Lo que trae la marea (Costa Vasca 1) Capítulo 5 — 112 #5
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Capítulo 5 — 112 #5

—Que la puerta del sótano llevaba diez años abierta —dijo Irati—. Y que la abrió alguien que sabía dónde estaba. —Miró a Landaburu—. El resto, lo vamos a averiguar. Con o sin Pacto de Salud.

El director de la Unidad de Coordinación, que había estado en silencio junto a la ventana durante toda la conversación, se volvió por fin, con la lluvia a sus espaldas.

—Inspectora —dijo, con una voz gris como su traje—.

No estamos en su contra. Estamos en el mismo bando.

Pero este departamento tiene la obligación de gestionar la crisis, y eso implica que la investigación se haga sin generar más ruido del que ya hay.

—Hizo una pausa—. Le pido, como se lo pediría a cualquiera de mis agentes, que trabaje con discreción.

Que no convierta esto en una guerra entre comisarías y departamentos. Que dé pasos medidos.

—Los pasos medidos no encuentran a los que ejecutan mujeres y las meten en contenedores —dijo Irati, con una voz baja y clara—. Y no van a encontrar a los que tumbaron la red de Osakidetza. Los pasos medidos, señor director, son los que dan los que quieren llegar tarde.

El director no contestó. La miró un momento, con esa mirada de los que han visto pasar muchas inspectoras y muchas crisis, y luego se volvió hacia la ventana, dando la conversación por terminada.

Landaburu la acompañó hasta la puerta. Antes de abrirla, se detuvo un momento, con la mano en el pomo.

—Le voy a decir una cosa, inspectora, y espero que la recuerde.

—La miró, con la sonrisa apagada del todo—.

Este departamento no va a ponerle trabas.

Va a seguir su investigación, la que usted quiera, donde usted quiera.

Pero hay una línea que no se cruza: la que separa la investigación de la crisis.

Si usted cruza esa línea, si hace público lo que aún no debe ser público, las consecuencias no van a ser para usted sola.

Van a ser para su jefe, para su comisaría, y para el caso entero.

—Hizo una pausa—. Y los casos, inspectora, se caen desde arriba. No desde abajo.

Irati lo miró un momento, con la lluvia y la corbata y las palabras girándole en la cabeza, y no dijo nada.

Salió del despacho con la carpeta de Maddi bajo el brazo, con la frase «los casos se caen desde arriba» girándole en la cabeza como una pieza que acababa de encajar en el sitio equivocado, y con la certeza, la que le subía desde el pecho, de que Landaburu acababa de describir exactamente lo que estaba pasando con el expediente del «suicidio».

El caso se estaba cayendo desde arriba.

Y ella, desde abajo, iba a tener que aguantarlo.

La misma frase, casi, que le había dicho el viejo de la taberna del puerto.

El que preguntaba, desaparecía.

V. Cierre de acto

Volvió a Vitoria a media tarde, y encontró a Leire en la sala de crisis con los ojos rojos y una taza de café vacía que llevaba horas muerta sobre la mesa.

—He encontrado algo —dijo Leire, sin preámbulos, cuando Irati entró—. Y no me gusta.

Irati se acercó al terminal, donde Leire había abierto una ventana con una lista de cifras que no parecían de un ataque de rescate.

—La petición de rescate —dijo Leire—. La que el ransomware debería haber dejado. La que todo el mundo espera. La que el mundo entero está buscando. —Miró a Irati—. No existe.

—¿Cómo que no existe?

—Que no existe. —Leire señaló la pantalla—.

He revisado los logs del cifrado. El ransomware se desplegó, cifró los sistemas no críticos, dejó las notas de rescate en los servidores afectados, la página de contacto, el correo, todo el teatro del ransomware del año.

Pero no hay petición de rescate. No hay un número de cartera de cripto donde depositar el pago.

No hay un plazo. No hay una suma. No hay una respuesta a la página de contacto.

—Hizo una pausa—. El que montó esto no quiere dinero, Irati.

El que montó esto no quiere que le paguen.

Irati se quedó un momento en silencio, con el zumbido de los servidores alrededor y las cifras de la pantalla girándole en la cabeza.

—Entonces, ¿qué quiere?

Leire la miró, con una expresión que Irati no le había visto antes.

—Que esto se vea —dijo Leire—. Que el mundo vea que la sanidad pública vasca se ha caído.

Que los titulares digan que Osakidetza ha sido atacada, que los hospitales trabajan en papel, que los historiales se han perdido, que los pacientes oncológicos están en riesgo.

—Hizo una pausa—. El ataque no roba, Irati.

El ataque fabrica un colapso. Fabrica la noticia.

Fabrica el escándalo. Fabrica la imagen de un sistema roto, de una sanidad que no aguanta, de un Gobierno que no sabe proteger a sus ciudadanos.

—Señaló la pantalla—. Y luego se va. No pide nada.

No amenaza con nada. Solo ha tumbado el sistema y ha dejado que el mundo lo vea.

Irati se quedó un momento en silencio, con las palabras de Leire girándole en la cabeza y el ruido de la sala de crisis alrededor.

—La prensa —dijo al final—. ¿Qué está contando?

Leire abrió otra ventana, con los titulares del día.

—Lo que esperabas —dijo—. «Osakidetza sufre el mayor ciberataque de su historia».

«La sanidad vasca, en jaque». «Los pacientes, sin historial, sin cita, sin respuesta».

Y la otra versión, la que está corriendo por las redes: «La sanidad se cae sola: la huelga, las listas de espera, la gestión».

—Hizo una pausa—. Nadie habla de manipulación.

Nadie habla de los críticos. Nadie habla de la cuenta de servicio que llevaba años durmiendo.

—Miró a Irati—. Están contando exactamente la historia que el que montó esto quería que contaran.

Irati se acercó a la pantalla y leyó los titulares uno a uno, con el ruido de la sala alrededor y el sabor del café quemado en el aire.

Había una columna de opinión que hablaba del «colapso anunciado», otra que recuperaba la huelga del Estatuto Marco, otra que citaba las listas de espera y los pacientes que llevaban más de seis meses esperando una operación.

Ninguna mencionaba los datos manipulados.

Ninguna mencionaba los historiales oncológicos.

Ninguna mencionaba la cuenta de servicio que llevaba una década durmiendo, ni el nodo de pruebas, ni la cita de las ocho y veinticinco.

En una de las televisiones de la sala, sin volumen, un ministro de Sanidad hablaba en una rueda de prensa, con la corbata ajustada y las palabras medidas, y el pie de imagen decía que el Gobierno ofrecía «todo el apoyo del Estado» a las comunidades afectadas.

Irati no sabía qué estaba diciendo de verdad, pero sabía, por veinte años de oficio, que cuando un ministro habla de apoyo antes de hablar de datos, lo que está haciendo es protegerse: el ciberataque tenía dueño, y el dueño no era el Gobierno.

—La falsa marea —dijo Irati, con una voz que sonó más baja de lo que esperaba—. Todo el mundo mirando el agua, convencidos de que la ola ha llegado sola. —Miró a Leire—. Y nadie mira quién la levantó con las manos.

—Exacto —dijo Leire—. Y mientras todos miran la ola, nadie pregunta por lo que hay debajo.

—Señaló la pantalla—. Mire esto. Los comentarios, las redes, los foros.

Hay un patrón. Miles de cuentas, creadas hace semanas, todas diciendo lo mismo: que la sanidad vasca se cae porque está rota, que la culpa es de la gestión, que esto no es un ataque sino el colapso anunciado.

—Hizo una pausa—. No es una opinión, Irati.

Es una campaña. Alguien ha pagado para que el mundo lea la historia del colapso antes de que nadie pueda leer la historia del ataque.

Irati sintió el frío subirle por la nuca.

—¿Puedes rastrear quién las pagó?

—Puedo intentarlo —dijo Leire—. Pero las campañas así se pagan con dinero que no deja huella: tarjetas prepago, cripto, cuentas de intermediarios.

Lo que sí puedo decirte es que no es un grupo de jóvenes con ganas de lío.

Es profesional. La coordinación, los mensajes, los tiempos, el lanzamiento simultáneo con el ataque...

esto tiene la firma de una operación, no de un delito oportunista.

—La miró—. Y las operaciones así se montan con dinero, con tiempo y con alguien dentro que sabe exactamente dónde están las puertas.

Irati se quedó un momento en silencio, con las palabras de Leire girándole en la cabeza y la pantalla de la televisión enmudecida mostrando al ministro con la corbata ajustada.

La falsa marea.

La operación.

Alguien que sabía dónde estaban las puertas.

Y en el centro de todo, la mujer que vigilaba esa red, la que detectó la puerta abierta tres semanas antes del ataque, la que pidió cita con la forense, la que apareció muerta en un contenedor.

—Leire —dijo Irati, con una voz que sonó más firme de lo que esperaba—.

La mujer del contenedor no murió porque investigaba un homicidio.

Murió porque había detectado la operación antes de que se lanzara.

—Hizo una pausa—. Detectó la puerta abierta, tres semanas antes del ataque, y fue a contárselo a la forense.

Y alguien, que sabía que iba a estar sola en ese sitio a esa hora, la esperó.

Leire la miró un momento, con los ojos rojos y la taza vacía sobre la mesa.

—Entonces —dijo—, la mujer del contenedor no es una víctima colateral de un ataque. Es la pieza que el ataque tenía que hacer desaparecer antes de lanzarse.

Irati asintió.

—El informe que nadie leyó —dijo—. El patrón de las tres de la madrugada. La cita de las ocho y veinticinco. —Miró a Leire—. Ane Arrieta vio la puerta abierta. Y la mataron para que no dijera dónde estaba.

Se quedaron en silencio un momento, con el zumbido de los servidores y el ruido lejano de la sala de crisis, y luego Irati dijo, con una voz que no era un plan sino una certeza: