Vamos a buscar la que la organización no quería que encontráramos. Y vamos a encontrarla, Leire, aunque tengamos que desenterrar la montaña entera.

Leire la miró un momento, con los ojos rojos y una chispa de algo que podía ser esperanza.

—¿La montaña? —preguntó.

—La montaña —dijo Irati—. Mañana subo al collado que da al valle de Mokorreta.

Al sitio donde Ane se quedó mirando el valle, tres sábados antes de morir.

—Hizo una pausa—. Y si la parte que no se ve está en algún sitio, Leire, está en la tierra.

En el monte. En el sitio donde los que preguntaban desaparecían, y donde lo que se entierra, no se pierde.

Leire asintió, con la pantalla del terminal encendida y el café muerto sobre la mesa.

—Entonces —dijo—, cuando vuelva del monte, me cuenta lo que ha visto.

—Hizo una pausa—. Y yo, mientras tanto, voy a buscar la parte que no se ve en la red.

La que la organización borró tan bien que no sabíamos que existía.

—Miró a Irati—. Las dos buscamos lo mismo, Irati.

Lo que está escondido. Usted en la tierra.

Yo en la red. Y si las dos encontramos lo que buscamos, el caso de Ane Arrieta se va a contar entero.

Irati se quedó un momento en silencio, con el zumbido de los servidores y la certeza de que acababa de forjar la segunda alianza del caso, la de las que buscan lo que está escondido.

—Voy al monte —dijo.

—Y yo a la red —dijo Leire.

Y las dos, con la noche cayendo sobre Bilbao, empezaron a buscar la parte que no se ve.

Ane había aprendido, en la universidad, el término inglés de la revelación responsable: responsible disclosure.

Le lo había enseñado un profesor de seguridad, en una de las pocas clases que recordaba con claridad.

La revelación responsable, les había explicado, era el mecanismo por el que quien descubre una vulnerabilidad la comunica a los responsables del sistema, en lugar de explotarla o de hacerla pública.

El descubridor no es un atacante: es un colaborador.

Notifica, espera, da tiempo, y solo si el sistema no reacciona, considera otras vías.

Ane se había tomado esa lección al pie de la letra.

Cuando detectó el patrón de las tres de la madrugada, la primera vez, escribió el informe y lo envió a su jefa.

Cuando el patrón siguió, años después, escribió el segundo informe y lo subió al sistema de auditoría con copia a la Unidad de Protección de Datos.

Lo hizo así, por la vía correcta, porque creía en el sistema, porque creía que la verdad bien documentada se imponía sola, porque le habían enseñado que la revelación responsable era el camino.

El sistema no la protegió.

El sistema archivó su primer informe. El sistema borró su segundo informe. El sistema silenció las alertas. Y el sistema, el mismo día en que Ane pidió cita con la forense, el mismo día en que iba a contar lo que había visto por la vía que le quedaba, el sistema la borró a ella.

Ane no había entendido, hasta el final, que en los sistemas grandes la revelación responsable no era un derecho: era un riesgo.

Que el que notifica, se expone. Que el que mira los agujeros, los que tienen algo que esconder lo ven.

Y que los que tienen algo que esconder, cuando ven a alguien mirar los agujeros, lo primero que hacen no es arreglar el agujero: es tapar al que lo mira.

Ane lo había entendido tarde.

Pero lo había entendido a tiempo de dejar un camino.

El camino que Irati estaba siguiendo.

El camino que esperaba.

V. La ría

A las diez de la noche, Irati estaba junto a la barandilla del paseo de la ría, en Bilbao, con las luces del puente Zubizuri reflejándose en el agua y la ciudad de noche alrededor, cuando oyó los pasos de Jules acercarse.

Le había llamado media hora antes, con un mensaje que decía «¿me acompaña a ver el agua?», y Jules había contestado con un «voy» que no necesitaba explicaciones. Los dos sabían que la ría, a esas horas, era el único sitio donde se podía hablar sin que los despachos escucharan.

Jules llegó con la chaqueta sin abrochar y la corbata aflojada, con esa manera de andar que Irati ya conocía, la de los que han pasado el día entre papeles y necesitan el aire de la noche.

Se quedó un momento junto a ella, sin decir nada, con las luces del Zubizuri reflejándose en el agua y la ría subiendo con la marea.

—He hablado con Landaburu —dijo Irati al final, con una voz que sonó más baja de lo que esperaba—.

Me ha ofrecido la carrera a cambio de encauzar el caso.

Y con el comisario Ondarra. Me ha pedido que mueva la ficha con suavidad.

—Miró a Jules—. Los dos quieren lo mismo: que la historia se cuente de la manera que no hunda el sistema.

Y los dos me han dejado claro que, si no acepto, me voy a quedar sola, sin recursos, sin acceso, sin autorizaciones.

Jules se quedó un momento en silencio, con las luces del Zubizuri y la ría a sus pies.

—¿Y qué les ha contestado? —preguntó.

—Que voy a contarla entera —dijo Irati—.

Con o sin recursos. —Hizo una pausa—. Pero la verdad, agente, es que me da miedo.

No por mí: por el caso. Porque sin recursos, sin acceso, sin autorizaciones, el caso se va a perder.

Landaburu lo ha dicho con una claridad que casi respeto: los casos no se pierden con amenazas.

Se pierden con silencio. Y a partir de ahora, yo voy a trabajar en silencio.

Jules se volvió hacia ella, con las luces de la ciudad reflejándose en los ojos y una expresión que Irati no le había visto antes.

—Entonces —dijo—, va a trabajar en silencio conmigo.

Irati lo miró un momento, con la frase girándole en la cabeza.

—¿Con usted? —preguntó—. ¿La Legat le va a dejar?

—La Legat no se va a enterar —dijo Jules—.

El Legat me mandó a observar y reportar.

No a intervenir. Pero he estado pensando, desde que llegué, que la orden de observar y reportar no sirve para este caso.

No se puede observar una operación como esta y reportarla a Washington sin intervenir.

—Hizo una pausa—. Así que voy a intervenir.

Fuera del canal formal. Sin que la Legat lo sepa. Con usted.

Irati se quedó un momento en silencio, con las luces del Zubizuri y la oferta de Jules girándole en la cabeza.

—¿Y por qué? —preguntó—. ¿Por qué arriesgarse por un caso que no es suyo, en un país que no es el suyo, contra un sistema que no le va a agradecer nada?

Jules miró la ría un momento, con las luces reflejándose en el agua, y luego dijo, con una voz que sonó más baja de lo que Irati le había oído antes:

—Porque en Nueva York, en el caso de la aseguradora, había un testigo que iba a contar lo que se llevaba la operación cuando nadie miraba.

Se llamaba Daniel Reyes. Y yo llegué tarde.

Llegué tarde por una decisión, por un informe, por un mandato de no intervenir.

—Hizo una pausa—. Daniel Reyes murió porque yo observé cuando debía haber intervenido.

Y llevo años pensando que no se puede observar una muerte sin intentar impedirla.

—Miró a Irati—. Aquí, la mujer del contenedor ya está muerta.

Pero ha dejado un camino. Y no pienso observar el camino desde fuera. Pienso recorrerlo con usted.