Capítulo 8 — BOISE
Jules Harlow
I. La llamada
El teléfono sonó a las tres y cuarto de la madrugada, y Jules supo, antes de mirar la pantalla, quién era.
No era un presentimiento. Era la lógica de los teléfonos de los que viven en un huso horario distinto: la llamada que llega a las tres de la madrugada de Bilbao es una llamada que llega a las seis de la tarde del día anterior en Boise, Idaho, cuando la abuela se despierta de la siesta y recuerda que tiene un nieto en Europa que siempre le contesta.
Y la abuela, Miren Goikoetxea, llevaba toda la vida llamando a la misma hora, con la misma voz, con las mismas preguntas de siempre.
Jules se incorporó en la cama del hotel, con el jet-lag aún en los huesos y la luz de la pantalla iluminándole la cara, y contestó antes de que el segundo tono terminara.
—Amuma —dijo, con la palabra vasca que había aprendido a decir antes que ninguna otra, y que salía de su boca con el acento de las cocinas de Boise, de las cocinas donde su abuela hablaba euskera con las hermanas y el inglés con los nietos.
Del otro lado llegó un silencio breve, y luego la voz de la abuela, más delgada que la última vez, con ese tono que los nietos aprenden a reconocer antes de que se les diga nada.
—Julen —dijo Miren. Usaba siempre Julen, el nombre vasco que le había puesto a Jules en el bautizo de Boise, el que solo ella usaba, el que le sonaba a casa—. No te he despertado, ¿verdad?
—No, amuma. —Jules miró la hora en la pantalla—. Estaba despierto.
—Ya. —La abuela hizo una pausa, y en esa pausa Jules oyó el sonido de fondo de la casa de Boise: el televisor puesto en un canal de música, la cucharilla moviéndose en una taza, el viento del atardecer de Idaho golpeando las ventanas—.
Dicen que en el País Vasco hay un lío muy gordo con los hospitales. Con los ordenadores.
Jules se quedó un momento en silencio, con el jet-lag y la sorpresa de que la abuela, a seis mil millas de distancia, supiera lo que estaba pasando en Bilbao antes que nadie.
—Sí, amuma. Hay un lío con los ordenadores de los hospitales.
—¿Y tú qué haces allí? —preguntó Miren, con esa voz de las abuelas que lo saben todo sin que se les cuente nada—. No me digas que has ido de vacaciones, que no te creo.
—No he ido de vacaciones, amuma. —Jules sonrió, a pesar del cansancio—. He venido a trabajar. Es el caso de los hospitales.
—¿Y por qué te mandan a ti desde Washington para un lío de hospitales en Euskadi?
Jules no supo contestar a esa pregunta. Era la misma pregunta que se llevaba haciendo desde que el Legat le había dado la orden de venir, y la respuesta, la de que le habían mandado por los datos de los ciudadanos estadounidenses del proyecto de hidrógeno, no le parecía suficiente ni siquiera a él.
—Porque soy de aquí —dijo al final, y la frase le salió con un peso que no esperaba—. Mi abuela es de aquí. Me mandaron porque saben que entiendo la tierra.
La abuela se quedó un momento en silencio, y cuando habló, su voz tenía un matiz distinto, más suave.
—¿Y la entiendes, Julen?
Jules cerró los ojos un momento, con la luz de la pantalla y el jet-lag y la pregunta de la abuela flotando en el aire del hotel.
—La estoy entendiendo, amuma. —dijo—. La estoy entendiendo.
Miren hizo una pausa, y luego cambió de tema, con esa manera de cambiar de tema que tienen las abuelas cuando no quieren que se note lo que les preocupa.
—¿Sabes qué he hecho hoy? —dijo—. He ido al museo.
Al Basque Museum. Han puesto una exposición nueva de las fotografías del viejo barrio, las de cuando llegaron los primeros.
—Hizo una pausa—. Hay una foto de mi padre, Julen.
De tu bisabuelo. Llegó con diecinueve años, con un hatillo y sin una palabra de inglés.
Y en la foto sale con otros cuatro, todos del mismo valle, del valle de donde soy yo.
—Otra pausa—. Los llamaban los vascos de la calle Grove.
Todos decían que iban a volver. Ninguno volvió.
Jules se quedó un momento en silencio, con la frase girándole en la cabeza y la imagen del bisabuelo, el de la foto del museo, flotando en el aire de la habitación del hotel.
—Ninguno volvió —repitió.
—Ninguno —dijo la abuela—. Pero todos dejaron algo. El museo, la calle, las palabras. Tu bisabuelo me enseñó a mí el euskera que me enseñé yo a ti. Y tú, Julen, que nunca has vivido aquí, lo hablas cuando me llamas. —Hizo una pausa—. Eso es lo que queda de los que no volvieron. Las palabras.
Jules se quedó un momento en silencio, con la frase de la abuela girándole en la cabeza como una pieza que no sabía dónde encajar, y pensó en la conversación que había tenido con Irati en el CPD de EJIE, en la frase del padre de Irati, que el mar no miente, y en la certeza de que, por primera vez en su vida, estaba en el sitio del que venía su familia, intentando entender algo más grande que él.
—Amuma —dijo Jules—. ¿Te encuentras bien?
La abuela hizo una pausa, y en esa pausa Jules oyó el televisor, la cucharilla, el viento, y algo más, algo que no había estado en las pausas de antes.
—Estoy mayor, Julen. —dijo, con una voz que no era triste sino serena, de las que han visto demasiadas cosas para tener miedo de ninguna—.
Mayor que la última vez que me llamaste.
Mayor que la foto del museo. —Hizo una pausa—.
Los médicos de Boise me han dicho que el corazón se me está acabando.
Que no hay prisa, pero que se acaba. —Otra pausa—.
No te lo he dicho antes porque no quería que vinieras por eso.
Pero como estás en Euskadi, y como no sé cuándo vas a volver, quería que lo supieras.
Jules sintió el mundo pararse un momento, con la luz de la pantalla del hotel y el jet-lag y las palabras de la abuela girándole en la cabeza.
—Amuma —dijo, con una voz que sonó más joven de lo que había sonado en años—. Voy a volver. Voy a venir a verte.
—No vengas por eso, Julen. —dijo Miren, con una voz firme—.
Ven cuando termines lo que tienes que hacer.
Termina el caso, y ven. —Hizo una pausa—.
Y si no termina el caso, ven de todas formas.
Pero ven habiendo entendido algo de la tierra.
Eso es lo que quiero: que me cuentes qué has entendido. No que me mires el corazón.
Jules se quedó un momento en silencio, con las palabras de la abuela girándole en la cabeza y la certeza, la que le subía desde el pecho, de que la llamada de la abuela había llegado en el momento exacto en que él más necesitaba recordar por qué estaba allí.
—Te voy a contar qué he entendido, amuma. —dijo—. Te lo prometo.
—Eso espero —dijo Miren, con una voz que volvía a tener el tono de las cocinas, de las conversaciones de siempre—. Y cuídate. Que en Euskadi, con este tiempo, se coge un catarro que no se quita ni con la sopa de tu madre.
—No tengo sopa de mi madre, amuma. —dijo Jules, sonriendo a pesar de todo.
—Pues búscate una —dijo Miren—. Las sopas de las madres vascas, Julen, se encuentran hasta en el peor sitio. Solo hay que saber mirar.
La llamada terminó, con la promesa de volver y la de contar lo entendido, y Jules se quedó un momento en la cama del hotel, con la luz de la pantalla apagándose y la madrugada de Bilbao entrando por la ventana, y pensó que su abuela, a seis mil millas de distancia, acababa de darle la misma lección que le estaba dando Irati: que para entender la tierra, hay que mirar, no observar.
Y que él, que llevaba años observando, acababa de empezar a mirar.
Se quedó un momento más, con la oscuridad de la habitación alrededor, y dejó que la memoria le trajera los veranos de Boise, los que llevaba años sin revisar, los que la llamada de la abuela acababa de abrir como se abre un cajón que lleva demasiado tiempo cerrado.
El último verano que había pasado en Boise había sido tres años antes, cuando todavía era un agente de campo en Nueva York y podía permitirse dos semanas de vacaciones.
La abuela ya estaba mayor, pero lo había recibido en el aeropuerto con la misma falda negra de siempre, con el mismo pañuelo, con la misma voz que no había cambiado en cuarenta años, y lo había llevado a la casa de siempre, la de la calle con los porches, donde la cocina olía a pan y a txistorra y a las cosas de toda la vida.
Durante dos semanas, habían hecho lo de siempre.
Habían ido al Basque Museum, donde la abuela le había contado otra vez la historia del bisabuelo, la del hatillo y la de los cinco del valle.
Habían paseado por el barrio viejo, donde las mujeres mayores se sentaban en los porches con las faldas negras y lo saludaban en euskera, con el acento que ya no se oía en Euskadi pero que seguía vivo en Boise.
Habían ido a la iglesia del barrio, la de los vascos, donde las lápidas tenían apellidos que sonaban a los pueblos del interior del País Vasco: Goikoetxea, Etxeberria, Agirre, Ugarte.
Había sido en ese último verano cuando la abuela le había enseñado la palabra.
Estaban en el porche, con la tierra seca de Idaho al fondo y el atardecer cayendo sobre la ciudad, y la abuela le había dicho que quería enseñarle una palabra antes de que fuera tarde.
Y le había enseñado itzulera , con la voz baja de las cosas que se dicen una sola vez.
—Tú no has nacido aquí, Julen —le había dicho—. Pero la tierra se lleva con las palabras. Y tú las llevas.
Jules no había entendido entonces. Había pensado que era una frase de abuela, de las que se dicen para que los nietos se sientan queridos. La había guardado, con el euskera de la cocina, con las historias del museo, en el cajón de las cosas que no sabía qué hacer.
Y ahora, en la madrugada de Bilbao, con la llamada de la abuela aún resonándole en la cabeza y la tierra de la que ella hablaba a pocos kilómetros, la palabra volvía, y volvía con un peso que no había tenido nunca.
Itzulera.