Capítulo 7 — OSAKIDETZA #3
—¿Y la notificación? —preguntó—. La de la empresa informática de Vitoria, la de los sistemas de citas. ¿También la presentaron ellos el martes?
El responsable de protección de datos asintió.
—La empresa informática —dijo— notificó un acceso no autorizado a los sistemas de gestión de citas, detectado el lunes.
Es una empresa que presta servicios a varios centros de salud de la zona, incluido este.
—Hizo una pausa—. Lo curioso es que su notificación, la de la empresa, fue anterior a la nuestra.
La presentaron el lunes por la tarde, antes de que nadie de los centros supiera nada.
Irati sintió el frío subirle por la nuca.
La empresa informática.
La que notificó antes de que nadie supiera nada.
La que sabía, el lunes por la tarde, que había una brecha en los sistemas de citas, cuando la policía no sabía nada todavía.
—¿Cómo se llama esa empresa? —preguntó.
La gerente la miró un momento, con la lluvia golpeando las ventanas.
—Transportes y Servicios Informáticos Ugarte —dijo—. Una empresa de Vitoria. —Hizo una pausa—. No sé si le dice algo, inspectora.
Irati se quedó un momento en silencio, con el nombre girándole en la cabeza como una pieza que acababa de encajar en el sitio equivocado.
Ugarte.
El mismo apellido que Transportes Ugarte, la empresa de transporte que había movido el contenedor de Ane desde la ventanilla única del puerto hasta el punto muerto de la carretera comarcal.
El mismo apellido que Koldo Ugarte, el tío de Ane, el operario del vertedero desaparecido.
El mismo apellido que, de repente, aparecía en dos sitios distintos de la misma historia: en el camión que se llevó el contenedor, y en la empresa que notificó la brecha antes que nadie.
Irati se levantó, con la libreta en la mano y el nombre girándole en la cabeza.
—¿Puede decirme quién firmó esa notificación? —preguntó—. La de la empresa informática.
El responsable de protección de datos miró los papeles un momento, con la lluvia golpeando las ventanas.
—La firmó un responsable técnico —dijo—. Un hombre llamado Asier Zabala. —Hizo una pausa—. Trabaja en la empresa desde hace años. Es de los que firman los incidentes cuando ocurren. —Miró a Irati—. ¿Es importante, inspectora?
Irati se quedó un momento en silencio, con el nombre flotando en el aire del despacho como una pieza más de un tablero que alguien estaba moviendo desde dentro.
—Puede serlo —dijo—. Gracias por su tiempo.
Salió del centro de salud a la lluvia del valle, con el nombre de Asier Zabala y el de Transportes y Servicios Informáticos Ugarte girándole en la cabeza, y con la certeza de que el caso, por fin, empezaba a tener una dirección.
No hacia el puerto.
Hacia el valle.
Hacia la empresa que sabía demasiado pronto.
Hacia el apellido que se repetía en los dos lados de la marea.
Ane había visto la empresa Ugarte en los registros de la red mucho antes de que nadie la nombrara.
No era una coincidencia que le hubiera gustado.
Los registros de acceso de la cuenta que se abría a las tres de la madrugada, la que consultaba los historiales oncológicos, pasaban por un nodo de comunicaciones que pertenecía a una empresa externa: una empresa de servicios informáticos de Vitoria, con un nombre que empezaba por Ugarte.
La primera vez que lo vio, se quedó quieta delante de la pantalla, con el nombre girándole en la cabeza.
Ugarte. El apellido de su tío. El apellido que su madre no pronunciaba nunca, el de la rama de la familia que había trabajado en el vertedero, el de la desaparición que nadie había querido investigar.
No sabía si era la misma familia. No sabía si era una coincidencia. Pero lo anotó, con la letra pequeña y precisa que reservaba para las cosas que no quería que se le escaparan, en la misma libreta donde llevaba los accesos anómalos.
Y cuando escribió el segundo informe, el que subió al sistema de auditoría con copia a la Unidad de Protección de Datos, añadió el nombre de la empresa en una línea aparte, sin explicación, como se añaden las cosas que uno no sabe muy bien qué son pero que intuye que importan.
El informe fue borrado el mismo día en que ella murió.
El nombre de la empresa, el que había escrito en la línea aparte, no se borró.
Porque estaba también en la libreta, en la letra pequeña de la que nadie más se acordaba.
Y la libreta, como el camino, esperaba.
III. La noche de guardia
A las once de la noche, el hospital de Basurto olía a café y a cansancio.
Irati llevaba dos días entrando y saliendo de aquel edificio: primero por su madre, luego por el paciente de la infusión, luego por la notificación, luego por la red de Osakidetza que seguía en el suelo.
Y cuando Patxi le dijo que se fuera a casa, que llevaba demasiadas horas en pie, se encontró a sí misma en la máquina de café de la segunda planta, con una taza que no tenía ganas de beber y las piernas que pesaban como si llevara el mar entero encima.
No sabía por qué no se iba. Sabía, en realidad, que no se iba porque en algún sitio de aquel edificio había un hombre ingresado que había estado expuesto a un tóxico cerca de Mokorreta, y porque en el mismo edificio, en el departamento de sistemas, había una cuenta de administración que seguía conectada, con alguien dentro, mirando las mismas pantallas que ella había mirado esa tarde con Jules.
—No debería beber eso —dijo una voz a su espalda, en un español con el acento de Estados Unidos que ya conocía de memoria—. A esta hora, el café es lo último que le conviene.
Irati se volvió. Jules estaba en la puerta del pequeño cuarto de descanso, con la chaqueta colgada del hombro y la corbata aflojada, y tenía esa mirada de los que llevan días sin dormir bien, esa que Irati reconocía porque la veía cada mañana en el espejo.
—¿Y usted qué hace aquí a estas horas? —preguntó.
—Lo mismo que usted —dijo Jules—. No sé irme.
—Entró en el cuarto y se apoyó en la pared, con las manos en los bolsillos—.
Cuando estuve en Nueva York, en el caso de la aseguradora, pasé tres noches en el hospital de un testigo que no llegó a declarar.
No servía de nada estar allí: no había nada que vigilar, nadie que proteger.
Pero me quedé. —Hizo una pausa—. Hay noches en que estar en el sitio donde puede pasar algo es lo único que se puede hacer.
Irati lo miró un momento, con el café en la mano y la frase girándole en la cabeza.
—¿Y eso ayuda?
—No lo sé —dijo Jules—. Pero las veces que me fui, las cosas pasaron. Y las veces que me quedé, también. —Sonrió, una sonrisa breve—. La diferencia es que, cuando te quedas, al menos puedes decir que estuviste allí.
Irati se quedó un momento en silencio, con el café y el cansancio y la frase de Jules flotando en el aire del cuarto de descanso.
Fuera, en el pasillo, las luces fluorescentes zumbaban con ese sonido de los hospitales de noche, y la lluvia golpeaba las ventanas con ese ritmo que Irati conocía de toda la vida.
—Mi madre dice que el mar no miente —dijo Irati, sin saber por qué se lo decía a él—.
Que lo que trae, se ve, y lo que se lleva, se nota.
—Miró a Jules—. Llevo dos días pensando que el sistema de Osakidetza es como el mar: alguien lo ha agitado desde fuera, y la marea está trayendo cosas que no deberían estar ahí.
—Hizo una pausa—. Y no sé si lo que va a traer va a ser bueno o malo.
Jules la miró un momento, con los ojos que Irati ya empezaba a conocer, los de los que leen la gente como se lee el agua.
—En Nueva York —dijo—, la marea trajo un testigo que no llegó a hablar. Yo llegué tarde esa noche. No por el tráfico, no por la distancia: llegué tarde porque dudé. —Hizo una pausa—. Desde entonces, cuando dudo, pienso en la frase de su madre. Y me quedo. —Miró a Irati—. Esta noche, me quedo.
Irati se quedó un momento en silencio, con el café enfriándose en la mano y la certeza, la que le subía desde el pecho, de que acababa de cruzar una línea que no había planeado cruzar.
No era una línea profesional: era otra cosa, algo más pequeño y más peligroso, algo que tenía que ver con la manera en que Jules la miraba y con la manera en que ella, por primera vez en años, no sabía muy bien qué hacer con una mirada así.
El pasillo quedó en silencio un momento, con las luces fluorescentes zumbando y la lluvia golpeando las ventanas, y Jules dio un paso hacia ella, despacio, sin romper la distancia, y levantó la mano hacia la mejilla de Irati, con un gesto que no era de protección sino de otra cosa.
—Tiene una mancha de café —dijo, con una voz baja—. En la mejilla.
Irati no se movió. Sintió la yema de los dedos de Jules rozarle la mejilla, con el frío del cuarto y el calor del momento mezclándose en la piel, y por un instante, por un instante que duró lo que dura un latido, los dos se quedaron así, a medio gesto, con la distancia que se había vuelto de pronto muy pequeña.
El bip de una alarma sonó en el pasillo, agudo y repetido, con el sonido que Irati ya conocía de la mañana.
Irati dio un paso atrás, con la mano en el marco de la puerta, y miró hacia el pasillo, donde una enfermera salía corriendo hacia la sala de cuidados intermedios.
—Es el código de la infusión —dijo Irati, con una voz que sonó más firme de lo que sentía—. El paciente.
Jules asintió, con la mano que se había quedado a medio camino en el aire, y los dos salieron del cuarto de descanso hacia el pasillo, con la lluvia y las luces fluorescentes y el bip de la alarma girándoles en la cabeza, y con la certeza, la que les subía a ambos desde el pecho, de que el momento, ese momento, se había quedado interrumpido en el aire del cuarto de descanso, esperando su turno.
La enfermera que salía corriendo era la misma de la mañana, la que le había hablado a Irati de Andoni Zubiaurre y del papel del centro de salud.
Entró en la sala de cuidados intermedios, miró la bomba de infusión de la cama del fondo, y se quedó un momento quieta, con las manos sobre la máquina y la cara que se le iba poniendo pálida.