Capítulo 8 — BOISE #4
Jules se quedó un momento en silencio, con la frase girándole en la cabeza y la certeza de que Huidobro acababa de decir algo que lo había puesto en alerta.
No era lo que había dicho.
Era la forma de decirlo. La naturalidad con la que había asumido que una mujer podía ser ejecutada para tapar una operación. La naturalidad con la que había encajado la ejecución de Ane en la teoría del espionaje industrial.
Era demasiado limpio. Demasiado ordenado. Demasiado perfecto.
Y la única persona que había muerto, la única víctima que no encajaba en ninguna operación, era una mujer que había visto algo, que había ido a contarlo, y que la habían callado con tres disparos.
—¿Me está diciendo —preguntó Jules, con una voz medida— que el CNI tiene una teoría sobre este caso, y que esa teoría, por casualidad, apunta a una potencia extranjera, y que esa potencia extranjera, por casualidad, es un enemigo geoestratégico del proyecto energético vasco, y que la única víctima, la única mujer muerta, encaja en esa teoría como una pieza que había que eliminar?
Huidobro lo miró un momento, con las pausas largas y el silencio entre las frases.
—Le estoy diciendo —dijo— que es la teoría que encaja.
Y que es la teoría que se va a investigar.
—Hizo una pausa—. Usted es de la Legat, Harlow.
Usted sabe que las teorías no se eligen: se demuestran.
Y que cuando una teoría se demuestra, las demás se descartan.
—Miró a Jules—. Esta teoría se va a demostrar.
Y las demás, las del topo, las de la organización, las del vertedero, se van a descartar.
Jules se quedó un momento en silencio, con el café muerto en la taza y la certeza, la que le subía desde el pecho, de que acababa de escuchar una sentencia, no una teoría.
Huidobro no estaba proponiendo una investigación.
Estaba anunciando una dirección.
Y la dirección, pensó Jules, era la que más le convenía a alguien: la que apuntaba hacia fuera, hacia una potencia extranjera, hacia un enemigo lejano, y no hacia dentro, hacia el vertedero, hacia la organización, hacia la empresa con el apellido del tío de Ane.
Salió del despacho gris de Vitoria con el café muerto y la teoría del CNI girándole en la cabeza, y con la certeza de que Huidobro, el hombre de traje gris y pausas largas, acababa de plantar una pista.
Una pista que apuntaba a un sitio.
Y que hacía que todo el mundo mirara hacia allí.
Lejos de la puerta del sótano.
Lejos de Mokorreta.
Lejos de la empresa Ugarte.
Hacia una potencia extranjera que no tenía nombre, que no tenía cara, y que era la cortina de humo perfecta para una historia que no se quería contar.
Jules no lo compró. Lo compró a medias, como había hecho en Nueva York, como hacía con todas las teorías que le presentaban los servicios de inteligencia. Pero lo guardó, en el cajón de las cosas que no sabía qué hacer, junto a la tesis del doctorado y a la palabra de su abuela.
Y siguió mirando.
Pero antes de salir del edificio, se detuvo un momento en el pasillo, con la carpeta de Huidobro en la cabeza y el café muerto aún en el estómago, y pensó en lo que no le había dicho el hombre de traje gris.
No le había dicho qué potencia extranjera era.
No le había dicho qué prueba tenía. No le había dicho qué datos concretos de la industria se habían llevado, qué documentos se habían copiado, qué diseños se habían sustraído.
La teoría de Huidobro era una teoría sin anclas: apuntaba a un enemigo lejano, a un espionaje industrial, a un botín de energía limpia, pero no decía quién, ni cómo, ni cuándo, ni qué.
Y en un caso donde todo, desde el primer día, había apuntado hacia dentro —hacia la red, hacia el hospital, hacia la empresa del vertedero, hacia la mujer que había visto la puerta abierta—, una teoría que apuntaba hacia fuera, hacia una potencia extranjera sin nombre, tenía una única función posible.
Desviar la mirada.
Jules lo sabía porque él mismo había hecho ese trabajo.
En Washington, en los despachos de la Legat, en los análisis de los casos que nadie quería mirar, había visto cómo se plantaban las pistas: cómo un dato se suelta en el momento justo, cómo una teoría se presenta en el sitio correcto, cómo la atención de los que investigan se redirige hacia el enemigo de siempre, hacia el exterior, hacia lo lejano, para que nadie mire lo que hay dentro.
Y la pista de Huidobro, la del espionaje industrial, la de la potencia extranjera, era una pista plantada.
No porque no pudiera ser verdad: porque encajaba demasiado bien.
Porque llegaba en el momento exacto en que la investigación de Irati empezaba a acercarse a la empresa Ugarte.
Porque apuntaba en la única dirección que podía salvar a los que tenían algo que esconder.
Salió del edificio a la lluvia de Vitoria, con la pista del CNI girándole en la cabeza y la certeza de que, en algún sitio de esa ciudad, en algún despacho sin placa, alguien había decidido que la historia de la mujer del contenedor no debía contarse.
Y que la pista de la potencia extranjera era el papel con el que iban a taparla.
No lo dijo entonces. No tenía pruebas. Pero lo guardó, con la tesis del doctorado y con la palabra de la abuela, en el cajón de las cosas que no sabía qué hacer.
Y siguió mirando.
IV. La presión pública
Volvió a Bilbao a media tarde, y en la habitación del hotel, con la lluvia golpeando los cristales y el jet-lag aún en los huesos, se quedó delante de la pantalla del televisor, mirando el telediario con el sonido bajo.
No quería verlo. Lo sabía antes de verlo, con esa certeza de los que llevan demasiados días metidos en la misma historia.
Pero lo vio, porque había aprendido que la realidad de un caso se mide también por la forma en que la prensa lo cuenta, y porque necesitaba saber hasta dónde había llegado la mentira.
El telediario era una batalla de acusaciones.
En un plano, el consejero de Salud del Gobierno Vasco hablaba de un ciberataque sin precedentes, de una operación criminal contra el sistema público, de la necesidad de unidad institucional.
En el plano siguiente, un portavoz del Gobierno central hablaba de la gestión de la sanidad vasca, de las listas de espera, de la huelga del Estatuto Marco, de la responsabilidad de una comunidad autónoma que no había sabido proteger sus datos.
Y en el plano de después, un dirigente sindical hablaba de la precariedad, de los médicos que se iban, de un sistema que llevaba años sosteniéndose con la cuerda tensa.
Jules miró los planos uno a uno, con la lluvia golpeando los cristales y el sonido bajo, y pensó que los tres hablaban de lo mismo sin decir lo mismo.
El Gobierno Vasco culpaba al cibercriminal.
El Gobierno central culpaba a la gestión vasca.
El sindicato culpaba a la precariedad. Y ninguno, pensó Jules, ninguno miraba hacia abajo, hacia el fondo de la marea, hacia la mujer del contenedor, hacia el vertedero, hacia la empresa con el apellido del tío de Ane.
La mentira había prendido. Y la mentira, pensó Jules, no se apagaba con verdades: se apagaba con tiempo, con pruebas, con trabajo lento.
Y mientras los tres planos del telediario se acusaban mutuamente, la organización, la que había montado el colapso, la que había ejecutado a una mujer, la que tenía la llave de la red clínica, estaba en algún sitio, mirando el mismo telediario, sonriendo.
Era el caldo perfecto para la mentira. La tensión entre los dos gobiernos, la huelga de fondo, las listas de espera que ya existían antes del ataque: todo el material para que la historia del «colapso» sonara creíble, para que nadie mirara lo que había debajo, para que la culpa se repartiera entre los que gritaban más alto y no entre los que habían montado la operación.
En la pantalla, una periodista de análisis hablaba del «colapso anunciado» de la sanidad vasca, citaba las cifras de las listas de espera, recordaba los pacientes que llevaban más de seis meses esperando una operación.
Y Jules, que había pasado la mañana leyendo los datos reales de Cyberzaintza, los que decían que las listas de espera no se habían disparado, que los indicadores reales estaban estables, que lo que se había inflado era la capa de presentación, la que veía la gente, sintió la rabia subirle por la nuca.
La mentira era perfecta porque no era una invención: era una exageración de cosas que existían.
Las listas de espera existían. La huelga existía.
La tensión entre los gobiernos existía. Y la operación, la que había fabricado el colapso, la que había inflado los indicadores en la pantalla, la que había hecho que el mundo mirara el agua en vez de mirar la corriente, se había apoyado en esas cosas reales para hacer creíble su mentira.
Jules había visto algo parecido en Washington, en los años del ataque a la aseguradora.
No la política vasca, no la huelga, no las listas: el mecanismo.
El mecanismo de cuando una crisis real se usa para tapar una operación que no se quiere ver.
En Cambio Healthcare, la crisis había sido el caos del pago a farmacias y hospitales, el colapso de la cadena de suministro de la salud, el pánico de los pacientes que no podían cobrar sus recetas.
Y mientras los periódicos contaban esa historia, la del caos, la del rescate, la del dinero, nadie había contado la historia de los datos que se habían tocado en quince minutos de silencio.
Aquí, el mecanismo era el mismo. La crisis real era la huelga del Estatuto Marco, las listas de espera, la tensión entre el Gobierno Vasco y el central.
Y sobre esa crisis real, la operación había montado su colapso fabricado: los indicadores inflados, el cifrado de teatro, la historia del «colapso anunciado».
El mundo miraría la crisis, se acusaría mutuamente, repartiría culpas entre los que gritaban más alto. Y nadie miraría el fondo de la marea.