Lo que trae la marea (Costa Vasca 1) Capítulo 9 — EL CHANTAJE
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Capítulo 9 — EL CHANTAJE

Irati Sarasola

I. El alto cargo

A las nueve de la mañana del viernes, Irati estaba otra vez en la sala de reuniones de Lakua, con los ventanales que daban a Vitoria y el mismo olor a corbata y a café de reunión de la primera vez, y delante, otra vez, Aitor Landaburu, con la sonrisa que llegaba antes que las palabras.

Esta vez no había director de la Unidad de Coordinación en la sala.

No había testigos. La puerta estaba cerrada, la mesa estaba limpia, y Landaburu la había citado con un mensaje que decía «conviene hablar sin intermediarios».

Irati sabía, por veinte años de oficio, que cuando un alto cargo te cita en privado, hay dos posibilidades: o te van a pedir un favor, o te van a pedir que mires hacia otro lado.

Y con la forma en que había terminado la conversación anterior, con el «cuide su carrera» y el «los casos se caen desde arriba», no le costaba adivinar cuál de las dos iba a ser.

—Inspectora —dijo Landaburu, tendiéndole la mano con esa seguridad que no necesitaba confirmación—. Gracias por venir.

Irati le estrechó la mano, con la sensación de siempre: la de estrechar la mano de alguien que ya había escrito el final de la conversación antes de que empezara.

—Dígame, señor Landaburu.

Landaburu señaló una silla y se sentó frente a ella, con las manos sobre la mesa y los ventanales de Vitoria a sus espaldas.

—Le voy a hablar claro, inspectora —dijo—.

Sin rodeos. Porque le respeto, y porque creo que usted es de las que prefieren la verdad a la diplomacia.

—Hizo una pausa—. El caso de la red de Osakidetza, el del colapso, el de la sanidad, está en el punto en que la política empieza a pesar más que la investigación.

No es que no quieran investigarlo: es que lo que se investigue, de ahora en adelante, va a estar condicionado por lo que se pueda contar.

Irati no contestó. Dejó que Landaburu siguiera, porque sabía que los hombres así no esperan respuestas: esperan tiempo para seguir hablando.

—Usted sabe lo que hay en juego —dijo Landaburu—.

El Espacio Europeo de Datos de Salud, el EHDS, exige que los datos de salud de los ciudadanos europeos se protejan con los más altos estándares.

Si se demuestra que una comunidad autónoma española ha sufrido una brecha con colaboración interna, con datos manipulados, con historiales oncológicos en juego, la Comisión Europea va a abrir un procedimiento, y ese procedimiento va a costar años, y va a costar dinero, y va a costar la reputación de toda la sanidad española en Europa.

—Hizo una pausa—. Ese escándalo, inspectora, no lo quiere nadie.

Ni el Gobierno Vasco, ni el central, ni Bruselas. Nadie quiere ser el que abra esa caja.

—¿Y qué quiere usted que haga yo? —preguntó Irati, con una voz que sonó más seca de lo que le habría gustado.

Landaburu la miró un momento, con la sonrisa que no le llegaba a los ojos, y luego dijo, con una voz medida, de las que se usan en los despachos donde nadie levanta la voz:

—Quiero ofrecerle un trato, inspectora. —Hizo una pausa—.

Usted tiene dos opciones. La primera: sigue investigando el caso como lo está haciendo, con el hilo del vertedero, con el hilo de la empresa, con el hilo de la mujer del contenedor.

Y lo que encontrará, al final del camino, es un escándalo europeo, una crisis institucional, y un caso que se perderá entre agencias, entre comisiones, entre comités, hasta que nadie recuerde qué se estaba investigando.

El sistema, inspectora, tiene una forma muy eficaz de enterrar las cosas que no quiere ver: las diluye.

No las destruye. Las hace desaparecer en la burocracia.

—Otra pausa—. Si usted sigue ese camino, lo más probable es que el caso se pierda, que la mujer del contenedor se quede sin justicia, y que usted se quede sin carrera.

Irati se quedó un momento en silencio, con los ventanales de Vitoria y la sonrisa de Landaburu delante, y el asco subiéndole por la nuca como le subía la marea.

—¿Y la segunda opción? —preguntó.

Landaburu se recostó en la silla, con las manos cruzadas sobre el regazo.

—La segunda —dijo— es que usted entienda que la verdad, en este caso, tiene que contarse de una manera que no hunda el sistema.

Que el ataque se cierre como lo que es: un ciberataque externo, grave, con consecuencias, pero sin colaboración interna, sin datos manipulados, sin historiales oncológicos en juego.

—Hizo una pausa—. Y que a cambio de esa lectura, usted reciba todo lo que necesite para seguir investigando lo que le interesa: los recursos, los accesos, las autorizaciones, los medios.

Su carrera, inspectora, está a punto de dar un salto.

La unidad que usted dirige, si quiere, se convierte en el referente del país en cibercrimen.

—Miró a Irati—. Eso es lo que le estoy ofreciendo.

No enterrar el caso: encauzarlo. Contarlo de la manera que no hunda el sistema, y a cambio, recibir todo lo que necesita.

Irati se quedó un momento en silencio, con la oferta de Landaburu girándole en la cabeza y los ventanales de Vitoria a sus espaldas, y el asco, el asco que llevaba años aprendiendo a tragar en las comisarías y en los despachos, le subió por la garganta como una ola.

—Señor Landaburu —dijo al final, con una voz que sonó más baja de lo que esperaba—.

Le voy a contar una historia. — Hizo una pausa—.

Hace unos días, encontré una mujer muerta en un contenedor, en un puerto, con tres disparos en el pecho y la cabeza.

Trabajaba vigilando la red de Osakidetza.

Había detectado una puerta abierta en el sistema, una cuenta que llevaba diez años durmiendo, un patrón de accesos a historiales oncológicos a las tres de la madrugada.

Había escrito un informe, lo había subido al sistema, y la habían borrado de la red y del mundo el mismo día.

—Miró a Landaburu—. Esa mujer no murió por un ciberataque externo.

Murió porque vio lo que había debajo. Y usted me está pidiendo que cuente su historia de una manera que no hunda el sistema.

—Hizo una pausa—. ¿Sabe qué es eso, señor Landaburu?

No es encauzar un caso. Es enterrarlo. Con las manos limpias y la sonrisa puesta, pero enterrarlo.

Landaburu no se inmutó. La miró un momento, con la sonrisa que no le llegaba a los ojos, y luego dijo, con una voz que no había cambiado:

—Inspectora. Usted es joven todavía. Yo llevo treinta años en esto, y he visto enterrar casos más grandes que este con menos ceremonia.

—Hizo una pausa—. No le estoy pidiendo que mienta.

Le estoy pidiendo que no se suicide. —Otra pausa—.

La verdad de la mujer del contenedor, la del vertedero, la de la empresa, existe.

Y si usted la encuentra, la puede contar.

Lo que le estoy pidiendo es que la cuente de una manera que no abra el escándalo EHDS.

Que sepa qué puede decir y qué no puede decir.

Que entienda que la verdad, contada de la manera equivocada, se convierte en mentira para el sistema.

—Miró a Irati—. Y que contada de la manera correcta, se convierte en justicia.

Irati se quedó un momento en silencio, con la frase de Landaburu girándole en la cabeza y la certeza, la que le subía desde el pecho, de que acababa de recibir el chantaje más limpio que le habían hecho nunca.

No era una amenaza. Era una oferta. Con la carrera como cebo, con el sistema como excusa, con la justicia como carnada. Y la única forma de rechazarla, pensó Irati, era rechazar también la carrera, la autorización, los recursos, todo lo que le ofrecía para seguir investigando.

Pero antes de contestar, se quedó un momento mirando los ventanales de Vitoria, con la ciudad gris al fondo, y pensó en lo que Landaburu no había dicho.

No había hablado de la transferencia de competencias, la que llevaba años en el aire entre el Gobierno Vasco y el central.

No había hablado del Pacto de Salud, el que había mencionado la primera vez, el que se negociaba en la mesa del Euskalduna.

No había hablado de la huelga del Estatuto Marco, de los médicos que se iban, de los pacientes que esperaban.

Había hablado solo de una cosa: del escándalo.

Del EHDS. De la caja que no se podía abrir.

Y eso, pensó Irati, era lo que delataba al chantaje.

Un alto cargo que de verdad quisiera proteger la sanidad pública habría hablado de los pacientes, de la confianza, de la gente.

Landaburu no había hablado de la gente. Había hablado del sistema, de la Comisión, de la reputación. Del tablero, no de las fichas.

—¿Y si yo le dijera que la verdad no hunde el sistema?

—preguntó Irati, con una voz que sonó más firme de lo que esperaba—.

¿Que la verdad, contada entera, con los nombres, con las pruebas, con el vertedero, con la empresa, con la mujer del contenedor, es lo único que puede restaurar la confianza de la gente en el sistema?

—Miró a Landaburu—. ¿Si le dijera que lo que hunde el sistema no es la verdad, sino el silencio?

Porque la gente, señor Landaburu, no abandona un sistema porque se cuente una verdad dura.

La abandona cuando descubre que el sistema la ha engañado.

Landaburu la miró un momento, con la sonrisa que no se le apagaba del todo, y luego dijo, con una voz que no había cambiado: