Capítulo 8 — BOISE #2
No sabía si la tierra lo iba a reconocer a él. No sabía si él iba a reconocer la tierra. Pero sabía, con una certeza que no podía explicar, que la llamada de la abuela, la palabra, y el caso de la mujer del contenedor, estaban unidos por algo que todavía no entendía.
La aurora entraba por la ventana del hotel, con las primeras luces del día gris de Bilbao, y Jules se quedó un momento mirándola, con la llamada de la abuela aún resonándole en la cabeza y la certeza de que el caso, y la tierra, y la palabra que la abuela le había enseñado, empezaban a mezclarse en su cabeza de una manera que no sabía muy bien hacia dónde iba.
Miren Goikoetxea había visto morir a su hermano en un hospital de Boise, hacía siete años.
No había sido un hospital cualquiera: había sido el hospital de los vascos, el de la calle de la iglesia, el que atendía a los de la diáspora como si fueran de casa.
Su hermano, Xabier, el único de la familia que había nacido ya en Idaho, se había muerto despacio, con el corazón que se le iba apagando y las manos que no soltaban el rosario.
Miren había estado a su lado, con la falda negra y el pañuelo, y en las últimas horas, con el monitor sonando y los médicos yendo y viniendo, Xabier le había dicho una cosa que no se le había olvidado.
—No he vuelto, Miren —le había dicho, con la voz de los que se van—.
He estado aquí toda la vida, y no he vuelto.
—Había hecho una pausa, con los ojos que miraban a un sitio que ella no podía ver—.
Todos decíamos que íbamos a volver. El tío, el padre, los cinco del valle.
Y ninguno volvimos. —Otra pausa—. Pero tú, Miren, tienes al nieto.
Al que llamaste Julen. Él todavía puede.
Miren no había entendido entonces qué había querido decir su hermano. Lo había guardado, con el rosario y la falda negra y el silencio del hospital, en el cajón de las cosas que no se decían.
Y ahora, siete años después, con el corazón que también se le estaba acabando y el nieto en Euskadi, en la tierra del valle del que había salido su padre, Miren entendía lo que Xabier había querido decir.
El nieto podía volver.
No tenía que quedarse en Boise, no tenía que ser de la diáspora que mira las fotos del museo sin pisar la tierra. Podía volver de verdad, hacer la itzulera, dejar que la tierra lo reconociera.
Y si la tierra lo reconocía, pensó Miren, la tierra le devolvería algo.
Lo que se lleva de la tierra, se lleva para siempre.
Y lo que se lleva, algún día, se devuelve.
Miren cerró los ojos, con la casa de Boise alrededor y el atardecer de Idaho entrando por las ventanas, y rezó, con el euskera de las cocinas, para que su nieto, en Euskadi, encontrara la palabra antes de que fuera tarde.
Esperaba.
II. Boise
No pudo volver a dormir.
Se quedó en la cama hasta que la luz del día gris llenó la habitación, con la llamada de la abuela girándole en la cabeza y la memoria, la que llevaba años empaquetada en los cajones de su infancia, empezando a abrirse sin pedir permiso.
Boise.
El nombre le sabía a verano, a tierra seca, a los veranos de su infancia en Idaho, a los veranos que pasaba con la abuela mientras su padre trabajaba.
Los veranos del Basque Museum, del festival de Jaialdi que se celebraba cada cinco años, de las calles del viejo barrio vasco que olían a txistorra y a pan recién hecho, de las conversaciones en euskera entre las mujeres mayores que se sentaban en los porches con las faldas negras y los pañuelos en la cabeza.
Jules había crecido entre dos mundos. Su madre, Eider Goikoetxea, era la hija de Miren, la que se había casado con un americano y se había ido a vivir a los Estados Unidos para quedarse.
Su padre, Richard Whitfield, era el americano, el que nunca había pisado el País Vasco, el que decía que no entendía esa obsesión de su mujer y de su suegra con una tierra que no conocían, con una lengua que no hablaban, con un país que ya no era de nadie.
—Es un museo —decía su padre, cuando Jules volvía del Basque Museum con los folletos en la mano y las historias en la cabeza—.
Es nostalgia. Es la gente que se fue hace cien años y que no quiere soltar el pasado.
—Hacía una pausa, con la voz de los que no entienden la nostalgia—.
Tú eres americano, Jules. Tú no tienes que cargar con eso.
Pero Jules, que era americano, había cargado con eso.
Había cargado con el euskera de la abuela, con las historias del valle, con las palabras que no podía pronunciar delante de su padre sin que la conversación se cortara.
Había cargado con la culpa de sentirse de dos sitios y no pertenecer del todo a ninguno: demasiado americano para Boise cuando estaba en el museo, demasiado vasco para los Estados Unidos cuando volvía a la escuela.
Y había cargado, sobre todo, con una palabra que la abuela le había enseñado un verano, en el porche de la casa de Boise, con la tierra seca de Idaho al fondo.
Itzulera.
Regreso.
—Es la palabra más difícil del euskera, Julen —le había dicho Miren, con el pañuelo en la cabeza y los ojos que miraban a un sitio que Jules no podía ver—.
No significa volver. Significa lo que ocurre cuando la gente que se fue de la tierra vuelve a la tierra, y la tierra la reconoce.
No es volver de viaje: es volver de verdad.
—Había hecho una pausa, con la voz baja—.
Los que se fueron de Euskadi hace cien años, los del barrio de la calle Grove, todos decían que iban a volver.
Y la mayoría no volvió. Pero los que volvieron, los que volvieron de verdad, los que la tierra reconoció, esos hicieron la itzulera .
—La miró, con unos ojos que no eran de Boise sino de otro sitio—.
Y tú, Julen, que no has nacido aquí, que no has vivido aquí, llevas la tierra dentro.
Porque la tierra no se lleva con los pies. Se lleva con las palabras.
Jules no había entendido entonces. Tenía doce años, y lo que entendía era que su padre no quería hablar de eso, que su madre lloraba cuando la abuela hablaba del valle, y que la palabra itzulera le sonaba a algo que no podía tocar.
Se la había guardado, con el euskera de la cocina, con las historias del museo, con las fotos del bisabuelo, en el cajón de las cosas que no sabía muy bien qué hacer.
Y ahora, en la madrugada de Bilbao, con la llamada de la abuela aún resonándole en la cabeza y el caso de los hospitales girándole en la cabeza, la palabra volvía.
Itzulera.
Había pensado, años atrás, en hacer un doctorado sobre la diáspora vasca.
Había llegado a preparar los primeros borradores, con las notas sobre el Basque Museum, sobre Jaialdi, sobre los vascos de la calle Grove, sobre la tesis de que los que se fueron no volvieron pero que la tierra seguía en ellos.
Lo había dejado, porque su padre le había dicho que un doctorado en historia de una diáspora de un país pequeño no servía para nada, y porque Jules, que era un hombre práctico, había decidido que lo práctico era el FBI, y había dejado la tesis en el cajón de las cosas que no sabía qué hacer.
Recordaba el festival de Jaialdi como una de las pocas veces que había visto a la abuela completamente feliz.
Se celebraba cada cinco años en Boise, y durante una semana entera el barrio viejo se llenaba de vascos de todos los Estados Unidos: de Nevada, de California, de Wyoming, de los ranchos donde habían trabajado los pastores, de las ciudades donde se habían instalado los nietos.
Las calles olían a txistorra y a bacalao, las ikurriñas colgaban de los balcones, los coros cantaban canciones que la abuela tarareaba con los ojos cerrados, y en el centro del festival, en el escenario de la calle Grove, los deportes rurales: el levantamiento de piedra, el arrastre de piedra con bueyes, el corte de troncos, los herri kirolak que los jóvenes vascos de Boise seguían practicando como los habían practicado sus abuelos en el valle.
Jules había ido a Jaialdi una sola vez, cuando tenía diecisiete años, con la abuela.
Había visto a Miren sentada en una silla plegable, con la falda negra y el pañuelo, mirando el escenario con una expresión que no le había visto nunca: la de alguien que está en dos sitios a la vez, en la calle de Boise y en el valle del que había salido su familia, en la tierra seca de Idaho y en los montes verdes del País Vasco.
Y en un momento del festival, con el coro cantando una canción que Jules no conocía, la abuela se había vuelto hacia él, con los ojos brillantes, y le había dicho:
—Esto, Julen, no se pierde. Lo que se lleva de la tierra, se lleva para siempre. Y lo que se lleva, algún día, se devuelve.
Jules no había sabido qué contestar. Había mirado el escenario, los deportes rurales, las ikurriñas, y había pensado que aquello no era su mundo, que él era americano, que su padre tenía razón.
Pero la frase de la abuela se le había quedado, con la palabra itzulera , en el cajón de las cosas que no sabía qué hacer.
Y ahora, en la madrugada de Bilbao, con el caso de los hospitales girándole en la cabeza y la tierra de la abuela a pocos kilómetros, la frase volvía, y volvía con un peso que no había tenido nunca.
Lo que se lleva de la tierra, se lleva para siempre.
Y lo que se lleva, algún día, se devuelve.
No sabía si él estaba devolviendo algo. No sabía si el caso, el de la mujer del contenedor, el del vertedero, el de la puerta que llevaba diez años abierta, tenía algo que ver con la tierra de la abuela.
Pero sabía, con una certeza que no podía explicar, que la frase del festival y la palabra de la abuela y el caso estaban unidos por algo que todavía no entendía.