Lo que trae la marea (Costa Vasca 1) Capítulo 9 — EL CHANTAJE #3
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Capítulo 9 — EL CHANTAJE #3

—Le estoy diciendo —dijo Ondarra, con el cigarrillo humeando— que el caso de la mujer del contenedor no es solo un homicidio.

Es un caso que toca la sanidad, la política, la economía.

Y los casos que tocan eso, Sarasola, no se investigan como se investiga un robo.

Se investigan como se investiga un tablero de ajedrez: con paciencia, con suavidad, sabiendo qué ficha se puede mover y qué ficha no se puede mover todavía.

—Miró a Irati—. Usted lleva tres días moviendo fichas sin preguntar.

Y en un tablero como este, tres días de movimientos sin preguntar son una declaración de guerra.

Irati se quedó un momento en silencio, con el humo del cigarrillo y la metáfora del tablero de ajedrez girándole en la cabeza.

—¿Y qué ficha me está pidiendo que no mueva, comisario? —preguntó.

Ondarra no contestó de inmediato. Aspiró del cigarrillo, lo apagó en el cenicero con un gesto lento, y se recostó en la silla, con las manos cruzadas sobre el regazo.

—La de la empresa —dijo al final—. La de la empresa informática que usted ha localizado.

La que tiene el apellido del tío de la víctima.

—Hizo una pausa—. Esa ficha, Sarasola, no se mueve todavía.

Y no se mueve porque detrás de esa empresa hay gente que no quiere que se mueva.

Gente con nombres, con apellidos, con despachos.

—Miró a Irati—. Gente que, si se la mueve sin suavidad, va a hacer que la ficha se caiga del tablero. Y con ella, el caso entero.

Irati se quedó un momento en silencio, con la frase girándole en la cabeza y la certeza, la que le subía desde el pecho, de que Ondarra acababa de confirmar lo que había intuido desde el principio: que la propuesta de archivar el caso como «suicidio» no había sido incompetencia.

Había sido control.

Alguien, desde arriba, había decidido que el caso de la mujer del contenedor no debía avanzar. Alguien, desde arriba, había intentado cerrarlo como «suicidio». Alguien, desde arriba, seguía intentando que las fichas no se movieran.

Y Ondarra, el comisario, el espejo cansado de Patxi, era el engranaje que transmitía ese control.

—Comisario —dijo Irati, con una voz que sonó más baja de lo que esperaba—.

La mujer del contenedor se llamaba Ane Arrieta.

Tenía treinta y un años. Trabajaba vigilando la red de Osakidetza.

Había detectado una puerta abierta en el sistema, una cuenta que llevaba diez años durmiendo, un patrón de accesos a historiales oncológicos a las tres de la madrugada.

Había escrito un informe, lo había subido al sistema, y la habían borrado de la red y del mundo el mismo día.

—Miró a Ondarra—. Y usted me está pidiendo que mueva la ficha de la empresa con suavidad, para que la gente que hay detrás no haga que la ficha se caiga del tablero.

—Hizo una pausa—. ¿Sabe qué es eso, comisario? No es ajedrez. Es complicidad.

Ondarra la miró un momento, con el cenicero delante y la cara que no se le movía.

—Cuidado, Sarasola —dijo, con una voz que había perdido la suavidad de antes—. Cuidado con las palabras. Porque las palabras, en este cuerpo, también son fichas. Y hay palabras que, dichas a destiempo, hacen que la ficha se caiga del tablero.

Irati se levantó, con el humo del cigarrillo aún flotando en el aire.

—Las palabras, comisario —dijo—, no me las van a caer a mí.

Las palabras me las van a caer a los que enterraron a Ane Arrieta.

Y a los que intentaron cerrar su caso como «suicidio».

Y a los que siguen intentando que nadie mire lo que hay debajo.

—Miró a Ondarra—. Yo voy a mover la ficha.

Con suavidad o sin ella. Y si la ficha se cae del tablero, que se caiga.

Pero se va a caer con el nombre de Ane Arrieta escrito encima.

Salió del despacho sin esperar respuesta, con el humo del cigarrillo y la certeza, la que le subía desde el pecho, de que acababa de declarar la guerra a un comisario, y de que la guerra, en ese cuerpo, se pagaba cara.

Pero había otra certeza, más fuerte que la del precio.

La de que Ane Arrieta, la mujer del contenedor, no iba a quedar enterrada.

No por ella.

Porque lo que se entierra, no se pierde.

Espera.

En el pasillo, de vuelta hacia su despacho, Irati se detuvo un momento junto a la ventana y miró el patio de la comisaría, con la lluvia cayendo sobre el asfalto y los coches de los turnos entrando y saliendo.

Y pensó en lo que Ondarra le había dicho, en la metáfora del tablero de ajedrez, en la suavidad con la que le había pedido que moviera la ficha de la empresa.

No era la primera vez que la pedían que fuera suave.

En veinte años de oficio, había oído esa palabra en todas sus variantes: la suavidad, la discreción, la prudencia, el tiempo, la paciencia.

Siempre con la misma música de fondo: la de los que querían que un caso se investigara sin que se notara, la de los que sabían que una investigación que no se nota, no existe.

Y siempre, Irati lo recordaba con claridad, los que le pedían suavidad eran los que menos tenían que ver con los muertos.

Ondarra no había hablado de Ane. No había hablado de la mujer del contenedor, de sus treinta y un años, de su trabajo en la Oficina Técnica, de su tío desaparecido, de su monte.

Había hablado del tablero. De las fichas.

De la suavidad. Como si el caso fuera un partido que había que jugar sin manchar el traje.

Y en ese momento, con la lluvia cayendo sobre el patio de la comisaría, Irati entendió por qué Ondarra era el espejo de Patxi.

Patxi se jugaba la carrera por no dejar corromper el caso.

Ondarra movía las fichas con suavidad para que el caso se corrompiera sin que se notara.

Los dos llevaban el mismo traje, el mismo despacho, los mismos años.

Y los dos habían elegido caminos distintos.

No sabía cuánto sabía Ondarra. No sabía si el comisario era parte de la organización, si era un peón que transmitía órdenes de arriba, o si era simplemente un hombre cansado que había aprendido a mover las fichas con suavidad para no mancharse el traje.

Pero sabía, con una certeza que no podía explicar, que Ondarra no era el origen del control.

El control venía de más arriba.

Y lo que venía de más arriba, pensó Irati, tenía nombre de despacho y de corbata.

El nombre de Landaburu.

Y quizá, más arriba todavía.

III. El espejo

A las dos de la tarde, Irati estaba en el despacho de Patxi, con la puerta cerrada y la lluvia golpeando la ventana del patio de la comisaría, y le contaba, con la voz que no le temblaba pero que le pesaba, lo que le habían dicho Landaburu en Lakua y Ondarra en su despacho.

Patxi la escuchó sin interrumpir. Estaba sentado detrás del escritorio, con las gafas bajadas en la nariz y la foto de la familia en el rincón, y cuando Irati terminó, se quedó un momento en silencio, con la lluvia golpeando la ventana y los ojos que no miraban a Irati sino a un punto de la pared que llevaba años mirando.

—Así que Landaburu te ha ofrecido la carrera —dijo al final, con una voz que no era de sorpresa sino de confirmación—.

Y Ondarra te ha pedido que muevas la ficha con suavidad.

—Hizo una pausa—. Los dos te han dicho lo mismo, con palabras distintas.

Que el caso se puede investigar, pero que no se puede contar.

—Miró a Irati—. Es el chantaje más limpio que te van a hacer nunca, Irati.

Y también el más difícil de rechazar, porque no te lo dicen como amenaza: te lo dicen como favor.

Irati no contestó. Se quedó en silencio, con la lluvia y la foto de la familia y el despacho pequeño de Patxi alrededor, el despacho que no había cambiado en los veinte años que llevaba trabajando a sus órdenes.

—¿Y qué piensas hacer? —preguntó Patxi.

—Investigarlo —dijo Irati—. Igual que hasta ahora.

Con o sin recursos. Con o sin carrera. —Miró a Patxi—.

Pero lo de Landaburu me ha dejado clara una cosa: si no acepto el trato, me voy a quedar sin acceso, sin autorizaciones, sin medios.

Y sin medios, el caso se va a perder. —Hizo una pausa—.

No por falta de ganas. Por falta de herramientas.

Patxi se recostó en la silla, con las gafas en la mano y la foto de la familia al fondo.

—Irati —dijo—. Llevo veinte años en este cuerpo, y he visto pasar comisarios, consejeros, gobiernos enteros.

He visto casos enterrarse y casos abrirse.

He visto gente hacer carrera sobre cadáveres y gente arruinarse por no mirar hacia otro lado.

—Hizo una pausa—. Y he aprendido una cosa: que los casos como este, los que tocan la política, no se ganan con recursos.

Se ganan con paciencia, con silencio y con gente que se fía de ti.

—Miró a Irati—. Landaburu te va a quitar los recursos.

Pero no te va a quitar lo que importa: la gente que se fía de ti.

Y la gente que se fía de ti, Irati, es la que va a encontrar lo que hay en Mokorreta.

Irati se quedó un momento en silencio, con la frase de Patxi girándole en la cabeza.

—¿Y usted, Patxi? —preguntó—. ¿Va a estar entre esa gente?

Patxi la miró un momento, con la lluvia golpeando la ventana y la foto de la familia en el rincón, y luego dijo, con una voz que no era de héroe sino de hombre que había tomado una decisión hacía tiempo:

—Yo no archivo, Irati. —Hizo una pausa—. Usted no firma. —Otra pausa—. Y si los dos cumplimos eso, el caso de Ane Arrieta se va a contar. Aunque nos cueste la carrera a los dos.

Irati sintió el nudo en la garganta, el que no sabía muy bien si era de rabia o de algo parecido a la emoción.

—Eso le va a costar muy caro, Patxi —dijo—. Lo de Ondarra, lo de Landaburu, todo eso se va a pagar. Y no sé si el cuerpo se lo va a agradecer.