Lo que trae la marea (Costa Vasca 1) Capítulo 8 — BOISE #3
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Capítulo 8 — BOISE #3

Su padre no había querido entenderlo. Su padre, Richard Whitfield, el americano, el que nunca había pisado el País Vasco, el que decía que aquello era un museo y una nostalgia, el que no entendía por qué su mujer lloraba cuando la abuela hablaba del valle.

Jules recordaba la única vez que había intentado hablar de eso con su padre, en el coche, de vuelta del aeropuerto de Boise, después de un verano entero con la abuela.

—¿Por qué no quieres ir a Euskadi? —le había preguntado Jules, con la torpeza de los diecisiete años—. La abuela dice que la tierra se lleva con las palabras. Podríamos ir, ver el pueblo del bisabuelo.

Su padre no había contestado durante un rato, con las manos en el volante y la carretera de Idaho delante.

—Tu abuela se fue de allí —dijo al final, con una voz que Jules no le había oído nunca—.

Se fue hace sesenta años, con un hatillo, como tu bisabuelo.

Y nunca volvió. —Hizo una pausa—. Los que se van, Jules, se van para quedarse.

Esa es la lección. La tierra no devuelve nada: la tierra se queda donde está, y los que se van se quedan donde se han ido.

—Otra pausa—. Tu abuela no volvió porque no quería volver.

Quería el recuerdo, no la tierra. Y los recuerdos, Jules, son más fáciles de llevar que la tierra.

Jules no había entendido entonces. Ahora, en la madrugada de Bilbao, con la llamada de la abuela y la palabra itzulera girándole en la cabeza, empezaba a entender: que su padre había tenido miedo.

Miedo de lo que la tierra le devolvería si miraba.

Miedo de que la tierra, la del valle, la de las palabras, lo reconociera y le devolviera algo que no quería ver.

Miedo de que la itzulera no fuera un regreso feliz, sino un regreso que obligaba a mirar las cosas que uno se había dejado.

Y Jules, que había elegido mirar, que llevaba mirando desde que aterrizó en Bilbao, que había seguido el hilo de una mujer muerta en un contenedor hasta la puerta de un vertedero que llevaba diez años abierta, estaba haciendo algo que su padre nunca había hecho.

Estaba dejando que la tierra lo mirara.

Y la tierra, pensó, la tierra del valle, la de la abuela, la de las palabras, estaba empezando a mirarlo.

Pero el cajón no se había cerrado del todo.

Y en la madrugada de Bilbao, con la aurora gris entrando por la ventana y la palabra itzulera girándole en la cabeza, Jules entendió algo que no había querido entender antes: que su padre no había querido volver porque tenía miedo de lo que la tierra le devolvería.

Que la negativa de su padre, la de que el País Vasco era un museo y una nostalgia, era la negativa de los que han elegido no mirar.

Y que Jules, que había elegido mirar, aunque no supiera muy bien qué estaba mirando, estaba haciendo algo que su padre nunca había hecho.

Estaba volviendo.

No de viaje.

De verdad.

O eso, al menos, era lo que empezaba a parecer, en la madrugada gris de Bilbao, con el caso de los hospitales y la llamada de la abuela y la tierra que, según la abuela, se llevaba con las palabras.

Se levantó de la cama, fue a la ventana y se quedó un momento mirando la ciudad que despertaba bajo la lluvia, con la ría gris al fondo y las luces de los primeros autobuses, y pensó que la tierra, la de su abuela, la de las historias del museo, la de la palabra itzulera , estaba en aquella ciudad de alguna manera que no sabía explicar.

Y que el caso, el de los hospitales, el de la mujer del contenedor, era la forma que la tierra había encontrado para que él volviera.

No lo sabía entonces.

Lo iba a saber después.

III. La pista del CNI

A las diez de la mañana, Jules estaba en un despacho gris de Vitoria, en un edificio que no tenía ninguna placa en la puerta, con un café que llevaba demasiado tiempo muerto en la taza y un hombre delante que se llamaba a sí mismo Víctor Huidobro.

Huidobro era de esos hombres que parecen hechos de traje gris y de silencio: de mediana edad, con el pelo corto y la cara que no decía nada de lo que pensaba, con la costumbre de dejar pausas largas entre las frases, como si las palabras fueran un recurso escaso que no quería malgastar.

Se había presentado como analista del Centro Nacional de Inteligencia, destacado en Bilbao, y había dicho su nombre con la naturalidad de los que están acostumbrados a que los nombres no signifiquen nada.

—El caso de la red de Osakidetza —dijo Huidobro, dejando la taza sobre la mesa—. El ataque de la madrugada del lunes. He leído el informe de Cyberzaintza, el de la Legat, y los titulares. —Hizo una pausa—. Y he llegado a una conclusión que no va a gustar a nadie, pero que es la única que encaja.

—¿Cuál? —preguntó Jules.

Huidobro se recostó en la silla, con las manos cruzadas sobre el regazo.

—Que esto no es un ataque de cibercriminales —dijo—. Es una operación de una potencia extranjera. Espionaje industrial, con la sanidad como cortina de humo.

Jules se quedó un momento en silencio, con el café muerto en la taza y la frase girándole en la cabeza.

—¿Potencia extranjera? —preguntó—. ¿Qué tienen que ver los hospitales con una potencia extranjera?

—No los hospitales —dijo Huidobro—. La industria.

—Se levantó, fue a una mesa lateral y volvió con una carpeta, que abrió sobre el escritorio—.

El País Vasco no es solo hospitales. Es el proyecto de hidrógeno verde más ambicioso de Europa: los electrolizadores, la planta de Gatica, el cluster de descarbonización de Bilbao.

Es la industria que va a definir la energía europea de las próximas décadas.

—Señaló unos documentos—. Y esa industria tiene competidores.

Potencias extranjeras que necesitan saber lo que se está haciendo aquí: los diseños, los contratos, los plazos, los presupuestos.

—Hizo una pausa—. Espionaje industrial, agente Harlow. Eso es lo que hay detrás.

Jules miró los documentos un momento, con la carpeta de Huidobro sobre la mesa y la teoría del CNI girándole en la cabeza.

—¿Y qué tiene que ver el espionaje industrial con el ataque a los hospitales? —preguntó—. Con el cifrado, con el colapso fabricado, con la manipulación de los datos de pacientes oncológicos.

Huidobro hizo una pausa, con las manos cruzadas sobre el regazo.

—La cortina de humo —dijo—. El cifrado de los hospitales, el colapso, el escándalo, todo eso es la humareda.

Todo el mundo mira los hospitales. Nadie mira la industria.

—Hizo una pausa—. Mientras el mundo entero está pendiente de si Osakidetza se cae o no, la planta de hidrógeno, el cluster de descarbonización, los contratos de energía, se están moviendo en silencio.

Y lo que se ha llevado de verdad la operación, lo que ha copiado de verdad, lo que ha puesto en manos de una potencia extranjera, es la información industrial del proyecto energético vasco.

—Miró a Jules—. Los hospitales son el ruido. La industria es el botín.

Jules se quedó un momento en silencio, con la teoría de Huidobro girándole en la cabeza y la certeza, la que le subía desde el pecho, de que algo no encajaba.

No porque la teoría fuera descabellada: porque era demasiado limpia. Demasiado ordenada. Demasiado perfecta para ser verdad.

—El análisis de Cyberzaintza —dijo Jules—. El de la manipulacion de los datos de pacientes oncológicos, el de la cuenta de servicio que llevaba diez años durmiendo, el del borrado de la huella de la mujer del contenedor. ¿Lo ha leído?

Huidobro asintió.

—Lo he leído —dijo—. Y lo sé. Pero le voy a decir una cosa, agente Harlow, con treinta años de oficio.

Las operaciones de las potencias extranjeras no se parecen a las que montan los cibercriminales.

Los cibercriminales roban y se van. Las potencias extranjeras se instalan: montan la infraestructura, la camuflan, la dejan dormida durante años, y la despiertan cuando la necesitan.

—Hizo una pausa—. Una cuenta de servicio que lleva diez años durmiendo, un certificado emitido por la red que se usa para firmar actualizaciones de dispositivos médicos, un topo dentro del sistema que borra huellas...

eso no es un cibercriminal, Harlow. Eso es una operación de inteligencia.

Y las operaciones de inteligencia, cuando se montan, se montan con años de antelación.

Jules se quedó un momento en silencio, con el café muerto y la teoría del CNI girándole en la cabeza.

Era una teoría que encajaba. Encajaba con la cuenta de servicio de diez años, con el certificado de la red clínica, con el borrado quirúrgico de la huella de Ane.

Encajaba con todo, menos con una cosa: con la mujer del contenedor.

Con la mujer que había detectado el patrón de las tres de la madrugada, que había escrito un informe, que había pedido cita con la forense, y que había sido ejecutada de tres disparos y metida en un contenedor para que el mar la devolviera.

La mujer del contenedor no encajaba en la teoría del espionaje industrial.

La mujer del contenedor encajaba en la historia de una mujer que había visto algo, que había ido a contarlo, y que la habían callado.

Y esa historia, pensó Jules, no era la de una potencia extranjera. Era la historia de una organización que tenía algo que esconder dentro del propio sistema.

—¿Y la mujer del contenedor? —preguntó—. La que detectó la puerta abierta, la que iba a hablar con la forense, la que fue ejecutada. ¿Qué pinta en la teoría del espionaje industrial?

Huidobro hizo una pausa, con las manos cruzadas.

—La mujer del contenedor —dijo— es la pieza que la operación tuvo que eliminar.

Detectó la puerta, iba a contarlo, y la eliminaron.

—Miró a Jules—. Eso es lo que hacen las operaciones de inteligencia con los testigos incómodos.

No es lo que hacen los cibercriminales. Los cibercriminales no ejecutan a nadie.

Las operaciones de inteligencia, cuando hay que ejecutar, ejecutan.