Lo que trae la marea (Costa Vasca 1) Capítulo 9 — EL CHANTAJE #4
44%

Capítulo 9 — EL CHANTAJE #4

—El cuerpo no agradece nada —dijo Patxi, con una voz cansada—.

Lo sé mejor que nadie. —Miró la foto de la familia un momento, y luego miró a Irati—.

Pero hay cosas que no se hacen para que te las agradezcan.

Se hacen porque son lo correcto. Y el caso de Ane Arrieta, Irati, es lo correcto.

—Hizo una pausa—. Usted va a seguir el hilo del vertedero.

Yo voy a sostenerle el tablero aquí, en la comisaría, para que nadie se lo mueva.

Y los dos vamos a llegar hasta donde lleguemos, con lo que tengamos.

Irati se levantó, con la lluvia golpeando la ventana y la foto de la familia de Patxi al fondo, y sintió que acababa de recibir lo único que Landaburu no le había podido quitar: la lealtad de un jefe que se jugaba la carrera por ella.

—Gracias, Patxi —dijo.

—No me dé las gracias —dijo Patxi—. Búsqueme al que enterró a Ane Arrieta. —Hizo una pausa—. Y cuando lo encuentre, Irati, cuéntelo todo. Entero. Que para eso está la verdad.

Irati asintió, y salió del despacho con la lluvia golpeando la ventana a sus espaldas y la certeza, la que le subía desde el pecho, de que el caso, a partir de ese momento, se jugaba en dos tableros.

Uno, el de los despachos, donde Landaburu y Ondarra movían las fichas con suavidad.

Y otro, el de la investigación, donde Patxi le sostenía el tablero para que ella pudiera mover las fichas de verdad.

Y en los dos tableros, pensó Irati, había una misma pieza que nadie podía mover: la de la verdad de Ane Arrieta.

La pieza que lo que se entierra, no se pierde.

La pieza que espera.

Patxi tenía en el despacho una foto de la familia que llevaba veinte años en el mismo rincón.

No era una foto grande: era una de esas fotos de las que se hacen en los estudios de barrio, con el fondo azul y la luz plana, en la que salían él, su mujer y los dos niños, cuando los niños eran pequeños y la vida todavía cabía en un marco.

La foto llevaba veinte años en el mismo rincón, detrás del escritorio, y Patxi no la había movido nunca: ni cuando ascendió, ni cuando cambió de comisaría, ni cuando los niños crecieron y la foto se quedó pequeña.

Irati la había visto cientos de veces, sin pensar en ella.

Pero aquella tarde, después de la conversación con Patxi, con la lluvia golpeando la ventana del patio y el «yo no archivo, usted no firma» aún girándole en la cabeza, la foto le pareció de pronto otra cosa: no un adorno del despacho, sino una advertencia.

Patxi se jugaba la carrera por ella. Patxi, que tenía una familia en la foto, que tenía una mujer y unos hijos que dependían de su sueldo y de su nombre, se estaba jugando el tablero por un caso que no le pertenecía, por una mujer muerta en un contenedor, por una inspectora que le había pedido que no mirara hacia otro lado.

Y Irati pensó, mientras salía del despacho, que la foto del rincón era lo que separaba a Patxi de Ondarra.

Ondarra movía las fichas con suavidad para no mancharse el traje. Patxi se manchaba el traje para no manchar la foto. Los dos tenían familias, los dos tenían carreras, los dos llevaban los mismos años en el cuerpo. Y los dos habían elegido distinto.

No sabía si Patxi aguantaría. No sabía si la carrera de su jefe sobreviviría al caso, a la presión de Landaburu, al control de Ondarra, al silencio que empezaba a instalarse en la comisaría.

Pero sabía, con una certeza que no podía explicar, que mientras la foto siguiera en el rincón, Patxi no iba a archivar nada.

Y que el caso de Ane Arrieta, mientras Patxi siguiera en el tablero, no se iba a perder en el silencio.

La pieza que lo que se entierra, no se pierde.

La pieza que espera.

IV. La mano en el historial

A las cinco de la tarde, Irati estaba en la sala de servidores de la comisaría, con Leire delante y la pantalla del terminal encendida, y la certeza de que el caso, una vez más, acababa de cambiar de forma.

—He terminado de cruzar los datos —dijo Leire, sin preámbulos—.

La manipulación de la infusión de Basurto, la notificación de brecha del centro de salud del valle, y el borrado de la huella de Ane.

Los tres, conectados. —Señaló la pantalla, donde había abierto una línea de tiempo—.

Mire. La notificación de brecha del centro de salud se presentó el martes por la mañana.

El borrado de la huella de Ane se hizo el martes por la noche, tres semanas antes, con una cuenta de administración.

Y la manipulación de la infusión se hizo el miércoles, con un certificado de la empresa Ugarte.

—Miró a Irati—. Los tres eventos, Irati, usan el mismo mecanismo: el del miedo al escándalo.

La organización no ha borrado los datos con fuerza: los ha borrado con miedo.

Irati se quedó un momento en silencio, con la frase girándole en la cabeza.

—¿Con miedo? —preguntó.

—Con miedo —dijo Leire—. Piense en ello.

La notificación de brecha del centro de salud: se presentó porque alguien se asustó de que la policía encontrara la brecha oncológica antes que ellos.

El borrado de la huella de Ane: se hizo porque alguien se asustó de que Ane contara lo que había visto.

Y la manipulación de la infusión: se hizo porque alguien se asustó de que el señor Zubiaurre contara lo que había respirado cerca de Mokorreta.

—Hizo una pausa—. La organización no opera con fuerza, Irati.

Opera con miedo. Y el miedo, en este caso, tiene dos caras: el miedo de los que saben, que es el que los hace callar; y el miedo de los que no quieren saber, que es el que los hace mirar hacia otro lado.

Irati se quedó un momento en silencio, con las dos caras del miedo girándole en la cabeza como piezas de un tablero que alguien estaba moviendo desde dentro.

—El chantaje a dos niveles —dijo, con una voz que sonó más baja de lo que esperaba—.

El de la persona y el del sistema. —Miró a Leire—.

La organización amenaza a los que saben, y usa el miedo al escándalo del sistema para que nadie mire.

El vertedero, la infusión, la notificación: todo funciona igual.

El que pregunta, desaparece. Y el que no quiere que se pregunte, mira hacia otro lado.

Leire asintió.

—Y eso es lo que me da miedo a mí —dijo—.

No la técnica. No la organización. El mecanismo.

El mecanismo de que el miedo se haya instalado en el sistema, de que la gente sepa que hay sitios donde no se pregunta, de que los informes se archiven, de que las alertas se silencien, de que los que miran los agujeros no sean escuchados.

—Miró a Irati—. Eso, Irati, no se borra con una investigación.

Se borra con que alguien, una vez, cuente la historia entera.

Irati se quedó un momento en silencio, con la frase de Leire girándole en la cabeza y la certeza de que el caso, el del vertedero, el de la infusión, el de la notificación, era exactamente eso: la historia de una mujer que había mirado los agujeros, que había escrito un informe, que había intentado contarlo, y que el sistema había borrado.

La historia de Ane Arrieta.

La historia que, si se contaba entera, iba a romper el mecanismo del miedo.

—Leire —dijo Irati—. La notificación de brecha del centro de salud. La que se presentó el martes por la mañana. ¿Sabe quién más la vio antes que la policía?

Leire se volvió hacia el terminal, con los dedos moviéndose sobre el teclado.

—Eso es lo que he estado mirando —dijo—.

La notificación se presentó a la AVPD el martes por la mañana.

Pero antes de presentarla, el centro de salud hizo una copia interna, con un informe de la gerente y un visto bueno del responsable de protección de datos.

—Señaló la pantalla—. Y esa copia interna, Irati, se envió por correo interno a tres destinatarios: a la dirección del hospital de referencia, a la oficina del Departamento de Salud, y a una dirección de Vitoria que no sale en los registros del centro.

—Miró a Irati—. La dirección de Vitoria, la que no sale en los registros, es de la empresa informática Ugarte.

Irati sintió el frío subirle por la nuca, despacio, como sube la marea.

—La empresa —dijo—. La que notificó la brecha de los sistemas de citas. La que tiene la llave de la red clínica. La del apellido del tío de Ane. —Miró a Leire—. La gerente del centro de salud envió la notificación a la empresa antes de enviarla a la policía. ¿Por qué?

Leire hizo una pausa, con los ojos fijos en la pantalla.

—Porque la empresa —dijo— es la que gestiona los sistemas de gestión de citas del centro de salud.

Es el proveedor técnico. Cuando hay una brecha, el centro de salud notifica al proveedor, porque el proveedor es el que tiene los datos técnicos.

—Hizo una pausa—. Es lo normal, Irati. Es el cauce.

El problema es que, en este caso, el proveedor es la empresa que tiene la llave de la red clínica, la que notificó su propia brecha antes que nadie, y la que comparte apellido con el tío de la mujer del contenedor.

—Miró a Irati—. El cauce normal, Irati, se ha convertido en el cauce de la organización.

El sistema de notificación, el que existe para proteger los datos, es el mismo sistema que la organización usa para saber qué ha descubierto la policía.

Irati se quedó un momento en silencio, con la frase girándole en la cabeza y la certeza de que el diseño del chantaje, el del miedo a dos niveles, no era solo un mecanismo de callar.

Era un sistema de vigilancia.

La organización no solo sabía lo que ocurría en el vertedero, en la infusión, en el borrado de Ane. Sabía lo que ocurría en el cauce de notificación, en el sistema que se suponía que iba a proteger los datos, en el mismo mecanismo que la policía usaba para saber quién había sufrido la brecha.

La organización estaba dentro del sistema de protección.

Y usaba el miedo al escándalo para que nadie mirara.