Lo que trae la marea (Costa Vasca 1) Capítulo 8 — BOISE #5
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Capítulo 8 — BOISE #5

En el plano de después, un presentador leía las cifras del día: el cuarenta y dos por ciento de las operaciones suspendidas, el cincuenta por ciento de aumento de las listas de espera, los pacientes que llevaban más de seis meses esperando una intervención.

Jules recordó las gráficas de Cyberzaintza, las que Leire le había enseñado: los indicadores reales estables, la capa de presentación inflada.

Las cifras del telediario eran las de la capa inflada. Las cifras de la mentira.

Había algo más, en el plano del sindicalista, que Jules no había visto en los demás.

El sindicalista no hablaba del ciberataque.

Hablaba de la huelga del Estatuto Marco, de los médicos que se iban, de los centros de salud que cerraban por las tardes, de los pacientes que llevaban meses esperando.

Y en su voz había una rabia que no era fabricada, una rabia real, de las que vienen de los que llevan años viendo cómo se deteriora lo público.

La huelga existía. El malestar existía. Los médicos que se iban existían.

Y la operación, la que había fabricado el colapso, la que había inflado los indicadores, se había apoyado en esa rabia real para hacer creíble su mentira.

Eso era lo peor, pensó Jules. No que la mentira fuera inventada.

Que fuera creíble. Que hubiera encontrado el caldo exacto, el malestar exacto, la tensión exacta donde podía crecer sin que nadie la distinguiera de la realidad.

La organización no había tenido que inventar la crisis: había tenido que agarrarla, amplificarla, y usarla para tapar lo suyo.

Y en el centro de todo, la mujer del contenedor, la que había visto la puerta abierta, la que había muerto para que nadie mirara lo que había debajo, se quedaba sin sitio en la historia.

Ningún plano del telediario la mencionaba.

Ningún titular la citaba. La única víctima, la única muerta, era un dato que nadie conectaba con el colapso, con la huelga, con la crisis.

Jules pensó que eso, la desaparición de Ane de la historia pública, era la prueba más clara de que la operación funcionaba.

La mujer que había visto la puerta, borrada de la red, borrada de la prensa, borrada de la conversación.

Como si nunca hubiera existido. Como si el camino que había dejado no llevara a ningún sitio.

Apagó el televisor con el control, con la lluvia golpeando los cristales y la rabia y el desencanto mezclándose en el pecho, y se quedó un momento en el silencio de la habitación, pensando en la frase que le había dicho Irati en el CPD de EJIE: que el sistema de Osakidetza era como el mar, y que alguien lo había agitado desde fuera, y que la marea estaba trayendo cosas que no deberían estar ahí.

El mar no miente, pensó Jules.

Pero el telediario, sí.

Y el telediario, en ese momento, estaba contando la historia que la organización quería que se contara, con la misma precisión, con la misma frialdad, con la misma efectividad de una operación montada.

Salió del hotel a la noche de Bilbao, con la lluvia y la rabia y el desencanto girándole en la cabeza, y anduvo sin rumbo hasta llegar a una terraza que daba a la ría, con las luces de la ciudad reflejándose en el agua y la lluvia amainando poco a poco.

V. Terraza

Se quedó un momento junto a la barandilla, con las manos en los bolsillos y la ría gris al fondo, y pensó en la llamada de la abuela, en la palabra itzulera , en la tesis del doctorado, en los planos del telediario acusándose mutuamente, y en la mujer del contenedor, la que había visto la puerta abierta, la que había escrito un informe que nadie leyó, la que había sido borrada de la red y del mundo el mismo día.

Y en ese momento, con la noche de Bilbao alrededor y la ría a sus pies, hizo algo que no había hecho nunca: sacó el móvil, buscó el número de Irati, y la llamó sin tener un motivo de caso.

No era por el expediente. No era por la Legat. No era por la orden de observar y reportar.

Era porque, en la terraza de Bilbao, con la lluvia amainando y la palabra itzulera girándole en la cabeza, había pensado en ella, y había querido oír su voz.

La línea sonó dos veces, y luego la voz de Irati llegó, con ese acento de Bilbao que Jules ya conocía de memoria, con la cautela de las que saben que las llamadas de madrugada no son de buenas noticias.

—¿Agente?

—Irati —dijo Jules. Y se quedó un momento en silencio, buscando las palabras, con la ría a sus pies y la noche de Bilbao alrededor—.

No es por el caso. —Hizo una pausa—. Bueno, es por el caso, pero no es para trabajar.

—Otra pausa—. He llamado a mi abuela esta madrugada.

Está en Boise, en Idaho. Es de un pueblo del interior, del valle, del mismo valle del que era mi bisabuelo.

Y me ha enseñado una palabra que no sabía que iba a necesitar.

—Hizo una pausa, con la voz que se le había vuelto más baja—.

Itzulera . Regreso. Lo que ocurre cuando la gente que se fue de la tierra vuelve a la tierra, y la tierra la reconoce.

—Otra pausa—. He pensado en usted al oírla. No sé por qué.

Del otro lado de la línea hubo un silencio largo, con la lluvia de Bilbao de fondo, y luego la voz de Irati llegó, más baja que antes, como si hubiera tenido que pensarlo antes de decirlo.

—Mi padre decía que el mar no miente —dijo—.

Que lo que trae, se ve, y lo que se lleva, se nota.

—Hizo una pausa—. Y que volver, para los que se han ido, no es llegar a un sitio: es que el sitio te reconozca.

—Otra pausa—. No sé si la tierra le va a reconocer a usted, agente.

Pero la ría, desde luego, ya la está mirando.

Jules se quedó un momento en silencio, con la frase de Irati girándole en la cabeza y la ría a sus pies, y sintió algo que no había sentido en años: la sensación de estar, por fin, en el sitio del que venía su familia, mirando la misma agua, con la misma gente.

—Gracias —dijo.

—No me dé las gracias —dijo Irati—. Déjeme dormir. Que mañana tengo un vertedero que mirar.

—¿Mokorreta?

—Mokorreta —dijo Irati—. El agujero. La puerta que llevan diez años abierta.

—Hizo una pausa—. Y ahora que sé que la empresa informática del apellido de su tío tiene la llave de la red clínica, tengo que mirar en el sitio donde se guarda la llave vieja.

—Otra pausa—. Duerma, agente. Que mañana hay monte.