Lo que trae la marea (Costa Vasca 1) Capítulo 5 — 112 #4
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Capítulo 5 — 112 #4

—Porque he tirado del hilo de su informe —dijo Leire—.

Usted me habló del informe que nadie leyó, y fui a buscarlo.

Está en el sistema de auditoría, fechado, con la copia a Protección de Datos.

Y la cita con la forense, la de las ocho y veinticinco, está en el calendario de Maddi: tres semanas antes del ataque, un martes, a media tarde.

—Hizo una pausa—. Ane Arrieta no solo detectó la puerta abierta, Irati.

Detectó que la habían abierto tres semanas antes del ataque, y fue a contárselo a la única persona que podía darle crédito: la forense.

Irati se quedó un momento en silencio, con el zumbido de los servidores alrededor y las piezas encajando en la cabeza como fichas de un tablero que alguien estaba moviendo.

—La cita de las ocho y veinticinco —dijo, con una voz baja—. La que nadie supo explicar. La que la jefa de Ane negó haber citado. La que, según el sistema, salió del terminal de la Oficina Técnica. —Miró a Leire—. Maddi dice que Ane iba a hablar con ella. ¿Y quién más lo sabía?

—Eso es lo que me da miedo —dijo Leire—.

Porque si el que abrió la puerta del sótano supo que Ane lo había detectado, y supo que iba a hablar con la forense, entonces sabía exactamente dónde iba a estar ella a las ocho y veinticinco de aquel martes.

—Hizo una pausa, con la voz más baja—. Y eso significa que la cita no se la puso a Ane la jefa.

Se la puso alguien que sabía que la forense no iba a estar, y que quería que Ane estuviera sola en ese sitio a esa hora.

Irati sintió el mundo pararse un momento.

—¿Y quién es ese alguien?

Leire la miró, con los ojos rojos y el cansancio de toda la noche.

—Todavía no lo sé —dijo—. Pero ahora sé por dónde buscar.

—Se volvió hacia el terminal, con los dedos moviéndose de nuevo—.

Y voy a encontrar quién abrió la puerta del sótano, quién la despertó tres semanas antes del ataque, y quién sabía que Ane Arrieta iba a hablar con la forense a las ocho y veinticinco de aquel martes.

—Miró a Irati—. Porque ese alguien, Irati, es el que puso la cita.

Y con esa frase, las piezas del caso, por fin, empezaron a encajar en un orden que Irati no había visto antes.

La mujer que vigilaba la red.

El informe que nadie leyó.

La puerta que llevaba diez años abierta.

Y la cita de las ocho y veinticinco, que no era una cita: era una trampa.

IV. La partida política

A las nueve de la mañana, la sala de reuniones de Lakua olía a corbata y a café de reunión.

Irati no solía pisar aquella planta. La sede del Gobierno Vasco, con sus pasillos de suelo brillante y sus despachos con la puerta siempre a medio cerrar, era un territorio que la policía judicial cruzaba poco, y que cruzaba siempre con esa incomodidad de los que saben que allí arriba las palabras valen más que las pruebas.

La había convocado el director de la Unidad de Coordinación, un hombre gris de traje gris y corbata azul que Irati había visto en dos o tres reuniones de comisaría sin cruzar nunca una palabra con él.

Junto a la ventana, con la luz de la mañana fría entrando por los cristales, había otro hombre: más joven, de traje oscuro y gemelos de plata, con la barba recortada con precisión y una sonrisa que llegaba antes que las palabras.

—Inspectora Sarasola —dijo el joven, tendiéndole la mano con una seguridad que no necesitaba confirmación—. Aitor Landaburu. Departamento de Salud. —Hizo una pausa—. Soy de los que intentan que esto no se convierta en lo que se va a convertir si nadie lo rema bien.

Irati le estrechó la mano, con la sensación de estar estrechando la mano de alguien que ya había decidido el guion de la reunión antes de que ella entrara.

—¿Y qué se va a convertir? —preguntó.

Landaburu sonrió, la misma sonrisa que había llegado antes que las palabras, y señaló una silla.

—Siéntese, inspectora. Esto va a ser rápido, porque el tiempo es justo lo que no tenemos.

Irati se sentó. El director de la Unidad de Coordinación se quedó de pie junto a la ventana, mirando la lluvia, y no dijo nada: era de esos hombres que están en las reuniones para que las reuniones tengan alguien que las presida sin ensuciarse las manos.

Landaburu se sentó frente a ella, con las manos sobre la mesa, y empezó a hablar con la naturalidad de los que están acostumbrados a que las reuniones empiecen cuando ellos deciden.

—El cifrado de la red de Osakidetza es la noticia del día, inspectora.

Dentro de dos horas será la noticia de la semana, dentro de dos días la noticia del país.

Y lo que se cuente en esas cuarenta y ocho horas es lo que se va a quedar.

—Hizo una pausa—. Usted ha estado en la sala de crisis de Cyberzaintza esta mañana.

Ya sabe que esto no es un simple ransomware.

Irati no contestó. Dejó que Landaburu siguiera, porque sabía que los hombres así no esperan respuestas: esperan tiempo para seguir hablando.

—Los sistemas críticos no se cayeron —dijo Landaburu—.

Se manipularon. Eso es un problema mucho más serio, porque significa que alguien de dentro colaboró, y significa que alguien sabe cosas que no debería saber.

—Hizo una pausa—. Y significa que si esto se sabe, la Comunidad Autónoma queda en el centro de un escándalo europeo: la red de salud de Euskadi, la primera de España en digitalización, vulnerada desde dentro, con datos manipulados de pacientes oncológicos y de historiales clínicos.

El EHDS, el Espacio Europeo de Datos de Salud, nos exigiría explicaciones.

Bruselas nos exigiría explicaciones. Y las explicaciones, en estas circunstancias, no las va a dar un departamento: las va a dar el Gobierno entero.

Irati lo miró un momento, con la lluvia golpeando la ventana a sus espaldas.

—¿Y qué quiere que haga yo, señor Landaburu?

—Lo que ya está haciendo —dijo Landaburu, con esa sonrisa que nunca se quitaba de encima—.

Investigar. Pero investigar bien. —Hizo una pausa—.

La versión oficial, la que va a salir en las próximas horas, es la del ransomware: un ataque externo, un cifrado masivo, una petición de rescate que se está evaluando.

Esa versión es manejable. Esa versión no abre ninguna puerta que no queramos abrir.

—¿Y la otra versión?

—La otra versión —dijo Landaburu, y por primera vez la sonrisa se le apagó un momento— es la de un ataque con colaboración interna, con datos manipulados, con historiales de pacientes alterados en un hospital público. Esa versión no es manejable. Esa versión es un terremoto.

Irati se quedó un momento en silencio.

—El informe de la forense —dijo—. El de la mujer del contenedor. Dice que fue ejecutada.

Landaburu la miró, con una expresión que no se alteró.

—Ese caso es suyo, inspectora. Y no voy a decirle que no lo investigue.

—Hizo una pausa—. Pero le pido una cosa.

Que no lo conecte con esto. El contenedor y la red son dos cosas distintas.

La mujer que apareció en el contenedor trabajaba en la Oficina Técnica, sí, pero no hay ninguna relación entre un caso de homicidio y un ataque cibernético.

Y si usted las conecta, lo que no queremos que se sepa se va a saber.

Irati sintió el calor subirle por la nuca.

—¿Y qué es lo que no quieren que se sepa, señor Landaburu?

Landaburu no contestó de inmediato. Se levantó, fue a la ventana y se quedó mirando la lluvia un momento, con las manos a la espalda.

—Lo que no se quiere saber, inspectora —dijo al final, con una voz más baja—, es que la sanidad pública vasca lleva años sosteniéndose con la cuerda tensa: la huelga del Estatuto Marco, las listas de espera, los pacientes que esperan más de seis meses, los médicos que se van.

Si esto se lee como un ataque, la culpa es del cibercriminal y el sistema sale intacto.

Si esto se lee como un colapso del sistema, la culpa es nuestra.

—Se volvió hacia ella—. Y en un año electoral, inspectora, la culpa es lo que se reparte con más cuidado.

Irati lo miró un momento, con la lluvia golpeando la ventana y la frase «año electoral» girándole en la cabeza.

—Llevo veinte años leyendo informes, señor Landaburu.

—Se levantó sin pedir permiso, con la carpeta de Maddi en la mano—.

Y he aprendido que cuando alguien habla de culpa antes de hablar de los muertos, es que ya ha decidido quién va a pagar por ellos.

—Hizo una pausa—. Usted está hablando de repartir la culpa.

Yo estoy hablando de una mujer a la que ejecutaron de tres disparos y metieron en un contenedor para que el mar la devolviera. Esas dos cosas no son lo mismo.

Landaburu la miró un momento, con la sonrisa que no le llegaba a los ojos, y luego dijo, con una voz medida, de las que se usan en los despachos donde nadie levanta la voz:

—Nadie le está pidiendo que deje a los muertos, inspectora.

Le estoy pidiendo que tenga la cabeza fría.

Este departamento lleva meses negociando un Pacto de Salud con los sindicatos, una reforma que va a decidir el futuro de la sanidad vasca para la próxima década.

En esa mesa se juega todo: la plantilla, las listas de espera, la confianza de la ciudadanía en el sistema público.

—Se acercó un paso, bajando la voz—. Si este episodio se lee como un ataque con colaboración interna, esa mesa se rompe.

Los sindicatos lo usarán para decir que el sistema está roto.

La oposición lo usará para decir que el Gobierno no sabe proteger la sanidad.

Y lo que hubiéramos podido arreglar en una década se convierte en un escándalo que lo tapa todo.

—Hizo una pausa—. No es que yo quiera ocultar un ataque, inspectora.

Es que el ataque, tal como usted lo ve, no existe todavía.

Existe la versión del ransomware. Y existe el resto, que no es versión de nadie, sino un agujero que nadie ha terminado de mirar.

—Yo lo he mirado —dijo Irati.

—¿Y qué ha visto?