Capítulo 7 — OSAKIDETZA #5
Irati se quedó un momento en silencio, con el teléfono en la mano y el titular de «SanidadRota» parpadeando en la pantalla.
—Dígame —dijo.
La voz de Landaburu llegó al otro lado de la línea, medida, cortés, con esa seguridad de los que no necesitan levantar la voz para que se les oiga.
—Inspectora. He leído esta mañana los titulares sobre el hospital de Basurto.
Sobre el paciente. Sobre la infusión. —Hizo una pausa—.
No voy a preguntarle si es cierto lo que dice la prensa, porque sé que no ha sido la prensa quien se lo ha contado a usted.
—Otra pausa—. Voy a decirle una cosa, y quiero que la entienda bien.
La noticia de la manipulación de la infusión, si sale a la luz como manipulación, va a hundir la confianza en el sistema sanitario público de un modo que no se va a arreglar en una generación.
La gente ya cree que la sanidad se cae. Si además creen que un paciente puede morir por un virus informático dentro de un hospital, no van a volver a pisar un hospital público en su vida.
—¿Y qué quiere que haga? —preguntó Irati, con una voz que sonó más seca de lo que le habría gustado.
—Quiero que el caso de la infusión se trate como lo que es —dijo Landaburu—.
Un incidente de la red, dentro del ciberataque general, del que se está ocupando la ciberseguridad.
No como un sabotaje. No como un homicidio.
Como un incidente. —Hizo una pausa—. El paciente ha sobrevivido.
La bomba se ha precintado. El sistema se va a restaurar.
No hay ningún cadáver, inspectora. No hay ninguna víctima.
Lo que hay es un incidente técnico que se está resolviendo.
Irati se quedó un momento en silencio, con el teléfono pegado a la oreja y los titulares parpadeando en la pantalla.
—Señor Landaburu —dijo al final, con una voz que no era un plan sino una certeza—.
Hace dos días, usted me dijo que la línea que no se cruza es la que separa la investigación de la crisis.
Que los casos se caen desde arriba. —Hizo una pausa—.
Pues mire: esta mañana, un paciente ha estado a punto de morir porque alguien cambió la dosis de su infusión desde dentro de la red del hospital.
Ese paciente tiene un informe en el bolsillo que dice que estuvo expuesto a un tóxico cerca de un vertedero que ya no sale en los mapas.
Y usted me está pidiendo que lo trate como un incidente técnico.
—Otra pausa—. No sé lo que es eso, señor Landaburu.
Pero sé lo que es esto: es un homicidio en grado de tentativa.
Y los homicidios, se traten como se traten desde arriba, se investigan desde abajo.
La línea quedó en silencio un momento. Cuando Landaburu habló, su voz era la misma, medida, cortés, pero con un matiz que Irati no le había oído antes.
—Cuide su carrera, inspectora. —dijo—. Y la de su jefe.
La línea se cortó. Irati se quedó un momento en silencio, con el teléfono en la mano y los titulares de la mentira parpadeando en la pantalla, y pensó que Landaburu acababa de cruzar la línea que él mismo había trazado.
No le había pedido que enterrara el caso.
Le había pedido que lo enterrara con la historia de la crisis.
La misma historia que la organización había fabricado.
Y en ese momento, con el teléfono aún caliente en la mano, Irati entendió algo que no había querido entender: que Landaburu, el alto cargo del Departamento de Salud, no estaba solo intentando proteger la sanidad pública del escándalo.
Estaba intentando que nadie mirara lo que había debajo.
Y lo que había debajo, empezaba por el vertedero, seguía por la bomba de infusión, y terminaba por una mujer en un contenedor.
V. Sala de máquinas
Leire llamó a las ocho y media de la mañana del jueves, cuando Irati llevaba ya una hora delante de la pantalla del cuarto de crisis, y su voz sonaba como la del que ha pasado la noche entera en un sótano de servidores.
—He terminado el análisis de la bomba —dijo Leire, sin preámbulos—. Y no me gusta lo que he encontrado.
Irati apagó el teléfono del cuarto de crisis y bajó a la sala de servidores de la comisaría, donde Leire había montado un pequeño puesto de trabajo provisional, con la bomba de infusión precintada sobre la mesa y los cables de análisis conectados a un portátil.
—¿Qué has encontrado? —preguntó Irati.
Leire señaló la pantalla, donde había abierto el registro de la manipulación.
—La manipulación del programa de la bomba no se hizo desde fuera —dijo—.
No se hizo desde un servidor remoto, no se hizo con una cuenta comprometida.
Se hizo desde una terminal interna de la red clínica del hospital, con una cuenta de administración de la red, y con una firma digital de un certificado emitido por la propia red de Osakidetza.
—Hizo una pausa—. La manipulación tiene firma digital interna, Irati.
Y eso solo lo puede hacer alguien con acceso al sistema de certificación de la red clínica.
Alguien que trabaja en el hospital, o que tiene credenciales de alguien que trabaja en el hospital.
Irati se quedó un momento en silencio, con el zumbido de los servidores y la pantalla de Leire mostrando la firma digital, y pensó en la cuenta de administración del departamento de sistemas, en la que había estado conectada mirando desde dentro.
—¿Y puedes saber qué cuenta hizo la manipulación? —preguntó.
—Todavía no —dijo Leire—. La firma digital es de un certificado emitido por la red, pero los certificados de la red clínica se emiten a nombre de servicios, no de personas.
Es un certificado genérico, de los que se usan para las actualizaciones de los dispositivos médicos.
—Señaló la pantalla—. Lo que sí puedo decirte es esto: el mismo certificado se usó, la semana pasada, para firmar una actualización del sistema de gestión de citas del centro de salud que notificó la brecha oncológica.
—Miró a Irati—. El certificado que manipuló la bomba de infusión de Basurto es el mismo que firmó la actualización en el centro de salud del valle.
La misma firma. El mismo acceso. La misma gente.
Irati sintió el frío subirle por la nuca, despacio, como sube la marea.
—Entonces —dijo, con una voz que sonó más baja de lo que esperaba—, la organización no solo tiene acceso a la red de Osakidetza.
Tiene cómplices dentro de la red clínica.
Gente con credenciales de administración, con certificados digitales, con acceso a los dispositivos médicos.
—Miró a Leire—. Gente que puede cambiar la dosis de una infusión sin que nadie lo vea, que puede notificar una brecha oncológica sin que nadie lo note, y que puede borrar la huella de una mujer de la red el mismo día en que la matan.
Leire asintió, con los ojos rojos y el café muerto sobre la mesa.
—La organización —dijo— no está fuera del sistema, Irati.
Está dentro. Tiene gente dentro de la red clínica, con acceso a los pacientes, con acceso a los dispositivos, con acceso a las pruebas.
—Hizo una pausa—. Y esa gente, que sabe lo que hace, no va a parar.
Si han intentado matar a un paciente para que no hable, van a volver a intentarlo.
Y la próxima vez, puede que no estés delante para verlo.
Irati se quedó un momento en silencio, con el zumbido de los servidores y la pantalla de Leire mostrando la firma digital, y pensó en Andoni Zubiaurre, en el paciente de la huerta, en el hombre que había respirado cerca de Mokorreta y que llevaba el informe en el bolsillo.
Y pensó que la organización no había intentado matar a un paciente cualquiera.
Había intentado matar al testigo.
El hombre que había visto lo que había en Mokorreta.
El hombre que había respirado lo que se respiraba en el valle.
El hombre que, si vivía, podía contar lo que había visto.
—Leire —dijo Irati, con una voz que no era un plan sino una certeza—. El paciente. Andoni Zubiaurre. ¿Puedes protegerlo?
—¿Protegerlo de qué? —preguntó Leire.
—De la gente que tiene certificados digitales de la red clínica —dijo Irati—. De la gente que puede cambiar una dosis sin que nadie lo vea. De la gente que sabe que él vio lo que había en Mokorreta. —Hizo una pausa—. De la gente que va a volver a intentarlo.
Leire la miró un momento, con los ojos rojos y la taza vacía.
—Voy a vigilar la bomba —dijo—. La voy a desconectar del sistema, la voy a aislar, y voy a poner una alerta en todos los dispositivos de la planta que tengan acceso a la red.
—Hizo una pausa—. Y voy a buscar al que tiene el certificado.
—Miró a Irati—. Porque si el certificado es de la red clínica, alguien dentro del hospital lo tiene en su equipo.
Y ese alguien, tarde o temprano, va a volver a usarlo.
Irati asintió, con el zumbido de los servidores alrededor, y se quedó un momento en silencio, pensando en la frase que le había dicho su padre, que el mar no miente, y en la certeza de que la marea, la falsa, la que alguien había levantado con las manos, acababa de subir un tramo más.
La organización estaba dentro.
Dentro de la red.
Dentro del hospital.
Dentro de los certificados que firmaban las máquinas que salvaban vidas.
Y en algún lugar de ese hospital, en un equipo conectado a la red clínica, había un certificado digital con la firma de alguien que sabía dónde estaban todas las puertas.
—Leire —dijo Irati, con una voz que ya no era una pregunta—. El certificado. El que firmó la actualización del centro de salud del valle. ¿Se usa para más cosas?
Leire se volvió hacia el terminal, con los dedos moviéndose sobre el teclado.