Capítulo 7 — OSAKIDETZA #4
—Es la misma bomba —dijo, con una voz que no era para nadie—.
La del señor Zubiaurre. El programa vuelve a estar cambiado.
—Se volvió hacia Irati, con los ojos que ya no eran de sorpresa sino de miedo—.
Está marcando el doble de la dosis otra vez.
La han vuelto a tocar. Aquí dentro. Delante de nosotros.
Irati sintió el frío subirle por la nuca, despacio, como sube la marea.
La misma bomba.
La misma manipulación.
La misma firma.
Y alguien, en aquel hospital, mirando desde dentro.
Jules llegó a la puerta de la sala de cuidados intermedios un segundo después que Irati, con la chaqueta en la mano y la corbata ya completamente aflojada, y se quedó en el umbral, mirando la escena: la enfermera con las manos sobre la bomba, el médico entrando con la cara blanca, el paciente inmóvil en la cama del fondo, el bip de la máquina sonando en el silencio de la noche.
—Es la misma —dijo Jules, con una voz que no era una pregunta.
—La misma —dijo Irati—. Y la han vuelto a tocar. —Miró a la enfermera, que seguía con las manos sobre la máquina, como si no se atreviera a soltarla—. ¿La ha visto cambiar? ¿Ha visto la dosis en la pantalla?
La enfermera negó con la cabeza, sin dejar de mirar la bomba.
—No la he visto cambiar —dijo—. He oído el bip.
He llegado, y la dosis ya estaba marcando el doble.
—Miró a Irati con unos ojos que ya no eran de miedo sino de algo peor, de la certeza de que no podían proteger a nadie—.
Puede que llevara así desde hace media hora.
O desde hace una hora. No lo sé. —Hizo una pausa—.
Y lo peor no es eso, inspectora. Lo peor es que la otra vez, la de la mañana, la tocaron delante de nosotros, en pleno día, con todo el hospital pendiente de la red.
Y la han vuelto a tocar. Aquí, en plena noche, con la misma firma, con la misma precisión.
Como si no les importara que la viéramos.
Como si supieran que no podemos hacer nada.
Irati se quedó un momento en silencio, con el bip de la máquina sonando y la frase de la enfermera girándole en la cabeza.
Como si supieran que no podemos hacer nada.
Y era eso, pensó Irati, lo que la asustaba.
No el sabotaje. No la técnica. La impunidad.
El descaro de la segunda manipulación, a la misma hora, en la misma planta, con la misma bomba, delante de los mismos ojos.
Como si la organización quisiera demostrar algo: que podía llegar a cualquier paciente, en cualquier momento, desde dentro de la red, sin que nadie pudiera detenerlos.
—Va a haber un agente en esta planta toda la noche —dijo Irati, con una voz que sonó más firme de lo que sentía—.
Y mañana, la bomba se cambia por otra, desconectada de la red, que no se pueda tocar desde fuera.
—Miró a la enfermera—. Y el señor Zubiaurre va a estar protegido, se esté donde se esté.
La enfermera la miró un momento, con la mano todavía sobre la bomba.
—¿Y usted de dónde va a sacar a un agente para vigilar una planta de hospital? —preguntó, con una voz que no era desconfianza sino cansancio—. Con la que está cayendo.
Irati no contestó. Se volvió hacia Jules, que seguía en el umbral con la chaqueta en la mano.
—¿Puede quedarse? —preguntó, con una voz que no era una orden ni una súplica, sino otra cosa, algo entre las dos.
Jules la miró un momento, con la lluvia golpeando las ventanas del pasillo y el bip de la bomba sonando al fondo.
—Me quedo —dijo—. Ya se lo he dicho: esta noche me quedo.
Irati asintió, con la certeza, la que le subía desde el pecho, de que Jules acababa de cruzar la misma línea que ella, la de quedarse, la de no irse, la de estar en el sitio donde puede pasar algo.
La enfermera miró a los dos un momento, de uno a otro, y luego sonrió, una sonrisa breve, de las que se usan en los hospitales cuando no hay nada más que hacer.
—Vale —dijo—. Pues si se queda, le aviso del café. El de la máquina es malo, pero por la noche es lo único que hay.
Jules sonrió también, una sonrisa cansada, y asintió.
Y en ese momento, con el bip de la bomba sonando y la lluvia golpeando las ventanas, Irati supo que la noche, esa noche, la iba a pasar entera en la planta de cuidados intermedios, en una silla junto a la puerta, con un agente del FBI de la Legat de Bilbao al lado, vigilando a un paciente que había visto lo que había en Mokorreta.
Y que el momento, el que se había quedado interrumpido en el aire del cuarto de descanso, tendría que esperar.
Otra vez.
IV. El diario de la crisis
A las siete de la mañana del jueves, Irati estaba en el cuarto de crisis de la comisaría, con los titulares del día desplegados en la pantalla y la sensación de que el mundo entero estaba mirando el agua sin ver la corriente.
No había dormido. Había pasado la noche en el hospital, primero en la sala de cuidados intermedios, después en la silla del cuarto de descanso, con el bip de la bomba sonándole en la cabeza y la imagen de la enfermera corriendo hacia la cama del señor Zubiaurre grabada en la memoria.
El paciente había vuelto a sobrevivir, la bomba había vuelto a ser precintada, y la cuenta de administración, la del departamento de sistemas, había vuelto a conectarse, mirando, desde dentro, la misma historia.
Y en la pantalla del cuarto de crisis, mientras tanto, la mentira seguía creciendo.
Irati leyó los titulares uno a uno, con la taza de café olvidada en la mano y el teletipo corriendo por el borde inferior de la pantalla.
«Osakidetza suspende la mitad de las operaciones programadas».
«Las listas de espera se disparan un cincuenta por ciento: el colapso anunciado».
«La huelga del Estatuto Marco agrava la crisis sanitaria vasca».
«Madrid y Vitoria se cruzan acusaciones por la gestión de la sanidad».
En las redes, los hashtags corrían con la velocidad del miedo: #SanidadRota, #OsakidetzaColapso, #LaHuelgaMata.
Y en los foros, el patrón que Leire le había señalado la tarde anterior, el de las cuentas creadas hace semanas, seguía repitiendo la misma historia, con la misma precisión, con la misma frialdad de operación montada.
Nadie hablaba de la manipulación de la bomba de infusión.
Nadie hablaba del paciente expuesto a un tóxico cerca de Mokorreta.
Nadie hablaba de la cuenta de administración que llevaba una década durmiendo.
Nadie hablaba de Ane Arrieta, la mujer que había detectado la puerta abierta y que había muerto para que no dijera dónde estaba.
La mentira había prendido.
La mañana en que la red de Osakidetza se cayó, la última en que Ane habría podido verlo, no la vio.
Pero la había visto venir.
No la había visto venir en sueños, ni en premoniciones: la había visto venir en los datos.
Llevaba tres semanas mirando el patrón de accesos, el de las tres de la madrugada, el que había detectado años atrás y que nadie había detenido.
Y en esas tres semanas, había visto algo que no había visto nunca: el patrón no solo seguía ocurriendo, sino que se estaba acelerando.
Las consultas a los historiales oncológicos habían pasado de ser regulares a ser masivas, con picos que coincidían con los días de mayor tráfico del sistema, con los días en que nadie iba a mirar los logs porque todo el mundo miraba las pantallas.
Ane había escrito el segundo informe, lo había subido al sistema de auditoría con la copia a la Unidad de Protección de Datos, y había pedido cita con la forense.
Y en la nota que nadie leyó, la que dejó en el piso del Casco Viejo, había escrito algo que solo ella entendía: que el sistema avisaba, pero que el sistema avisaba a nadie.
Porque en el sistema de Osakidetza, como en todos los sistemas grandes, las alertas se generan, se archivan y se olvidan.
Los que diseñan los sistemas ponen las alertas para que la gente las mire, y los que los usan, con los años, dejan de mirarlas: la alerta se convierte en ruido de fondo, en el zumbido de los servidores, en el bip de las máquinas que suena y nadie escucha.
Ane lo había visto. Lo había escrito. Lo había subido al sistema. Y el sistema, que avisaba a nadie, había seguido avisando a nadie hasta que fue demasiado tarde.
No era la primera vez que pasaba. No sería la última. Pero aquella mañana, la de la caída, Ane ya no estaba para verlo.
Había dejado el aviso.
Y el aviso, como las alertas, esperaba a alguien que lo mirara.
Esperaba.
Y la mentira, Irati lo sabía por veinte años de oficio, tenía una ventaja sobre la verdad: la mentira viajaba ligera, sin pruebas que arrastrar, sin expedientes que cargar.
La verdad pesaba. La verdad llevaba formularios, autopsias, notificaciones, horas, y cuando llegaba, la mentira ya llevaba días instalada en la cabeza de la gente.
—Esto va a costar años de arreglar —dijo Patxi, desde la puerta del cuarto, con la taza de café en la mano y los ojos más cansados que nunca—.
Aunque encontremos a todos los que lo hicieron, aunque demostremos que fue un ataque, aunque el mundo se entere de que fue una operación montada, la gente ya ha leído que la sanidad se cae sola.
Y lo que se lee, Irati, tarda más en desleerse que en leerse.
Irati no contestó. Siguió mirando la pantalla, con los titulares corriendo y el teletipo parpadeando, y pensó en la frase de Landaburu en el despacho de Lakua: que la culpa era lo que se repartía con más cuidado.
Y pensó que la organización no solo había fabricado el colapso: había fabricado el relato del colapso, la historia que la prensa contaría, la culpa que los políticos repartirían, y había hecho que todo el mundo mirara el agua mientras ellos se llevaban lo que había debajo.
El teléfono sonó. Era la línea interna, la de la centralita, y la voz al otro lado era la de una operadora que sonaba como si acabara de enterarse de algo.
—Inspectora —dijo la operadora—. Hay una llamada para usted. De Lakua. Del despacho del señor Landaburu.