Lo que trae la marea (Costa Vasca 1) Capítulo 8 — BOISE #6
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Capítulo 8 — BOISE #6

Jules se quedó un momento en silencio, con la llamada terminando y la ría a sus pies, y pensó que la palabra itzulera , la de la abuela, la de la tesis, la del cajón de las cosas que no sabía qué hacer, acababa de encontrar su primer sitio.

En la terraza de Bilbao, mirando la ría.

Con la mujer que leía el agua desde el otro lado.

Y que mañana, cuando subieran al monte, la tierra, la del valle, la de la abuela, la de la palabra que no había sabido necesitar, iba a tener la oportunidad de reconocerlo.

Se quedó un momento más, con el móvil aún caliente en la mano y la ría a sus pies, y pensó en la conversación.

No había sido una conversación de caso. No había habido expedientes, ni pistas, ni hipótesis: había habido la abuela, la palabra, el padre y el mar.

Y por primera vez en años, Jules había hablado con alguien de las cosas que no se cuentan en los informes, de las que se guardan en los cajones de las cosas que no sabía qué hacer.

Irati le había entendido. No había preguntado, no había pedido explicaciones, no había tratado de analizar lo que le estaba contando.

Le había escuchado, y le había devuelto la palabra de su padre, la del mar que no miente, la del regreso que es que el sitio te reconozca.

Como si ella también hubiera estado esperando una palabra para algo que llevaba años sin nombre.

Y cuando le había dicho lo de Mokorreta, lo del agujero, lo de la puerta que llevaba diez años abierta, la conversación había vuelto al caso.

Pero ya no era la misma conversación de antes.

Era otra cosa: la de dos personas que habían empezado a entenderse por debajo de las palabras, y que sabían que el caso, el del vertedero, el de la mujer del contenedor, era también la forma de entenderse.

Jules miró la ría un momento, con las luces de la ciudad reflejándose en el agua y la lluvia amainada, y pensó que mañana, cuando subieran al monte, iba a estar haciendo algo más que investigar un caso.

Iba a estar haciendo la itzulera .

No la de su abuela, no la de su bisabuelo, no la de los vascos de la calle Grove que nunca volvieron. La suya. La de un americano de Boise que había llegado a Bilbao con una orden de observar y reportar, y que estaba descubriendo que la tierra, la de las palabras, lo estaba mirando.

No sabía si la tierra lo iba a reconocer.

Pero sabía que la mujer que leía el agua, la que le había dicho que la ría ya lo estaba mirando, le estaba dando la oportunidad de que lo reconociera.

Y en ese momento, con la noche de Bilbao alrededor y la ría a sus pies, Jules entendió que el caso, el de la mujer del contenedor, el del vertedero, el de la puerta que llevaba diez años abierta, ya no era solo un caso.

Era el camino.

El camino que la tierra había encontrado para que él volviera.

Y lo iba a recorrer, mañana, con la mujer que leía el agua desde el otro lado.

Antes de volver al hotel, se quedó un momento más en la terraza, con el móvil en la mano y la ría a sus pies, y repasó lo que sabía, lo que Irati le había contado y lo que había aprendido aquel día en Vitoria.

Sabía que el ataque no robaba, que fabricaba un colapso.

Sabía que la mujer del contenedor había detectado una puerta abierta, que había escrito un informe, que había pedido cita con la forense, y que la habían ejecutado el mismo día en que borraron su huella de la red.

Sabía que la empresa informática Ugarte tenía la llave de la red clínica, que había notificado la brecha antes que nadie, y que compartía apellido con el camión que se llevó el contenedor y con el tío desaparecido de Ane.

Sabía que el CNI quería que todo el mundo mirara hacia una potencia extranjera, y que la potencia extranjera era una pista plantada.

Y sabía que mañana iban a subir al monte.

Al monte del club Aitzulo, al monte de Ane, al monte donde el tío de Ane, el operario del vertedero, había dejado una nota que decía que lo que se entierra no se pierde: espera. Al monte donde, según la memoria del pueblo, los que preguntaban desaparecían.

Jules no había subido nunca a un monte así.

Había subido a las montañas de Idaho, a las secas, a las de su infancia con la abuela, a las que se veían desde el porche de la casa de Boise.

Pero no había subido a un monte vasco, a uno de esos que la abuela le había descrito con las palabras del valle, con los nombres que solo se dicen en euskera, con la tierra que, según Miren, se llevaba con las palabras.

Iba a subir con botas que no había estrenado, con un abrigo que no era para el monte y con la palabra de su abuela en la cabeza.

Y con la certeza de que la tierra, la del valle, la de la abuela, la de la palabra que no había sabido necesitar, iba a tener la oportunidad de reconocerlo.

Guardó el móvil, se volvió hacia la ciudad y empezó a andar de vuelta al hotel, con la ría a sus espaldas y la noche de Bilbao alrededor, y con la sensación de que, por primera vez en su vida, estaba yendo a un sitio del que no iba a querer volver.

No lo sabía entonces.

Lo iba a saber en el monte.